sábado, 19 de junio de 2021

AL GARETE



AL GARETE 




Hola amigos.-

Ya se encuentra a la venta mi octavo libro y el cuarto destinado a temas netamente marítimos. Una mirada profunda a la vida de los hombres de mar cubanos desde el prisma de quien la vivió con intensidad durante veinticuatro años. Se puede adquirir en Amazon y Barnes&Noble, ya se encuentra en muchos sitios donde comprarlo. Acá les dejo el link de este y otros libros.

AL GARETE.

https://www.amazon.com/-/es/gp/product/B097GZ3SCH/ref=dbs_a_def_rwt_hsch_vapi_tkin_p1_i0


DESPUES DE LA GALERNA, LAS MEMORIAS DE UN SARGAZO, SENTADO EN UNA BITA, QUERIDA VAGINA Y EL CONCIERTO DE MI VIDA.

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Barnes&Noble

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PRÓLOGO

La máxima afirma que “para el marino, todos los mares son iguales". No obstante, al navegante lo va cambiando cada singladura. Esteban Casañas, está en total acuerdo y con esa mirada aguzada de piloto, penetra en las oquedades de una comunidad peculiar. Así transcurre la existencia de sus integrantes, unos arrumbando y otros al garete.

Un incidente o golpe de suerte lo bifurcó hacia la profesión de marino. Al enrolarse, llevaba el sol de los cañaverales y las ampollas del machete con que cortó las últimas toneladas de cañas. Ese mérito lo impulsó escalas arriba y con ello selló un pacto sagrado con las aceradas planchas de las embarcaciones.

El convenio duró 24 años, tiempo que hoy le permite rebuscar en la memoria y actualizar sus recuerdos con un residuo de nostalgia. Lo marcó un ambiente engarzado en contradicciones y armonías. Así lo vivió, permeado de rudezas, debilidades, incompetencias, profesionalismos, traiciones, lealtades, odios y amoríos. Desde siempre comenzó a desarrollar sus aptitudes literarias empíricas que le han servido para que esa impronta quede en su ADN.

Esteban en su narrativa traza la derrota hacia el diálogo donde la transgresión comulga con el respeto. Su estilo filoso, en ocasiones, aparece edulcorado por la lírica y en otras, timonea el adjetivo soez y lo enclava en el lugar en el instante adecuado. Pocas veces encontramos un libro que abunde en estos temas tan técnicos, con un lenguaje para todo público. Este autor lo logra, aún al enumerar los conocimientos insoslayables en un tripulante. Ejemplo de ello lo afirma, cuando asevera en uno de los capítulos "un marino no se puede fabricar, hay que sentir el mar y destilar salitre por los poros", él lo dice con un claro rigor crítico y a su vez sentencioso. Más adelante acota, “la vida en el mar no es un trancapuertas". Expresión que califica a un tripulante cuyo desempeño a bordo, no demostró ser otra cosa.

Las primeras páginas de "Al garete" te remolcan por latitudes que subraya el escenario de estos relatos. Un mundo monocolor, por rutas que han sido recorridas desde el origen de la navegación. En convivencia con las mismas personas y escuchando la reiteración de los temas. Y cobran vida en este viaje que, aunque transporta la carga habitual destinada al mismo puerto, hoy es diferente porque tú haces que se renueve.

El avezado oficial enriqueció su acervo por aguas de los Siete Mares y hoy todas las aventuras y desventuras del pasado, alcanza actualidad en este libro. Ellos, los que se marcharon en complicidad con los que permanecen, dejan su enseñanza, las diversiones en puerto, la supervivencia luego de una galerna y también los miedos ante el peligro. Esa sensación que como un garfio se instala en el presente, el pasado y arrastran hasta el futuro.

Este libro es un homenaje que Esteban le dedica a esas dotaciones, los protagonistas de cada relato lo hacen vigente. El piloto, alejado de las unidades de superficie hojea sus páginas en las que aparecen nítidas, las responsabilidades insoslayables de a bordo. Y aunque lejos está de esas funciones, en algún momento, presiente que supervisa la presión barométrica, las marcaciones en la carta náutica y la polarización del radar.

 A veces se le ve atisbar los destellos del faro Pointe-au-Pere y su atención la fija sobre el río San Lorenzo. No le pregunté en qué pensaba cuando surcaban los buques esas aguas restringidas, aunque creo poderlo adivinar.

La nave acaba de atracar, la determinación es tuya. Te aventuras a transitar la incógnita de un derrotero o continuas con tu vida al garete.

 

 Puppy Castelló Herrera   

        Periodista

Especialista en temas marítimos


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Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2021-06-19



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martes, 8 de junio de 2021

PERROS DE MAR


PERROS DE MAR


 

 

RINTI.


El perro es el mejor amigo del hombre, el perro es el mejor amigo de otro perro, no tengan duda de ello. Pero hay perros distintos, jerarcas, policías, vagabundos, satos, agresivos. Algunos muy inteligentes que sabían distinguir las charreteras o comodidades de un camarote, no tengo la menor duda de ello.


Rinti era un tripulante más en nuestro buque y había que observarlo cuando se encontraba de guardia en el portalón, no se le podía pasar gato por liebre. Cómo se las arreglaba no sé, eran cosas de animales. El tipo era capaz de distinguir a un tripulante entre las tantas personas que subían por la escala cuando estábamos atracados, más de un mal rato hizo pasar a los extraños.


No era muy sociable tampoco, entre flemático y sanguíneo era su temperamento, puede que sean las razones de su conducta unas veces indiferente y otras agresivas. Cuando le parecía, se acercaba a ti moviendo la cola, pero eso no ocurría con mucha frecuencia y creo que las largas navegaciones lo afectaban tanto como a nosotros. No era sencillo vivir en esa especie de convento flotante, donde nuestras vidas se acercaban a la de cualquier monje budista.

Motonave "Jiguaní", Hogar de Rinti por varios años.


Su dueño era el Capitán del buque, Raúl Hernández Zayas era un treintón en aquella época y muy bien pudo ser influenciado por las aventuras de Rintintín para bautizar a su perro con ese nombre. De haber sido más joven, solo hubiera tenido como opción al perro de los tres tanquistas polacos, y un poco más acá, el nombre del animal hubiera comenzado con “Y” griega igual que la de los amos. Como es de suponer, Rinti vivía en su camarote y pocas veces bajaba a la chusmita. Todo parece indicar que no era de su agrado las relaciones con la gente de ese mundo algo bajo de los marineros, bueno, los camarotes de ellos se encuentran por lo general a la altura de la cubierta principal.


Lo veía con relativa frecuencia por el puente cuando iba a mis guardias de timonel, Rinti al lado de su amo, tirado junto a la butaca exclusiva del Capitán. Unas veces en el cuarto de derrota, donde casi siempre esperaba acostado cómodamente en el sofá. Otras ocasiones en el alerón del puente observando a su amo cuando bajaba las estrellas, pero siempre a una distancia de su dueño no superior al metro, lo admiraba por esa fidelidad.


Pertenecía a una generación de pastores alemanes, pero vaya usted a saber cuál, porque nosotros siempre lo vimos como un gran animal hasta un día. Después de esa fecha, Rinti era un choteado tan fuera de fonda como nosotros. Sus actividades eran bien limitadas a bordo, subir al puente de vez en cuando, acudir al llamado de la campana del comedor y permanecer aburrido junto a Raúl cada vez que había cualquier asamblea. Pertenecía al grupo que presidía todas las asambleas y reuniones, pero sin derecho a voz ni voto. Era el único afortunado entre toda la tripulación que lo excluía de esa hoy envejecida manera de comer mierda y tratar de arreglar el mundo desde el infinito mismo de un océano. Cuando alguna intervención era realizada con mucha energía, Rinti levantaba las orejas, otras veces abría uno de los ojos con desgana y después continuaba en ese agobiante letargo que se extendía por más de tres horas. Algunas veces colaboraba con la tripulación y obligaba a concluir esas reuniones cuando se encontraba en el punto de “asuntos generales”, ya saben que es el momento crucial y donde se desbordan todas las fosas mentales. Rinti se sonaba un peo silencioso, ustedes saben que esos son los más dañinos y peligrosos. Luego, le encontramos una explicación justa a esa actitud saboteadora y lo perdonábamos. El animal había sufrido como todos nosotros esos cambios propios de la etapa revolucionaria en sus comienzos románticos, donde las culpas de nuestros sufrimientos siempre iban a parar a noventa millas de distancia. Por ser precisamente un animal, aunque con muchos más privilegios que cualquier ser humano en la isla, esos cambios lo afectaron mucho y le producían esos nocivos gases estomacales, era lógico que así sucediera.


Nuestra dieta empeoraba cada día por las causas que ya conocen y que a nosotros nos informaron a su debido tiempo. Al principio de esa gran batalla librada por nuestro pueblo en contra del gigante del norte, se hizo muy común la aparición de muchas partes de los motores de las vacas en nuestro almuerzo. Un día nos tocaba riñones, otro día corazón, otro día panza, hígado, lengua, etc. ¡Claro! Ni con tanta frecuencia tampoco, supongamos que dos veces por semana y que los días restantes correspondían a las tropas blindadas que enviaban los hermanitos del campo socialista. En fin, pudimos aprendernos como expertos veterinarios todo lo concerniente a las vísceras de esos animales. Un poco más tarde iban desapareciendo todos los componentes de las carrocerías de las vacas y algunas de las piezas de sus motores se convirtieron en artículos de lujo. De esa manera, el hígado pasó, junto al corazón, riñones y lengua a jugar en las grandes ligas de la cena. Mientras eso sucedía no existía problemas con el estómago de Rinti y aquellas reuniones dedicadas a arreglar al mundo duraban entre cuatro y cinco horas. Pero el bloqueo se hizo más cruel o las vacas cubanas nacían sin vísceras, como quiera que haya sido, nuestra dieta dio un cambio drástico y aquellas piezas se fueron extinguiendo como los dinosaurios. Fue de esa sencilla manera que las tropas blindadas del campo socialista se encargaron de la dura batalla del almuerzo y aparecieron los temibles ajíes y coles rellenos de Bulgaria, spam, carne rusa, carne china, macarela japonesa y por supuesto, las temibles latas de tronchos de pescado cubanos. Bueno, todo esto hubiera resultado un exquisito manjar durante el período especial, pero pocos imaginan los desastrosos efectos en nuestros abusados estómagos y la cantidad de marinos sufriendo gastritis y úlceras.


Volviendo al tema del infeliz animal, Rinti sufrió como nadie esos cambios perversos. Al principio se acercaba hasta el plato de su comida, lo olfateaba y tocaba retirada con todas las cornetas. Fue de los primeros animales en declararse en huelga de hambre en la historia post revolucionaria y se puso flaquísimo. Más tarde y sin otra salida por encontrarse dentro de una trampa mortal, el infeliz animal no tuvo otra alternativa que claudicar ante la presión del enemigo, pero ya ustedes saben las consecuencias, sus peos eran bombas de gases lacrimógenos.


La vida para el pobre perro se complicaba un poquito cuando llegábamos a puerto y el Capitán salía. No me imagino cómo rayos se las arreglaba para poder identificar las barras que tienen una charretera. Saliendo el Capitán, Rinti se postraba en la puerta del primer oficial, pero con éste se jodió, tuvo que morder en el suelo y nunca lo dejó pasar al interior de su camarote. No quisiera imaginar la humillación que sentiría el pobre animal por aquel gesto donde no se le reconocía su jerarquía. En los puertos nacionales se las veía un poco más difícil después de las cinco de la tarde, solo permanecía a bordo el oficial de guardia con su brigada.


Durante las ausencias del Capitán y Primer Oficial, Rinti plantaba su campamento frente a la puerta del Segundo Oficial. Plaza donde recibiría el mismo trato anterior, ni sofá, ni alfombrita, cero privilegios. Allí permanecía sin comer hasta el día siguiente que regresaba su amo. La situación adquiría matices críticos cuando se encontraba de guardia el Tercer Oficial, ese día, Rinti plantaba campamento en el portalón y durante la ausencia de su amo provocaba uno que otro problemita con las personas que no pertenecían a la tripulación. Eran las horas donde mostraba toda su agresividad y la amargura propia de la mayoría de los perros cubanos. No es que dejara o no de reconocer las charreteras del Tercer Oficial y desconociera cual era la puerta de su camarote. El problema era otro, durante las ausencias del Capitán, Guillermo Sánchez Oro lo jodía sin parar. Entre las cosas que le hacía al pobre animal, había una divertidísima para toda la gente, pero coño, hay que ponerse en el lugar del cabrón perro. No es fácil que te cubran la cabeza con una bolsa de lona y que, en ese estado de ceguera total, te espanten de buenas a primeras el potente chorro frío de un extintor de CO2 por el culo. ¡Vaya! Aunque el perro me cayera mal y lo tildara de chicharrón por esa pasión sostenida hacia las charreteras, esa constante jodedera de que te estén enfriando el fondillo debe disgustar a cualquiera. Esos días de las guardias de Sánchez Oro eran un calvario para el pobre Rinti. Era disciplinado el muy cabrón, nunca le dio por abandonar la nave en medio de aquellas tragedias durante las ausencias de su amo.


Recuerdo de un solo puerto donde el perro tenía su jevita y varios hijos reconocidos. Hubo un tiempo donde nos destinaron a realizar cinco viajes continuos para los Grandes Lagos. Cargábamos azúcar en sacos en Nuevitas para Hamilton y Torornto, fue precisamente en ese puerto cubano donde Rinti se desaparecía durante horas, ausencias que preocuparon a gran parte de la tripulación. La calma reinó nuevamente cuando nos enteramos por un estibador de que nuestro perro andaba involucrado en amoríos en el pueblecito de Tarafa. Todos lo celebramos y casi comenzaba a ser aceptado entre la gente de la chusmita, quienes durante un tiempo llegaron a cuestionar sobre la virilidad del perro y algunos comentarios se extendieron un poco más allá, lo acusaron injustamente de homosexual. Es muy probable que se haya lanzado en esa aventura amorosa para demostrar lo contrario. Al cabo del quinto viaje a Nuevitas, Rinti desapareció como siempre había ocurrido, pero esa noche no regresó, ni lo hizo al día siguiente y la gente se alarmó un poco. Casi de salida nuevamente para Canadá, un estibador que ya lo conocía, lo trajo gravemente herido para el buque. Se enteró por boca de los vecinos de Tarafa que, estando Rinti pegado con otra perra, fue atacado por una pandilla de perros callejeros que lo hicieron mierda, tenía mordidas marcadas hasta en el pito. Muchas fueron las manifestaciones de solidaridad con el pobre animal y algunos se ofrecieron para salir a emprenderla contra aquellos cobardes animales.


Permaneció varios días en reposo absoluto y no salía del camarote del Capitán, la aventura le había resultado demasiado cara. Una de esas mañanas y estando su amo a bordo, Rinti se separó de su compañía y decidió pasar un rato en el plato de la escala real como siempre hacía cuando se encontraba solo. Varios tripulantes pasaron por allí a saludarlo y manifestarle su solidaridad tan oportuna en esos tiempos difíciles que vivía. De vez en cuando se paraba y dirigía el olfato hacia el pequeño poblado, se observaba preocupado, puede que algo enamorado también, eso nos ocurrió muchas veces en los puertos visitados. Arsenio tuvo la intención de pasarle la mano por la cabeza y decirle algo, pero inesperadamente, el animal le lanzó una fiera dentellada que lo hizo retroceder sin poder ocultar el pánico repentino ante tanta agresividad.


Arsenio era el sobrecargo del buque y natural de Santiago de Cuba, solo un detalle lo identificaba con aquella ciudad, el canto natural de sus habitantes a la hora de hablar. Rondaba cerca de los cincuenta y se mostraba muy bien conservado para su edad. Era de ojos azules y canosa cabellera, aspecto que lo alejaba un poco de la media común, brindando la imagen de un extranjero en su propia tierra. Contrario a los hábitos aún vigentes en los hombres de mar, donde las prioridades esenciales de sus vidas eran muy simples, satisfacer a toda costa el apetito sexual y darle funcionamiento extra al hígado, como tratando de recuperar todo el tiempo perdido durante las navegaciones. Arsenio era el individuo preocupado eternamente en la construcción del socialismo en Cuba, y lograr a un hijo de puta de su envergadura, requerirá de la donación de semen por parte de grandes figuras en este campo y una voluntaria que se deje inseminar con la suma de todas esas eyaculaciones. Pretendió un día y luego de arribar de uno de esos viajes, implantar en puerto horarios de clases y círculos de estudios. No conforme con las imposiciones emanadas de su enfermiza voluntad como secretario del partido a bordo, Arsenio se plantaba en el plato de la escala real después de la comida para tomar nota de la gente que salía del buque y no acataba sus orientaciones. Solo los jóvenes de aquellos tiempos nos declaramos en rebeldía y salíamos del buque rozando su nariz a cumplir con nuestros deberes de sementales en estado de abstinencia. Hoy y decenas de años después, no encuentro una explicación lógica a manifestaciones de extrema pasividad mostrada por aquellos que aceptaron sus disposiciones. Por si fuera poco, en la vida de ese enfermizo extremista revolucionario y durante algunas de nuestras escalas por su ciudad natal, este individuo en lugar de estar compartiendo el escaso tiempo disponible con su familia, gastaba horas sentado en el parque Céspedes espiando los movimientos de los tripulantes. En reuniones posteriores a nuestras salidas, Arsenio siempre dedicaba duras críticas a los jóvenes que compartíamos con las fleteras, hoy jineteras del parque. Alegaba que esa era una de las maneras de hacer contrarrevolución y una manifestación de desviación ideológica. No se detuvo ante nada en su afán por construir el paraíso del proletariado, durante una de nuestras visitas a Japón, Arsenio pidió sancionar a un militante de la juventud comunista por estar mascando chiclets. Bueno, extenderme en los pasajes de ese personaje consumiría este trabajo dedicado a los perros de mar.


Rinti sufrió como nosotros todas las calamidades propias de los tiempos que le tocó vivir, Raúl nunca le concedió privilegios extras. Lo vi correr de banda a banda durante las grandes galernas, mientras luchaba tenazmente por clavar sus pezuñas en un piso barnizado, no fueron pocas las veces que sus costillas chocaron con los mamparos de babor y estribor sin escucharse el más mínimo quejido. Al quinto viaje de recalada a Nuevitas, nuestro buque recibió como suministro de víveres una bola de carne y una cajita de pescado. Teniendo en cuenta que la tripulación estaba compuesta por unos treinta y cinco tripulantes y que la navegación hasta Montreal consumía unos nueve días, era de suponer que la travesía se realizaría en condiciones extremadamente difíciles. La última cena fue lograda con las barreduras de la gambuza y muchos pensarán o manifestarán que miento. Aquel almuerzo estaba compuesto de arroz y unos garbanzos cocinados con tomate y sal. Raúl pidió que le suministraran comida a nuestro paso por la primera esclusa de Montreal camino hacia los Grandes Lagos. Esa noche fue de fiesta y comimos a reventarnos, al día siguiente toda la tripulación cayó con unas diarreas agudas terribles, Rinti no pudo escapar de ella como buen tripulante que era.


En Hamilton íbamos por las tardes a jugar pelota a un estadio, competíamos cubierta contra máquinas. Una tarde, apareció un hermoso perro que corría como un niño tras la pelota. Como niño al fin lo engañaron con el cuento de la pelotica y una vez a bordo no escapó más. Su presencia despertó todo el celo y envidia escondida en la nomenclatura de Rinti. Actuaba como muchos en la isla y su vida a partir de esos instantes fue invadida por sentimientos hasta entonces mantenidos en la oscuridad. No soportaba compartir una misma nave con un ejemplar mucho más bello y fuerte que él, mucho más joven y con posibilidades de conquistas superiores a las experimentadas en el pueblecito de Tarafa. Sus colmillos permanecían al viento más tiempo que cualquier sable sacado entre duelos y su carácter era sumamente irritable. Pocos se le acercaban con el propósito de saludarlo y ser mal correspondidos. No recuerdo el nombre con el cual fuera bautizado aquel bello ejemplar que muy pronto se convirtió en el amuleto de los marineros.



En Toronto atracamos al lado de una fábrica de alimentos para animales, y durante la maniobra, nuestro buque comprimió a una bandada de patos salvajes contra el muelle. Arriada la escala real, los cocineros confeccionaron una especie de jamo con el que fueron capturando cada pato muerto y luego convirtieron en un exquisito plato. Allí cargamos maíz a granel, pero por ese derroche de labia y simpatía que exportan los cubanos, se las arreglaron para adquirir varios sacos de alimentos para perros. Eran unas especies de tortas color carne y secas que luego de ser sumergidas en agua tibia se convertían en un apetitoso manjar para esos animales. El perro canadiense lo degustaba con placer y todo indicaba que ese alimento era conocido por él. Por el contrario, Rinti se negaba a consumir aquellas tortas y era lógico, ya su estómago y gustos se habían adaptado al menú de las laterías que nos suministraban nuestros queridos camaradas del este. Esos momentos de las comidas ocurrían aisladamente y al final le traían al canadiense el plato de Rinti, pero una buena tarde a Sánchez Oro se le ocurrió poner a los dos perros comer frente a frente. El canadiense consumió toda su cuota ante la indiferencia del pastorcito cubano y cuando se disponía a pasar al plato de éste, se encontró con todo el desfile de colmillos bien afilados del nacional y ante sus muestras de agresividad permaneció manso esperando por su retirada. Rinti, cubano de buena cepa, se tragó toda aquella masa en contra de su voluntad ante la mirada impaciente del visitante, y fue a partir de esos momentos que comenzó a variar temporalmente su dieta. Esa operación fue repetida en varias oportunidades hasta que finalmente el nacional se adaptó a su nuevo alimento.


 
PELITO LINDO.

Pelito Lindo, así le llamaba su dueña, nunca supimos su verdadero nombre. Era un hermoso ejemplar de pastor alemán, muy parecido al perro secuestrado en Canadá una decena de años atrás. Escuchar la historia de su vida era tentador y provocaba cierta hipnosis sublime que te obligaba a viajar por el maravilloso mundo de Alicia. Vivía en una hermosa mansión de Miramar y siempre fue el niño mimado del padre de la dueña, quien no se ocultaba durante sus narraciones para describirnos las interioridades de aquel castillo encantado. Una de las habitaciones había sido convertida en cuarto de refrigeración, allí se conservaban cómodamente todos tipos de animales comestibles. Figuraban en la colección personal de su padre grandes venados que eran cazados en extensos cotos, campos donde sus compañeros de armas iban con frecuencia a deslastrar todo el estrés adquirido durante las importantísimas tareas asumidas en la construcción del socialismo criollo. Figuraban en ese ejército de soldados congelados hermosas terneras, grandes carneros, chivos, conejos, guanajos, patos, ocas, gallinas criollas, jutías, colas de cocodrilos, pargos, chernas, agujas, caguamas, etc.


Yo la escuchaba en medio de repentinos orgasmos mentales, cuando sin parar, me describía las grandes fiestas que se realizaban en aquella mansión. En medio de miles de pensamientos inocentes, no podía concebir fuera posible asar una ternera completa. No podía calcular remotamente las dimensiones del lugar para asarla, los hombres disponibles a realizar aquella faena, mientras se esperaba entre bromas campechanas y balas disparadas en la Sierra a la sombra de enormes arecas y árboles frutales con un vasito de Chivas Regal a la roca. Nunca me habló de grandes orgías o bacanales como las descubiertas por la luz en casos de otros comandantes de la revolución, pero de algo estaba convencido, deseé con toda la intensidad de mi alma tener una vida como la de Pelito Lindo.


Resumían aquellas historias que siempre le solicité me repitiera como cualquier niño deslumbrado por las fantasías de los cuentos de hadas, la llegada de un gran camión cada fin de año con los regalitos del Comandante en Jefe. Hablaba de televisores, videos, aire a condicionados, estéreos, refrigeradores, etc. Al gran jefe nunca le preocupó si ya los poseían, ese era su premio a la fidelidad y grandes sacrificios realizados en la construcción del socialismo. ¡Llegará el día! Siempre soñé, tiene que llegar el día en que no me vea necesitado a comprar en casas de segunda mano, ni regatear precios, soñar nunca costó nada.


Pelito lindo no era como Rinti, siempre fue muy sociable con todo el mundo olvidando casta y sangre azul. Salía por cubierta a compartir con la marinería y se relacionaba amistosamente con los estibadores extranjeros. Para sus tiempos se habían agotado casi todas las partes de los motores de las vacas, el puerco comenzaba a escasear también y la cantidad de pollo servido en puertos nacionales era insuficiente para garantizar una navegación. Una parte del campo socialista había sucumbido y con ellos desaparecían de paso las tropas blindadas que siempre nos acompañaron, nuestra situación era precaria y de extrema austeridad. Nos faltaba la comida y el dinero de nuestra paga dejaba de aparecer en nuestras arribadas.

Motonave "Bahía de Cienfuegos", hogar de Pelito Lindo durante un año.


Pelito lindo se enroló para un viaje alrededor del planeta con una recalada fatal a Corea del Norte, allí permanecimos más de un mes mientras nuestras exiguas provisiones mermaban diariamente. Sin embargo, Pelito lindo nunca se enteró de nuestros sufrimientos, él no debía encaramarse en una grúa durante varias horas para cambiarle los cables con dieciocho grados bajo cero, él no sabía lo que era enfrentarse a ese frío con un vasito de leche condensada y chícharo molido, él siempre fue muy feliz, un pasajero distinguido. Pelito lindo era casi el hijo de un Comandante de la revolución, por tal motivo y mientras toda la tripulación pasaba hambre, tenía garantizada una dieta que muchos envidiamos. Su dueña, la hija del Comandante, la jeva del Capitán de la nave, la Capitana, le hervía diariamente un pollo que luego deshuesaba con santa paciencia y servía en uno de nuestros platos al distinguido animal. Tampoco comía en cubierta o en la intimidad de su camarote, ella se lo servía en nuestro pantry. ¿Y nosotros? Como buenos cubanos le celebrábamos la gracia, la aplaudíamos, nos preocupábamos por la salud del noble animal, ¿y le alcanza con un pollo?, ¿se llena? ¡Qué maricones éramos! Y todo porque era el perro de un Comandante. Y allá tenía que mandar a la marinería a limpiar la cubierta de botes donde cagaba Pelito lindo, y no les cuento el tamaño de los mojones, suerte que estaban congelados y no apestaban, parecían chorizos. En ese estado de hambruna y desesperación hasta la mierda adquiere matices divinos.


El Sobrecargo, ¡ohhh!, no sé por cuál razón los detestaba tanto, la mayoría eran ladrones y chivatos, el que no haya sido una de las dos cosas que me avise, yo sé que han existido excepciones. El Sobrecargo era el encargado del control de los víveres, compraba los de pésima calidad y pagaba en las facturas como si fueran de primera, la diferencia iba a su bolsillo y una parte al del Capitán. Eran rarísimas excepciones donde Sobrecargo y Capitán se declararan enemigos y el que nos tocó ese viaje fue un caso especial. El tipo era militante del partido, poseía la medalla XX Aniversario, la de misión internacionalista, y vaya usted a saber cuántas más. Ese Sobrecargo era el clavista del buque y secretario del partido, era él precisamente quien debía darle el pollo diario a la hija del Comandante y jeva del Capitán para alimentar a Pelito lindo. ¿Habrá sacado cuentas? ¡Vamos a ver! Tres días de navegación de Cuba a Panamá, treinta días hasta Shanghai, otros cinco días hasta Corea del Norte, un mes y medio de estancia en ese país, nueve días hasta Singapour, otros cuatro días hasta Bangladesh, bueno, me detengo en este puerto. Hasta ese punto de arribada, Pelito lindo se había jamado la astronómica cifra de noventa y seis pollos. Si dividimos esos pollos entre cuatro, podemos llegar a la conclusión de que el perrito había consumido la dieta de veinticuatro tripulantes, bueno, sin contar el resto de la travesía. ¿Y la gente qué decía, los militantes? ¡Nada, absolutamente nada! Nadie puede calcular la inmensa capacidad del cubano para someterse a sacrificios extremos, nunca encontré tan alta manifestación de mariconería.



Pelito lindo se ganó la simpatía de casi toda la tripulación, lo celebraban a su paso por todas las cubiertas. No se conformó con llenar de mojones la cubierta de botes y su mierda pudo ser encontrada en todos los rincones del buque, nadie protestaba. Fue considerado un héroe en Corea del Norte, fue probablemente el único extranjero que la haya metido en ese país sin que se tomaran medidas represivas contra él o la jeva. Una tarde, la hija del Comandante lo sacó a cubierta para que evacuara uno de esos monumentales y familiares mojones, cuando Pelito lindo sin escuchar las demandas de su dueña bajó a toda velocidad por la escala real en busca de una perra que pasaba en esos instantes muy cerca del buque. Desafiando las adversidades del clima y los embates de una intensa nevada, Pelito lindo se la metió a una perra coreana y allí se quedó trabado. Su dueña, muy orgullosa por la actitud de su animalito, corrió al comedor de tripulantes para comunicarles la buena nueva. En el portalón se reunió parte de la tripulación para celebrar la aventura del perrito del Comandante y olvidaba por instantes los pollos que se jamaba diariamente en medio de las críticas silenciosas de pasillos.


En Bangladesh nos vimos obligados a cambiar cabos y cables viejos por alimentos y animales vivos, era la única manera de garantizar la navegación hasta nuestro próximo destino, Luanda. Por cubierta andaban sueltas unas diez chivas esperando la salida del buque para ser sacrificadas. Una de esas tardes que Pelito lindo salió a cagar, consideró que las chivas podían ser un palo ideal y se le pudo observar corriendo tras ellas por toda la cubierta. Logró alcanzar a una que otra y se les encaramó por detrás, la gente no simpatizó mucho con aquellas alocadas acciones del perrito, la jama estaba en juego. A nuestra arribada a la isla, el Comandante vino con su escolta a buscar a Pelito lindo, la tripulación no había cobrado en todo el viaje y nadie sabía cuántos pollos se había jamado hervidos.


CANELITO.


Canelito era un perro traumatizado, su raza no era muy bien definida, como sucede con todos los cubanos. Un poco de aquí y otro poco de allá, dicen los dueños que era un puddy, pero tiraba más a sato que a otra cosa. Vivía en el Vedado y no estaba acostumbrado esos menesteres de los barcos. Siempre se le podía observar atemorizado y cuando lo cargabas sentías en tus manos los latidos acelerados de una repentina taquicardia. Era la foto de su dueño y probablemente éste, le trasmitiera todas sus inestabilidades emocionales. Me contó un día que había sido piloto de Mig 15 y luego de unas avionetas que llevaban un artillero a popa de la cabina. Sus cargos de conciencia no lo dejaban vivir tranquilo y aunque me manifestó que nunca había hundido lanchas o balsas, no le creí totalmente. Causó baja de la aviación precisamente por problemas de los nervios y sacó el título de Piloto de Altura para trabajar en la marina. Durante aquellos escasos momentos donde nos encontramos solos y aprovechando la oportunidad para aliviar un poco las penas que lo agobiaban, el dueño de Canelito me contó sobre las misiones realizadas por el Canal de las Bahamas y la costa norte de Cuba. Dice que sobrevolaba sobre las balsas a la deriva y que en muchas ocasiones los tripulantes alzaban en sus manos a niños para que no dispararan. Sobre su conciencia pesaban las palabras de los artilleros. ¡Pasa de nuevo! ¡Ponme la cola a tiro pa’que veas como los descojono! Sabrá Dios cuántas veces repitió las picadas y a cuánta gente indefensa hundió. Si no hubiera matado a nadie su conciencia no lo mortificaría tanto, su conciencia no lo dejó servir para mucho, más bien era un estorbo en el puente de mando, y no es una simple deducción, tuve que arrastrar con esa carga en dos oportunidades, y volar con él en cada borrachera, y alzar a los niños de las balsas, y sentir las ráfagas de una ametralladora a popa de la cabina, y las voces de los hijoputas artilleros. ¡Pasa de nuevo! ¡Ponme la cola a tiro! ¿La puso? En Thailandia no quiso pegarle los tarros a su mujer, yo creo que no se le paraba por esos traumas, luego se separaron. Canelito era medio mariconcito, tenían que subirlo al puente cargado, se asustaba con los bandazos del buque, con las cabezadas, nadie sabía dónde coño cagaba.



Motonave "Otto Parellada" hogar de Canelito durante un viaje de circunnavegación.



La última vez que navegué con un perro a bordo fue en la motonave “Frank País”, se trató de un Pastor Alemán, pero no tenia sangre azul, no era de alcurnia. Su dueño era el Ayudante de Máquinas llamado Santiago, aquel personaje que accidentalmente provocó el incendio del buque “Coral Islands”. Tampoco tengo conocimiento sobre los trámites realizados para embarcar a su perro y si ese privilegio fuera concedido por su condición de secretario del partido a bordo. Si recuerdo que produjo dos o tres incidentes por la presencia de extranjeros a bordo, pero como los viajes de los portacontenedores eran tan cortos, su existencia pasaba casi inadvertida. No puedo reportarles sobre su comida, donde cagaba, ni sus relaciones con otros tripulantes, aquel bello perro no vivía en las cubiertas de la clase privilegiada.



En la esquina de mi casa hay un parque para perros, lo visitan de diferentes razas. Todos juegan en santa armonía, si cagan, los dueños recogen su mierdita en bolsitas plásticas. Todos se huelen el culo y continúan jugando con una pelotica, un palito, un huesito. En casa de un amigo hay dos perros cubanos, cuando tocas la puerta comienzan a ladrar, cuando abren la puerta te enseñan los colmillos, cuando entras en confianza y te sientas en la sala, confunden tu pierna con una perra, hay que caparlos, no se acostumbran a vivir en Canadá.




 
 
Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2006-05-30


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lunes, 24 de mayo de 2021

LA PAJA EN EL OJO AJENO


LA PAJA EN EL OJO AJENO




Tony llegó desesperado buscando alguien que le hiciera una media, no me explico esa puntería suya para invitarme los días que me encontraba de guardia. Cuando me dijo que andaba con el Capitán mi respuesta fue un rotundo no, un no inviolable, radical. Pero el gallego era un cabrón en el arte de convencer a la gente, tenía toda la paciencia del mundo para seducirte. Me dijo que andaban con tres jevitas y ellos eran solamente dos. La que sobraba era una chamaca de unos dieciocho años con unos seis pies de estatura, rubia, ojos verdes y nada de grasa en toda su arquitectura.

 

-¡Es muy grande para mí! Fue todo lo que pude expresarle en aquel instante que me dio tiempo para abrir la boca, porque eso sí, cuando Tony se lanzaba al ataque no daba tregua al enemigo.

-¡No jodas!, ¿complejitos con la estatura? ¡Caballo grande, ande o no ande! Tenía que ser bastante alta para que él hablara así de ella, el gallego me superaba cómodamente en estatura.

-No sé, nunca he maniobrado con una pieza como esa. ¿Dices que es rubia?

-Como el oro, el pelo le llega hasta la cintura, bien lacio. Comencé a ceder en mis pensamientos, nunca había compartido con una mujer así.

-Yo no tengo dinero y ya sabes de la pata que cojea el Capitán. ¡No! Mejor lo dejamos para otra oportunidad.

Lo veía realizando ejercicios de infantería alrededor de la piscina del hotel Jagua de Cienfuegos, caminaba como un condenado el muy cabrón, lo hacía con el mismo shorcito que utilizaba en todas las navegaciones, apenas tenía ropa tampoco, vestía muy mal para ser Capitán de un barco. Su mujer lo seguía con resignación mientras nos observaba con algo de envidia, le deba tres o cuatro vueltas a la piscina y se perdía en dirección al lobby del hotel. ¿Cómo se llamaba la mujer? No recuerdo su nombre ni me explico que hacía al lado de aquel tipo. Era una hermosa trigueña habanera que no encajaba en el prototipo de su marido, tenía de todo lo que a él le faltaba, cara, cuerpo, gracia, elegancia, sencillez y esa alegría tan suigéneris de los nuestros. ¡El Capitán, no! Era un sapito vestido de uniforme y carente de todo lo que pueda resultar atrayente para una mujer.

-¡Qué pasme la plata si quiere enterrar al animal! Tú no te preocupes por el dinero, acuérdate que él recibe por gastos de representación. No me convencían sus argumentos, tenía libertad para solicitar plata y justificar sus gastos alegando que fueron realizados en función de servicios prestados, pero el hombre no entraba en esa, era uno de los pocos incorruptos que existían en aquellas fechas, nunca gastaba nada extra. Peor aún, sometía a sus tripulaciones a sacrificios extremos innecesarios y en todas las asambleas sus peroratas justificativas giraban en torno al bloqueo.

-¡No jodas, Tony! Si este tipo es capaz de sacrificar a su mujer, ¿qué coño podemos esperar nosotros? ¡Búscate otro, men! Yo no comparto con ese tipo en la calle, es suficiente que me lo tenga que disparar a bordo.

-¡Asere, no me hagas eso! Tengo un material de primera esperándome en la aduana, tú eres mi única esperanza. Sus últimas palabras estuvieron sobrecargadas de frustración y me conmovieron hasta los cimientos del alma, tuve que ceder. ¡Vamos! Tampoco tan calvo, yo era un jodedor de guardia las veinticuatro horas y no necesitaba tanta cuerda.

-Tony, en la primera mariconería que se ponga este sapo de mierda te la dejo en los callos. Te repito, no tengo un solo centavo para pasmar en esta aventura. La felicidad le regresó al rostro al escucharme y partió para hablar con el Tercer Oficial. A Paneque no había que darle muchas explicaciones, apenas salía del barco y consumía la mayor parte del tiempo leyendo, era un tipo que siempre se encontraba radiante de felicidad sin justificación alguna. Cualquier tiempo en el barco era mejor a los pasados en la Sierra Maestra, siempre me dije. Paneque era conocido entre los rebeldes como el Capitán Bayamo, nunca le pregunté por qué. Ocupaba esa plaza de oficial gracias al Capitán, no sabía obtener posiciones por radar o utilizando métodos tradicionales con el uso de la alidada, menos aún con los astros. Paneque era un adorno que teníamos en el puente y siempre se acompañaba de un muñequito llamado Zucuzucu. El Capitán se empeñaba en enseñarlo a obtener posiciones y diariamente le impartía alguna clase. Luego, cuando consideraba que su alumno había aprendido algo, le solicitaba que obtuviera la posición del buque, Paneque se dirigía a su muñequito y le decía; ¡Zucuzucu, posición!

Era una rubia que valía la pena cualquier sacrificio, hasta el estar escuchando al Capitán hablar mierdas durante cuatro horas. Tomamos una mesa para seis personas en el restaurante y yo no quise comer nada, lo había hecho en el barco a las seis de la tarde. El vodka lo mezclé con la Pepsicola rusa que se fabricaba entonces en ese país, era de los escasos productos capitalistas disponibles entonces. La rubia era monumental y sentada a mi lado me superaba dos cuartas, pero solo hablaba ruso, no entendía ni los esfuerzos mímicos que yo realizaba y con los cuales triunfé en otros países. La velada fue muy aburrida y no pasó de ser solamente eso, una velada en la que todos esperábamos que el tipo con la plata se empatara. Tony me miraba, yo lo miraba, me volvía a mirar y nos pasamos toda la noche en esa bobería. Con los ojos nos decíamos lo mismo, ¡oye!, si este tipo no se empata en Cuba con una gata, ¿crees verdaderamente que logre conquistar algo en Rusia?

Nos despedimos con la promesa de encontrarnos al siguiente día a la entrada del restaurante, no existían muchos lugares de distracción en Novorossisky por aquellos tiempos. La distracción nunca ha sido una prioridad en la mentalidad comunista, todas nuestras salidas realizadas por invitación de las organizaciones políticas estaban dedicadas a mostrarnos las huellas de la guerra. El monumento al soldado desconocido, un submarino de no se sabe qué época, el museo tal y más cual. Y para serles franco, lo que menos importa a un marino sometido a largos tiempos de abstinencia sexual, es someterse a la historia de guerras o héroes. Una simple y modesta puta puede satisfacer nuestras exigencias del momento.

La rubia no fue ese día y a pocos metros del restaurante le dije a Tony que regresaba a mis aventuras cotidianas. Yo lo imaginaba, demasiado grande aquel caballo que anda o no anda y rubia para más defecto. Demasiado enano para ella, y lo peor, flaco, trigueño y no hablaba ruso.

-¡No te vayas! Casi me gritó Tony cuando trataba de girar sobre mis pasos. –Lo que te tengo es material de primera, ¿ves aquella trigueña de ojos azules?, es la que vino en sustitución de la rubia. Paré en seco y recorrí toda su figura en segundos, me convenció. Nos sentamos en la misma mesa de seis personas de la noche anterior luego de sobornar al portero de la entrada, la camarera se sintió muy feliz al vernos regresar y tenía razón para comportarse así. Tony fue el que había pagado la cuenta con el dinero del Capitán y dejó buena propina.

Nunca había sido tan dichoso en mi vida, me encontraba sentado al lado de un monumento ruso. Trigueña como yo, más o menos de la misma estatura, unos ojos que eran la prolongación del cielo en el cuerpo humano y por bendición de Dios, aquella ninfa hablaba español.

Mientras comíamos, tocaba un grupo musical que entre números tradicionales interpretaba algunos rocks lentos de cantantes famosos en esa época. Me gustaba aquella costumbre rusa de estar comiendo y detener el cuchillo o el tenedor para salir a la pista. Cuando menos lo imaginabas llegaba una mujer y te tocaba en el hombro para invitarte a bailar, aquel relajo era un vacilón. Comías un poquito y hacías la digestión moviendo el esqueleto. Otro detalle relevante y que asimilé a la velocidad de un trueno lo fue, que cuando una mujer estaba para tu cartón no era necesario forzar la situación. Mientras bailaban ella se pegaba a ti, te abrazaba y hasta te besaba en el cuello. A los cubanos no hay que darles mucha cuerda en esos casos, manos por la cintura que tú conoce ejerciendo presión hacia tu cuerpo y una respuesta oportuna a todos esos besitos espontáneos que nacen en medio del baile. Luego, disimular en lo posible las repentinas erecciones y tratar de regresar a la mesa algo inadvertido.

-¡Damoi! Me dijo la rusa cuando salimos del restaurante y esa palabra yo la había aprendido a la perfección. Tampoco comprendo el por qué me lo había dicho en ruso hablando tan bien el español, estaba tan caliente como yo.

-¡Tony, voy quemando, men!

-¡Asere! No me dejes embarcao ahora.

-No te dejo embarcao, men. Ya yo cumplí contigo y la pieza está caliente, me invitó a su casa.

-Sí, pero debemos esperar a que el Capi cuadre la caja. No olvides que él fue quien pagó.

-Pero ese no fue mi trato, yo te hice la media. ¡Carajo! No me pidas ahora que espere a que ese sapo ligue. Tú sabes que el tipo es zurdo para estas cosas y si no lo hizo anoche, no esperes nada positivo hoy.

-¡Coño, mi herma! No me dejes con esta candela, yo estoy más desesperao que tú. Volvió a conmoverme y me dejé arrastrar por los sentimientos. Unos metros separados de nosotros se encontraba el Capitán pasmado, no hablaba nada, no era escopeta como nosotros.

-Bueno, voy a convencer a la rusa para hacerles la media, pero por Dios, si se demora mucho en el ligue voy quemando. Fuimos caminando hasta un parquecito donde los bancos se encontraban bastante separados entre sí y cada pareja eligió el suyo. Era verano para ellos, solo para los habitantes de aquella ciudad. En las noches la temperatura bajaba mucho para nosotros, se acercaban a nuestros inviernos. La oscuridad era casi total y las luces de las edificaciones próximas no afectaban aquella deseada intimidad. ¡Damoi! Me repitió en varias oportunidades aquel monumento de mujer y siempre traté de convencerla de la necesidad de nuestra presencia en aquel banco. El tiempo pasaba en medio de aquel manoseo propio de jóvenes y la temperatura de ambos cuerpos se elevaba rompiendo los efectos que producían sobre ellos la frialdad y humedad de la madrugada. Hubo una barrera que al principio consideré difícil de vencer, no imposible para cualquier hombre de mi edad. Le fui subiendo poco a poco su maxifalda en la medida que mis hábiles manos de panadero recorrían esa parte de su cuerpo. Media hora después, yo me encontraba con el pantalón sobre las rodillas y ella permanecía sentada sobre mis piernas. ¡Damoi!

-¡Document! Dijo una voz oculta detrás de la impactante luz de una poderosa linterna que apareció desde ultratumba y me asustó. Le bajé el royo de tela de la muchacha en un movimiento casi brusco y la senté a mi lado mientras subía el pantalón y trataba de fingir estar haciendo algo que no fuera lo que realmente hacía al ser sorprendido.

-¡Document! Repitió aquella voz con timbre de acero y metí la mano derecha en mi bolsillo trasero sin poder distinguir a nadie detrás del foco que me apuntaba, le extendí mi pasaporte. -¿Kubinsky?

-Da, yo soy kubinsky. Le respondí con cierto miedo, ya me habían hablado de la mala fama que tenía aquella milicia rusa. La muchacha permanecía muda a mi lado.

-¿Gabana? Dijo el tipo que al parecer leía los datos de mi pasaporte.

-Da, yo vivo en La Habana, Gabana.

-¡Niet problem! El tipo me entregó el pasaporte y se retiró. Dije yo, claro que no hay problemas, somos hermanos, somos socialistas y que viva el internacionalismo proletario. Los vi cuando se llegaron hasta los bancos de Tony y el de Ferreiro, los imagino desarrollando el mismo procedimiento de preguntas y respuestas esperadas, yo vuelvo a lo mío. El mismo calentamiento de células, moléculas, iguales pulgadas de tela a enrollar, blumer que se baja, pantalón rodando hasta las rodillas, carne que frota con carne, lenguas que viajan hacia otras cavidades, pequeños saltos espasmódicos e involuntarios, algunos gemidos que rompen el silencio de la madrugada.

-¡Document! Rompe una voz diferente aquella hermosa armonía de movimientos. ¿Otra vez? El susto fue sustituido por el descaro del que reincide y el tiempo para bajar el rollo de tela de la maxifalda fue más prolongado, la luz viajaba entre piernas buscando las pruebas del delito con más interés que la vez anterior. Le entregué nuevamente el pasaporte que me identificaba como hermano de causa.

-¿Kubinsky? Preguntó nuevamente aquella voz diferente.

-¡Da! Y vivo en La Habana, Gabana y somos tovarichs… Detrás de aquella luz salieron unos gorilas que se aferraron a los brazos de la trigueña de ojos azules que hablaba español y se la llevaron. Sentí la palma de una mano abierta sobre mi pecho que me detenía y vi desaparecer a la mujer dentro del arco de oscuridad que escapaba al haz de luz de la linterna. Luego, aquel grupo silencioso viajó hasta los bancos de Tony y el Capitán para repetir la operación. Uno de ellos nos dijo en perfecto inglés que nos fuéramos tranquilitos para el barco, las muchachas fueron montadas en carros patrulleros.

-¡Coño, Tony! Te lo dije, men. Ferreiro no es escopeta pal ligue. Mira el pasme que me ha dao. El gallego no quiso responder y caminaba en silencio a mi lado, había sido perjudicado por la misma medida. Unos minutos después comencé a sufrir un dolor muy agudo en los testículos y apenas podía caminar. Le pedí a Tony que me dejaran y continuaran ellos solos, el dolor se convirtió en insoportable y me obligaba a marchar con las piernas abiertas. Creo haber arribado al buque una hora después de Tony y el Capitán.

-¿Qué te pasa? Me preguntó el guardia de portalón.

-Me duelen los huevos, creo que haya sido por culpa de un calentón.

-Eso es fácil de resolver, tienes que botarte una paja.

-¡Dale al carajo! Ni que la pueda parar ahora.


Allí permanecimos atracados mas de un mes y no volvimos a encontrarnos con las chicas, las desaparecieron con el mismo encanto utilizado por todos los países comunistas. Quizás las acusaron de jineteras y no consideraron que nosotros éramos tovariches, hermanos de luchas.

 

 

Esteban Casañas Lostal.

Montreal.. Canadá.

2008-09-04

 

 

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jueves, 20 de mayo de 2021

CAPITÁN MANUEL BALSA LARRINAGA


CAPITÁN

MANUEL BALSA LARRINAGA


 

Aventurarse a realizar una descripción correcta sobre la personalidad de Manolito, puede generar conflictos adversos por sentimientos muy particulares. De un lado tenemos al Manolito buen padre, hijo, hermano, tío, etc., casi adorado en el seno de su familia, yo soy testigo de esto que hablo. Del otro lado tenemos a nuestro Manolito, el hombre que en aquellos tiempos gastaba la mayor parte de su vida entre nosotros. Entonces, debemos separarlos, uno y otro son totalmente diferentes. Cuando se haga referencia a este hombre y se mencionen todas sus virtudes y defectos, puede incurrirse en excesos para unos y si dejáramos de mencionarlo todo, esas omisiones resultarían ofensivas a su memoria. Manolito fue el mismo y ya nada puede cambiarlo.

Estudiamos juntos en el Curso Básico para Oficiales que culminó a bordo del buque escuela “Viet Nam Heroico”. Venció todas sus asignaturas sin dificultad, pero nunca le interesó ir más allá del propósito de graduarse, o sea, nunca luchó por tener una nota sobresaliente. Pertenecimos al mismo grupo y compartimos el mismo camarote.

No haber logrado una puntuación destacada en sus estudios no le restaba inteligencia, Manolito poseía ese don natural cuyo coeficiente lo situaba por encima de la media normal entre nosotros. Tenía esa inteligencia natural, que bien utilizada, le sirvió para abrirse paso en la vida. Creo más bien, sus mejores títulos fueron esa Patente de Corso, Filibustero, Bucanero o Pirata de la que hizo un uso apropiado durante su vida de marino.

Era un loco y nunca se detuvo ante nada, desconocía el peligro o portaba una sobredosis de testosterona. Cuando se proponía algo nada lo detenía hasta lograrlo, mucho peor, podías verte involucrado con él en una aventura ajena a tus intereses por una razón muy poderosa. Manolito poseía un poder de persuasión y convencimiento que te amarraba y dormía en poco tiempo, era terrible. Ya una vez escribí sobre aquella aventura suya de irme a buscar a media noche en una canoa de dos remos y mi barco se encontraba fondeado en medio de la bahía de Luanda. Imposible decirle que no, nunca se rendía e insistía hasta agotarte, una hora después me encontraba remando junto a él rumbo al buque “Las Villas”. Otra anécdota de Luanda me traslada hasta una noche, donde me veo portando un AK-M penetrando junto al tele Luisito en uno de los barrios más peligrosos de aquella ciudad. Manolito iba conduciendo un auto del que desconozco quien era el propietario, iba armado también. -¡Ustedes son mis escoltas, si escuchan algún disparo llenen de huecos esa casa! Esa fue la orden que nos dio mientras tocaba a la puerta de aquella choza y negociaba con una vieja bandolera. Del interior salieron dos negros armados con fusiles AK-M también y se dispusieron a descargar unas cajas de ron del maletero del auto. Yo no sabía cómo había llegado hasta allí, ni qué necesidad tenía de verme involucrado en aquella peligrosa acción, solo encontraba una respuesta, Manolito.

Además de osado y valiente hasta la temeridad, era un tipo superdivertido, siempre estaba contento, resultaba difícil verlo enojado, y créanme, era lo mejor que se podía hacer si se compartía con él. Cuando la ira lo invadía se ponía rojo como un tomate y no lograba coordinar una oración, no hablaba, balbuceaba y le aparecía una tartamudez repentina muy peligrosa, después de esa fase podía aparecer la trompada. Si algo lo sacaba de sus cabales lo fue la traición, no la toleraba, si él no la cometía, esperaba en reciprocidad un comportamiento similar. Si eras su socio, estatus que no alcanza el nivel del amigo, podías estar seguro de que te sería fiel y nunca te traicionaría. Si eras su amigo, los privilegios que gozabas en su trato superaba al que brindaba quizás a sus propios hermanos, era simplemente un hombre especial.

Manolito nunca abandonó sus locuras a lo largo de aquella carrera contra el reloj desde que fuera un estudiante hasta lograr los grados de Capitán. Nunca cambio su personalidad, no se infló como muchos, solo era un loco con más responsabilidad. Recuerdo que me propuso salir con él como su Primer Oficial y esa vez su insistencia le falló. Lo conocía muy bien y preferí conservar su amistad alejada de los rigores del trabajo. Fue su último viaje y su esposa siempre condenó mi negativa alegando que yo lo hubiera controlado. Nada más falso que aquella expresión casi desesperada de ella, solo había una persona en el mundo capaz de controlar a Manolito y nunca en su totalidad, esa persona era precisamente ella.

Me encontraba navegando y hasta mí llegó la noticia de su fallecimiento. Fui con mi hijo a darles las condolencias y me lo encontré vivo, pero muerto en vida. Ya no tenía ante mí al Manolito que les he descrito y donde oculto otras aventuras, me partió el alma aquel encuentro y mi hijo quedó traumatizado. A partir de esa fecha, aquel loco simpático, valiente y fiel amigo, comenzó un recorrido doloroso para él y toda su familia.

Si de algo deben vivir orgullosos sus hijos, creo que deba ser por todo el amor que Manolito les profesó en vida, los adoraba. Si de algo debemos estar orgullosos sus amigos, fue aquella fidelidad que siempre nos regaló junto al recuerdo imposible de borrar, la de aquel loco al que una de todas sus virtudes lo superaba y brillaba junto a él, su inmaculada “hombría”. Eso era y es él en nuestras memorias, un hombre a todo dar. Había escrito dos trabajos que dediqué en su honor hace mucho tiempo, hoy me propuse desnudarlo un poco más ante sus ojos. Estoy convencido de que aquel Corsario, Filibustero, Bucanero o Pirata cubano llamado Manolito, ya deba haberle vendido dos motores fuera de borda a Neptuno para que se desplace con más velocidad en su reino.

 

Con mucho afecto y cariño a ese amigo de los que hoy escasean y nunca mueren, solo se van y nos dicen; ¡Hasta luego!

 

 

Esteban Casañas Lostal.

Montreal..Canadá.

2021-05-20

 

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martes, 18 de mayo de 2021

MARINA MERCANTE CUBANA, PENÚLTIMOS DÍAS


MARINA MERCANTE CUBANA,

PENÚLTIMOS DÍAS


 

El naufragio de nuestras flotas, creo sin temor a equivocarme, las mas grandes, mejor dotadas técnicamente y operadas por hombres bien capacitados (salvo contadas excepciones), vanguardias de este continente y otros subdesarrollados. Ese naufragio estaba ante nuestros ojos y solo los estúpidos fanáticos que se alimentaban con discursos, los ciegos y sordos ante una realidad que dejaba de ser una amenaza para convertirse en la peor de las galernas, se negaba a aceptarlo.

Cada día era mas frecuente escuchar que algunos de nuestros buques se encontraban detenido en un puerto cualquiera, detenciones que llegaron a extenderse por un año como el del buque “Bahía de La Habana” en Montreal en 1991, por solo citar uno de tantos ejemplos. ¿Quién de nosotros no estuvo preso alguna vez?

¿Cuántos barcos no fueron obligados a darle la vuelta al mundo por Sudáfrica, cuando la vía del Canal de Suez era más corta y económica? Nos transformaron en tripulaciones de fugitivos que huíamos constantemente a las demandas realizadas por cientos de acreedores, gente que debíamos pagar los errores cometidos por otros, y ustedes saben perfectamente quienes eran o son.

La vida se nos hacía cada día más difícil a bordo de nuestras naves, la fueron convirtiendo en un verdadero infierno. Ya no era donde se trabajaba por el placer o amor a una profesión, simplemente se sufría y ese sufrimiento se multiplica cuando solo tienes ante la vista cielo y agua. Una vez en ese inmenso mar, no hay sitio a donde acudir para solucionar nuestros problemas y la orden de “continuar”, al precio que fuera, siempre estuvo presente.

No es fácil salir a navegar con un barco mal abastecido de todo lo imprescindible para garantizar la vida en esas circunstancias. Mucho más difícil es arribar a un puerto cualquiera y no encontrar dinero para abastecer la gambuza de los productos necesarios para continuar el viaje. La agencia te comunicaba que solo había dinero para abastecer al buque de combustible y agua. No tenían dinero para avituallar al barco de comida y tampoco para pagarle a la tripulación sus miseros salarios, como si $2.00 dólares diarios fuera demasiado dinero. ¿Qué hicimos? Mejor no respondo esta pregunta. ¿Han visto alguna vez a un Capitán de una flota cualquiera mendigando un poquito de dinero para resolver comida? ¡Claro que lo vimos y nos callamos!

I'm sorry, Cuba don't pay! Ese era el mensajito que nos daban las compañías telefónicas cuando deseábamos realizar alguna llamada oficial. ¿Se imaginan por un instante ese estado de incomunicación o abandono encontrándonos en Singapur o Malasia? ¿Cómo puede operar una flota en esas condiciones? ¡Es imposible!

Imagina por solo unos segundos que arribas a Bangladesh, dicen que es uno de los países mas pobres del mundo, eso lo han repetido en innumerables oportunidades en los noticieros de Cuba, ¿me equivoco? Imagina que arribes con la gambuza en cero, o sea, totalmente vacía y te faltan mas de dos meses de viaje. Se pegan al buque varias pequeñas embarcaciones cargadas con alimentos frescos y animales vivos, ellos solo piden cambiar toda aquella comida por cables y cabos viejos. ¿Saben cuáles fueron las respuestas del Capitán y el Secretario del Partido? Que nosotros debíamos vender esos cables y cabos viejos, pero el dinero debía guardarse para ser entregado en La Habana. No había escuchado nada tan absurdo o irracional, tan sumamente ridículo o cobarde, ya les dije el tiempo que nos faltaba para llegar a casa.

Imaginen por un instante que navegan en un buque con mas de treinta tripulantes, treinta estómagos de seres que esperan le arrojen una migaja a la hora del desayuno, almuerzo y comida, treinta estómagos que cuando se unen dan origen a una bolsa algo amplia. Imaginen que están en un puerto cualquiera esperando un poquito de plata para aliviar en lo posible las necesidades de tres departamentos. Imaginen que esa plata llega y solo sean $500.00 dólares, es de infarto, ¿no? ¿Cómo puedes dividir ese ridículo dinero entre tantas necesidades?

Por máquinas te piden materiales para garantizar el trabajo de los generadores, un balón de acetileno y oxígeno, juntas, etc. Por cubierta se solicita espejuelos anti-impactos, guantes, brochas, cepillos metálicos, papel para el radio facsímil, papel para el barógrafo, papel para el termógrafo, etc., etc., etc. ¡Pero nos falta la solicitud de cámara! Ellos piden café, ensaladas, pasta de dientes, harina para hacer pan, huevos, vegetales, papel de baño, etc., etc., etc. Entonces se produce una reunión entre los jefes de departamentos donde cada uno de ellos sale disgustado. Si compras los balones de acetileno y oxigeno no alcanza la plata para el papel del radio facsímil. Si compras el papel para el termógrafo y barógrafo no alcanza el dinero para los vegetales. Si compras espejuelos anti-impactos no alcanza el dinero para limpiarte el culo. Una gran discusión toma horas en aquella pequeña reunión y cada jefe expone la importancia o urgencia de sus pedidos. Finalmente gana el culo, poco importa si se rompe una tubería en medio de una galerna y no se pueda hacer nada por falta de acetileno. ¡Que Dios se apiade de nosotros! Podemos navegar con buena suerte sin esos balones, pero no podemos hacerlo con el estómago vacío y el culo sucio. ¿Parece un chiste, verdad? No lo es, estas situaciones dramáticas se vivieron en los penúltimos días, un poco antes de que todas las flotas naufragaran.

¡Ya! Los escucho desde sus lejanías, el “bloqueo”, los putos norteamericanos y todas esas boberías. Otros prefieren guardar silencio, siempre han sido muy calladitos. Veo en la lejanía a muchos de aquellos fanáticos, ciegos y sordos, no han cambiado. Continúan siendo los miserables de aquellos penúltimos días, penúltimos barcos, penúltimos hombres, penúltima vida.

Todo era mentira y se supo la verdad después que se derribó aquel muro, éramos solo apariencias, un país convertido en proxeneta e incapaz de satisfacer sus necesidades, un hijo bobo de los rusos estudiando en una universidad. Pasado el penúltimo día todo se fue a la mierda.

 

 

Esteban Casañas Lostal.

Montreal..Canadá.

2021-05-18

 

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jueves, 6 de mayo de 2021

El RECLUTA 51


El RECLUTA 51




“El Recluta 51” es un libro testimonio concebido por el pintor cubano Luis Vega, quien, empujado por una necesidad imperiosa, trata de deslastrar un viejo e insoportable peso cargado sobre su conciencia durante medio siglo. Deja a un lado sus pinceles y paleta en esa pausa necesaria y, sin percatarse apenas, comienza a pintar también en la pantalla de su ordenador todo aquel horrible paisaje vivido y conservado en su memoria. Porque eso es verdaderamente lo que hace Luis en este libro, pintarnos una vida saturada de angustias, privaciones y penas, con sus mejores colores. Alejado de toda influencia maligna en su pasado y corrientes actuales, no existe una sola línea de esta obra, donde el odio logre vencer la nobleza de aquel espigado joven arrebatado de su seno familiar el 17 de Abril de 1964.

Con un estilo muy particular, trata de darle vida, quizás a fantasmas, porque varios de sus compañeros de infortunio se han marchado para siempre, y lo logra. A través de pequeñas viñetas, enviadas como tarjetas postales, atrapa a cada uno de aquellos muchachos con los que compartiera durante esos infinitos tres años de cautiverio. Lo hace mostrando los mejores colores que nos brinda el amor, y al implacable verdugo de nuestros desvelos, le brinda el espacio que merecieron dentro de su memoria, sin odios, deseos de venganzas o cualquiera de aquellos castigos que le aplicaron siendo un muchacho.

Por una u otra razón de la que no se le puede pedir explicación, porque es un derecho de cada autor a expresarse libremente, Luis elige utilizar seudónimos o nombres falsos en sus personajes, lo comprendo, corren tiempos de sorpresas. Sin embargo, hubiera sido un bello homenaje a todos aquellos jóvenes que, sufrieron esos tres años de abusos, vejaciones y humillaciones en su compañía y hoy no están con nosotros. Son pocos los testimonios publicados por las víctimas de aquel temprano y horrible abuso cometido en 1964 contra la juventud cubana, el Primer llamado al SMO (Servicio Militar Obligatorio) El suyo, además de ser un valioso testimonio, no deja de ser un hermoso homenaje a todos aquellos muchachos, solo que sin un destinatario definido.

En algunos pasajes de su obra, Luis es capaz de arrancarte una sonrisa donde solo existió dolor y puede interpretarse como una parodia cuando no lo es. Todos conocemos la capacidad suigéneris del cubano a la hora de burlarse de sus propios sufrimientos. Pueden aparecer escenas surrealistas, absurdas, imposibles de considerarlas ciertas, pero así mismo, con esa aberrante fantasía, ha transcurrido la vida en Cuba durante estos sesenta y dos años.

Muchas cosas se le escaparon con la premura por darle nacimiento a esta criatura y daría motivos para publicar un segundo tomo, incluso mas amplio que el presente. Temas que traten con profundidad el castigo inmerecido que recibimos por el único delito de ser jóvenes y haber nacido antes del 1959. Cuando se llega al final de su lectura, simplemente nos quedamos con esa hambre insatisfecha por saber más. Bueno, para el que no estuvo a su lado o desconoce cuál fue la suerte corrida por esos muchachos condenados a ganar $7.00 pesos mensuales. Si crueles fueron el único teniente llamado Daniel y el único sargento de apellido Soto en aquella Unidad de solo sesenta reclutas, mucho mas malvados y despreciables fueron algunos de los reclutas que realizaron funciones de jefes de pelotón, oficiales de guardia, político, etc. Se requiere haberlo vivido para hacer mención de las miserias humanas que brotan cuando se otorga una onza de poder al hombre. Ya lo dije con anterioridad, el libro de Luis va de amor y las veces que se independiza de su yo en todas las narraciones, lo hace generalmente para dedicarle algunas líneas a quienes sufrieron junto a el y no a quienes le provocaron dolor.

Convencido estoy de que, si aquella ley se impuso para educarnos “revolucionariamente” y convertirnos en la primera generación del “hombre nuevo”, la cosecha obtenida tuvo resultados negativos. Nosotros fuimos los primeros en saborear la crueldad de aquellos verdugos y fieles testigos del crimen silencioso que se estaba cometiendo con la complacencia, complicidad y silencio de todo un pueblo.

Luis pudo escapar a las tareas de esclavos que realizamos en esos tres años y lo logró gracias al gran talento que mostró desde esa temprana edad por la pintura, yo soy uno de los testigos que puede reafirmar lo que escribió en esos pasajes. En nuestra Unidad pintó una hermosa valla, lo hizo también en el Circulo Social de la Granja Menelao Mora y otro mural a la entrada de la base aérea de Baracoa. Sus cuadros también fueron hermosos y aquellos pinceles lo convirtió en una moneda de cambio por otros servicios.

Por azares de la vida o caprichos de la mente humana, hace solo unos días escribí su nombre en el buscador de Google. Aparecieron varios Luis Vega, pero no todos eran pintores como él. encontré que había escrito este libro y lo encargué inmediatamente por Amazon, yo sabia que me iba a identificar con él, pero nunca imaginé que me dedicara dos de sus viñetas con el seudónimo de “Cabañita”, ya pueden imaginar la alegría experimentada. Continué mi búsqueda y encuentro su galería con un número de celular disponible. Llamé y no obtuve respuesta, le dejé un mensaje y unas horas más tarde estábamos enredados en una larga conversación, la normal para tratar de recuperar cincuenta y cuatro años de ausencia.

 

…Cabañita, en las noches de guardia se perdía montado a caballo, con solo un saco de yute por montura y una soga por freno. Yo lo cuidaba como un padre, y disfrutaba verlo galopar con aquel aire de libertad que se reflejaba en su rostro…

(Viñeta titulada “La Guardia a Caballo)

 

¡Muchas gracias, Luis! Es grato leer que te dediquen palabras de afecto o cariño como estas, aunque haya transcurrido medio siglo de aquellas cabalgatas nocturnas.

Amigos, solo me queda invitarlos a disfrutar de esta acuarela llevada a un libro con el testimonio de lo que un día fuimos y nunca dejamos de ser, aquellos jóvenes. Pueden encontrarlo en Amazon.

 

Esteban Casañas Lostal.

Montreal..Canadá.

2021-05-06




 

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