BREVE PARADA EN AGUADA DE PASAJEROS
El mes de Julio es muy complicado en el país de la Ciguaraya, los que nunca trabajan y son mayoría, se cansan de descansar y se toman unas merecidas vacaciones, los que laboran improductivamente también. La calle es un constante hormigueo de seres que deambulan sin decidir como emplear ese tiempo. La gran cantidad de hoteles construidos y al alcance de sus ciudadanos se mantienen casi vacíos, los porteros de los restaurantes insistentemente detienen a cuanto curioso peatón transita próximos a sus entradas y casi los obligan a entrar. Por tal razón y para evitar esas molestias, la gente prefiere caminar por el medio de la calle burlando el intenso tráfico. Las posadas corren la misma suerte, nadie quiere hacer uso de ellas, todos prefieren el contacto directo con la naturaleza. ¡Que bello suena todo eso!
Para los habitantes de esta extravagante tierra existe solo una meta en cada verano, los carnavales. Nada les causa más placer que pasearse cuadras y cuadras con una perga llena de laguer caliente, detenerse en una tribuna donde toque cualquier orquesta, no importa qué tipo de música sea y menos aún la letra, el caso es que sirva para mover el esqueleto y quien dice el esqueleto el culo también. Así es la vida allí, muy divertida, sin preocupaciones o responsabilidades, bailar y beber, claro, cuando se pueda, luego vendrán tiempos para colas, concentraciones y discuros.
Esa rumba no dura mucho y por tal razón se aprovecha al máximo, toda la felicidad es volátil y se gasta como pan caliente. Al finalizar el mes y exactamente el 26, la gente acude hipnotizada a la gran plaza de la finca donde siempre habla el gran jefe, el que lo sabe todo, aplauden. Bueno, no puedo decirles que es el único día que asisten a esa reunión tan familiar, el tipo es un gran orador y esos encuentros son muy frecuentes hoy día.
Sonó el silbato del cartero y mencionó mi nombre, solo de oírlo me encabronó, allí no es muy frecuente recibir telegramas ni llamadas telefónicas. A esa hora deseaba mentarle la madre, no era para menos, todo el mundo disfrutando de las vacaciones de verano y ahora se aparecía nada menos que un cartero con un telegrama, mal presagio.
-Priiiiiiií.- Sonó insistentemente el silbato. -¡Esteban Casañas, telegrama! Vaya, carajo, era una vieja mulata de espejuelos, no sé cómo resistía estar soplando 8 horas. Salí en short y camiseta.
-¡Soy yo! Le dije con mala cara y tenía mis razones para hacerlo, estos cabrones solamente se presentaban con malas noticias.
-¡Firme aquí, compañero! Casi fue una orden militar que cumplí para desprenderme de su presencia.
…Preséntese con carácter urgente en el Departamento de Cuadros de la Empresa.
Firmado.
J' de Cuadros…
¡Así, a capela! No se me habían vencido las vacaciones todavía, yo sabía que esas fechas eran peligrosas para tomarlas porque muchos Oficiales presentaban crisis, enfermaban o mataban a parientes, padecían también el virus carnavalesco, les gustaba mover el esqueleto.
Al día siguiente me encontraba con todos los documentos en la mano, pasé por la caja de la empresa, me pagaron el monto del pasaje y una dieta cuya suma serían unos $25 pesos. No tenía escape, debía partir para el puerto de Santiago de Cuba y relevar al Primer Oficial del buque "Moncada". Fui para la casa con aquella carga, ya mi esposa estaba acostumbrada a estos imprevistos, por tal razón nunca planificábamos nada y dejábamos que fuera la vida misma la que guiara nuestros pasos. Realmente en la Ciguaraya no se podían hacer planes, solo el gran jefe estaba autorizado para ello y disponía de nuestras vidas a su antojo.
Al llegar a la terminal de ómnibus a la mañana siguiente, sufrí una gran desilusión y negativo impacto, calculé que me demoraría alrededor de un mes en llegar hasta la casilla donde se sacaban los pasajes. Tenía deseos de salir de nuevo para comprobar si me encontraba en la capital del país, toda la terminal se encontraba abarrotada de nagüitos orientales. Gente de todas las edades y colores, unos dormían plácidamente sobre el sucio piso de la terminal y cualquier cosa les servía de almohada. Rostros grasientos que no probaban el agua desde varios días, ropas sucias de tanto limpiar la terminal, vejigas al reventar a la entrada del baño, policías tratando de organizar aquellas incontrolables colas. Si ibas a la de Pinar del Río te la encontrabas repleta de nagüitos que deseaban visitar a sus familiares y el mismo panorama en todas las colas de las diferentes provincias. Se habían diseminado como una plaga, y lo peor de todo, eso mismo sucedía en las terminales de sus provincias. Ese era el único toque negro en estas fechas en el país maravilloso de Alicia y todos los tontos latinoamericanos.
Tuve que sobornar a otro taxista para que me llevara a la terminal de trenes, no crean que fue una operación sencilla. Cargando todos aquellos bártulos con lo imprescindible para partir a una batalla, caminé hasta Ayestarán y logré convencer a uno. Allí la situación era peor, agravándose por la insobornabilidad de los chóferes de la zona, no aceptaban el doble de la tarifa. Sin otra opción, caminé desde la terminal de trenes hasta San Ignacio y Obispo donde se encontraba nuestra Empresa. Había un comemierda de portero al que casi lo mando al carajo y entré, solté las maletas en la oficina del jefe de personal (no hablo de Salado, una persona incorrupta) me refiero a otro jabao de quien desafortunadamente he olvidado su nombre.
En esos momentos no se encontraba presente y decidí esperarlo para comunicarle sobre los acontecimientos, el tipo se demoró todo lo que le dio la gana y traté de conservar la paciencia, eso sí, para vivir en aquel pais hay que hacer derroche de ella. Cuando al fin le salió de sus reverendísimos testiculos y terminó la reunión que probablemente tenía en el bar de El Patio (a solo una cuadra de allí), me invitó a pasar a su oficina. Parado en la puerta me extiende la mano abierta con la palma mirando al cielo y me dice;
-¡Entra!- Como estaba de moda en aquellos tiempos el saludo de los atletas, entré y choqué mi palma con la suya, instantáneamente y como si hubiera comprimido un globo, me llegó su aliento etílico con sabor a hierba buena.
-¡No, compadre! Tú no has entendido, te dije que entraras con la dieta. Me dijo el tipo con tremendísimo descaro.
-¡No jodas!, ¿De verdad? Le respondí mirándolo ahora un poco más serio.
-¡Claro, compadre! Si no saliste de viaje es lógico que la devuelvas. Me contestó con más descaro aún.
-¿Así que yo voy a la caja y firmo un recibo por la mierda que me dieron de dieta, que no alcanzó para pagar los taxis que he tomado hoy, y vienes tú con esa enorme jeta a decirme que te la entregue así porque sí? ¡Ven acá, compadre!, ¿Me has visto cara de comemierda o maricón? El tipo, no acostumbrado a estas salidas tan elegantes, tomó la palanca de cambio y dio retroceso. Tampoco hoy le encuentro explicación al simple hecho de encontrarme en el interior de aquella oficina de Mambisa, situada en los bajos de su edificio en la misma esquina de San Ignacio y O’Relly. Allí era donde atendían a la oficialidad subalterna, maestranza y marinería en general. Los Capitanes, Jefes de Máquinas, Primeros Oficiales y Segundos Maquinistas, eran atendidos en la planta baja, doblando a la derecha después de vencer el buró de la recepción en la entrada principal.
-Bueno, no te preocupes porque eso se manda a descontar del salario.
-Por supuesto, que lo descuenten del salario, pero no te voy a entregar ni un centavo, puedes estar requeteseguro de esto. Aquel cabrón no quiso seguir la rima, sabía que no le convenía, ya me lo había encontrado en varias oportunidades bebiendo en El Patio, La Bodeguita del Medio, Floridita y otros restaurantes próximos al área, sitios donde por su insignificante salario, era imposible que lo visitara no solo una vez al mes, dudo que dos veces al año haciendo muchos sacrificios.
-Si quieres deja el equipaje en mi oficina y mañana pasa por aquí temprano, voy a gestionar un Volga para que te lleve hasta Santiago de Cuba con otros tres tripulantes asignados para ese barco.
-¿Quién responde por mis pertenencias? Una pregunta muy importante.
-No te preocupes, el único que posee llave de ella soy yo.
-Sabes entonces que si me falta algo lo vas a tener que pagar.
-Hombre, vete tranquilo que aquí no entra nadie. Nos despedimos con el mal sabor de habernos conocidos personalmente.
Temprano en la mañana me vestí con el uniforme de la marina, charreteras incluidas. Era un truco que no fallaba en aquel feudo tan corruopto, la policía no te jodería tanto, ese cuerpo era compuesto en su mayoría por nagüitos. Un uniforme es como una garantía de honradez y eso lo aprendí con grandes maestros del contrabando en la marina. No hay nada más digno y respetuoso que llevar un contrabando dentro de un portafolio adornado con un uniforme, no importa su color.
Esperé dos o tres horas por el jabao dirigente que quiso tumbarme la dieta, bueno, no todo era color de rosa. Ese día me encontré con un socio que había estudiado conmigo y se asombró de verme lucir el rango de Primer Oficial.
-¡Compadre! ¿Cómo es que habiendo sido el primer expediente de la promoción, continúes siendo primero? Me preguntó el socio que se había graduado con una alpargata como cerebro.
-¡Ná, tú sabes cómo es eso, unos nacen con una estrella y otros estrellados. Le contesté con mucha resignación y de ésta hay que tener en abundancia allí.
-¡Tienes que aprender a vivir, compadre! Fue todo lo que me respondió.
-¿Cómo es eso mi socio?
-¿Por qué no has ascendido en todos estos años? Me preguntó.
-¡Coño! Sabes perfectamente que la lista de matrícula en la Academia para el curso de Capitán tiene que ser aprobada por el Comité del Partido. (Algunos beneficiados del régimen insisten hoy en explicarnos que sus ascensos -meteóricos- se debieron a la consideración de tal o más cual director, Jefe de Cuadros, etc.), insisten desde esta orilla tratarnos como imbéciles.
-¡Fao, fao a las mallas, mi hermano! ¡Póngase pa’las cosas o te vas a morir de primero!
-¿Cómo es eso?
-Muy fácil, solo que hay que pasmar los baros, usted invita a él/la jefe a un restaurante a jamar, pero no solo a eso, como él/ella es curda, gástese la plata y ponga un pomo, póngale/la a que chupe que eso es lo que se usa. Cuando esté bien caliente le suelta unos varos y promesas de alguna pacotilla al regreso. Eso no falla, esa plaza, barco o curso en la Academia es suya. ¡Ponte al día, asere! Verá como sale en la primera lista y cáguese del Comité porque todos ellos son la misma mierda y el Partido es inmoral, digo, inmortal.
-Compadre! Si yo tengo que ascender de esa manera me quedaré de Primer Oficial para toda la vida.
-Ya te alumbré, así que de aquí pa’lante el asunto es tuyo. Nos saludamos y se marchó por donde mismo vino el viento que soplaba muy temprano hacia El Patio. Es probable que a compartir un mojito con Carlos Puebla mientras cantaba aquel estribillo que decía; "Se acabó la diversión, llegó el comandante y mandó a parar". Así fue, no pude ascender a Capitán los años que me restaban en la flota, mientras a mi lado corrían veloces algunos alumnos míos y otros que no poseían el título de Piloto de Altura cuando yo era Segundo Oficial, varios de ellos se encuentran en Miami.
El jabao me dijo que en el parqueo se encontraba un Volga que me llevaría con tres tripulantes hasta Santiago, yo era el responsable de aquella tripulación comprendida por un borracho conocido, un ex combatiente de la Sierra (hablo de aquellos infelices que tal vez se jugaron el pellejo de verdad y quedaron fuera en la piñata) luego y para que refrescaran, los metieron en la marina a causar problemas. El otro individuo era un delincuente de La Habana Vieja al que conocía por referencias y por último el chofer, un infeliz que solo se encontraba dispuesto a cumplir órdenes, algo molesto por este viaje en medio de las vacaciones en toda la república. Como pudimos colocamos los equipajes en el maletero de aquel carro que en la isla era considerado lo máximo, la misma mierda que también se vendía como pan caliente.
Aún dentro de La Habana Vieja, al borracho se le ocurrió la maravillosa idea de comprar algunas botellas de “ron bautizado” para hacer el viaje feliz. Así era la cosa allá, siempre tratando de ser felices nadando en la apacible corriente de mierda, buscando una justificación para celebrar algo y emborracharnos. Todos votamos a favor menos el chofer que se encontraba sin derecho al voto, la primera botella fue abierta por la terminal de trenes dándole palmadas por el culo para sacarle el corcho. Hoy me encabrono cuando tengo que usar un abridor, los capitalistas te hacen la vida difícil tratando de ser perfectos y vender sus productos con calidad y hasta con fechas de vencimientos.
En la medida que el auto avanzaba por las ocho vías, amplia autopista que ya mostraba con orgullo decenas de baches por kilómetro cuadrado, como es de suponer, causados por los enemigos de la revolución. Pues en esa misma medida, iban bajando los centímetros cúbicos de la primera botella consumida a pico por falta de vasos. La suerte de todo esto es que las dificultades se vencían con asombrosa facilidad, en la isla nadie tenía complejos sobre malos vicios. Habíamos aprendidos desde muy pequeños a superar los complejos y prejuicios de los guapos. Ya todo el mundo tomaba sopa y hacia otras cosas prohibidas en el pasado, eso nos ayudó a vencer innumerables dificultades. Todos pegábamos la bemba proletaria donde quiera, y para suerte del sistema de salud, nunca se desató una epidemia.
Como jefe responsable en aquella isla, no permití ningún tipo de discriminación dentro de mi tropa, el chofer tenía el mismo derecho que los pasajeros y la botella en su ronda pasaba por él. No importaban los 90 kilómetros por hora de desplazamiento, todos éramos felices en nuestra nueva aventura. Es de suponer que surgieron los cuentos necesarios para identificarnos entre sí, hablamos de putas de todos los colores y provincias, hablamos de la bolsa negra y los precios del momento, hablamos de viajes pasados, de capitanes hijoputas, solo hablamos de eso y un poco de marcas de ron, de bares de La Habana, de restaurantes, hoteles, playas, barrios, hacíamos hincapié en las mujeres. Para nosotros la vida era un toto, peludo, lampiño, chiquito, grande, seco, jugoso, profundo, insaciable. Solo eso, un toto y eso era lo que yo también tenía en la cabeza, me hacía gracia aquello.
Las horas pasaban y los kilómetros también, recalamos en algunos de los restaurantes construidos en la autopista con el nombre de "Conejitos" (creo que ese era el animalito) y no adivinamos nada. No era fácil dispararse todo aquel cargamento de ron con el estómago a capela. En la medida que avanzaba el auto en medio de discusiones y hasta el aporte de algún bolero antiguo, borrado en la memoria de los más jóvenes, aparecían en el panorama de la autopista interminables campos de cítricos y letreros que me eran familiares. Años atrás y antes de construirse aquella autopista yo disfrutaba mucho más de los viajes, tal vez porque los realizaba acompañado de esa nostalgia que se siente, aunque uno se encuentre en su tierra. Me llamó la atención un indicador sobre la proximidad del pueblo Aguada de Pasajeros.
-Compadre, vamos a entrar en Aguada para ver si encontramos algo de comer.- Le dije al chofer.
-Como usted ordene mi Capitán. Me respondió mientras la tercera botella daba otra ronda más lenta. En lo que ellos continuaban hablando las mismas mierdas de siempre, mi mente viajaba involuntariamente al pasado, un tiempo duro y feliz al mismo tiempo, muy duro para mí, pero muy feliz.
Yo me encontraba cortando caña en el año 67 en un pueblo vecino de Aguada, exactamente en la finca llamada Canasí que pertenecía a pueblecito de Amarillas. No sé cómo ni cuándo fui a parar a una casa con unos seres muy queridos, personas tan dulces y amables que nunca pude olvidarlos. Hoy mismo, cuando escribo estas líneas acabo de hablar con ellos luego de una ausencia de 35 años. Largo tiempo dirán muchos, yo tenía solamente 17 en esa época, hoy cuento con 52 a mis espaldas, pero insuficiente para borrar todo el amor que sentí por aquella familia. No es misterio, aquel hombre al que quise como si fuera el padre que nunca tuve se llama Fermín Sardiñaz y su esposa Chela. Fermín con 80 y su esposa con 75 se acuerdan de mí y poseen una lucidez increíble, fue muy emocionante oírlos de nuevo y la alegría fue común de ambas partes.
El auto se desvió en la intersección de Aguada y entrando al pueblo le preguntamos a un poblador por la pizzería, nos indicó más o menos el camino y nos vimos obligados a preguntar nuevamente. Fue fácil dar con ella, en los pueblos pequeños todo se sabe y no cometíamos error alguno. Antiguamente se podía preguntar por el Ayuntamiento, la iglesia, la casa de socorros, la estación de policía, la funeraria, etc., hoy se le agregaba a todo esto la pizzería, aunque los Ayuntamientos habían desparecido y las casas de socorro se convirtieran en policlínicos.
El borracho bajó con la botella de ron en la mano y la puso encima de la mesa, allí todo está permitido. Todavía existían camareros que atendían las mesas y en lo que esperábamos por ese lento servicio al cual estábamos muy bien adaptados, nos servimos en los vasos grasientos que habían encima de la misma, debo destacar que a todos nosotros nos gustaba usar aquellos vasos sucios. En esos momentos había un guajiro que cantaba tocando una anciana guitarra, sus cuerdas eran de nylon de pescar y el barniz del instrumento se había marchado del país hacía muchos años. Las claves de la guitarra eran de madera también, al parecer algo gastadas y se desafinaba con frecuencia obligando al artista entre canciones a buscar los tonos necesarios, eso sí, usaba una uña de carey y me asombró, hacía años que no veía rastros de aquellos quelonios.
Cuando se dio cuenta de nuestra existencia y sabiendo que éramos extraños, se paró justamente a mi espalda, deduje por instantes que afinaba su instrumento y luego con voz sufrida entonó una canción que me hizo viajar por el Caribe hasta Venezuela.
♫Por el amor de una mujer, jugué con fuego sin saber que era yo quien me quemaba♫, y así hasta el final mientras la botella bajaba de peso. El curda del grupo le brindó un trago de su vaso al guajiro quien complacido lo aceptó. Luego entonó otra canción que me trasladó hasta el Chile del año 73; ♫Mañana me iré, amor mío, que triste estaré, te digo, mañana me iré, amor mío, pero esta noche, pero esta noche, la paso contigo♫. Era de Los Angeles Negros y me llevó hasta una posada de Valparaíso donde entré con una señorita. Ya yo tenía cuatro palos dados, creo que más de cuatro y me invadió la nostalgia. Es maravilloso el poder que tiene la música para hacerlo y luego ubicarnos en solo segundos en lugares tan distantes en el tiempo y el espacio, yo soy un amante de ella. Cuando el tipo terminó aquel número saqué un billete de diez pesos del bolsillo de la camisa y por encima del hombro se lo ofrecí sin virar la cara.
-Muchas gracias, compañero. Me dijo el guajiro muy contento por aquella inusual propina. -¿Qué otro número quiere que le cante? Me preguntó con esa mezcla de humildad propia de nuestra gente del campo.
-Compadre, eso es para que no cante más. Le respondí sin volver el rostro, entonces vi cuando el excombatiente se levantó disparado de su asiento.
-¡No compay, no haga eso! Fue todo lo que dijo mientras a mis espaldas se producía un extraño forcejeo, me levanté inmediatamente de la silla y alcancé a ver la guitarra en el aire. La gente se reía burlonamente de aquel improvisado artista.
-¡Compadre! ¿Tú estás loco? Le pregunté algo asustado.
-¿Cómo coño vas a mandarme a callar? Fue todo lo que me respondió con ira.
-No lo tomes a mal, el problema es que esas canciones me trajeron muchos recuerdos.
-¡Coño compay! Tú no eres bruto, tiene que haber otra manera de pedírmelo.
-Discúlpame viejo. Le dije mientras le extendía la mano. -Es que hay cosas del corazón que no se pueden explicar. El tipo aceptó mi mano y la estrechó con sinceridad, luego lo invité a sentarse con nosotros.
-Yo sé lo que es eso, por eso me emborracho y canto donde quiera. Luego el hombre nos hizo toda su historia, la mujer se le había ido con otro. Nada, historias de las que eran narradas en las canciones de Orlando Contreras y los boleristas de su época, así le dimos fondo a aquel pomo y al llegar al Volga le dimos golpe por el culo a la siguiente botella. La gente es así allá, muy abierta, sana, incrédula, confiada, creo que hasta el infantilismo. Es como si se necesitara de comunicación y a cualquiera le confiesan sus dolores cuando tienen cuatro tragos en la cabeza. Me cansé de oír historias verdaderamente dramáticas en las pilotos, las barberías, en las colas de cualquier cosa, hasta en las de las posadas, comprendí muy pronto que cualquiera puede ser receptor de muchas penas.
Continuamos nuestro viaje cayéndonos a mentiras, con tragos encima hacíamos mucho alarde de coraje y salían a relucir encuentros desafiantes, quizás temerarios para la época, poco a poco el alcohol nos quitaba la careta, pero no era la definitiva, debajo de ella persistía una cirugía plástica, ni con la más aguda borrachera nos desnudábamos de gratis ante un recién conocido, esa era la vida en aquella maldita isla, siempre a la defensiva.
Continuamos el lento viaje hasta Santiago de Cuba luego de despedirnos con ebrios abrazos de aquel guajiro invadido por la tristeza. Tras de mí quedaba un pueblo al que había visitado en varias oportunidades, lo hacía por simple curiosidad, tal vez por comerme un sencillo "choripán", fue allí donde oí ese nombre por primera vez, luego desapareció el chorizo y más tarde el pan, ¿qué no habrá desaparecido en aquella isla? Recuerdo que en una de aquellas visitas a Aguada coincidimos con un circo, su carpa daba pena como nosotros, tenían un león que había perdido la melena y la moral, de rey de la selva había caído en un país donde no se le reconocía su realengo y creo que ya estaba convertido en vegetariano. La parte más simpática de todos los actos era, cuando los asistentes tenían que retirar algo de la pista y la gente les gritaba; ¡Tarugos! ¡Tarugos! Todos reían, creo que hasta el triste león que nadie sabe cómo llegó hasta allí, todo resultaba dantesco y nosotros nos divertíamos, triste alegría, pienso. De ese pueblo recuerdo a uno de sus hijos ilustres, me refiero al marinero de cubierta del buque “Jiguaní” llamado Eleuterio Venancio Galarraga y Tarence, hijo del abogado Galarraga y luego esposo de una chica llamada Dorotea, quien trabajaba en el correo del pueblo. Venancio se presentaba en La Habana como el Benny. Hasta yo, que tuve magnificas relaciones con el, sentía pena llamarlo por su cabrón nombre, era un crimen.
Como llevábamos más de 24 horas de carretera, parando aquí, ora allá, el chofer se cansó y tiró la toalla en un pueblo a la entrada de Oriente, no puedo recordar cuál. Por suerte, el excombatiente tenía parientes allí y paramos. Dos durmieron como pudieron en el auto y tres en casa de su familia como pudimos también. Era asombrosa la hospitalidad de los orientales hoy convertidos en enemigos de los habaneros gracias a la revolución. Llegamos tarde y a esa hora se pusieron a cocinar, aún quedaban botellas de nuestra gran reserva y los presentes compartieron con nosotros como si fueran las diez de la mañana de un sábado corto. Por la mañana y después de desayunar tostones y algunos chicharrones, emprendimos nuevamente el viaje.
Santiago estaba en carnavales, la mayoría de los pueblos por donde pasamos también, la isla estaba desde hacía muchos años en un eterno carnaval. La productividad era nula en esos momentos y casi siempre, cuando franqueamos la aduana y parqueamos justo al lado de la escala del buque, pudimos comprobar que muchos estibadores se encontraban ebrios, aquello no me sorprendió. No recuerdo exactamente cuantas horas gastamos para realizar ese viaje, creo que fueron más de 30. Nadie preguntó las causas de tal demora, simplemente no existía control alguno de nada, todo era un carnaval.
La sorpresa vino después de subir los equipajes, no sé por cuál razón siento tanto placer al mencionar a los HDLGP más grandes que existieron en la flota mercante, esto les puede servir de méritos ante el partido y gobierno, sin embargo, lo hago porque muchos cubanos de la isla leen estos escritos burlando la muralla para ellos impuesta. Pues bien, el Capitán de aquel buque era Juan Carlos Martínez Llamos un santiaguero con el que había chocado a bordo del buque Camilo Cienfuegos, extremista por excelencia y que tenía al buque lleno de nagüitos. Desde que lo vi no saqué mis ropas de las maletas y me prometí no salir a viaje con él, pero bueno, eso corresponde a otra historia. Solo cabe mencionar que, en aquel buque lleno de orientales, el primer cocinero tenía más mando que yo siendo el Primer Oficial. Presenté crisis y me personé en las oficinas de Atención a Tripulantes dirigida en ese tiempo por Gladys Venegas con mi equipaje, nunca salí de Santiago de Cuba a riesgo de ser sancionado. Todo estaba debidamente cuadrado, mi esposa me mandó un telegrama urgente de que operarían a mi hija, la Empresa realizó sus investigaciones en La Habana, pero como todo estaba bien planificado, ella no se encontraría en mi casa, escapé una vez más, Santiago continuaba en carnavales, la isla es un carnaval y mi relevo tuvo que ser enviado en un Volga también.
Tres o cuatro días más tarde llegaría otro Volga con elementos que trabajaban en el Departamento de “Atencion a Tripulantes”, recuerdo a dos de ellos, una era Walkiria y el otro era un mulato bajito que se había criado en la Beneficencia y un día me atacó por mis escritos, creo que su apellido era Vaillant o algo parecido. No vinieron a resolver problema alguno, surtos en el puerto encontraban la motonave “Moncada” y la “Calixto García”, fue un viajecito para testimoniar algo sobre el carnaval. ¡Oh! Se me olvidaba, también viajó Villabrille en ese auto, el trabajaba en el Departamento de Cuadros y tuvo que ver con mi enrolo en el Moncada, pero eso pertenece a otra historia. Los invito a un paseo por el año 1984, donde aun no pensamos cuál sería el futuro de la isla. Realmente nadie pensaba, el PCC lo hacía por nosotros y muchos de sus miembros se encuentran en Miami.
Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá
2002-07-14
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