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lunes, 8 de noviembre de 2021


ANGEL CERULIA IN MEMORIAM


Motonave "Pepito Tey", escenario de esta historia

 

¿Cómo pudiera devolvérselos sin desfigurarlo y que puedan reconocerlo? No me pidan mucho, no les exijan demasiado a mis agotadas neuronas, ellas se van prestando las muletas mientras rotan sus horas de servicio sin cobrar nada adicional. Les comento y tratarán de complacerme con una sola condición, no debo someterlas a sacrificios extremos.

 

La penúltima vez que me encontré con él, renqueaba un poco. Me contó que lo había golpeado un auto y mientras me narraba su desgracia renuncié a prender un cigarro cerca de él, su aliento destilaba alcohol puro y temí perder la vida por una explosión. Sentí mucha pena, dolor luego ausente entre nosotros, aquella vieja familia de marinos que se iba extinguiendo.

 

Cerulia era un tipo simpático, no solo en sus relaciones con cualquiera que se le acercara a pedirle un favor, ayuda algo barata, como solicitarle que te friera un par de huevos cuando la comida no era de tu agrado. ¡Oh! Que difícil fue para otros poder complacerte en tiempos posteriores, no por la ausencia del huevo, digamos que por la falta de voluntad o solidaridad humana. Él fue simpático en aquellos memorables tiempos donde el hijoputa luchaba por imponerse y luego venció. Era simpático físicamente también, no era feo como su socio de labores y aventuras, ya le dediqué unas páginas a Chartrand, su pala inseparable. Era algo bajo de estatura, mulato de pasa suave, oriental de origen, pero nada que ver con esos palestinos que visten uniformes de policías en La Habana. Puede afirmarse que era bien parecido, observación realizada sin pajarerías, solo un reconocimiento muy varonil. No era de afeitarse diariamente y lo delataban sus eternos cañones. A veces, solo cuando andaba empinado, olvidaba darse una ducha y lo notabas a la mañana siguiente. No poseía mucha ropa para presumir, alardear, especular como hacían muchos marinos, gran parte de su pacotilla la cargaba en su barriga. Así era feliz, ¿por qué envidiarlo o condenarlo? No recuerdo si tenía hijos que lo condenaran -como a muchos- cargando una insaciable listica de necesidades.

 

Algo distinguía a Cerulia de la media humana y lo era su olfato, detectaba la existencia del alcohol a tres cubiertas de la suya. Era capaz de distinguirlo entre los olores a sofritos que dominaban el espacio caliente de la cocina, y cuando menos lo esperabas, ahí estaba el muy cabrón tocándote la puerta con un plato de saladitos sin ser solicitado. ¡Ojo! Que tampoco era una virtud, Ceru no distinguía entre buenos o hijoputas a la hora de luchar un trago. Creo mas bien fuera el defecto padecido por millones de seres alcohólicos, individuos a quienes el vicio o la enfermedad les consumía la vergüenza en esos instantes de desesperación por sonarse un trago. Menciono esto con conocimiento de causa, estando Wilfredo Tamayo de Primer Oficial en el buque Pepito Tey, individuo detestado por toda la tripulación por su trato déspota y extremista, el Ceru viajaba con frecuencia a prestarle el servicio mencionado.

 

Ese mismo viaje este tipo, me refiero a Tamayo, desfiguró a Merceditas la camarera en un acto de violencia pasional, ahora le llaman así en los noticieros, yo continúo identificándolo como en mis viejos tiempos, una verdadera hijaputada, porque otro nombre no merece golpear a una mujer. Pues cuando sancionan a este cabrón encontrándonos atracados en el astillero de Barcelona, donde permanecimos reparando durante tres meses y medio después de una explosión en máquinas, el Capitán Cordoví me asciende a Primer Oficial, convirtiéndome de esa manera en el privilegiado de turno. Por mucho que le pedí a Cerulia que no era necesario llegar a mi camarote con aquellas fuentes de saladitos, poco entendió. Llegaba, la colocaba sobre la mesita de la salita, se sentaba y se servía un trago sin necesidad de autorización. Es que en aquellos tiempos yo les ofrecí a mis subordinados el permiso de hacerlo sin protocolos, quienes me conocen saben que me gustaba compartir con mis soldados cuando las condiciones del viaje lo permitían. Se sentaba, se servía y bebía con tranquilidad mientras yo, quizás, continuaba mis labores. Así fue el Cerulia que yo conocí.

 

Ya en otro trabajo mencioné que Cerulia y Chartrand se bebían todo el Vino Seco que recibían para cocinar. Bueno, antes de, se llamaba Vino Seco El Mundo. Después de, lo bautizaron con el nombrecito de Vino Seco Edmundo, ya saben de ese vicio -no alcohólico- por borrar vínculos con el pasado. No poseía muchos grados de alcohol, pero al menos te regalaba la ilusión de estar chocando quizás con un Mojito. En mis tiempos de desgracias lo bebi también y fue la bebida disponible para inaugurar mi apartamento en Alamar, no tenia plata para comprar una botella de ron y aquel vino seco me regaló ese sueño. Lo cierto de esta historia que pueden corroborar o afirmar, quienes participaron en los viajes compartidos con estos simpáticos personajes, lo fue el hecho de que casi siempre ambos trabajaron con los ojos inflamados, las lenguas enredadas y uno que otro bandazo producido con mar en calma. Así, medio en notas, resultaban más simpáticos aun y nos regalaban parte de su etílica felicidad. Increíblemente, era cuando más rico cocinaban este par de cabrones.

 

La penúltima vez que me encontré con él, renqueaba un poco. Salía yo de la Empresa de Navegacion Mambisa y me abordó en la esquina de Obispo con San Ignacio. Me pidió, casi me imploró que le pagara un trago “para matar el ratón”, yo sabia que el animal cargado en su cuerpo era mayor y mas agresivo que un león. Me partió el alma verlo en aquel lastimoso estado y estuve a punto de negarle el favor que me pedía, muy bien pensé que contribuiría a dañarlo todavía más, pero me venció su imagen mendigando por algo que aliviaría su pena por unas horas nada más. Lo acompañé hasta la cafetería La Luz, esa que se encontraba frente a la entrada al Ministerio de Educación y pedí dos tragos dobles de ron. La buya y peste del local eran infernales, el ambiente era dominado por ese vaho parecido al de las viejas destiladoras usadas cuando la Ley Seca. Lo vi sostener su vaso con movimientos telúricos que unos segundos mas tarde experimentaron algo de calma, yo sabia lo que sucedía, fui alcohólico también, pero no dependiente como él. Mientras se calmaba sentí alivio y arrepentimiento, lo había calmado, pero esa calma era volátil y daría origen a otra galerna insaciable. Bebía y lo escuchaba narrarme una historia sin importancia que me heria, me dolía verlo en aquella penosa situación siendo un hombre joven y abandonado a su suerte. ¡Sí! Después pudieron aparecer centros donde trataran esto que ya era una enfermedad. Así nos hicieron creer cuando el caso del famoso “Pánfilo” y su reclamo por “Jama”, pudo ser. Solo que en los tiempos de Cerulia donde la gente simpática luchaba en una batalla desigual contra los hijoputas, hasta que ellos vencieron, no existían esos centros de tratamientos y ellos eran lanzados al tanque de la basura. ¡Sí! Hubo centros para tratar al drogadicto y pedófilo de Maradona por ser hueleculo de Castro, mientras muchos Cerulias se perdieron para siempre. ¡No jodan! Ese penúltimo día le deje algo de dinero y lo abandoné después del segundo trago, yo sabía que lo había ayudado, yo sabía que lo había perjudicado.

 

La ultima vez que lo vi, estaba sentado en el quicio de una puerta tan destruida como él en La Habana Vieja, no recuerdo si fue en San Ignacio u otra paralela. Esta vez no tuvo fuerzas para levantarse y estuve conversando con él un minuto, yo andaba apurado y creo que le dejé algo de dinero. Esta última vez me partió no solo el alma, estuve marcado durante mucho tiempo por aquella triste imagen. Ya no era Cerulia lo que quedaba de él, era su triste fantasma con dificultad para hablar y explicarme algo del dolor que lo iba sepultando con los ojos abiertos, respirando. ¿Dónde cojones andaban la solidaridad humana de nosotros, los humanos, los cubanos, los marinos? ¡Vayan al carajo con tanta muela bizca!

 

La última vez que lo vi ha sido hoy y trato de rescatarlo, como a tantos otros. ¿Qué historiador de mierda se encargará de dedicarle unas líneas a un cocinerito borracho? Solo nosotros los marinos, aquellos a quienes con tanto cariño nos complacían friéndonos dos huevos cuando la comida no nos gustaba. Algo tarde me enteré de que había muerto atropellado por un auto, hubiera preferido un naufragio como escenario o arropado por enormes olas, aunque fueran de ron.

 

La última vez que lo vi ha sido hoy y trato de rescatarlo. Lo veo junto a Chartrand cocinando en un bidón de 55 galones relleno de leña, llevamos doce días sin probar un bocado caliente y fueron tan buenos cocineros estos cabrones, que gracias a esa magia de ellos pudimos zamparnos unos pollos medio podridos, y lo jodido, nos supo a gloria, pero olían algo feo.


 

¡Una pitada larga!

¡Una jarra de cerveza!

 

 

Esteban Casañas Lostal.

Montreal..Canadá.

2021-11-08

 

 

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sábado, 21 de noviembre de 2020


LOS VIAJES DE ESTÍMULOS.


Motonave "Bahía de Cienfuegos" donde realizara un viaje de estimulo con mi esposa.
 

La emulación fue un globo, los estímulos morales fueron otros globos, la Cadena Puerto-Transporte-Economía Interna fue un gran globo y los “Viajes de Estímulos” también se sumaron a la globalización de esos globos. En esos globos viajamos toda una nación y nos perdimos como Matías Pérez. ¿Lo peor? Algunos degenerados insisten en andar volando en ellos y exportan su maldita experiencia a otros países.

 

Esos viajes fueron extendidos a otros organismos, como Salud Pública, testimonio de esto que menciono fue aquel viaje realizado por “Santa Ofelia del Vedado” a bordo del buque “Bahía de Cienfuegos”. Ofelia fue una enfermera del Hospital Fajardo, premiada por toda su labor realizada a favor de la revolución. En otros organismos recibieron un nombre diferente, por ejemplo, los llamaron “Viajes de experiencia”. Así un día, viajaron con nosotros dos zánganos vinculados al puerto para adquirir “experiencia” en Rotterdam. Una vez en Holanda, esos parásitos no visitaron ninguna oficina portuaria o se reunieron con sindicato del giro en aquel país. Sus principales funciones realizadas fueron en las “Placitas” que se montaban en diferentes sitios de la ciudad y que nosotros utilizábamos para comprar nuestras pacotillas. A partir de esos viajes se le comenzó a llamar a la pacotilla con el nombre de “experiencia”.

 

Yo disfruté de uno de esos viajes de estímulos con mi esposa a bordo del buque “Bahía de Cienfuegos”. Tampoco fue muy fácil lograrlo, cuando fui a la oficina del sindicato en Navegacion Mambisa, yo no aparecía en la lista de los tripulantes del “Aracelio Iglesias” y había navegado en ese barco mas de seis meses el año comprendido en su “vanguardialidad” (Esa palabra no existe, pero me da la gana de incluirla en este globo). En la lista se encontraba el Primer Oficial Amarales, muy amigo del Capitán del buque y del secretario del sindicato en ese momento, me refiero al negro nalgón planchado que era ayudante de máquinas y de nombre Julián Morales.

 

-¿Sabes una cosa? Si no me incluyen en esa lista no va a ir nadie. Tú sabes perfectamente que yo trabajé más tiempo que Amarales en el barco ese año. Le dije sin titubeos a Julián.

 

-¡Asere, no pongas malo esto! Me respondió algo nervioso.

 

-¿Qué no lo ponga? Ya está malo al no incluirme.

 

-Podemos arreglar la lista y ponerlos a los dos. Además, tengo entendido de que tú no pagas el sindicato.

 

-No tengo por qué pagarlo, ustedes supuestamente están para defender a la marinería no a nosotros.

 

-Si pagaras algo justificaría mejor ese cambio que debo hacer en la lista. Yo lo interpreté como una especie de chantaje y se lo acepté porque me interesaba que mi esposa diera el viaje. Tres días mas tarde regresé por la oficina y le pagué unos cuatro meses de la cuota sindical. La lucha sería después en el edificio con la gente del CDR, ellos se oponían a firmar la carta que exigían porque nosotros no hacíamos guardia, ni participábamos en todas esas tareas estúpidas de esa organización, menos aun en chivaterías. Gracias a mi vecino Luis Tamarit, quien estaba de delegado del Poder Popular, me hizo y firmó la carta sin contar con los del CDR.

 

El buque “Aracelio Iglesias” había quedado en segundo o tercer lugar de la emulación nacional, no recuerdo exactamente. De todas maneras, los tres primeros lugares disfrutaban de los mismos premios y fueron bastante buenos. Una cena en Río Cristal, una noche en el cabaret Tropicana, una semana en el hotelito de los canadienses frente al hotel Atlántico, una noche en el cabaret del mencionado hotel y una “prima” económica bastante buena de acuerdo al cargo que se ocupaba en el buque. Recuerdo que en mi caso como Primer Oficial resultó superior a los mil pesos y era bastante plata para esas fechas. Bueno, los sindicaleros se mojaban en ese río revuelto, no olviden que para esas fechas todo se movía con dinero cash. Estando en el hotelito nos entregaban una caja de cerveza y una botella de ron diaria que, como es de suponer, ellos debían pagar con plata sonante. No olviden que lo mismo sucedía con nuestros gastos en Río Cristal, Tropicana y el cabaret Atlántico. Todo debían pagarlo con dinero cash y el que hizo la ley, también hizo la trampa, muy normal en aquella isla plagada de pícaros y cabrones. Robaron a diestra y siniestra.

 

¿Por qué eran unos globos esto de la emulación y los viajes de estímulos? Muy simple, casi todos los datos que se manejaban eran falsos. Lo peor que mucha gente no sabe, si observan los barcos premiados durante los últimos años, encontraran entre los tres bendecidos a las naves donde esos supuestos secretarios del sindicato, elegidos solamente por el dedo del partido, se encontraban entre los tres bendecidos por esa infladera de globos. “Osease”, ellos se verían beneficiados con esas inclusiones. ¿Ejemplos? El caso de Julián con el buque “Aracelio Iglesias, el caso de “El Niño” (Un electricista) con el buque “Otto Parellada” y si no me equivoco, creo que en la nominación de la motonave “Habana” también estuvo vinculado un antiguo tripulante de ese barco que ocupaba la plaza sindicalera.

 

Las cosas se fueron un poco más allá de la designación de los viajes de estímulos y esa corriente vanguardista. Estos tipos se encargaron también de los fraudes ocurridos en la distribución de autos a supuestos vanguardias. Tal es el caso de la entrega de un Fiat polaco al telegrafista del buque “Otto Parellada”, creo que su nombre o apellido era Polo. Un joven con poco tiempo navegado, muy incondicional al Capitán Remigio Aras Jinalte y miembro del clan donde El Niño formaba parte. Le dieron el auto a este personaje, mientras en la flota existían cientos de hombres con suficientes méritos y la piel curtida por el salitre de los años. Bueno, solo deben recordar que Roberto Arche Flores fue vanguardia nacional “vitalicio”. ¿Quién lo eligió? Todo era un globo más grande que el de Cantoya, puras mentiras. Tampoco olviden los casos de corrupción en las que se viera incluido el sindicato de la Empresa de Navegacion Mambisa, se dedicaron a vender apartamentos de Alamar, y si no me equivoco, fue la razón que condujo a desgracia a su secretario en una oportunidad. Me refiero a Blanco, aquel contramaestre que se casó en el único viaje del buque “África-Cuba”. Sobrevivió porque como dice el refran, “El Partido es inmortal”, yo digo que “inmoral”. No tengo absolutamente nada contra Blanco, todo lo contrario, le debo una donación de sangre que hizo para la operación de mi hijo al encontrarme en la imposibilidad de hacerlo.

 

¡Oh! Desafortunado aquel viaje de estímulo que di y en el que al finalizar me pidieron la expulsión de la marina mercante. Pueden remitirse a mi trabajo titulado “Mandado a matar”, ahí lo narro con lujo de detalles.

 

Se me olvidaban los viajes de estímulos por la jubilación, se premiaba a los hombres que pasaban a retiro y en ellos hubo dos grandes deserciones sobre las que he escrito, “La fuga perfecta del Capitán López Sánchez” y “Manuel Castañeda, El Cabronazo”.

 

Todo fue mentira, pero lo mas indignante, muchos de aquellos protagonistas, andan por estas tierras añorando y hasta defendiendo todas esas porquerías.

 

 

Esteban Casañas Lostal.

Montreal..Canadá.

2020-11-21

 

 

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domingo, 31 de mayo de 2020

LAS MEMORIAS DE UN SARGAZO. DESCUBRIR UN NUEVO MUNDO.


LAS MEMORIAS DE UN SARGAZO.
DESCUBRIR UN NUEVO MUNDO.

Motonave "Habana", escenario de esta historia,


Cuando el sobrecargo me entregó la llave del camarote él se encontraba de franco, acomodé mis pocas pertenencias sobre la litera y me puse ropa de faena. El contramaestre no era una persona amable, no recuerdo haya respondido el saludo y tampoco le di mucha importancia. Su ropa se encontraba en estado deplorable y apestaba a tres metros de separación. Sostenía presionado entre los dientes un mocho de tabaco y hablaba por un costado de su boca, su aliento me invitó a mantener distancia. Le ordenó al pañolero que me entregara una piqueta, rasqueta, cepillo de alambre y una lata con minio. Lo seguí por la cubierta principal hasta la bodega número tres, como andaba delante de mí, observé un extraño tic nervioso en su hombro izquierdo que le daba cierto aire de títere infantil. Lanzó un grueso escupitajo color ámbar que chocó con violencia en el trancanil de la bodega, luego subió por la escalerilla hasta las tapas seguido por mí. Allí se encontraban varios marineros repiqueteando sobre ellas, el eco de aquellos picotazos descargados sobre verrugas de óxido viajaba hasta las profundidades de la bodega como campanadas de cualquier iglesia.


-Esta tapa es tuya. Fue todo lo que dijo y se marchó en dirección a la superestructura, lo vi escupir nuevamente y se perdió por el pasillo de acceso a la cubierta principal.


-¿Estás enrolado? Preguntó un flaco bigotudo muy próximo a mí, era la reencarnación de Tres Patines. -Yo me llamo Menéndez, pero todo el mundo me dice “El Sapo”.


-Sí, vengo enrolado de agregado de timonel.


-¿Y qué camarote te dieron?


-Voy a vivir con un timonel que se llama Manso, pero hoy se encuentra de franco.


-¡Muchacho!, te ganaste la lotería, no hay quien se meta a ese individuo.


-¿Por qué?


-Es insoportable, gritón, autosuficiente y sobre todas esas cosas, no resiste a las nuevas generaciones.


-A esta gente hay que sacarlas de los barcos a patadas por el culo. Intervino otro de los marineros que formaba parte del grupo. -Partía de contrabandistas de mierda, hay que sacarlos al carajo, nosotros somos el futuro de este país, mi nombre es Eduardo. Lo saludé, comprendí su mensaje, pertenecía a la generación que una vez pensó y luego se privara de esa virtud que posee la mente humana. Ya había trabajado en otros barcos dando mantenimiento y tenía una idea clara de lo que debía hacer.


-Llégate al pañol y dile al pañolero que te de unos espejuelos contra impactos, vas a perder un ojo. Me recomendó El Sapo.


-Esta es tu cama, aquí está tu gaveta. La abrió para mostrarme que se encontraba vacía, solo había dos debajo de su litera y me pertenecía la derecha, no existía posibilidad de equivocación. -Esta es tu taquilla. Abrió la puerta para mostrar que se encontraba en igual condición y comprobé de paso el reducidísimo espacio disponible para acomodar mis pertenencias. Tampoco necesitaba mucho más, contaba con una sola muda de ropa para salir y dos uniformes, ya había sacrificado el pantalón en peores condiciones para las labores de mantenimiento. -Tu botiquín es el de la derecha. Abrió la puertecita y vimos que quedaban algunos objetos de su anterior ocupante. Manso los sacó y arrojó al cesto de la basura


-Y la ropa sucia de trabajo, ¿dónde la guardamos?


-Ahora te enseño un pañol donde nos cambiamos, no debes traerla para el camarote. Lo seguí por el pasillo hasta una puertecita muy próxima al baño, la abrió y fue como activar una bomba lacrimógena, una combinación de gases reprimidos penetró profundamente por nuestras narices y sentí náuseas.


-¡Cojones, que peste!


-No te asombres, hay gente que no lava la ropa de faenas durante todo el viaje.


-Eso es una cochinada.


-Regla número uno. El sueño de los tripulantes es sagrado, si no tienes sueño sale del camarote y te vas al salón, pero a la gente que hace guardia de madrugada hay que protegerla. Cero ruidos, silbidos, luces encendidas, música, tirones de puertas, gritería por los pasillos, etc. Antes del mediodía no se realizan trabajos cerca de la superestructura, grábate todo esto para que evites problemas.


-No creo que tenga muchas dificultades para cumplir esas reglas, ¿hay algo más?


-Regla número dos. Cero pajas…


-¡Coño! De eso no me habían hablado. Le interrumpí algo asombrado por la regla que acababa de dictar, creo que eran aportes privados.


-Bueno, quiero decir cuando estemos los dos en el camarote. Cero revistas pornográficas, si te agarran con una vas preso y te botan de la marina.


-¿Y cómo se la han hecho ustedes hasta ahora?


-Mucha imaginación, muchas fantasías, pero nada de eso cuando estemos los dos juntos en el camarote.


-Ya sé, eso se cae de la mata.


-Regla número tres. Tienes un puesto fijo en el comedor de tripulantes, hay que esperar por la llegada del contramaestre para sentarse y servirse después de él. Esta regla es inviolable y forma parte de nuestras tradiciones. Al comedor hay que entrar limpio, nunca en ropa de faena.


-¿Y si estoy de guardia de bodegas?


-Agarra el plato y comes en la popa, son las reglas del juego.


-Pero debo entrar a servirme.


-Le dices al camarero que lo haga, es parte de su trabajo. Regla número cuatro…


-¿Aún hay más? Volví a interrumpirlo y parece que no le gustó mucho.


-Los relevos de las guardias deben hacerse puntuales, no hay razones para llegar tarde al puente. Las posiciones que ocuparás en las maniobras son fijas, sea en proa o popa.


-Tienes razón, aquí no hay que agarrar guagua para llegar al trabajo.


Manso medía unos seis pies de estatura, pero esa altura era superada por el volumen y tono de su voz. Cada uno de nosotros era bautizado con un apodo, yo no poseía ninguno en esos momentos y las razones eran obvias, acababa de hacer mi entrada. Al pasar los años nunca me enteré cómo rayos me llamaban. Manso era conocido como “La voz más alta de Caibarién”, supuse entonces que su origen radicaba en aquel pueblo marino de la costa norte de Cuba.



No podía quejarme, creo más bien haberme comprendido entre los más afortunados de mi grupo y motivos sobraban. Había sido enrolado en una motonave en tiempos donde parte de nuestra flota estaba integrada por viejos vapores de la Segunda Guerra Mundial. Su línea de viajes era muy disputada entre los marinos, cada dos meses y medio se encontraba de regreso y siempre tocaba el puerto de La Habana.


El buque había sido construido en Inglaterra el año 1959 y contaba solamente con nueve años, relativamente joven cuando se comparaba con el resto. No todo era color de rosa tampoco, existían ciertas incomodidades propias de la época a las que nos adaptábamos sin otras opciones. Los camarotes del personal subalterno eran compartidos y los baños de uso colectivo. El agua de consumo era racionada durante las navegaciones y el aire acondicionado no funcionaba.


Como medios de entretenimiento poseíamos un juego de dominó, un radio de onda corta y un proyector ruso de 35 mm para proyectar una película semanal. Recuerdo que aquellas películas con imágenes de contenido erótico, siempre se quemaban en la misma parte ante las peticiones de los tripulantes para que la detuvieran. Fuera de esto, dependíamos de las tertulias que se producían en la popa y las historietas narradas por los propios protagonistas, el tiempo restante se empleaba en leer.


Aquella tripulación con la que atravesé por primera vez el Atlántico se dividía en dos grupos muy bien definidos. Por un lado, aquellos que se aferraban a la vieja escuela y tradiciones de la profesión. Algunos de ellos con rasgos pequeño burgueses que comenzaban a pintar anacrónicos, pero excelentes como marinos y navegantes. El otro grupo se encontraba formado por los “Marinos Embajadores”, así se refirió Castro a nosotros en un discurso, luego, esas “sagradas” palabras fueron utilizadas en esa especie de bautizo fatal. Los primeros, dedicados por entero a su trabajo y amor por la nave que tripularan en su momento. Los segundos, envenenados con las corrientes ideológicas de la época y dedicados a destruir todo lo que perteneciera al pasado, incluyendo a esos hombres que supieron introducirnos en el mundo marino con sus ricas experiencias. Creo haber participado en una de las épocas de oro de la marina cubana donde sobrevivían aquellas costumbres que luego desaparecerían para siempre junto a sus hombres.


-¡Aboza! Me gritó un día en la proa durante una maniobra de atraque y no supe cómo hacerlo. Le dio unas vueltas de más al cabo sobre el tambor del molinete y vino hasta mí. –¡Observa bien, no te lo voy a repetir! Seguí cada movimiento de sus manos sobre aquella gruesa estacha de henequén. -¡Sujeta aquí! Regresó nuevamente al molinete.


-¡Reconoce! Gritó el contramaestre por un lado de su boca y luego mordió más fuerte el mocho de tabaco. Manso fue lascando poco a poco el cabo hasta que todo su peso y presión cayó sobre la boza. -¡Firme! Volvió a gritar el contramaestre seguido de un grueso escupitajo que chocó con uno de los manguerotes de ventilación del pañol.


-Este tipo tiene escupidas por todas partes del barco. Dije bien bajito al Sapo y Eduardo mientras le daban vueltas en ocho al grueso cabo en una de las bitas.


-Después que tenga tres vueltas puedes aflojar la boza. Me dijo Manso, no le hagas mucho caso a los escupitajos del Bicho. Así le decían al contramaestre.      –Hay que adujar todo ese reguero de cabos y tratar de mantenerlo alejado de la persona que se encuentre cobrándolo en el tambor del molinete. Cualquier estrechonazo que dé el cabo puede accidentar al hombre que esté trabajando con él. Cada una de sus palabras era el fruto de toda la experiencia acumulada en su vida de lobo de mar y llenaban ese vacío que siempre dejan las escuelas. Fue un gran maestro que no solo trasmitía esos conocimientos, pertenecía a un grupo de hombres que sufría cada avería, indolencia, indiferencia, arañazos por impactos contra el casco en las maniobras de atraque.


Durante la navegación empleaba su tiempo de descanso en leer, consumía todo tipo de literatura. Era muy normal encontrar mezcladas sobre la mesita del camarote obras de la literatura universal con novelitas rosas, cowboys, policíacas, revistas de cualquier género, etc., Manso era una polilla insaciable. Asombrosamente, este hombre era de muy bajo nivel educacional, es muy probable que no haya vencido un sexto grado, sin embargo, la riqueza de su cultura era incomparablemente superior a la del hombre nuevo que conocí en el futuro. Te daba una disertación literaria sobre cualquier obra o autor de una manera sorprendente.


Si existían cosas que me molestara durante ese tiempo que compartimos camarote, se destacaba la cantidad de basuras que compraba en el exterior y apenas dejaba espacio por donde movernos. Un viaje iba con el camarote repleto de gomas de uso para su viejo carro, otras veces un refrigerador del año del descubrimiento de América y por último, sacos de arroz, frijoles, cajas de puré de tomate, condimentos, etc.


El sombrío panorama económico que afectaba a la isla provocó un cambio dramático en la conducta de esos hombres que, años atrás, sus vidas fueran dedicadas al libertinaje de cualquier marino. Las putas y el alcohol pasaron a ocupar un segundo plano, mientras se mantenía en vigencia el contrabando, muy perseguido y delatado en aquellos tiempos. En la medida que pasaban los viajes y transcurría el tiempo, aumentaba también la presencia de militantes del partido abordo y eso significaba el desenrolo o la expulsión de aquellos hombres. Sin muchas explicaciones encontré al Bicho de pañolero en los muelles Aracelio Iglesias, lo habían separado de la flota por “no confiable”, muchos otros siguieron su camino, Manso logró sobrevivir.


Salimos rumbo a Nicaro con la finalidad de cargar níquel y después regresaríamos a La Habana para rellenar las bodegas con tercios de tabaco, jugos enlatados, ron, tabacos torcidos y otros productos vetados al consumo del pueblo cubano. El tiempo iba pasando lentamente y mi desesperación por salir en esa aventura pendiente aumentaba. Ese afortunado día llegó y partimos hacia lo desconocido por más de la mitad de la tripulación. Mi plaza había sido un invento, nunca existió, como tampoco el salario a devengar por ocho horas de trabajo bien empleadas. Me subieron el salario a $75.00 pesos cubanos como Agregado de Timonel y cobraría en el extranjero unos $2.50 dólares semanales descontables del mencionado salario. Si sumamos el pago de los radiomensajes, cigarros y la divisa recibida en el exterior, no quedaba mucho dinero disponible para otros gastos propios de cualquier joven. No me resultaba interesante esa operación de resta en un país que se encontraba sometido a una rigurosa ley seca y con escasos espacios disponibles para la juventud como distracción.



            Izq, a der. Abreu, Levi Tur, Correa, Cabrera, Ricardo Puig y El Bicho. 1968 a bordo del buque "Habana".



La nave iba comandada por uno de los mejores capitanes con los que tuve el privilegio de navegar, decían que Julio Justiz Calderón había sido Comodoro de la Marina de Guerra, no puedo afirmarlo o desmentirlo. Solo sé que era una de las personas más educadas que conocí a bordo de nave alguna. Tan educado era, que resultaba muy peligroso serlo dentro un mundo irracionalmente machista como el cubano y el marino por exceso. El resto del equipo de cubierta estuvo integrado por el Primer Oficial José Meléndez (Alias El Gallego Meléndez), como Segundo Oficial José Levi Tur y como Tercer Oficial Ricardo Puig Alcalde.  El Contramaestre era Francisco (Alias Pancho, El Bicho), Pañolero Miguel Ramos Bringuez (Alias Pachiro), Timoneles Manso, Bernardo (Alias El Sapo), un timonel del que no recuerdo su nombre o figura y yo, aunque iba enrolado como agregado de timonel como expliqué anteriormente. Los Marineros de Cubierta eran Eduardo Lobaina y Menéndez (Alias El Sapo) apodo repetido porque ambos venían de las filas del MININT y formaban una yunta perfecta. Como Mayordomo viajaba Vicent, calificado desde entonces como uno de los mejores en la flota, nominación disputada por el Negro Baró, ambos eran estrellas en sus trabajos. No recuerdo con exactitud si Nocedo hijo iba como Segundo Cocinero y el guajirito  Eudis como ayudante de cocina. Como Camareros viajaban el feo Chirinos y el santiaguero Cardona. Como Camarotero iba un mayor algo canoso que no limpiaba nada y viajaba con un librito de los Fundamentos del Socialismo en Cuba debajo del sobaco. Un viejo militante, vago y chivatón, quien el viaje siguiente fuera relevado por el negro Emilio Garro. Por el Departamento de Máquinas recuerdo solo a unos pocos, Su Jefe era Terrero, creo que Cancio iba de Segundo Maquinista, Abreu de Tercer Maquinista. Hubo un viejo maquinista que tuvo fama de cleptómano, pudo ocupar la plaza de Cuarto Maquinista. El Ayudante de Máquinas era Mario ( muy amigo de Vicent), sustituido el siguiente viaje por Bolaños. Como engrasadores Zuaznabar, Víctor García, El Moro. De Primer Electricista viajaba el viejo Murillo y El Sordo era el Segundo Electricista. El Telegrafista era el viejo Rigo, perteneciente a la vieja guardia. Viajaba con varios Agregados, Roberto Antúnez, Eduardo Ruiz del Viso y un mulatico llamado Mayito que después perteneció a Obras Marítimas. Viajaba como Sobrecargo el viejo Correa y llevaba de agregado al mulato Cabrera, quien varios años más tarde llegara a oficial de cubierta. De todos los mencionados solo existía una nota discordante en una sinfonía casi perfecta, me refiero al Gallego Meléndez. Sé que estas líneas no serán del agrado de algunos que pertenecieron a su promoción, fueron sus vecinos en poblado de Regla o pertenecieron a su plante de Abakuá. Lo lamento, señores, El Gallego era redomado extremista que gozaba maltratando y humillando a sus subordinados desde estas fechas, año 1969.




Puedo considerarme muy afortunado al contarme entre los testigos que vivieron el final de una época dorada en la marina mercante cubana. Época que se evaporó en muy corto tiempo y fuera sustituida por la acción destructiva de todo un pueblo que, siguió ciegamente a un líder enfermo y empeñado en borrar la historia legada por nuestros antepasados. Nadie es inocente, quien no destruyó con sus acciones, lo hizo con su silencio y cobardía. Los resultados finales de esa obra es lo que dejamos como herencia a un pueblo arruinado económica y moralmente. Todavía hay quienes levantan su mano para aprobar esta desgracia o los aplauden como premio.


Gozaban los marinos de un estatus privilegiado cuando se comparaba con la población, pero las diferencias entre ambos eran abismales. Ese pueblo no estaba sometido a los sacrificios que se sufren en una aventura marítima, donde se tiene fecha para zarpar y no existen garantías de su regreso. Se contaba con un presupuesto que satisfacía las necesidades de cada departamento y el consumo de sus tripulantes, todo un lujo en épocas futuras bien cercanas hasta que dejaron de existir. Imagino que muchos capitanes de esa etapa hicieran un consumo razonable de esos recursos, la corrupción y depauperación moral que se vivió posteriormente no los había afectado todavía.


Calderón era un ser exquisito a la hora de exigir buenas condiciones para su tripulación, tanto lo fue, que el mayordomo debía presentarle semanalmente un menú donde no se repitiera plato alguno. A bordo de los buques se comía como Dios mandaba y poco importaba si la nave se encontraba en puerto cubano, la alimentación era sagrada. Tres campanadas que satisfacían plenamente a los tripulantes y donde nunca se abusó de alimentos enlatados. Una merienda disponible para las guardias y para el personal cuando finalizaban maniobras de atraque, salidas o pasos por canales. Los cigarros y tabacos eran vendidos sin límites de cantidad. Se pagaban las horas extras, horas extras pesadas (cuando se realizaban trabajos de limpieza de bodegas) y se le pagaba también una dieta a los marinos cuando no consumían los alimentos que, les pertenecían por derecho cuando se encontraban de francos en sus casas.


La flotilla de aviones con las que contaba Cubana de Aviación era muy pobre y compuesta por viejos aparatos. Tampoco volaban muchas compañías extranjeras a una isla que, además de estar “bloqueada” por el imperialismo, su máximo líder había suspendido todo tipo de viajes turísticos. Razones por las que en esos tiempos se usaran con mucha frecuencia nuestros buques en la transportación de pasajeros. Ese viaje iba con nosotros una viejita gallega que había visitado a sus parientes, muy cariñosa y sociable. Siempre se sentaba en la puerta de salida a la cubierta de botes por la banda de babor, alguien le colocaba una silla donde pasaba infinitas horas de contemplación, iba ocupando el camarote del Armador. Diariamente me encontraba con ella y le dedicaba unos minutos antes de continuar la marcha hacia el puente. Siempre me hacía la misma pregunta y llegó a molestarme; Si el barco se hundiera, ¿cómo podríamos salvarnos? En las primeras ocasiones le respondía con mucha paciencia y le hablaba de los botes salvavidas, balsas inflables y los chalecos. Pocos días más tarde trataba de evadir la respuesta desviando su atención hacia temas banales.


 En medio del océano Atlántico se desata una galerna con una altura de las olas superior a los 12 metros. Aquella nave tenía una eslora de 101 metros, fue convertida por el mar en un simple barquito de papel. La vida resultó insoportable durante varios días, no se podía dormir y cuando tocaban la campana en horarios de comidas, todo se reducía a un simple sándwich y un vaso de jugo o leche condensada. Gracias a Dios, nuestros barcos eran suministrados todavía con algunos productos que, luego serían considerados exóticos y desaparecieron de nuestro menú. Podrán imaginar el inmenso miedo sentido durante todos aquellos terribles días y el espanto experimentado cuando el buque escalaba la cresta de una ola y luego su proa desaparecía bajo el mar. Siempre pensé que aquella no era la vida elegida por mí y me prometí firmemente abandonar lo que resultó convertirse en una pesadilla.


Luego de dos o tres días de constantes cabezadas y con un empeoramiento notable del estado del tiempo. Calderón decide maniobrar para darle la popa a la galerna y disminuir de esa manera los sacrificios innecesarios a los que estaba sometiendo al barco, tripulación, carga y pasajeros a bordo. Yo no me encontraba de guardia en ese momento y solo me limité a cumplir las órdenes impartidas a todos los que estábamos a bordo por medio del intercomunicador interior del buque. Teníamos que presentarnos en la popa con los chalecos salvavidas puestos y aferrarnos a cualquier estructura del buque. Allí coincidimos todos, incluyendo la viejita gallega que viajaba de pasajera y a la que tratamos de proteger. Durante uno de los descensos de la nave por una de aquellas monstruosas olas, pudimos notar el cambio de rumbo a estribor y luego sufrir una de las peores escoras vividas en ese viaje. En la popa, el agua logró superar la altura de su cubierta, si observan la fotografía que pongo de esa nave, comprobarán que la popa se encontraba a una altura superior a la de la cubierta principal. Nunca me había encontrado tan cercano a la muerte como en aquel temerario giro, yo era un jovencito con apenas 18 años. Como no tenía los conocimientos técnicos adquiridos en años posteriores, no me encontraba capacitado para hacer una evaluación de aquel momento que me marcaron de por vida, había nacido otra vez. Hoy, encuentro muy positiva la decisión de Calderón en avisar a toda la tripulación y ordenarles que vistieran su chaleco salvavidas.


-¡Mijito! ¿Tú crees que podamos salvarnos de ésta? Me pregunta la ancianita gallega. Siempre la misma pregunta mientras me dirigía a mis guardias, hasta un día.


-Mi vieja, no se preocupe, tenemos los botes salvavidas y las balsas inflables, los chalecos, ¿ya se los ha probado? Ella me respondía que sí, luego continuaba con mi penosa marcha hacia el puente. Pero me sobrecargó de preocupaciones un día con la misma pregunta, creo que se la hacía a todo el que se dirigiera al puente.


-¡Mire, vieja! Trate de encomendarse a Dios, ya usted ha vivido bastante. El motor del bote de estribor no funciona, el de babor es de remos y de poco servirá en esta tragedia. Las balsas inflables están descontinuadas, y no le digo nada de esos chalecos de fibra. ¡Nada, mi vieja! Hay que rezar mucho, ¿usted cree en Dios? La pobre viejita no tuvo energías o voluntad para contestarme, vi como se dirigió con dificultad hasta su camarote, por suerte estaba a solo unos metros de la escala. Nunca más me salió al paso.


Miente el marino que manifieste no haber sentido miedo alguna vez, somos seres humanos normales y con sentimientos como los demás. Esos momentos que limitan con el pánico no te abandonan nunca y asisten con mayor rapidez durante las noches. De día tienes la posibilidad de ver la dirección por la que te atacan las olas y calcular visualmente la escora del buque, algo casi imposible de noche. Olas como aquellas no había visto en película alguna, ver desaparecer la proa en cada cabezada me aferraba más al timón y rezaba interiormente. Sentí un miedo indescriptible y cumpliría la promesa de renunciar a esta vida elegida accidentalmente en una cola. Poco me importaba lanzar por la borda el año gastado en la agricultura, solo abrigaba una idea ante la imposibilidad de regresar, debía aguantar como un hombrecito y evitar a toda costa vender la imagen de un cobarde.


Cada vez que acudía a la guardia debía pasar por el camarote del Segundo Oficial, llevaba varios días sin hacer guardias y estaba a punto de deshidratarse por los constantes vómitos. Junto a su cama se observaba un cubo que, bien pudo virarse varias veces por los bandazos y cabezadas. El olor a vómitos, sumados a las de una persona sin bañarse durante varios días, despedía por aquella puerta una peste infernal que inundaba todo el pasillo. Ese fue el último viaje de Levi Tur, no pudo continuar la profesión a la que destinara cuatro años de estudios en la Academia Naval del Mariel. Grande tuvo que ser el grado de frustración experimentada, algo había de cierto, una persona que sufría con esa gravedad los efectos del movimiento del buque no servía para tripularlo y podía costarle la vida.


 En aquellos tiempos las plantillas de nuestras naves no contaban con la existencia de un enfermero naval, era precisamente el Segundo Oficial la persona encargada de prestar los primeros auxilios, situación que llevada a la realidad se traduciría en repartir aspirinas. En los estudios de la carrera se incluía la asignatura Higiene Naval, pero creo que se aprobaba con el objetivo de no suspender la carrera solamente. Ningún navegante tenía alma o vocación de enfermero, ni estaba preparado para aplicar una inyección intravenosa o simplemente dar puntos a una herida que lo requiriera. Fueron tiempos muy duros donde los marinos debían encomendarse a Dios.


Aquella galerna extendió la travesía donde se consumían normalmente unos 17 días hasta los 22 o 23, no puedo recordar exactamente, fue un terrible castigo al que nos sometiera Neptuno para medir nuestro valor y capacidad de resistencia. El mar vino a calmarse por el Golfo de Vizcaya, ya escuchábamos música por la radio del saloncito de tripulantes, único medio de entretenimiento disponible, señal de que nos encontrábamos cerca de tierra. También era muy frecuente el avistamiento de otras naves y la navegación comenzó a ser más entretenida, nuestra primera escala la realizaríamos en Inglaterra.


La recalada al río Támesis no se vio adornada por aquella temida niebla consumida en casi todas sus películas de terror. Era una mañana soleada y me encontraba al timón. Manso subió al puente inesperadamente para relevarme, desconozco si se lo solicitaron y le entregué la guardia cuando ya estábamos próximos a entrar en una esclusa en la rivera norte del rio. Una vez atracados nos pagaron y yo recibí dos o tres libras de esterlina solamente, mis amigos me recomendaron guardar ese dinero hasta que llegáramos a Holanda si deseaba comprar algo. ¡Claro que deseaba comprar algo! No solo eso, lo necesitaba con urgencia, viajaba con una sola mudita de ropa en estado precario. Además, ¿qué podía adquirir por esa cantidad de plata en un país caro? Nos limitábamos a caminar por las cercanías del muelle y todo era decepcionante, no existía atracción alguna y era lógico, los puertos mercantiles no son lugares turísticos.


Por fortuna, el Capitán Calderón coordinó con la embajada un viaje turístico para la tripulación a la ciudad de Londres. ¡Wow! Esta expresión no se usaba en aquellos tiempos y la aplico con carácter retroactivo. Londres resultó impresionante y recorrerlo durante todo un día, me obligó a cambiar de opinión ante lo que devoraban mis ojos. El palacio de Buckingham, Piccadilly Street, el Puente de la Torre, Trafalgar Square con su columna al Almirante Nelson, el Palacio de Westminster con su Big Ben, Museo de Cera, La Estación Central de Trenes, los edificios de la Scotland Yard. ¡Wow! Todo lo devoraba mientras escuchaba mentalmente aquellas inolvidables melodías de The Beatles. ¡Coño! Yo estaba en su tierra y no podía creerlo. ¡Cuántas cosas tengo para contarles a mis amigos del barrio Juanelo! Yo volaba, soñaba, acababa de descubrir un viejo mundo muy nuevo para mí. ¡Si! Muy pronto recordé aquel refrán que dice; “Todo tiene un precio en la vida”. Yo había pagado el mío con aquella horrible galerna para conocer a un “capitalismo agonizante” y me encuentro que los que estábamos a punto de morir éramos nosotros. ¡Al carajo! No renuncio y que vengan galernas. Después de aquel contacto con el primer mundo en el viejo continente, conocer se convirtió en una obsesión para mí, una adicción peor que la impuesta por cualquier droga.


De Inglaterra partimos para Amberes en Bélgica, Hamburgo en la Alemania Federal, Rotterdam en Holanda y terminamos ese tour en La Coruña, España. No podía pedir más para una primera experiencia, había sido contagiado por un virus que no me abandonó nunca en la vida, ni ahora que soy viejo y libre para viajar. Solo que acá se necesita plata para hacerlo y la manera más económica para cualquier pobre es siendo marino. ¡Ojo! Que no me refiero a los marinos en términos generales, fuimos muy pocos los que disfrutamos esos viajes, la mayoría se dedicó exclusivamente a la pacotilla, esos no viajaron, fueron solamente a tiendas y placitas.


Regresé a la isla vestido y calzado, no solo eso, lo hice apestando a Tulipán Negro comprado a granel en España. ¿Cómo les explicaría la manera en que lo logré honradamente? No fue tan difícil hacerlo, como sería comprenderlo por las nuevas generaciones. No olviden que solo ganaba $2.50 dólares semanales, y que en un viaje de dos meses y medio solo recibiría unos $25 dólares. ¡Está duro de roer! El cambio de la peseta española en esos tiempos andaba por las 60 pesetas por un dólar, sin embargo y sin conocer las razones, se nos pagaba entre 70 y 75 si la memoria no me traiciona.


Regresé vestido y calzado, transformado en una persona ante los ojos de los demás. Ojos estúpidos que solo valoran el envase y olvidan la calidad del contenido, hablemos de un 90 % de la población de aquellos tiempos. De pronto, me transforme gracias a cuatro trapos baratos en un objetivo por conseguir, el novio o marido perfecto.


La felicidad dura poco en casa del pobre, eso dicen por ahí. Fui desenrolado antes de que el buque partiera nuevamente y me sume a esa población de marinos flotantes que abundaban en La Habana esperando barco. Mientras tanto, esa espera era consumida haciendo integraciones en las naves surtas en la bahía. Aquella espera debió tener una duración de dos meses y medio.



Estando atracados en el extranjero, Roberto Antúnez y yo debíamos presentarnos cada tarde ante el Capitán Calderón con escobas y trapos. Luego de una educacional arenga dirigida a dos muchachones, nos ponía a limpiar diferentes áreas del puente. Antes de hacerlo tenia la costumbre de hacernos alguna pregunta relacionada con la profesión y una de aquellas fue sumamente interesante.


-¿Qué es un Capitán? Ambos respondimos de acuerdo con nuestras interpretaciones y cuando terminamos, Calderón nos dio una de las definiciones más simple y hermosa de lo que significaba esa palabra. Siempre la usé como divisa a lo largo de mi vida como marino.


“ EL CAPITÁN ES LA SUMA DE LA TRIPULACIÓN ”





Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2020-05-31


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