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jueves, 3 de febrero de 2022

BUENOS AIRES. UN DIA EN EL PUERTO (II)


 

BUENOS AIRES. UN DIA EN EL PUERTO (II)




 Por Guillermo Ferrer Sánchez


La escollera fue dejada atrás y el buque se dirigió hacia la dársena. Las boyas señalaban el canal y una visibilidad excelente tranquilizó al Capitán. El Práctico tomaba su café lentamente, le gustaba fuerte y sin azúcar. Recordó sus años de oficial. Añoraba los viajes, conocer nuevos lugares, la aventura, todo bien, hasta que conoció a Martha, aquella mujer, mezcla de tanos y polacos. Se enamoró perdidamente de ella y quedó atado a tierra para siempre. Observó con los binoculares el ajetreo de los hombres en el muelle         -respiró aliviado- Todo listo para el atraque.

Le gustaban estos buques, aunque los post-panamax eran enormes y su área velica podía convertirse en un problema. Se sintió seguro, su habilidad se había puesto a prueba infinidad de veces y una impecable hoja de servicio era su mejor presentación. Se concentró en la maniobra.

Dirigió la proa en ángulo con el muelle hacia el lugar asignado para el atraque. Un remolcador se había hecho firme en la popa pasando dos cabos a través de la gatera, el tercer oficial cruzó sus brazos señalando al patrón que la maniobra estaba lista. Los marinos prepararon los demás cabos en proa y popa dejando las gasas descansando en la tapa de regala, los jibilays correctamente adujados y las bosas listas.

En la proa, el Primer Oficial se comunicaba con el puente marcando las distancias al muelle. El contramaestre en el molinete con ambas anclas listas para fondear vigilaba la labor de los marinos. El segundo remolcador acompañaba por la banda contraria al atraque

La lancha de los caberos tomó un largo de proa y en pocos minutos lo llevó hasta la bita, donde los portuarios esperaban para hacerlo firme. La luz intermitente de la baliza móvil indicó al Práctico el sitio donde quedaría la proa del buque. Una suave brisa de babor se anunciada con las banderas izadas que señalaban al piloto desde donde provenía el viento.

Las altas torres de contenedores pintaban al buque con una disímil paleta de colores. El remolcador libre apoyó su proa en el costado de babor.

Luego de hacer firmes el primer largo y un spring, se sintió el movimiento lento de las hélices que hicieron temblar al gigante. La lancha llevó un largo de popa al muelle. El jefe de turno mantenía informado al Práctico a medida que los cabos, uno tras otro, se hacían firmes en las bitas, cuidaba que fueran colocados correctamente por el personal de estiba, las gasas pasaban una a través de la otra, para luego poder largarlas fácilmente. Con la privatización, los caberos desaparecieron y los estibadores de las terminales cumplían las funciones, algunos con poca o ninguna experiencia., por lo que eran controlados continuamente para evitar errores fatales.

A la orden de los oficiales los jibilays fueron lanzados, en el muelle todos a observar las pesadas esferas que arrastraban las líneas no los golpearan, les ataron otro cabo para devolverlos a bordo y así fueron llevando a las bitas de popa y proa los tres largos, través y el spring que había ordenado el Práctico. Media hora después el buque quedó atracado y la satisfacción de lograr una maniobra perfecta iluminó el rostro de todos.

Los grandes pórticos comenzaron a moverse como gigantes con su enorme brazo levantado, fuerte y amenazador. El ruido de las alarmas alertaba dejar libre las vías por las que se movían los pesados equipos. Los hombres entumecidos por el frío de la madrugada se agitaron, preparándose para embarcar. El pañolero acercó las varas y las llaves que utilizarían a bordo, así como las lingas y redes que el jefe de turno pidió al conocer el plan operativo del buque.

Una larga fila de camiones esperaba. Los jefes de turno recibieron los listados y repartían la documentación a los apuntadores que controlarían en el buque y en las plazoletas. A lo lejos, las luces anunciaban una ciudad dormida, apática e indiferente, divorciada de lo que por derecho propio debía ser una parte importante de su vida. El Capitán recordó otras que se hermanaron con el puerto y la vida comercial bullía a su alrededor -¿Qué pasó en Buenos Aires?- se preguntó sin respuesta.

Juan, sin esperar la orden inspeccionaba en la plazoleta de exportación la carga del buque. Comprobó que no había equipos sin posición, uno solo perdido, podía causar graves inconvenientes y demorar la salida del buque con el peligroso incumplimiento de otros compromisos ya establecidos. Los tiempos se cumplirían a rajatabla, era el sentido de existencia de las terminales y de los buques de Línea.

En la oficina de operaciones, Demarco el supervisor del turno, bostezaba revisando los listados de contenedores que serían descargados y embarcados. ¿Todas las verificaciones solicitadas por los clientes estaban listas?, ¿Cuál era el número de entregas de importación en el día y que contenedores de exportación recibiría la plazoleta para los próximos buques? ¿Alguna remisión de vacíos? ¿Había camiones para ingresar al Deposito Fiscal? ¿Alguna barcaza o buque era esperado?

Recordó que varias máquinas estaban averiadas y no tenía todo el personal que necesitaba por el endemoniado convenio que se había firmado. Un ligero malestar en el estómago lo llevó con urgencia al baño. En la intimidad del sanitario azuzó a los jefes de turno por la radio, no les daba oportunidad para despistarse, tenía a todos en un puño, o al menos eso pensaba.

Los años románticos, cuando largas estadías en puerto hacían posible una vida más tranquila, cuando los marinos compartían con los hombres de la estiba, salían a conocer la ciudad o buscaban sexo para tranquilidad de su sistema nervioso, era una historia que no regresaría.

El incremento en la velocidad de los buques, mayor porte, el comercio de escala, zonas de transferencia muy diferentes a la antigua concepción del puerto que muchos conocimos, tripulaciones reducidas, contenerización, automatización, desarrollo de las comunicaciones. Una nueva óptica comercial lleva a cortas operativas que no dan oportunidad a los marinos para largas ausencias de a bordo.

Un sistema complejo ejerce el control total sobre la navegación y los movimientos de la carga. Uno de los incentivos de hacerse a la mar ha desaparecido, convirtiendo a los profesionales en simples conductores náuticos. El poder absoluto de los Capitanes es recuerdo de épocas gloriosas. Un viaje puede ser la variación de paisajes a través de la portilla del camarote y nada más.

Los estibadores esperaban cerca de la Escala Real la orden de embarcar, las autoridades inspeccionaban la documentación y el Agente Marítimo apuraba al encargado de la operativa para confirmar la terminación y dar el ETS. Se ultimaron los detalles y la orden de Libre Platica fue dada.

Los pórticos estaban en posición y los estibadores comenzaron a destrincar los equipos. El material de trincado se arrojaba a los pasillos y los hombres se apuraban para comenzar la descarga. El apuntador del pórtico señaló cual sería el orden de trabajo al maquinista, descendió la percha y el primer contenedor es llevado al muelle, donde otro apuntador revisa los precintos, el estado general y finalmente envía el camión a la estiba de destino. ¡La operativa había comenzado!

El Supervisor salió del baño más aliviado, pero el motivo que le produjo su abundante evacuación no había desaparecido. Tenía que ingeniarse para que el “rollo” en que se transformó el trabajo no lo abrumara. Cubrir el turno era una especie de “ruleta rusa de las responsabilidades”, pasar a otro los problemas que pudiera esquivar, quedar bien parado y ganar el día era su consigna. Pensar en salvar el trasero era el nuevo “arte operativo” en la terminal.

Recordó su última conversación con los Superintendentes, de la que recogió una gran sabiduría y determinó su forma de ser y hacer las cosas de ahí en más. Se las ingeniaría para seguir esquivando el cuerpo. Aprendió a tener “un fusible” dentro del grupo de hombres a su mando, si algo salía mal, la responsabilidad la trasladaba a otro lugar que no lo perjudicara directamente.

Logrado este “modus cagandis”, conservaba la esperanza que en el primer movimiento de ascenso pasaría por encima de sus compañeros sin ningún problema. Y entonces, verían quien era el -más adelante la vida le dio la oportunidad y se superó así mismo-

La imagen de sus jefes le vino a la mente. Mariscal era alto, medio rubio, callado, cuando su opinión era requerida, mordía el bigote y quedaba mirando a un punto por encima de la cabeza del interlocutor. Este, creía que un pensamiento profundo ocupaba aquella mente llena de sabiduría prodigiosa y un poco nervioso esperaba que una idea genial indicara: ¿Que hacer en una situación descontrolada?

Error, el tiempo pasaba y el “pensador” seguía entretenido mascando los largos pelos del extremo del mostacho, mientras los camiones enloquecían a todos con el estruendo de las bocinas y los clientes armaban una horca en la entrada para linchar a los apuntadores y maquinistas que no podían satisfacer sus reclamos.

Pasaba su preocupación a Monetti, también alto, como deben ser los jefes, tez clara, cabello castaño, fumando su pipa, con su voz nasal, ronca o aflautada según las circunstancias, rascaba la mejilla o acariciaba el mentón lentamente y repetía como una cotorra tartamuda su frase favorita: ¡Hay que ponerse la camiseta! ¡Hay que ponerse la camiseta! El asunto quedaba concluido y por lo tanto para él resuelto.

Parecían ponerse de acuerdo previamente al mirar hacia el mismo punto, perdido más allá de la comprensión de los simples mortales que los rodeaban. Tras varios minutos que parecían siglos, el interlocutor no podía continuar sentado esperando, la radio ardía con los reclamos de los buques, plazoletas, el encargado de los maquinistas se quejaba por no encontrar quien deseara continuar unas horas más después de terminado el turno, los camiones no llegaban……Miró de nuevo a sus jefes, continuaban uno chapándose el bigote y el otro su pipa, mentalmente los mandó a la puta que los parió y con el rabo entre las piernas salió corriendo a ver cuál de los incendios apagaba primero. En adelante, quien venga detrás, que se joda.

Los comerciales padecían un apetito insaciable, a esa altura de los acontecimientos muchos pensaban que se habían contagiado con algún virus de procedencia desconocida y de efectos muy particulares.

Diariamente surgían nuevos trabajos y nuevos clientes eran aceptados, prometiéndoles cualquier cosa con tal de tenerlos, como si por arte de magia el espacio aumentara y las máquinas y los hombres se multiplicaran.

Quizás un día, sorprenderían vistiendo una túnica y con un hombre, un metro de tierra y un tornillo harían lo mismo que el Señor cuando multiplicó el pan y el pescado, solucionando de esta forma todas las necesidades operativas sin gastar un peso.

Vana esperanza, la ilusión nunca se vio satisfecha pese a que los trabajadores pusieron toda su fe y la mejor de las voluntades acompañó las plegarias.

Cuenta la leyenda que el “Mago de los Gremios” enojado por la mansedumbre de aquellos hombres del puerto, castigó a Los Supervisores y a sus equipos.

Del castigo y sus resultados nada se sabe, todo lo escrito con relación al puerto fue convenientemente borrado de los archivos y olvidado. Lo único que queda de aquella época son galpones abandonados, hierros oxidados, algunos bolsillos abultados y grandes espacios cubiertos de malezas en espera que los embargos terminen y los interminables juicios algún día permitan que la ciudad recupere un espacio que sin duda alguna le pertenece.

 

Guillermo Ferrer Sánchez

Buenos Aires-Argentina

2009-08-19

 

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martes, 11 de enero de 2022

DIPLOMATICAMENTE



DIPLOMATICAMENTE




 

La diplomacia es una carrera donde se aplican todas las reglas de hipocresía que afectan a la humanidad, no conformes, esa humanidad se ha visto contagiada por esas prácticas hasta los niveles mas bajos de su existencia. Vemos con mucha frecuencia esos apretones de manos o abrazos cruzados entre enemigos antagónicos e irreconciliables con toda la naturalidad del universo y luego ir a degustar como buenos sibaritas caros manjares, mientras los tontos de abajo los aplauden y justifican.

 

Que Raúl Roa se cagara en la madre del representante de Pinochet en la ONU fue una gracia, un acto heroico a imitar posteriormente -hasta convertir- a esa sede diplomática mundial en lo que es hoy, la letrina de este planeta. Cualquier acto vulgar, soez, agresivo, ofensivo, denigrante, etc., expresado por un individuo de inclinación zurda, es aplaudido, celebrado, venerado y recogido por la historia. ¿Se acuerdan del “mariconzón” expresado por el tipo del meteorito que cayó en Santa Ifigenia? ¡Pues, nada! Se le encontró tanta gracia como a cualquiera de los cuentos de Álvarez Guedes. ¿Saben una cosa? Yo escribo y hablo como me salga de los cojones y tampoco soy diplomático. Al que no le guste que pase la hoja, hembra o varón, yo soy así desde que nací y nadie pretenderá cambiarme ahora de viejo.

 

Resulta que anoche recibí una muestra impecable de esa diplomacia mencionada como introducción, recibo una llamada insistente por el Messenger mientras me lavaba la boca después de comer y para no perderla, me seco un dedo y la acepto, solo que en esos instantes no podía hablar. Una vez concluida mi higiénica labor veo que la llamada continúa conectada y me coloco los audífonos.

 

-¡Aló, aló, aló, es Casañas! No recibo respuesta y escucho en la misma línea una conversación ya establecida con anterioridad, pudo ser una conferencia en grupo, etc., solo que el diálogo era entre dos personas, una mujer y un hombre.

 

-William, ¿Tu no tienes el número de teléfono de Esteban Casañas Lostal? Preguntó ella y continuó -Es que el Capitán Juarrero desea conversar con él y no ha podido contactarlo.

 

-Tengo entendido que él vive en Canada y yo no tengo su número. ¿Tú no lo conoces?

 

-No tengo ideas de quien pueda ser, pero me parece que ahora está viviendo en Miami.

 

-El es un viejo que ha escrito una pila de mierda de todos nosotros, al parecer, él considera que es el único bueno que existió en la marina mercante.

 

-Si, ya tengo mas o menos idea de quien es ese viejo de mierda. Voy a mandarle un mensaje de texto por esta vía para ver si logro que me responda… No se hizo esperar mucho.

 

… Capitán, un honor saludarle y desearle mejor año 2022 con mucha salud, soy Miriam antigua secretaria de ATM en Mambisas, y quiero decirle k el Cap. Juarrero está interesado en comunicarse con ud. Favor el prefiere sea viva teléfono, o puede con mucho placer a través mío, un abrazo fuerte…

 

¿Podrán encontrar ustedes una manifestación de diplomacia más exacta y refinada que esta? Realmente no tiene desperdicio y no se puede pagar con MasterCard. Solo habían transcurrido unos segundos de esa conversación de la que les expuse una síntesis y vean el hígado de esta señora al escribirme. ¡Nada, hay gente muy especial!

 

… Muy curioso, acabo de escuchar toda su conversación con William y no se corresponde con lo que usted acaba de escribir. Ya me comunicaré con Juarrero. Buenas noches…

 

¡Coño! ¿Y esto qué es? Fue la voz del marido cuando leyó mi respuesta, todavía deben estar preguntándose cómo fue que sucedió. Sacarla de mi lista y bloquearla no tuvo contratiempo alguno.

 

Con relacion a lo expresado por el tal William del que no se menciona su apellido, es cierto, he escrito bastante sobre una pandilla de pendejos e hijos de putas que hoy viven en Miami y otras ciudades del mundo. He escrito muy mal de ellos y no de todo el mundo, solo de esos que hicieron bastante daño en nuestras flotas. ¿Sabes? Ni me arrepiento, ni me arrepentiré, solo lamento no tenerlos a todos en esa macabra colección. Degenerados que mas tarde eligieron la tierra de su enemigo para vivir un retiro, pagado muchas veces por el contribuyente norteamericano. ¡Claro que he escrito esas páginas negras en la historia de la marina mercante cubana y no editaré ninguna de las palabras escritas! ¿Creen de verdad que me afecta esas campañitas de maricones que hacen a mi espalda?

 

 

Esteban Casañas Lostal.

Miami..Florida

2022-01-11

 

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sábado, 7 de noviembre de 2020

ELLZWORTH WEBBER, MI HERMANO NEGRO.


ELLZWORTH WEBBER, MI HERMANO NEGRO.




 

Esteban Casañas Lostal-Ellzworth Webber

5 de Julio del 2012

Hola mi hermano.. Qué gran alegría me da el que me hayas encontrado. Tantos años sin saber de ti, imagino que tu hijo sea todo un hombre.

Recibe un fuerte abrazo.

Esteban

 

Habían transcurrido treinta y cuatro años desde que nos vimos por última vez en Santiago de Cuba, él se encontraba de Sobrecargo y se encargó de hacerme las liquidaciones para desenrolarme. Lo hice con esa carga de dolor propia de quien llega a amar a su nave y su gente. He navegado con todo tipo de tripulaciones, unas muy buenas y otras extremadamente malas, pero nunca encontré una como la que tripulara el buque “N'Gola”. No me equivoco si afirmo que fue la mejor de todas, excelentes marinos que brillaron por su hombría. Entre ellos no existió el mas limitado espacio que pudiera dedicarse a la “chivatería”, enfermedad endémica que pudo encontrarse hasta en las mejores tripulaciones nuestras.

 

Nunca se me ocurrió preguntarle por la raíz de tan extraño nombre, no creo que tenga un origen portugués como el del resto de la tripulación, nada que ver y hoy no me preocupa. Fue y sigue siendo aquel hermano que tuve y tengo en Angola.

 

Fue intenso el intercambio de mensajes después de aquel encuentro, pude comprobar que poseía una magnifica memoria. Recordaba los nombres y apellidos de cada uno de los que integramos los dos primeros grupos que tripulamos aquella magnifica nave. Hablamos de muchas cosas sucedidas en ese año y medio que compartimos juntos, recordamos con ese manto de nostalgia y cariño a los hombres buenos, tampoco olvidamos mencionar a los malos, que los hubo por la parte cubana, algunos ya están muertos.

 

Hacia un tiempo que deseaba dedicarle estas líneas, ya saben que disfruto mucho mas cuando les dedico unas líneas a un amigo estando vivo. Los homenajes póstumos solo sirven para alimentar el recuerdo u orgullo de los herederos, el muerto no se entera de nada.

 

Me dijo aquella vez del 2012 que se encontraba viviendo en Inglaterra y algo enfermo. Se sorprendió cuando le dije que yo vivía en Canadá desde el 1991 y le hablé algo sobre las causas que me empujaron a esta deserción, tampoco quise abrumarlo con noticias malas. En esa oportunidad solo nos escribimos unas pocas veces y luego volvió a desaparecer. Transcurrieron varios años felicitándolo por el día de su cumpleaños sin respuesta alguna y temí lo peor, pensé que mi amigo había muerto. Le escribí a una sobrina y no tuve mucha suerte, lo di por desaparecido físicamente.

 

El 3 de Abril del 2020 me sorprende una llamada suya por el Messenger de Facebook y esta vez hablamos mucho, como tratando de recuperar el tiempo perdido o salvar el que estamos a punto de perder. No le reclamé nada por su ausencia, todo lo contrario, creo que ambos disfrutamos mucho este nuevo encuentro. Estaba de regreso en Angola y nuestra conversación fue invadida por la invasión de fantasmas muy queridos. Sombras de imágenes insignificantes para otros, cotidianos en nuestras vidas, muy importantes para los que disfrutamos de sus compañías, trabajos y cariño. ¿A cuántos les puede interesar la vida de un negro camarero, timonel, marinero, contramaestre? Creo que solo a nosotros los verdaderos marinos, es muy probable que en aquella conversación nos tragáramos el sabor salado de cualquier lágrima oculta.

 

Hablábamos de los otros con mucho amor sin detenernos un segundo en nosotros, sin darle valor a nuestras existencias, olvidando en todo momento el cariño y confianza de aquellos hacia lo que significamos para sus vidas. Hablamos como en los viejos tiempos, amparados por esa modestia y sencillez que nunca nos abandonó, sin vanidades o ambiciones personales. Lo hacíamos tal y como fuimos en nuestros tiempos, aquellos años duros de su juventud y la mía, sueños sin desvelos que deseaba mostrarle evitando sus espantos.

 

Y mientras Webber iba mencionando nombres que yo había olvidado, los entregaba a mi memoria y me abrazaban entre lágrimas en Santiago de Cuba. ¡Coño, que negros aquellos! ¡Cuánto los quise y quiero! Así como fueron, analfabetos, fieles, cariñosos, trabajadores, bandoleros, fumadores de yamba, contrabandistas, borrachos, mujeriegos. ¡Hombres!

 

Éramos jóvenes cuando el destino quiso encontrarnos en 1977 a bordo del buque “N'Gola”, Webber tenia 25 años y yo tenía 27. Venía de las filas de las FAPLA y le escuché muchas narraciones de su vida guerrillera por las selvas angolanas. Le puse mucha atención a cada historia suya mientras se desplazaba entre manadas de gorilas y lo admiraba. Era un joven soñador como lo fui yo, solo que mis sueños se transformaron en pesadilla, precisamente, el disparo de gracia donde mataron mis sueños ya cansados se produjo transportando tropas cubanas hacia su país. Tropas que lo ayudarían a lograr el presente que estaban viviendo y no podía decirle abiertamente lo que le esperaba.


Viajaría sus primeras navegaciones como agregado de Sobrecargo y “Comisario Político”. Nada que ver con aquellos futuros “Comisarios” embarcados en nuestras naves durante el reinado del déspota Guillermo García. Nosotros conocíamos muy bien el material humano de aquellos oportunistas militantes del partido comunista y Webber no era así, las FAPLA no constituían un partido comunista aun y su mente no estaba viciada por todos los prejuicios que ese partido representa. Webber era simplemente un joven soñador, como lo fui yo y miles de jóvenes cubanos, luego traicionados por sus propias conciencias.

 

Como Agregado de Sobrecargo estuvo directamente subordinado a mi amigo Lazarito, bandolero por excelencia, pero mi amigo incondicional en aquellos tiempos. Conversando Webber y yo, ambos lamentamos muchísimo el triste final de Lazarito, éramos un trio muy unido e indisoluble, nos queríamos mucho. Sin embargo, no todo fue color de rosa en aquellas relaciones, Lazarito no fue del todo sincero, yo tampoco lo hubiera sido en aquellos tiempos viviendo en un país extraño para nosotros. Lazarito no le enseñó todos los trucos de la profesión a Webber, no le mostró la principal arma de los sobrecargos. ¿Cómo robar sin ser descubiertos? Aunque para serles franco, no había necesidad de robar en aquel barco, claro, para algunos cargos. Suponiendo que las comisiones rondaran por el 5% o más, cuando una compra realizada era de millones de pesetas, ya pueden imaginar de cuánto era la mascada. En este aspecto podemos mencionar la palabra traición, pero eso seria extensiva a toda nuestra vida en la marina mercante cubana. Las situaciones nos habían enseñado a no confiar en nadie y Webber tuvo que pagar por esas consecuencias.


Lazarito fue expulsado por el Capitán Raimundo Calero Torriente del barco, me dolió muchísimo, pero tengo el defecto de inclinar mi balanza hacia el lado de la razón y en ese caso, Calero la tenía, Lazarito había traicionado su confianza. Webber se quedó huérfano y a merced de los picaros en este negocio preñado de cabrones. Continuamos esa bella relación donde en oportunidades el destino tendió trampas a Webber, situaciones en las que debió elegir entre la razón y lo irracional para salvar vidas. Tal fue el caso de aquel motín originado en Rotterdam, donde la tripulación tenía todos los derechos a la demanda que estaban haciendo y por evitar males mayores, Webber, como yo sin otra opción, defendió la posición del Capitán Calero sabiendo que no le abrigaba la razón. Imagino se haya sentido traidor ante los suyos cuando inclino su balanza en contra de la justicia, pero aquella acción neutralizó una acción que pudo culminar en derramamiento de sangre. Nadie sabe como puede finalizar un “motín” a bordo y gracias a Dios todo terminó pacíficamente.


Mi amigo Pedro a la derecha en esta foto tomada en Sao Tomé

 

Después que Lazarito fuera expulsado del barco me quedé con dos hermanos, Webber y el pañolero de origen caboverdiano llamado Pedro. Unos 15 años más tarde regresé a Angola cuando la retirada de las tropas cubanas de ese país y no pude localizar a Webber. Me encontré con Pedro, ese gran hermano al que abracé por ultima vez aquel viaje, ya partió. Ambos estuvieron en mi casa cuando el barco visitó La Habana, los traje para que vieran de primera mano lo que era el comunismo, la mierda que amenazaba a su país. No podían creer en las condiciones infrahumanas que yo vivía para ganarme un dólar a partir de la salida del ultimo puerto angolano, mientras los oficiales de su país ganaban once diarios.

 

Recuerdo que, en nuestro primer viaje a Bélgica, yo le dije a varios tripulantes que se compraran autos usados. Algunos me preguntaron la razón e insistieron en ese ¿por qué? y tuve que explicarles sobre la amenaza del comunismo que tenían cerca. Recuerdo que solo uno de ellos me hizo caso, Webber. Se compró un VW de uso en perfecto estado y lo llevó para Angola, los otros se dedicaron a otros menesteres más importantes para ellos.

 

Webber, ese negro hermano mío, nunca cambió de color, continuó siendo tan negro como siempre, tan hermano mío, como no comprenden esa manga de estúpidos que enarbolan banderas contra el racismo, ¿cuál?

 

Me alegro de que aún se encuentre vivo y lea estas líneas. Me hará feliz que sepa lo sigo queriendo como un hermano y yo desee entre sueños, los mismos que fueron suyos, lo mejor para su país con todos aquellos negros a los que quise y quiero tanto.

 

 

Esteban Casañas Lostal

Montreal..Canada.

2020-11-07

 

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martes, 27 de octubre de 2020

LA VIDA ES PROFUNDA . Capitán Celso Barroso in Memoriam



Motonave "Habana" hundida en el puerto de Moçámedes-Angola.



 

LA VIDA ES PROFUNDA

 Capitán Celso Barroso in Memoriam.

 

La noticia me llegó amarga, real e irreversible. La nota enviada por mi amigo, el capitán Reinerio Zaldívar, aunque muy escueta, me paralizó y por un momento fui incapaz de otra reacción consciente "acaba de fallecer el capitán Celso Barroso"

 

Quienes conocimos a Celso, sabemos que los elogios que se le atribuyen no resultan gratuitos. Lo mismo sucede con algunos criterios, discutibles, expresados por   marinos que estuvieron bajo su mando.

 

Vivió así, con sus contradicciones armónicamente conjugadas, su profesionalismo académico salpicado de su experiencia empírica.  El particular estilo de elegir a sus amigos, su sinceridad y esa hombría superlativa acentuada por su físico recio.

Celso, fue un capitán que convence de que un mítico "hilo rojo" lo cohesionó a su bregar marinero.  Para él, su barco fue su casa, sentimiento que albergó durante más de cuatro décadas.   En ese tiempo capitaneó   las M/N Las Villas, Puerto de Vita, Grette, Habana y el B/T 9 de Abril   entre muchos más.

 

 Lo conocí en diciembre de 1977 en Navegación Caribe, durante mi primera semana de trabajo en la subdirección de Seguridad para la Navegación. Llegó una mañana acompañado por el capitán Raimundo Montenegro y luego de un breve saludo y sin esperar a ser anunciados, entraron al despacho del jefe de esa dependencia capitán Otto Giroud . ¡¡¡Y de qué manera lo hicieron!!!

 

 Al rato se escucharon   voces que subían de tono, después mucho más altas.  Mientras tanto yo seguía en mi silla, detrás del buró, sin mover un músculo y un poco extrañada de la indiferencia que demostraban los capitanes, Gómez, Ferrer y Carballo. Ellos, Inmutables, permanecían revisando los informes técnicos acumulados en sus escritorios, como si nada sucediera

 

_Uy, esto va a terminal mal- pensé.  Era mi primera semana como oficinista en Seguridad para la Navegación y mira lo que me tocaba...

 

Por fortuna, el incidente   duró unos pocos minutos y al abrirse la puerta, yo que pensaba ver correr la sangre, vi tres rostros risueños, amigables de los que colgaba una jocosidad sorprendente.

 

 Celso Barroso y Raimundo Montenegro, no necesitaron de intermediarios. Se presentaron, con una cordialidad y finura que la verdad me hizo poner en guardia. Hablaban con armonía, hasta con calidez y la verdad aumentó mi confusión.

 

El más sospechoso, fue Montenegro, después supe que no me equivocaba. Ese mulato simpático, connotado Quijote, aunque no era manco y su historia no tenía nada que ver, con los molinos de viento.

 

Finalmente me di cuenta de que estaba frente a dos personajes carismáticos, sagaces y hasta los encontré muy agradables.

 Y así conocí a Celso, temperamental, observador, analítico y a su amigo Montenegro, un tanto transgresor, sanguíneo, conquistador. Muy diferentes y a su vez convergentes.

 

 Ustedes los marinos son muy directos. Por ese motivo sin muchas vueltas, derrochan piropos y halagos con total desinhibición.  Supongo que entonces, devolví el cumplido con ese residuo de timidez que trato de disimular y entonces desconocedora del terreno que pisaba.

 

  Aquella experiencia tuvo resultados didácticos. Inició una verdadera amistad.  Y lo más curioso, ese día comencé a entender que mis adorables hombres de mar, jamás serán como los que desarrollan su vida en tierra.

 

La confianza depositada en Celso creció en Angola. Llegué a ese país a mediados del 85 y en el aeropuerto me esperaba él, con Juan Manuel Costela, un gran  amigo nuestro, especialista en transporte marítimo quien cumplía misión en ese enclave.

 

Permanecí tres meses en Angola como corresponsal de prensa. La ayuda de Celso fue determinante para realizar mi labor a bordo de la M/N Habana y navegar en línea de cabotaje entre los puertos de Moçámedes y Lobito. Y se ocupó en ese enclave de acompañarme a lugares como los hospitales, centros históricos y de interés cultural.

 

Lo recuerdo   incansable en las exigencias de rigor al cuidado de su buque en un país en guerra. Atento, a los horarios de buceo y de los lanzamientos de los explosivos a las aguas, para proteger  el barco. Decretó estricta vigilancia nocturna. El control de la estiba y la descarga de las transportaciones y el cumplimiento de un reglamento que implementó a bordo. Además de supervisar junto con el enfermero, las medidas higiénico-sanitarias de la motonave y su dotación por citar algunas de sus funciones.

 

 A su regreso a Cuba, la noticia del hundimiento de la M/N “Habana” lo golpeó fuerte, me atrevo a asegurar que le fue difícil recuperarse de esa pérdida. Se que en parte se debió a no poder salvarla ni despedirla.

 

Mi gran amigo, ahora somos nosotros los nostálgicos y no estás tú para arrancarnos ese sentimiento. Recuerdo la frase que nació en la cubierta del “Habana” y tú repetías con la intención de espantarnos el gorrión angolano a Juanqui y a mí   " La vida es profunda"  

 

Te envío un mensaje en nombre de todos los que te vamos a extrañar:

 

Que vientos alisios te acompañen en tu eterno viaje por los siete mares.

 

 

Puppy Castelló Herrera

 

Mi blog: http://www.puppycastello.blogspot.com/





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viernes, 9 de octubre de 2020

SU ÚLTIMO PUERTO


SU ÚLTIMO PUERTO




 
Vetusta motonave de corazón inerte

concluyes con tu vida de aventuras de sal

y en ridículo porte, escorado, sin fuerza

rompes el equilibrio de tu estabilidad

 

Como tronco sin savia yaces en la bahía

indiferente al paso de buques al zarpar

es tu triste presencia de impotente difunto

en este cementerio, estado fantasmal

 

El óxido implacable y los escaramujos

destruyen tu obra viva,  la invaden sin piedad

el potente alarido que rompiera la niebla

ha quedado sin eco, perdido en ultramar

 

Tu hercúlea presencia, de los años pasados

se detuvo en el tiempo, en varada  mortal

y tus anclas potentes que paraban tu paso

reposan en el fondo, no las podrás levar

 

Es posible que un día helénicos marinos,

te nombren de pasada, como un recuerdo más

hablarán entre copas de galernas y apuestas,

de puertos visitados y  hazañas en la  mar

 

Lo harán desconociendo tu trágico destino

o tu armador calcule pérdidas y utilidad

y un montón de chatarra sin conservar tu nombre

sinteticen  tu eslora, tu manga y tu puntal

 

Este ígneo camino me permite que escriba

estos versos luctuosos con mucho de verdad

te tragará inclemente el volcánico horno

y arribarás Astoria, a tu puerto final

 

 

Puppy Castelló Herrera

 

Poema dedicado a la motonave Astoria, la cual después de vararse, sus dueños la abandonaron  en nuestro país.

Permaneció algunos años en la bahía habanera y fue embargada por la Empresa Cubana  de Salvamento,  entidad que la remolcó hasta  el "cementerio de buques" en Bahía Honda,  donde igual  que otras unidades de superficie destinadas a  su desmantelamiento, fue convertido en chatarra para su venta a Colombia.

Allí, el acero de los navíos es sometido a los altos hornos industriales.



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