miércoles, 9 de agosto de 2023

LAS BATALLAS NAVALES DE LA EMPRESA DE NAVEGACION MAMBISA. Por Eduardo Ríos Pérez.


 

LAS BATALLAS NAVALES DE LA EMPRESA DE NAVEGACION MAMBISA.





Por Eduardo Ríos Pérez.

 

-¡Señor, los perros están ladrando!

-Sancho, dejad que los perros ladren, es señal de que cabalgamos'.

 

Nada, solo un pedacito de El Quijote, un clásico escrito por Cervantes, quien peleó en unas de las batallas navales más grande que cambió el destino del mundo, allá en el Golfo de Lepanto. Una guerra de la Cristiandad contra el Imperio Otomano, cientos de barcos hundidos y miles de marinos muertos, pero de eso hace ya muchos siglos, ocurrió por el mes de Octubre de 1571. Por esas fechas los perros aún ladraban, ahora ellos solo lamen.

 

Las batallas de hoy son muy diferentes, aunque en Mambisa se han hundido varios buques por negligencia, impericia y politizados navegantes casi siempre. No me refiero a esas batallas, son otras donde los protagonistas no hubiesen inspirado a Miguel de Cervantes Saavedra a escribir el Quijote. Sería de muy mal gusto que cuando Sancho le gritara:  

 -¡Señor, que los perros lamen! Y que indignado aquel hidalgo Caballero que luchara contra molinos le contestara:  

-Sancho, dejad que los perros sigan lamiendo, es señal de que navegamos en Mambisa.

 

Siempre he dicho que los buques de Mambisa se me parecen a una cárcel, la chimenea con el logo del machete y la bandera la asemejo a la garita en cuya posta hay un sicario mirando hacia abajo, controlando toda la tripulación. La oficina del Capitán similar a la del Orden Interior con todos los expedientes de los reos, informantes, chivatones, clavistas, perros lameadores etc. El Rastrillo (término carcelario), los pasillos que te conducen al comedor, salones, camarotes o celdas. La Cubierta Principal viene siendo en mi algo agotada mente de exconvicto, el patio para coger sol los reclusos y por último el portalón, la puerta para salir del penal.

 

Cuando era marinero de Cubierta navegué con un Contramestre y un Pañolero que venían de la vieja guardia. Hablo de marinos que vivían para el barco y a él se entregaban en cuerpo y alma. Siempre andaban por cubierta mirando hacia arriba, buscando algo. Con aquellas vistas de águilas podían detectar los cambios o reparaciones debían hacerse en la arboladura. Siempre me decían; los cerdos no pueden ser marineros porque no miran para arriba, no cesaban, siempre entorchando cabos, haciendo gasas de alambre, engrasando cables, cambiando patecas, motones, cuadernales, amantes, amantillos, drizas, etc. Eran incansables, hacían todo eso mientras mantenían a los marineros en constante labor de mantenimiento y pintura.

 

Ellos siempre me buscaban para sus trabajos, hacíamos un trío inseparable, aprendí el uso del burel, todos los trabajos de recorrida, ellos amaban su trabajo, amaban el mar. Con picardía me decían en muchas ocasiones; Aprende bien, porque a ustedes los mandaron para relevarnos a nosotros. Era mi segundo viaje con ellos y entre nosotros, como que surgió una complicidad espontánea de confianza. No existía la necesidad de mediar palabras para decirnos algo, los ojos hablaban por nosotros.

 

Para la época ya iban desapareciendo los privilegios que, con tanto esfuerzo, luchas, huelgas, etc., habían conquistado aquellos verdaderos lobos de mar. Los beneficios de las horas extras, la dieta por no almorzar o comer en el buque los días libres y hasta los 200 dólares cada dos años entregados al tripulante para que se comprara su ropa de frío, y otros logros -al parecer insignificantes- como el coffe time, el break, meriendas al lugar de guardia etc., se perderían entre consignas y llamados al sacrificio eterno.

 

En el Puerto de Barcelona los vi salir juntos una mañana, ya lejos se voltearon y me dijeron adiós con la mano alzada. Era como una despedida, sabía que no volverían, confiaron en mí, me sentí muy mal, había perdido a dos amigos, dos tremendos trabajadores, dos marinos, perdí a mis maestros. Su ausencia se notó, nos reunieron para hablar horrores de ellos, tenían razón, ya el relevo estaba a bordo. Con ellos enrolados en nuestras naves se fue la tradición, la hermandad y nació el chacalismo, la chivatería, la incompetencia, los pacotilleros, los informantes, el PCC, la UJC, el Sindicato, las reuniones, los trabajos voluntarios. Después de ese día ya nadie miraba para arriba, nos volvimos cochinos, hasta el año 1992 que caí preso, jamás volví a ver marinos como aquéllos.

 

Llegaron los Comisarios Políticos, individuos sacados de todas partes, pandilla integrada por oficiales ineptos, pésimos, como Octavio Justis Casariego, militante del partido comunista. Buena cantidad de Sobrecargos improvisados, ladrones profesionales que ocupaban el puesto porque eran todos ellos una bandada de informantes. Rateros que en complicidad con el Capitán se encargaban de traer bultos de abrigos y botas de frío de pésima calidad que encargaban al ships chandler y de esa manera robarle miserablemente al marino. Otros también venían de la calle sin ningún conocimiento de los barcos, vaya usted a saber que asignatura le impartían a esa gran masa de oportunistas carentes de nivel educacional, pero llegaron a nuestras naves uniformados y para más vergüenza, cargando sobre sus hombros charreteras con un “ancla” y tres rayas más el salario del 1er Oficial. No solo nos quedamos callados ante esta inmoralidad de pagarle a un parásito, existieron quienes les aplaudieron. Dispusieron de un asiento en la mesa del Capitán en el comedor y un camarote, muchas veces más confortable que el del Primer Oficial del buque. Miserables parásitos, lameadores, chivatos, traidores, poco hombres y conflictivos, cuyos contenidos de trabajo era como el de un pastor, conducir a su rebaño de carneros. Mientras aquella gente que no miraba para arriba como los puercos, marchaba felizmente seducidos con el discurso de aquellos vagos hijos de putas por los senderos del sistema stalinista totalitario de Cuba. Valiente labor la de esos miserables, quienes algunos de ellos con su “antigüedad”, superaban el salario de los capitanes de nuevas promociones y su labor se limitaba a velar que ninguna oveja se desviara ideológicamente. Su trabajo era observarlo todo, qué leías, qué estaciones de radio escuchabas, con quién te relacionabas en el extranjero, como vestías, cómo te expresabas, si colaborabas con la revolución o resultabas indiferente, desafecto. Los que se proyectaban como “buenas gentes” se prestaban para darte consejitos en privados, casi siempre en su camarote para impresionarte. Vaya regañitos que como los puntos de la licencia de conducción se iban acumulando hasta que te partían las patas. ¡Que cobardes fuimos!

 

Así era nuestra gloriosa Marina Mercante, brazos largos de un régimen que utilizaba sus buques no solo en labores comerciales, también realizamos trabajos sucios, como traer presos cubanos de puertos socialistas, nadie me lo contó, yo los traje de Varna- Bulgaria. También transportamos bien custodiadas bebidas finas en el Puerto de Marsella-Francia para el Comandante en Jefe. Cerrada vigilancia mantenida durante toda la trayectoria por cinco agentes de la Seguridad del Estado, quienes viajaron desde La Habana expresamente para cumplir esa misión. Transportamos de todo y ese todo incluyen los restos de aquellos mercenarios cubanos, quienes perdieran la vida en la fallida guerrilla del Congo. invasión dirigida por el fracasado Ernesto Guevara, ya hablaré de eso. Nuestros barcos fueron usados para muchos fines, bien diferentes a los que fueron concebidos por sus astilleros, por ejemplo; exportar tropas para Argelia en la M/N Camilo Cienfuegos, también a Siria, Angola, Mozambique, Etiopia, etc., donde miles de cubanos perdieron la vida.

 

Hoy, muchos de aquellos capitanes que ocuparon cargos al más alto nivel en aquella naviera mafiosa, responsables de tantas violaciones de los tratados marítimos internacionales, no han desaparecido totalmente. Algunos ya marcharon al infierno con sus amos, pero una parte del resto de ese grupo, viejos camajanes, cobardes e hipócritas, siguen bien unidos, más concéntricos que nunca y viviendo en Miami. Disfrutan de un retiro y un medicare por su octogenaria edad en un país donde no aportaron nada, no dan la cara, pero nos leen. Tampoco opinan, se esfuerzan en mantener un perfil bajo como lo que han sido y son cobardes ratas de cloacas. Los más audaces o desvergonzados muestran sus repugnantes rostros. Exhiben con descaro sus patios, las piscinas con sus hijos y nietos disfrutando de las bondades del capitalismo. Después lo mismo, se reciclan, el capo solo cambia su foto del perfil y vuelve a cambiar y cambiar y todo es un silencio profundo, donde se percibe o respira la cobardía en la que vivieron y viven. Nada ha cambiado para ellos, sus vidas continúan siendo las mismas, se revuelcan en el más nauseabundo pantano, como aquel donde vivieron. Solo que en este tienen comida y todas las bondades que ofrece el capitalismo, contra el que solapadamente luchan o tratan de contaminarlo con todo el odio que les sobró en su tierra de origen.  Y aún existen seres tan despreciables como ellos, capaces de apretarles las manos o sentarse en la misma mesa. Todos ellos pertenecen a la más profunda degradación de la especie humana parida en nuestra isla.

 

Los perros de esa flota Naval de Mambisa ahora lamen las botas yankis.

Nota: Los perros a los que me he referido en la cagastrófica flota de mambisa, son los animales de dos patas. Sería yo incapaz de ofender a esos dulces animalitos cuadrúpedos y peludos que al igual que los ángeles, nos cuidan y dan amor. Los de dos patas ladran y muerden, odian y van destilando veneno en cada tierra por la que pasan.

 

Sería de muy mal gusto que cuando Sancho le gritara: 

 -¡Señor, que los perros lamen! Y que indignado aquel hidalgo Caballero que luchara contra molinos le contestara: 

-Sancho, dejad que los perros sigan lamiendo, es señal de que navegamos en Mambisa.

 

¡Le ronca los timbales!

 

 

 





Eduardo Ríos Pérez.

La Florida-Estados Unidos

2023-08-09

 

 

 

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sábado, 15 de julio de 2023

LA GUAGUA: Viaje de Cienfuegos- La Habana.



LA GUAGUA: Viaje de Cienfuegos-La Habana.


Motonave "Jiguaní", escenario de esta historia.


Recuerdo que llegamos a esa ciudad a bordo del buque “Jiguaní” procedentes de Montreal, la gente se encontraba en plena celebración carnavalesca y cuando eso ocurre, el mundo deja de girar o simplemente no existe. La tarea urgente que domina la mente de una gran mayoria de los cubanos es mover el culito y tomarse una perga de cerveza. Vale destacar que por aquellos tiempos el carnaval era una festividad a la que acudían muchos seres carentes de recursos, creo que es la única fiesta a la que pueden asistir la mayoría de los trabajadores a lo largo de todo un año. Cada pueblo o provincia lo celebra acorde a sus tradiciones y en algunas ciudades son realizados durante una semana continua.

 

En fin, luego de arribar a Cienfuegos liberaron -como era costumbre- a un tercio de la tripulación de franco y cada cual partió a sus ciudades de origen. La mayoría de aquel grupo éramos de La Habana y nos dirigimos hacia la terminal de ómnibus. El insalubre y reducido local se encontraba atestado de personas que pernoctaban en el suelo como gitanos, muchas de ellas acompañadas de niños. Era una escena dantesca la que ofrecían aquella manada de indigentes que invadió aquella siempre limpia y tranquila Perla del Sur. El Alcohol desinhibe al ser humano de todo síntoma de moral o vergüenza y en muchos casos los presenta como vulgares animales. No le encuentro mucha justificación viajar desde tan lejos para participar en un evento que, había perdido todo su encanto desde hacía muchísimo tiempo. Más que disfrutarlo, exigía de la persona ciertos sacrificios para consumir algún producto o simplemente realizar cualquier necesidad humana tan simple como orinar. Una gran parte del preciado tiempo que normalmente sería destinado a divertirse se debía emplear para realizar agotadoras colas. Tampoco resultaba muy sencillo comprar un vaso de cerveza, unas croquetas, pedazos de pizzas, refrescos, etc., debías disputarla a codazos o empujones entre una jauría muy violenta, hambrienta y sedienta. La manada disponía de un tiempo que no estaba a nuestro alcance, el franco concedido era limitadísimo y de nuestro regreso dependía la salida de los tripulantes que quedaron a bordo. El ambiente nauseabundo y agresivo reinante en aquella terminal, no nos ofrecía garantías algunas de poder partir esa noche hacia La Habana, situación que nos pedía a gritos fuéramos creativos. Así fue, como todos sabemos, el que hizo la ley también hizo la trampa y ya en esas fechas podíamos considerarnos muy buenos tramposos. Estábamos en una parte de Cuba y nosotros éramos cubanos, la isla se encontraba sumida en una grave crisis económica y la gente había aprendido muy bien, yo diría con calificaciones excelentes, pues la gente se dedicó a vivir y lucrar con el dolor ajeno. La población solo disponía de los cigarros que ofrecían por la libreta de racionamiento (algo increíble en un país que siempre fue exportador de tabaco), se podía observar a ciudadanos recogiendo colillas en la calle y en esa desagradable ecuación nosotros ocuparíamos un puesto muy importante.

 

La gente necesitaba fumar y nosotros necesitábamos viajar en guagua. Ellos no tenían cigarros y nosotros andábamos armados hasta los dientes, porque en esas fechas aún no habían limitado las cantidades que podíamos comprar a bordo. El posadero era vicioso al tabaco, lo eran también los taxistas, el Carpeta de un hotel, el Capitán de un restaurante, el vendedor de pasajes en Cubana de Aviación y hasta el vendedor de flores para los muertos. Vivíamos en una isla donde se fuma desde temprana edad y se bebe ron con la misma sed del que anda en camellos por el desierto de Sahara. Todo andaba patas arriba, los fumadores no tenían tabaco y los borrachos andaban bebiendo walfarina destiladas en casas. Experimentábamos los efectos de la “Ofensiva Revolucionaria” con su ley seca y la Zafra de los 10 millones que nunca fueron, toda una verdadera locura. Nosotros teníamos lo que ellos necesitaban y ellos tenían lo que nosotros necesitábamos. Solo debíamos actuar como los indios y los españoles cuando la conquista, el dinero no tenía valor, estábamos obligados a cambiar oro por espejitos.

 

Uno de aquellos tripulantes -el más pícaro- se encargó de hacer una “vaquita” (colecta), donde cada uno de los integrantes aportó dos cajetillas de “Populares”. Al final de aquella vaquita teníamos unas 30 cajetillas de cigarros dentro de un cartucho. Con ese preciado material que tendría un valor total de $900.00 pesos, partió convencido de su éxito a negociar con el jefe de tráfico de aquella terminal.

Minutos antes de la venta de los pasajes para el ómnibus que saldría a las ocho o nueve de la noche, aquel jefe se subió a una de las pocas mesas allí disponible para dirigir un discurso a esa parte aguerrida de nuestro pueblo.

 

-¡Atiendan acá, compañeros! Manifestó el individuo con la autoridad que emana de todo “dirigente”, no crean que es sencillo enfrentar a las masas, se requiere de un don especial que no todo ser humano posee. A la manada se debe impresionar, asaltarla emocionalmente cuando menos lo esperen y utilizar contra ella todas las armas de las que solo es posible adquirir en cualquier escuela del partido. El líder debe imponerse por cualquier vía para lograr que lo respeten y si logra que le teman, será en todo momento el dueño de cualquier situación, la masa es pendeja y siempre debe repetírselo interiormente antes de enfrentarla. Todos abandonaron sus improvisadas camas de losas y se dirigieron a la tribuna donde rodearon al espontáneo líder. Cuando hubo reinado el orden y el silencio, con la maestría que caracteriza a todos esos tipos con carnet rojo, se dispuso a ofrecerles aquel discurso casi improvisado.

 

-¡Compañeros, atiendan acá! Yo sé que muchos de ustedes se encuentran desesperados por partir hacia sus ciudades, pero nos encontramos ante un gran problema. En estos momentos ha arribado a nuestro puerto un buque procedente de una misión internacionalista y quince de sus tripulantes tiene que viajar hacia La Habana. Solo disponen de pocas horas para visitar a su familia y regresar con tiempo para relevar a sus compañeros. Por lo tanto, la oferta de pasajes se verá afectada a la población. Se oyeron prontas protestas de parte de aquel desesperado público y la reacción de aquel brillante dirigente opacó todo intento de sublevación. -¡Oigan muy bien! Ustedes se encuentran en esta ciudad por la celebración de los carnavales, mientras esos compañeros se encontraban jugándose la vida en una misión internacionalista, cualquier manifestación en contra de la decisión tomada por nuestro partido y las máximas instancias de esta revolución, será interpretada como un acto contrarrevolucionario. Reinó un silencio total y la manada se fue retirando hacia los pedazos de losas donde continuarían durmiendo hasta que ocurriera un milagro. Después de aquella concentración espontanea nos acercamos a la ventanilla donde obtuvimos nuestras boletas de embarque y partimos hacia el Prado cienfueguero a disfrutar de unas buenas “pergas” de laguer.

 

 Alrededor de la una o dos de la madrugada de aquel día llegamos a la terminal de ómnibus de La Habana, el servicio de transporte urbano se encontraba casi paralizado por las festividades y era imposible tomar una guagua con equipaje. No tuve otra opción que hacer la cola para tomar un taxi que se dirigiera a Luyanó. Las esperanzas de llegar a la casa eran remotas y nos sorprendían los primeros claros de la mañana. Sentado sobre el equipaje por falta de asientos y de muy mal humor por la demora, que ya sobrepasaba el tiempo empleado en el viaje desde Cienfuegos, llega un viejo algo alterado como yo a preguntarme algo.

 

-Compañero, ¿para dónde va usted? Sin levantarme lo miré de arriba-abajo y le respondí a secas con muy mal humor.

 

-Yo voy para mi casa. Aquel viejo dio un saltó por mi inesperada respuesta y retrocedió dos pasos adquiriendo una posición de guardia como la de los boxeadores en una pelea.

 

-¡Chico! Tú eres un comemierda, ¿qué carajo me interesa que vayas para tu casa o a una posada? ¡Mira, es más! Sale pa‘fuera que te voy a descojonar. No le quité la vista a aquel viejo fuera de fonda y capaz de todo en medio de su locura. Yo sabia lo que me estaba preguntando, pero era tanto el enojo cargado que no me dio la gana de complacerlo. Resulta que en la puerta lateral de la Terminal de Ómnibus de La Habana se tomaban los taxis y las colitas se realizaban por municipios. Sucedió lo que tanto temí, llegó una guagüita que ofrecía los servicios de taxi colectivo y tuve que montar obligado en ella. Estuve dando vueltas por Luyanó y barios fronterizos hasta las nueve de la mañana.

 

-¡Caballeros! Llévense a ese viejo de mierda antes de que le dé una patada en el culo y lo descojone todo. Les pedí a los que se encontraban cerca de mí en la cola. La gente colaboró enseguida de muy buen humor, una parte de ellos destilaban olor a cerveza de pipa por la boca. Hacía más de doce horas que había salido del barco y gracias a la idea de aquel pícaro con el truco de los cigarros, me encontraba esa mañana en La Habana. En Cuba todo es posible, hasta imaginarse que se vive en un parque jurásico.

 

 

 

Esteban Casañas Lostal.

Montreal..Canadá

25-12-2001

 

 

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jueves, 13 de julio de 2023

LA GUAGUA: Viaje de La Habana-Nuevitas.


 

LA GUAGUA:  Viaje de La Habana-Nuevitas.


Motonave "Habana", escenario de esta historia.


El barco llevaba más de un mes esperando por unas toneladas de azúcar con destino a Canadá, nos encontrábamos atracados en el muelle de Pastelillo y ante la demora decidieron darle franco a una parte de la tripulación. En esa época Nuevitas era un pueblo en estado de sitio, no porque fuera establecido por medidas dictadas por el gobierno o algún estado de guerra. Sus pobladores adoptaron una actitud de auto reclusión a partir de las ocho de la noche, existía un aumento de los asaltos y violaciones producidos por el personal dedicado a la construcción de las plantas de fertilizantes y la termoeléctrica, casi todos eran palestinos. Un tiempo atrás, no muy distante, se disfrutaba de las bondades que ofrecía aquel pueblecito y su gente. No poseía muchas ofertas para el visitante y tampoco eran necesarias o apremiantes, las existentes podían satisfacer las demandas de su población y los pocos visitantes en tránsito. Debe recordarse que para esas fechas la isla conservaba -solo en apariencias- el himen de la inocencia proletaria. Unos años más tarde, aquel supuesto paraíso, se le abría de piernas a cualquier turista por los mismos precios impuestos por las CUFLETERAS, solo que las hijas de ellas se enfocaron en productos alimenticios cuando el “Período Especial”. En fin, salías a la calle y solo encontrabas a tu paso grupos de “Palestinos”. Debo confesar que muchos marinos fuimos contagiados por el temor que sentía la gente de aquel pueblo y palpamos la posibilidad de ser asaltados en cualquiera de sus recovecos. Los pocos lugares de esparcimiento fueron abordados por aquellas violentas manadas y de muy poco servía acceder a ellos, si al pasar a su interior solo encontrabas machos bebiendo ron a capella. Una sola muestra de los tiempos que corrían lo constituyó una “cojita” muy popular, era joven y de bello rostro. Al parecer había sido víctima de la poliomielitis y sus extremidades se mostraban casi secas, andaba y era muy ágil con el uso de muletas, podías encontrarla en cualquier lugar de Nuevitas o Tarafa a cualquier hora e intercambiar bromas con ella. Nos contaron en otro viaje que aquellos palestinos violaron a la cojita, le robaron las muletas y la dejaron colgada en un árbol, solo colgada, no ahorcada. ¿Lo peor? Aquellos palestinos llegaron para quedarse y organizaron microbrigadas para construirse edificios de apartamentos. Aquella invasión por ellos realizada a lo largo de toda la isla, se detuvo en el Cabo de San Antonio por la barrera que el mar les impuso, después de ellos nada fue igual en aquel tranquilo y limpio pueblo.

 

 El viaje de Nuevitas-Habana y viceversa tomaba unas doce horas en aquellos ómnibus Leyland de entonces. Llegué a la capital en horas tempranas de la mañana y a eso de las diez, recibí una llamada desde el barco solicitándome regresar. Las operaciones de carga habían continuado y se esperaba salir al día siguiente. En ese tiempo existían dos salidas para ese pueblo y hacia la capital del país, una en la mañana y la otra en horas de la noche. Nosotros teníamos una boleta de viaje que nos daba prioridad sobre otro viajero de la lista de espera o fallos, razón por la que me puse de acuerdo con uno de los oficiales del barco para encontrarnos en la terminal esa noche.

 

Como norma general de la época que les narro, ningún sitio de todo el trayecto brindaba la posibilidad de llevarse un bocado al estómago, hablo de una situación compartida en todo el país. No fueron pocas las oportunidades en las que atravesé la isla desde Santiago de Cuba hasta La Habana con el estómago vacío. Todas esas anormales circunstancias nos preparaban física y psicológicamente para la guerra. Adoptamos costumbres que solo eran vistas en las películas que nos imponían del Este, viajábamos acompañados de jabitas en todo momento, como si se tratara de otro órgano perteneciente a nuestro cuerpo. Cuando los viajes eran largos, procurábamos cargar algo de comer y beber, poco nos faltó para viajar con un tibol portátil ante la imposibilidad de encontrar un baño en cualquiera de las terminales de ómnibus a lo largo de nuestros recorridos.

 

Ese día y como ya se había convertido en una tradición, mi novia me preparó un pan con bistec (hablo de esa dulce y hoy tenebrosa época de nuestras vidas, donde existían unos animales de cuatro patas llamados reses). Ya habían impuesto la distribución de carne cada quince días, después serían dos entregas de pollo y una de carne y finalmente las reses no aparecían ni en un centro de espiritistas, se fueron al cielo y a las neveras del Comité Central. La esposa de aquel Oficial llamado Ricardo Puig Alcalde, joven que entonces ocupaba la plaza de Tercer Oficial del buque Habana y yo la de timonel, le había preparado también un pan con algo. Unas veces eran con “sorpresa” y otras con “intriga’, el asunto era tener algo que nos cayera en el estómago cuando las tripas comenzaban a protestar. Partimos sin ninguna dificultad a las once de la noche de la terminal de ómnibus de La Habana en una guagua repleta de un pasaje varonil, imagino que hoy sería calificado como un acto machista. Casi todos los asientos poseían en el respaldar del asiento anterior una especie de compartimiento donde colocar revistas u otros pequeños paquetes. Allí coloqué cuidadosamente mi cartuchito con el pan con bistec y una botellita de agua para ayudar a bajarlo, solo tenía que esperar a que las tripas me sonaran para devorarlo. Aproximadamente a las tres de la madrugada mi estómago funcionó como un despertador y mi mano se dirigió con automática precisión hasta la funda donde había guardado mi bocadito. Que desilusión sufrí al comprobar que aquella bolsita fabricada de una malla elástica se encontraba vacía, la ira invadió todo mi ser empujado por los reclamos de mi estómago y de verdad, no pude contenerme y di rienda suelta a toda la ira acumulada en segundos con el uso de un idioma muy bien conocido en el patio. Así, enojado y hambriento, encabronado y con las tripas pegadas al alma, caí en medio de aquel estrecho pasillo y comencé a desahogar mi rabia, mis penas, mi hambre, mi frustración, mi encojonamiento. A mi mente solo acudieron las palabras incorrectas que muchas damas no desearían escuchar o leer en sus vidas.

 

-¡Me cago en la madre del hijoputa que se comió mi pan con bistec! Grité a viva voz para que todos despertaran y sintieran mi enojo.

 

-¡Oiga, compañero! Que está manifestando palabras obscenas. Oí desde uno de los asientos traseros y la reacción fue más grave.

 

- ¡Oye tú, compañero la pinga, pa'que lo sepas! Le contesté mientras Puig trataba de llevarme nuevamente hacia el asiento jalándome por una pata del pantalón.

 

-¡Pero mire, camarada!... Intentó intervenir otro y no le di tiempo a completar su expresión.

 

-¡Camarada, ni cojones! Esta guagua está llena de ladrones e hijoputas. ¡Claro, deben suponer que yo no me había superado tanto y no expresaría tan cultamente “ladrones e hijoputas”! Lo correcto para mi nivel de barrio o municipal era decir a toda voz; “ladrones y hijos de putas”. Pero bueno, tampoco estoy aquí para darles clases de español, solo contarles lo que ocurrió en aquella puta guagua. Casi todos se despertaron y transformaron aquella amarga situación en una obra de teatro bufo, todo resultó ser un bonche para la totalidad de los hijoputas que viajaban a bordo de aquella Leyland. El chofer paró la guagua en medio de aquella angosta carretera Central y encendió las luces del pasillo.

 

-¿Caballeros, que pasó aquí?. Preguntó el que venía descansando, mientras el otro continuaba en el asiento junto al timón y seguía todos los movimientos por el espejo retrovisor.

 

-¡Nada, compadre! Que he traído un pan con bistec y un hijo de la gran puta de los que van para Nuevitas me lo ha robado y estoy partido del hambre. Le contesté.

 

-¡Coño, compañeros! Parece mentira que a estas alturas de nuestra historia sucedan cosas así. Manifestó el chofer con seriedad y todos los canallas se echaron a reír, pocos minutos después el viaje continuó. Puig me brindó la mitad de su pan y los pasajeros se volvieron a dormir. ¿Lo peor? Resulta que aquellos hijos de la gran puta no eran Palestinos, eran de la capital y ya estaban contagiados, el país iba en picada hacia la mierda. Al día siguiente zarpamos rumbo a St. John de New Brunswick y no quiero recordar el frío que había, los exagerados cambios de marea, aquellos putos calabrotes de henequén congelados, las pendejas botas de frío inventadas en Cuba con piel de conejo y la preocupación sentida por la suerte de la cojita con aquella pregunta casi eterna, ¿La habrán bajado del árbol donde la colgaron aquellos putos palestinos?... Puig falleció no hace mucho tiempo en La Florida, ya quedamos pocos de los que dimos aquel viaje y no sé si me pondré el traje de palo en Montreal. Creo que corría el año 1968, tampoco me crean mucho, ya ando disparando a todos lados como mi hermano Eduardo Ríos y años más o menos me valen vergas. ¡Estoy Vivo!

 

 

 

Esteban Casañas Lostal.

Montreal..Canadá

25-12-2001.

 

 

 

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miércoles, 12 de julio de 2023



 

LA GÜAGUA: VIAJE BAHÍA HONDA-LA HABANA

 

Motonave "Renato Guitart", escenario de esta historia.


Hace solo unos minutos hablaba con mi inseparable amigo Eduardo Ríos Pérez por teléfono, hoy se encuentra en Miami. Ambos estudiamos juntos para Oficiales de la marina mercante cubana, compartimos aquella experiencia de ser profesores de Navegación en la Academia Naval del Mariel, en fin, fuimos y somos grandes amigos. Nos reímos mucho con esta ocurrencia de él en aquel pueblo.

 

Me encontraba de Segundo Oficial de la motonave “Renato Guitart” y tenía cuadrado presentar un problema familiar. intentaría provocar mi desenrolo para dejar vacante mi puesto casi a la hora de la salida y que aquella pequeña crisis obligara a la Empresa a ascender a otro gran amigo común llamado Jorge Marcos Joan (alias Cebolla, ya fallecido). En esa oportunidad invité a Ríos a que fuera conmigo hasta Bahía Honda para que me ayudara en la operación de la entrega del cargo. No solo eso, lo entusiasmé diciéndole que en aquel pueblo se encontraban liberados el ajo y la salsa Vita Nova, algo regulado por la libreta de abastecimiento en toda la isla, no le mentía. Bueno, Ríos aceptó porque una vez me había llevado con un cuento parecido hasta el puerto de Santa Lucía en Pinar del Río. Como un gesto de buena voluntad y demostración de que no cometería ninguna locura en el camino, me llevé al menor de mis cuñados a cuestas para que de paso viera por primera vez un barco por dentro. Nuestras esposas, muy entusiasmadas por aquello del ajo y la salsa Vita Nova nos dieron dinero suficiente para una buena compra. Debe tenerse en cuenta que éramos jodedores, pero en términos generales les dábamos el dinero del mes. Bueno, si antes no agarrábamos una de las nuestras. En ese caso lo entregábamos también, pero incompleto.

 

Toda la entrega transcurrió dentro de los parámetros que pudieran considerarse normales para la época, le hice formal entrega del cargo a nuestro amigo Cebollas, ya habían “integrado” a un Tercer Oficial para que cubriera mis guardias. El Capitán era Pedro J. Ferreiro Casas y se encontraba ausente desde que el barco atracara. Vale destacar que nosotros fuimos los que inauguramos, aun sin concluir su construcción, aquel único atraque que existió a la entrada de la bahía. Al frente de su construcción se encontraba un negro muy fuerte que había sido combatiente y conocíamos de La Habana, se llamaba Richard, hace varios años que ese sitio se usa como desguazadero de barcos. Yo recuerdo haber visitado ese mismo puerto unos años atrás a bordo de la motonave “Habana” y atracamos en un muellecito muy próximo a un central azucarero que allí existía.

 

El Primer Oficial era el negro Wilfredo Pineda, quien también andaba volando bajito. O sea, el de mayor rango por cubierta era yo y todo marchó con normalidad hasta unos días antes de mi entrega. Ese día nos complicaron la vida a mí y a Cebolla, resulta que llegó un camión cargado de cervezas y le pregunté al chofer si eran para el viaje a realizar. ¡Vaya, que buena respuesta me dio aquel chofer! -¡No, esa cerveza es para consumir mientras estén en la costa! Es muy seguro que él no supiera lo que estaba diciendo y nosotros tampoco estábamos para analizar sus palabras, las tomamos muy en serio y desde ese instante comenzamos a consumir lo que teníamos asignado. No voy a extenderme mucho, pasamos varios días sin abandonar el barco los tres relevos y de noche organizábamos una cangrejada. Armados de linternas, sacos y cubos recorríamos aquel trozo de costa cazando cangrejos, deben imaginar que amanecíamos chupando muelas que nuestro cocinero “El Trucu” había pasado por un enorme caldero y sazonaba muy especial para la ocasión, El Trucu también era alcohólico. Como al tercer o cuarto día tomamos una tregua y fui por mi relevo, Cebolla quedó al frente del barco y como Richard no se había perdido un solo día de aquel festín, puso un camión de la obra al servicio de la brigada que saldría para La Habana. ¡Que vacilón! Aquello no lo tumban y tampoco lo arreglan.

 

Al día siguiente de haber firmado ambos el acta de entrega y cargando aun la resaca de la última borrachera a bordo de ese barco, nos dirigimos Ríos, mi cuñadito y yo hasta una playita en el bote salvavidas del barco, vale destacar que no llegaban guaguas al nuevo puerto. Hasta la llegada nuestra a la mencionada playita todo marchaba de acuerdo con nuestros planes, pero desafortunadamente al atracar en un pequeño y rustico muellecito dispuesto para lanchas y botes, comenzó a llover torrencialmente y no tuvimos otra opción que esperar en un barcito que allí existía. ¡Qué les cuento! A los pocos minutos de nuestra arribada comenzó un “disparo de laguer” en aquel barcito, muy bien recibido por nosotros, gente carente de fondo y siempre insatisfecha, muy dadas a la cerveza, ron, aguardiente, mofuco, alcohol de 90, walfarina, etc., lo que cayera. La cerveza era una bebida muy fina y no desaprovechamos la oportunidad, comenzamos a beber en aquel solitario lugar acompañados por una agradable turbonada tropical.

 

Nos bebimos el dinero que siempre nos acompañó en escasas oportunidades, luego continuamos con el ofrecido por nuestras esposas para comprar ajo y salsa Vita Nova. Cuando ya no había nada por consumir seguimos con el dinero del pasaje, es cierto que cuando uno tiene cuatro tragos encima le da lo mismo chicha que limoná. Nada tiene importancia, ni nada se toma en serio, el asunto es vivir el momento y en esa estábamos como buenos cubanos. Al final solo nos quedaba un menudo para montar en la aspirina que nos llevaría hasta el pueblo de Bahía Honda, eso sí, éramos muy felices. Estábamos alegres y nos cagábamos entre risas del ajo, del Vita Nova, del pasaje y hasta del cuñadito que yo llevé conmigo para que viera por primera vez un barco. Era un chamaquito, pero como le empujamos dos o tres cervezas se encontraba feliz también y eso nos satisfacía.

 

Con Ríos acabado de llegar a Miami.

Escampó y nos montamos en una aspirina (no olvidemos que el precio del pasaje era solo de 5 centavos), bueno, nos quedaron algunos centavitos en los bolsillos, pero insuficientes para poder viajar hasta La Habana. Al llegar a Bahía Honda vimos un ómnibus interprovincial parqueado y en espera de pasaje para partir. Ríos era un loco en estado normal, con cuatro tragos atravesados en su camino era peor, ya yo estaba acostumbrado -más o menos- a sus sorpresas, solo que esta vez se excedió mucho de mis cálculos.

 

-Nagüito ( su palabra preferida o monono), tenemos que pirarnos en esta rufa. Me dijo y se lo tomé como una broma.

 

-Compadre tú estás loco, no hay varos para eso. Le contesté tranquilamente.

 

-Nagüito te digo que nos piramos en esa rufa, confía en mí que me mando una jeta de salir. No tenía remota idea de lo que estaba fabricando su cabeza, el cuñadito solo nos miraba y se reía, creo que aparte de los traguitos sintió un poco de miedo en quedarse botado lejos de su casa, todavía continuaba muy agarrado a la falda de mi suegra,.

 

-Asere, ¿qué número de espanto vas a soplar en este pueblo?

 

-Nada compadre, tú sabes que este país está lleno de patriotas, voy a pasar el cepillo dentro de la guagua en nombre del internacionalismo. Tuve que reírme y no creí que él se atreviera a tanto, pero me equivoqué.

 

-¡Coño! Está dura esa, tú sabes que la gente en este país no es comemierda.

 

-Oiga compadre a cualquiera le venden gato por liebre en este país, la gente solo anda puesta para el ajo y la salsa Vita Nova, la mente no les da para más, tú verás. Ríos se subió en aquella guagua con su uniforme y charreteras, con su gruesa y quebrada voz se paró en medio del pasillo y dijo lo siguiente;

 

-¡Compañeros, atiendan acá! Hace solo unas horas nuestro barco arribó de cumplir una misión internacionalista en Angola. Dentro de pocas horas debemos partir de nuevo y como el tiempo es tan corto no nos han pagado, necesitamos la colaboración de ustedes para viajar hasta La Habana y de paso ayudar a un pobre recluta que viene con nosotros (ese era mi cuñadito). Yo estaba parado junto a la puerta aguantando la risa y vigilado por el cabrón chofer, un habanero que no se tragó el cuento, pero que tampoco dijo nada. Ríos era un salvaje de la calle y no se había equivocado, terminando sus palabras surgió una patriota que alzó una mano con diez pesos, luego la imitaron otros pasajeros. Ríos le pasó el cepillo a toda la guagua y lo vi descender con la mano llena de dinero hasta la casilla donde vendían los pasajes, después subió y dio otra arenga;

 

-¡Atiendan acá, compañeros! Han sobrado cuatro pesos de la colecta y como la compañera aportó diez. Dijo señalando a la más patriota. -Creo que es justo se le devuelva a ella el sobrante, muchas gracias, “compañeros” (nunca debe faltar esa palabra para darle toque de patriotismo a cualquier acción) Todos nos dirigimos hasta el último asiento donde dormimos plácidamente el efecto de aquellas cervezas, luego, nos despertamos en la capital. Al llegar a la casa tenía olor a cerveza (cualidad que posee la fabricada en Cuba, tienen más fijador que cualquier perfume francés). Mi esposa supo de antemano que los ajos y la salsa Vita Nova se habían ido al carajo.

 

 

 

Esteban Casañas Lostal

Montreal..Canadá

2001-12-25

 

 

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Post Data.- Anoche estuve conversando con Ríos hasta las 10:40 de la noche, es de suponer que regresamos al pasado y siempre mencionamos a alguien, buenos, malos o regulares. Me habla algo bajito de alguna cabronada que hicimos cuando éramos jóvenes, habla así para no molestar a su esposa. Entonces nos reímos en voz alta y la imagino alzando la oreja tratando de adivinar algo. ¡Mira, eso! Se nos pasó recordar esta barbaridad. Ríos hace años que vive en Miami y yo en Montreal, aquel cuñadito también vive en la Ciudad del Sol hace un tiempo. Ninguno de los tres fuimos capaces de predecirlo en aquellos tiempos o montarnos en la máquina del tiempo para llegar hasta aquí, tampoco conocíamos a Walter Mercado para consultarlo.

 


Esteban Casañas Lostal

Montreal..Canada

2023-07-12

 

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jueves, 6 de julio de 2023

BARCOS QUE PERTENECIERON A LA EMPRESA DE NAVEGACION CARIBE (56)


BARCOS QUE PERTENECIERON A LA EMPRESA DE NAVEGACION CARIBE (56) 

Buque Tanque "Mercurio" cuando era búlgaro.


Buque tanque "Mercurio"

Buque tanque de bunkering.

Astillero: Ivan Dimitrov.

Lugar de construcción: Rousse, Bulgaria.

Casco nº:                     Sociedad clasificadora: BKR

Matrícula:                    Señal distintiva: LZIR                      IMO: 8828628

Tripulantes:                  Pasajeros: 0            

GT: 886                       TRN:                           DWT: 1.500                 D:

Eslora: 59,80               Manga: 10,50               Puntal:                         Calado: 5,00

Bodegas:                     E. P.:                           TEUs:

Carga granel: p³           Carga general: p³         Carga frigorífica: p³

Tanques: 0                                                      Carga líquida: p³.

Equipos de cubierta (Cantidad x toneladas):

Capacidad combustible: m³                              Consumo diario:

Dos motores diésel; T; cilindros ()

Calderas:

bHP.                            Hélices:                       Velocidad: nudos.

19. Puesta en gradas.

19. Botado para Transimpex Bunker, Varna. Bautizado ARCHAR. (Bulgaria)

1971. Alistado.

20. Empresa de Navegación Caribe, La Habana. Rebautizado MERCURIO. (Cuba)

2012. 13 de Julio. Inactivo.



Buque Tanque "Mercurio" cuando era búlgaro.


Buque Tanque "Mercurio" cuando era búlgaro.


Buque Tanque "Mercurio" cuando era búlgaro.





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viernes, 9 de junio de 2023

♫...SI TENGO UN HERMANO...♫



♫...SI TENGO UN HERMANO...♫ 


Motonave "Aracelio Iglesias (II), escenario de esta historia.


 

SI TENGO UN HERMANO

 

♫...Si tengo un hermano, hermano de suerte,

Hermano de vida, de historia y de muerte,

No mido sus años, su poca fortuna,

No mido su facha, ni mido su altura,

Si tengo un hermano, si tengo un hermano, ooooh, ooooh, oh!...♫

 

Silvio Rodríguez.

 

 

 

¿Qué será de ellos? ¿Cuáles serán sus fachas? ¿Cuántas serán sus arrugas? Hermanos postizos que me cayeron por fortuna, hermanos divinos de la mala suerte, hermanos sin ojos que miren de frente. ¿Qué será de ellos?, ¿qué será de Braulio, el Piri o Armando?


¡Braulio, coño! Tan flemático, casi siempre callado, tan viejo, tan serio, casi amargado. Impecable en su trabajo y de una blancura lechosa que permitía dibujar sus venas sin sangre. Extraño personaje para llamarlo cubano, camarero excelente y antiguo, especie que se extinguió en su trabajo. Y aquel día que entraba por la aduana y el viejo salía con su camión de pacotilla. Y el aduanero zambullido entre tarecos y cajas buscando algo, siempre buscando. Comparando mierdas con una lista, con una lista de mierdas en sus manos, un inventario de porquerías importadas, parte del basurero de Tokio, aquello que los narras botaban. Y su hija esperando la salida del camión en la puerta de la aduana, temblando, asustada, como si el viejo pretendiera contrabandear con mariguana.


-¡No sé por qué carga tantas mierdas! Dijo la hija y tenía razón, el aduanero sacaba en ese momento pomos vacíos de dulces de frutabomba. ¿De frutabomba? No existía la menor duda, ese había sido el viaje de aquel dulce, el anterior fue realizado por unas bolitas negras importadas de Bulgaria, eran de frutabomba. ¿Y para qué Braulio quería esos pomos en su casa? Para cuando llegaran tiempos peores, para cuando desaparecieran los pomos del mercado, todo era útil y el viejo lo sabía. Seguía sacando mierdas el aduanero de sus cajas y apareció un desfile de paraguas con más colores de los existentes en su arco iris. ¿Tanto llueve en la isla? Se preguntó el aduanero mientras los observaba con envidia. ¿Y la sequía, y la escasez de agua, y el manto freático? Pensó el aduanero mientras las contaba y comparaba cifras, volvió a cambiarlas de lugar y repitió el conteo. Un camión de carga esperaba detrás del camión con pacotilla de Braulio, el chofer protestaba y mencionaba algo sobre una cadena, habló de eslabones, dijo que era más importante su misión, puerto-transporte-economía interna. El aduanero no lo escuchó y si lo hizo le importó un pepino, terminó con los paraguas y siguió investigando encima de aquella plancha. Otra caja con pomos vacíos de dulce de frutabomba y la hija impaciente y nerviosa que ya no soportaba el calor desesperante, aunque estuviera a la sombra.

 

-¿Otra caja con paraguas? Protestó la hija al observar como el aduanero las extraía de otra caja y colocaba sobre la plancha del camión, contaba y volvía a contar pacientemente. -¡Coño, no sé para qué carajo el viejo carga tanta mierda! Ya el balcón está repleto de pomos y botellas, y la jodedera con los inspectores del mosquito, y la pesada de la presidenta del comité. Y vuelve nuevamente con los paraguas de mierda, ¿no sabe qué hace meses no llueve y apenas hay agua en la tubería?


-¡Paciencia, mija! Esto es así, si tú que eres su hija no lo comprendes, menos aún lo entiendo yo. Ni te imaginas todas las tragedias semanales cuando inspeccionaba el camarote de tu viejo. Va y las compró para protegerlas del sol cuando hagan sus colas. Traté de calmarla.

-¿Colas, sol? En medio de su desespero no coordinaba ideas.

-¡Sí! La cola en la farmacia para comprar íntimas, la cola en el punto de leche, la cola del periódico para garantizar el papel, ya tú sabes. La cola cuando llegue el café, la cola del pan, la cola de la carnicería para agarrar el pollo aunque sea cada nueve días, la cola de la piloto, la de la guagua, la del cementerio, la de la posada, la cola, cualquier cola que se haga bajo el sol. El viejo lo ha calculado todo, no lo condenes injustamente. Ella escuchaba y no apartaba la vista del camión.

-¿Y en el barco cómo es?

-¿Tu padre? Yo diría que un magnífico trabajador, solo que…

-¿Solo qué? Esta vez apartó la mirada del camión y me prestó atención. Poseía unos ojazos encantadores y mi inspección no se detuvo en su rostro, yo no me había percatado que hablábamos en paralelo, descubrí en ese instante a una hermosa mujer.

-Solo que, si tú protestas por toda su carga de mierda, podrás imaginar mis reacciones a la hora de realizar las inspecciones. Tenía que pasar caminando de lado por un estrecho pasillito dejado entre sus basuras y las de Armando. Solo existía el espacio necesario para encaramarse en sus camas. ¿Te das cuenta? No quise decirle que su padre y el compañero de camarote se habían convertido en el terror de los paraguas de Tokio. Allá la gente tenía la sana costumbre de dejarlos fuera de los mercados, nadie se atrevía a tomar el que no fuera suyo, nadie que no fuera de ellos, nadie que no hubiera nacido en una isla del Caribe. Luego, se fueron un poco más allá del simple paraguas, pero nada de eso le dije a la muchacha, tal vez tenía como un héroe a su padre y no deseaba destruirle aquellos pensamientos. Braulio militaba en el partido, sabe Dios cuántas órdenes habrá recibido.

 

Armando llegó una mañana cargando en su cabeza un colchón con escandalosas marcas de sorpresivas visitas mensuales femeninas. Pudo ocurrir a señoritas inexpertas que no consultaban el almanaque o realizaran marcas sobre él para tomar sus precauciones. Aquel colchón guardaba las huellas del paso de tres o cuatro meses, quién sabe, quién pudiera adivinar sobre esa supuesta virginidad en una ciudad tan populosa como Tokio. Poco me hubiera interesado la carga de aquel colchón con rastros de un asesinato, si no coincidiera con la llegada de los estibadores. Armando era el camarero de los tripulantes, un gordo que siempre olía rancio, aunque se bañara. Era sucio por naturaleza y me obligaba a realizar inspecciones extras a las horas de almuerzo y comida. El contramaestre era el jefe del comedor de tripulantes y sobre él cayó siempre mi ira, nunca simpaticé con las pendejadas y menos aún con los pendejos. Por una cuestión de ética debía llamarle la atención aparte, donde los tripulantes no tuvieran participación. Pero como dice el refrán, a la tercera va la vencida y se agotó mi paciencia, la cojonada se la soltaba delante de todos y mandaba a Armando a bañar y cambiar de ropa. Nunca comprendí ese miedo que existe por reclamar sus derechos, hasta los más insignificantes. Armando también era militante, el tipo que una vez en el seno de sus reuniones podía levantar su mano y voz en contra mía, siempre sucedió eso, yo era calificado como el individuo anti-partido, así constaba en todas las evaluaciones que esa gente me realizaba al finalizar cada viaje y que yo no firmaba.

 

Equipo de Cámara en el buque "Aracelio Iglesias", de derecha a izquierda se encuentran Braulio, Germán Piris, el Chino y Rufino.

-¡Parece mentira, coño! Hace solo unos días esta ciudad aplaudió y llenó de medallas los pechos de varios atletas cubanos. ¿Y mira ahora? Tú cagas esas medallas, te cagas en esos atletas con la burla de todos los estibadores por un singado colchón lleno de periodos y leche. Armando no se inmutó con mi condena y realizando un sobrehumano esfuerzo logró penetrar su pieza por la puerta de la superestructura. Los que estaban allí, militantes como él, no quisieron cagarse al escuchar mis palabras y le negaron ayuda. Luego, levantarían sus manos en mi contra junto a él, los votos eran por unanimidad, poco serviría que yo tuviera la razón o no, yo era un comemierda anti-partido que defendía y protegía las propiedades del pueblo, porque todo era nuestro, eso pensé siempre, hasta que un día dejé de comer tanta mierda y me dejé llevar por la corriente.

 

-¿Quién pudiera acordarse de tu nombre? Hoy lo necesito para contar estas historias, para hablar de mis hermanos. Solo recuerdo que eras primo de los Angafios, y que al final del camino, casi al final de nuestra historia, la historia de una marina que existió y desapareció por arte de magia, te convertiste en Comisario Político. Yo sé que si estas líneas llegan a tus manos te identificarás inmediatamente, recordarás que eras el ayudante de máquinas del barco, no olvidarás que eras militante y secretario del sindicato y que no te había elegido nadie. Bueno, sí, te había colocado el partido en esa posición y abusaste de ella, nada anormal entonces en un buque tripulado por carneros. ¿Dónde estarán todos ahora que no tienen barcos? ¿Recuerdas cuando en medio de una borrachera le caíste a golpes al ayudante de cocina? Te hablo del Chino, uno que combatió con el Che en su invasión hasta La Habana y que perdió sus huevos en Santa Clara. Porque coño, con esos antecedentes te hubiera abierto la panza y siempre escaparía con esa historia. Tú sabes que los combatientes siempre escapaban, pero el Chino era pendejo. No me lo imagino en medio del fragor de una batalla, pero la guerra había pasado hacía mucho tiempo. Y cuando lo tuve sentado en mi camarote con el rostro inflamado y lleno de contusiones, no tenía timbales para denunciarte a ti, que siempre fuiste una plasta de mierda cubana. Entonces llamé a la doctora y le exigí un certificado médico donde se reflejara todos los daños que le causaste, incluyendo la rajadura de sus labios y los enfrenté en mi camarote, y el Chino no podía ocultar su miedo. Nunca pude comprender de cuál manera tipos como él nos liberaron y de qué, porque para luchar hay que tener cojones cuando hay guerra, los mismos que se necesitan para hablar después de su paso.

 

La doctora, sí, esa era una mujer valiente, le sobraban los ovarios que a nosotros nos faltaban. ¡Ojalá lleguen un día estas líneas a sus manos! Respeto mucho a las mujeres cubanas, las conocí muy bien y reconozco su valor. Cualquier jinetera es más valiente que el más güevon de nosotros y espero me disculpen los excelentísimos machos. Hasta para putear hay que tener valor y ellas han dado muestras de ello, y no todas lo hacen por placer, que han llenado muchas panzas con sus gemidos fingidos. Tengo más amigas que amigos, confío más en ellas que en ellos. ¡Dora! Ya me acordé de su nombre y la hijaputada que le quiso hacer Miguelito el Capitán cuando no pudo conquistarla.

 

-Ya sabes, te la jamas en la evaluación. Me dijo el muy hijoputa porque ella no quiso caminar con él.

 

-Creo que te equivocaste, yo no entro en esa, ella no estaba para ti y esto no es un problema laboral. Otros le hubieran hecho la segunda, pero yo no entraba en mariconerías de ese tipo, al más puro estilo cubano de aquellos tiempos. Por esas hijaputadas por poco lo matan viajes después, yo estaba disfrutando de mi exilio y me enteré.

 

-¡Suaviza un poco la evaluación que le hiciste al Angafio!

 

-Suavizarla, ¿cómo?

 

-¡Escribe que la agresión fue verbal!

 

-¡Ah, sí! Voy a escribir que ese hijoputa le dio un besito en la boca al Chino y en su acto de mariconería le rajó el labio. Miguelito estuvo varias veces por Montreal y le advertía a un pariente suyo que tratara de no verme. Yo visité a su madre en diferentes oportunidades durantes mis vacaciones en Miami y tenía que soportarle a la señora que me hablara de su hijito. Nunca le hablé sobre la verdadera personalidad de aquel cabrón, otro de los hermanitos que me regalara Silvio. Angafio salía cada noche con un escuadrón hacia el basurero de Tokio, de día era una persona respetable en el barco, era el secretario del sindicato.

 

Me dejé arrastrar por la corriente a mi manera, robé y lo hice por los míos, por mis hermanos que no eran míos, mientras ellos solo robaban para sí. Di palos como el mejor sin mancharme las manos, solo firmando papeles y dejándome llevar por la marea. Una sola pregunta yo hacía donde podía realizarse, ¿cuánto piden normalmente? Porque la corrupción había viajado varios continentes o siempre existió y yo la descubrí un poco tarde. Los militantes, los mismos hermanitos que me regaló Silvio, perecieron ante el color y olor de un dólar, y lo jodido del caso, yo era el que los luchaba como la más excelente jinetera de La Habana y el Capitán era mi proxeneta. Sin embargo, sacrificaba parte de lo mío para mi gente y siempre tocaba a mis subordinados. Era un caso extraño que ocurría en un mundo bajo, dominado por la envidia y la avaricia, distinguido por la simpleza de un mundo independiente o comprometida por una militancia estúpida y corrupta, hipócrita.

 

Es muy probable que Braulio haya partido en un viaje sin regreso, ya era muy mayor y no lo critico por esa decisión, me asombraría una noticia diferente. En el cielo debe estar contando todos los pomos que se usaron para envasar dulce de frutabomba, o retirando todos aquellos paraguas para que llueva un poco en Cuba. Armando, aunque era relativamente joven en aquellos tiempos, nadie podía asegurarle un prolongado futuro debido a su temprana obesidad. Angafio no era tan viejo tampoco y es probable que se resista como el viejo hijo de hijoputa que gobierna la isla, me alegraría leyera algún día estas páginas. Miguelito seguirá siendo el mismo pendejo que conocí de estudiante cuando realizara un viaje de instrucción a bordo del buque Jiguaní. No ha envejecido en mi memoria, con sus complejos de lindo y tarros acumulados en su expediente, no en el partidista, en el de la calle. Continuará siendo acusado de pertenecer al equipo de hombres que se miran el culo en un charco de agua. El Chino, desertó una vez y nadie lo creyó, alguien lo encontró de paseo por las calles de La Habana y pensó que era de la seguridad.

 

Remigio no forma parte de esta historia, estudió conmigo y trabajamos juntos en la Academia Naval del Mariel. Se ganó el bombo de lotería de visas y me lo encontré en uno de mis viajes a Miami. No tuvo valor para mantener relaciones conmigo y Eduardo Ríos, al enterarse de mis escrituras se apartó de nosotros y borró decenas de años de relaciones fraternas, teme perder el derecho a viajar a la isla. Allí le recordé que le había trabajado en Luyanó para transformarle una carnicería en la sala de su hogar y nunca me pagó, nunca le cobré, se borró.

 

Pancho tampoco forma parte de esta historia, me escribió muchas veces y era uno de mis fervientes lectores. Una vez se perdió y no me interesó saber de su paradero. Navegamos juntos en el Casablanca, él como Capitán y yo como Primer Oficial. Un día pensó que yo era comemierda y me le embasé en el camarote para discutirle la mascada. Se apendejó y regresó a mi camarote con un sobre cargado de dólares, no eran tantos, pero los suficientes para calmar mis inquietudes. Estoy convencido de que me sigue leyendo por noticias que me han dado y me alegraría le llegaran estas notas, solo le diría una cosa; ¡Sigues siendo un pendejo! Pancho se encuentra comprometido en la compra de un barco que estuvo reparando en La Habana y con parte de la tripulación cubana. ¿Qué raro?


Arturo, Luís, Roberto, Mario, Andrés, Martínez, Papucho y muchos más, viven en Miami. Saben de mi existencia y la de Eduardo, pero nos evaden. Saben que les pueden meter un cuento a los americanos con la CIA y FBI comprendidos, bueno, si no hay pactos ocultos de intercambios de chivatos. Y Arturo, ¿sigue en Venezuela apoyando a Chávez?

 

 

 

Te convido a creerme cuando digo futuro,

Si no crees en mis palabras, en el brillo de un gesto,

Cree en mi cuerpo, cree en mis manos que se acaban,

Te convido a creerme cuando digo futuro.

Hay veinte mil buenas semillas en el valle desde ayer.

 

 

Silvio Rodríguez

 

¡Yo no creo!

Y aquella muchachita vuelve a recortar su saya.

 

 

 

Post Data.-

2023-06-10

Varios de aquellos hermanitos que Silvio me regaló con aquella canción se reúnen en Miami a cada rato, lo hacen en una especie de ritual o mitin de consuelo, se esconden uno detrás del otro y entre muchos de ellos no reflejan la sombra de un hombre cuando les da el sol. De vez en cuando me dedican algunas palabras, dicen que no soy “ético”. ¡Siguen siendo unos pendejos!

Hace unos años me vi obligado a expulsar al Majá de un grupo que administro en Facebook, nunca habíamos navegado juntos y se le destapó su veta de chivato, si está vivo debe estar comiendo sogas como todo imbécil “revolucionario”. ¡Que se joda!

 

 

 

Esteban Casañas Lostal.

Montreal..Canadá.

2006-11-21

 

 

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