viernes, 10 de noviembre de 2017

LA CASILLA DE PASAJEROS


LA CASILLA DE PASAJEROS





Solo los marinos más viejos recordarán que nuestras familias nos esperaban cómodamente sentados en lo que fuera la “Casilla de Pasajeros” de la Aduana habanera. El proceso de sondeo a cualquier nave podía sobrepasar muy bien las tres horas, tiempo durante el cual permanecíamos tranquilos sabiendo que nuestras familias se encontraban resguardadas del sol, lluvia y cualquier peligro siempre latente en la zona. No olvidemos que el área del puerto comprendida desde la Lonja del Comercio hasta el Muelle de Luz y la propia Alameda, era muy frecuentada por borrachos y “Cufleteras” (nombre que recibían las prostitutas de entonces).

La Casilla de Pasajeros era apenas utilizada por marinos, para esos tiempos hacía rato que no arribaban barcos de pasaje alguno. Era el punto de partida de los tripulantes de barcos fondeados en la bahía y luego la cantidad se vio aumentada con la presencia de marinos extranjeros que, utilizaban el servicio de lanchas para ir o bajar de sus naves. Por esa época Cuba disponía de una gran cantidad de buques fletados o arrendados por la empresa CUFLET, lo que hace suponer la coincidencia de esos marinos con los cubanos y familiares cuando se producía una arribada o partida. Como siempre ha ocurrido en la isla, la solución al problema que se presentaba con la mezcla de nacionales y extranjeros fue muy simple, mandaron a todos los cubanos al carajo con familias, niños, perritos y gaticos. No existió una sola mente por la que pasara la idea de cambiar el horario de las lanchas para los extranjeros diferente a las de los marinos cubanos. Es mucho pedir que alguien piense y cuando lo hace prefiere guardar silencio.


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Vista lejana del espigón Nr.3 Sur de los muelles "Sierra Maestra"


De esa manera, nuestras familias y nosotros mismos, fuimos desplazados hacia el espigón Sierra Maestra Nr.3 Sur. Justo al lado de la entrada para abordar las lanchas se encontraba la pequeña caseta perteneciente al “Control Sanitario Internacional” y unos pasos a su derecha, el espigoncito del Muelle de Luz donde se tomaba las lanchas para dirigirse al poblado de Regla. Con ese acto de discriminación hacia los nacionales, porque no puede ser mencionado de otra manera, nuestras mujeres y niños se encontraban a merced de los peligros naturales de esa área del puerto. Hablemos del movimiento de transporte en dirección al espigón o saliendo de él, acoso de borrachos debido a la existencia de tres bares de mala muerte en la acera del frente, roce obligado con lo peor, rateros y prostitutas, etc. En esa zona nuestros parientes no poseían un lugar donde sentarse y menos para resguardarse del sol o la lluvia. Terrible una espera de más de tres horas cuando eras afortunado y no coincidía la llegada de tu barco con la de otro. Es de suponer que en esos casos las penas se multiplicaban y podían extenderse más allá de las seis horas.

Los viejos recordaran que la “Casilla de Pasajeros” tuvo otro uso y no quisiera ser traicionado por la memoria. Para esa época, toda la pacotilla de la tripulación era desembarcada en lanchas de la Aduana y en una fecha determinada por ellos, los tripulantes debían pasar a retirarla mediante los pagos por derecho de importación. La parte más penosa de esa horrible maniobra realizada cuando aún los límites de corrupción eran tolerantes, correspondía a los discos que comprábamos en el extranjero. Aquellas placas de acetato podían permanecer retenidas en la Aduana por periodos que superaban la semana, muchas veces esos discos eran entregados a sus propietarios “rayados”. ¿Cuál era la razón para que eso sucediera? Pues en la Aduana existía un funcionario encargado de descubrir “posibles mensajes” del enemigo y para descubrirlos, pasaban el mencionado disco a diferentes velocidades. Cuando se hable de paranoia, no olviden el caso cubano, el enemigo podía viajar en el aire que se respiraba. Poco importaba que uno de esos discos tuviera un precio en el mercado que correspondiera cómodamente a tres semanas de trabajo, digamos que unos $15.00 dólares y luego no te atrevas a reclamar tu derecho, podía pesar sobre ti cualquier tipo de sospechas. Ante los abusos mencionados en cuanto a la expulsión de nuestras familias de aquella maldita “Casilla de Pasajeros” y los desmanes que se cometían contra nuestra pacotilla, no hubo una sola reclamación. Tanto los militantes del partido como los secretarios del supuesto sindicato guardaron a buen recaudo sus lenguas.

Poco tiempo después comenzaron a realizar el aforo de nuestras pacotillas a bordo y esa acción ayudó al desarrollo de una corrupción despiadada y sin límites en nuestro giro. El viejo espigón Sierra Maestra Nr.3 Sur no es de interés turístico y ya no funciona para cargar o descargar barcos. Las imágenes que se muestran de su estado actual son desgarradoras y hablan por sí sola del abandono al que han sido sometidas junto a miles de construcciones en la ciudad de La Habana.

Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá
2017-11-10








Estado actual del espigón Sierra Maestra Nr.3 Sur. Fotos tomadas de la pagina del marino Arabí Evelio Arabí Gelabert


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miércoles, 8 de noviembre de 2017

SAN IGNACIO 104. (Sede de la Empresa de Navegación Mambisa)

  SAN IGNACIO 104

         (Sede de la Empresa de Navegación Mambisa)


Puerta principal


     
Navegando por Facebook, encontré estas fotos de lo que fuera un punto de convergencia de todos los marinos cubanos, la sede de “nuestra” Empresa, porque siempre nos referimos a ella con ese carácter posesivo y sentimiento de pertenencia. El autor de esas fotos las acompaña con unas notas donde no puede ocultar su dolor, es lógico que así sea, cuando viene de un hombre de mar que en innumerables ocasiones acudiera a ese edificio por una u otra gestión.

Mis sentimientos, como creo sea el de muchos, se funde entre la rabia y la frustración. No bastó destruir a tres magnificas flotas, era necesario borrar todo lo que recordara el pasado y la victima presente es aquella edificación que aún se encontraba en buenas condiciones.

Los dejo con ese pedacito de La Habana Vieja por donde transitaran muchos de nuestros sueños, la acera que fue testigo de tantos abrazos y apretones de mano en cada encuentro con amigos, el piropo oportuno a muchachas que por allí caminaban, ¿y por qué, no?, la trompada justa al cabrón que algo nos hizo a bordo de nuestras naves.

El agradecimiento obligado al marino Arabí Evelio Arabí Gelabert por compartirlas y conservar esas imágenes para la memoria.



Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá
2017-11-08


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Junto a esa puerta se daban cita mensualmente las esposas y familiares de los marinos con el fin de cobrar su pago autorizado. Oportunidad utilizada para socializar y compartir con viejos conocidos también. 


















Frente de nuestra empresa y costado del Ministerio de Educación, acera donde diariamente se concentraban muchos marinos que acudían a realizar gestiones de enrolos, cobros, etc.



Como puede observarse, la edificación se encuentra en buen estado físico y se va deteriorando ante la indiferencia del gobierno cubano. Ese edificio no representaba un interés económico para la corporación dirigida por Eusebio Leal, debido quizás a su irrelevancia histórica, pero muy bien pudo merecer ser empleada para otras funciones.



































Entrada principal a las oficinas de enrolo del personal subalterno y oficiales de bajo rango. Todas las fotos anteriores corresponde al estado desastroso actual del interior de esas oficinas.










Para la gente de Mambisa...
(apto para todo el que lo quiera leer)...
Este escrito y estas fotos van dedicadas a todos los marineros y hombres de mar que en un momento de nuestras vidas confiamos y creímos en aquella que otrora fuera la Empresa de Navegación Mambisa...
Otrora también orgullo de todos nosotros, quienes con conciencia plena de que nuestro representativo ícono era: La Mano que Aprieta
y El Machete que Corta Cabeza, siempre quisimos estar bajo su tutela...
Con gran dolor publico hoy estas fotos que harán que a más de uno de nosotros se le estruje el corazón, se le haga un nudo en la garganta, exclame una de nuestras típicas palabrotas, o incluso, que alguna que otra lágrima derrame...
Con la desaparición de Mambisa se esfumaron también muchas de nuestras esperanzas y sueños... en días pasados los marinos cubanos que estamos
afiliados a La Cuaderna Cubana, a quien una vez más agradezco por su existencia, sostuvimos un casi acalorado debate de opiniones defendiendo unos y criticando otros a la empresa que en un pasado a todos de una u otra forma nos unió...
Comunistas, disidentes y sobrevivientes expusimos en ese "foro" nuestras más variadas, disimiles y controversiales opiniones...quizás al final de dicha controversia ni se limaron asperezas ni se llegó a un común consenso, pero si de algo estoy seguro, es de que al ver las fotos que a continuación expongo, nos olvidaremos todos de esas diferencias y nuestro sentir será uno...el dolor es común y al menos por este momento nos une...
Dedico este momento a mis hermanos del mar...pese a nuestro diferendo político y nuestras diferentes formas de pensar seremos siempre una gran familia, a aquellos con los que navegué y con los que nunca lo hice...a mis hermanos de la Academia Naval del Mariel, con los que pasé los años más lindos y recordados de mi vida...a Alejandro Fleitas, Carlos Ravelo, Ruben Goicochea, Humberto Merino, Humberto Orbera, Luque, Amury, Sevasco, Soto, Martell, Aurelio, a "el guajiro Vazques, Sanchez, Argudín "el Tico", Milián, Alemañi, Mongo "pica-pica", Juan Ugarte, Legón,
Roger Vallejo, Cedeño, Rivacoba, Regalado, Enamorado, Carlos Nodal, Ulises Limonta, a "el Cabeza" el 4to maquinista regao con cojone...jajaja...a Amador el 2do maquinista, a René Diaz, Gomez, Comas, a Rojitas, segundo Maquinista hombre y amigo... a los dos "pichones", (el negro y el blanco), a mi primo "el candelero" Lázaro Arabí, al Charles, Tony Guerra, Israel Gomez, al "Curra", Miguelito Jauregi, Depestre, Rojas, Fernando "el jabao", Basilio Fernández, Popowsky, Ricardo Marques, "Muñeco" el de la 15, Mario "Uvero",
Mario "racachán", Frank "el loco", el "Fi la Plume", Cedilio "el fuerte",
Raúl "el pipa", Gorotisa, Gilberto "el chichi" Alberdi... animal de animales y personaje de personajes dejame aclarar...jajaja...Isaac, Del Peso, Ramón Reyes, Faure, Pepín, Barbados, Juan Villalón, Heriberto Jiménez,
Jorge Felix Zulueta, Juan "el Chevy"...Elio el eléctrico, mi consorte del Lázaro Peña, a Nelson el eléctrico del Neptuno, hombre y amigo, los engrasadores Abreu "el negrón", Lázaro "el pata", Lastre, Pedrito "guaperia", "el Monina", "el Gago", Pucho "el Cabezón" que ya no está entre nosotros y to' sa banda de engrasadores que conocí desde mis inicios y todos se ponían de pinga...a todos les debo en mayor o menor escala ser quien hoy soy, al cocinero Jorgito, por ser el primero que me abrió los ojos con respecto a Mambisa...
A la memoria de mi tío Dario...
A los jefes de maquinas Nestor Pedroso, quien más me exigió y a quien más agradezco mi formación de agregado a maquinista en el XI Festival...mi primer barco, a Pedro "Experimento", a Santana "el loco", todos ellos "animales de animales" como Jefes de Maquinas, a los ya desaparecidos Laino Nepita "el italiano" y Oriol "el manco", a quienes nunca olvidaré, al "Pelao", mi jefe de maquinas del Neptuno, mi último barco y que de él solo su mote sé, a Amador, a Morales "el calvo" que estoy loco por saber de él, a mi hermano Aidel el de "boluda", el marido de la doctora Dora a quienes mucho quiero y respeto, a Martell, al Jefe de Maquinas Mayito, fallecido también, al Capitán Freis Guerra, a quien acabo de conocer a través de las redes y La Cuaderna Cubana, a los también Capitanes " el Cid", Marrero y Oropesa...a mis nuevos amigos que encontré gracias a facebook y La Cuaderna Cubana: Juan Rosa, Jorge Luis Solano, y Rubén Bernal, mis saludos y respeto para ellos, al montonsón de hombres buenos que un día conocí y al otro montonsón más grande aún de hombres "malos" con los que también navegué y tuve que lidiar, a la ya mencionada La Cuaderna Cubana, que con su brillante idea ha hecho que muchos de nosotros nos reencontremos o nos conozcamos, a los que no menciono y a la memoria de los que ya no están entre nosotros...
A mi querido hermano
Miguel Ángel Dueñas,
Electromecánico de la XX,
quien fue el segundo
"sobreiviente anónimo"
del buque
Guantanamo...
de él poco se habló
en Mambisa...
solo sus más allegados
conocemos esa historia
y sabemos como fue
que él libró a ese hundimiento...


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domingo, 5 de noviembre de 2017

“EL TOQUE”


“EL TOQUE”


Motonave "Sierra Maestra", buque insignia de la marina mercante cubana.


El “toque” o cobros de comisiones por compras o servicios realizados a bordo, siempre fue una acción prohibida en nuestra flota. No por temor a la aplicación de una ley inventada o por hacerlo para estos casos, los oficiales con acceso a esa posibilidad renunciaron a ella. ¿Quiénes tenían la posibilidad de recibir un “toque”? Solo un reducido grupo de oficiales a bordo, hablemos del Capitán, Jefe de Máquinas, Primer Oficial y Sobrecargo. El Capitán era el personaje que siempre se llevaba la mayor mascada y muchas veces desviaba hacia sus arcas un porcentaje del recibido por los cargos mencionados. 

Todo funcionaba encerrado en un absoluto secretismo cuando no existía confianza o pacto de complicidad entre esos personajes. Conocida o no la práctica de esa acción ilegal, todo documento de pago o factura debía pasar por las manos del Capitán para ser firmadas, solo que en la mayor parte de los casos donde existía esa desconfianza, la traición había sido pactada con anterioridad, o sea, muy en privado. El jefe mayor del buque había acordado con el agente del buque o empresas contratadas, cuál sería el monto de su comisión o porcentaje. 

Para los tiempos de mi inicio como marino, las comisiones por compras o servicios andarían por el 5%. No era una suma muy grande, pero lo suficiente buena como para satisfacer alguna pequeña necesidad. Tengamos en cuenta que las asignaciones para compras de víveres, reparaciones menores, compras de pinturas y herramientas, lavandería, gastos médicos, etc., fueron muy superiores a las dejadas cuando deserté. Esas comisiones podían cobrarse en cash o en especias, algunas veces combinadas. Las correspondientes a especias incluían un variado menú, podían ser comidas en restaurantes, disfrutes de noches en bares con prostitutas incluidas, efectos electrodomésticos, relojes, etc. El shipchandler de Tokio llamado Nakada era muy complaciente en este aspecto. Por Europa se destacaron durante muchos años otros proveedores muy queridos por nuestros capitanes, hablemos del chileno Guillermo radicado en Rotterdam, José María con sede en Barcelona y Trueba en Santander, solo por mencionar algunos de ellos. Cada uno conocía de los gustos y debilidades de Capitanes o Sobrecargos. Tanta era la conexión en Europa con esos personajes que, muchas veces fueron sometidas las tripulaciones a sacrificios de austeridad injustificadas en algunos países. Acción que se realizaba con la sola finalidad de esperar que el buque estuviera en los dominios de esos personajes. De esta manera veíamos a Guillermo desplazarse por diferentes países europeos para abastecernos, cuando en los lugares donde estábamos atracados existía la posibilidad de realizar esas compras con otro proveedor.


Motonave "Paya Larga".

Pero la felicidad siempre dura poco en casa del pobre y en ese caso me tocó bailar con las vacas flacas. Aquel 5% de las comisiones se fue reduciendo hasta un 2 ó 2.5 %, acompañado ese decrecimiento con el aumento del costo de la vida a nivel mundial y para empeorar aún la situación, la asignación para gastos adicionales en nuestra flota se redujo a cifras ridículas que nunca pudieron satisfacer nuestras reales necesidades. Para empeorar aún más el escenario descrito, varios de los representantes en el extranjero de la Empresa de Navegación Mambisa, fueron sustituidos por individuos que pertenecieron a nuestro giro y en peor de los casos por “hijitos de papá” con absoluto desconocimiento de nuestra profesión. Ya para entonces, el “toque” al que estaban acostumbrados nuestros oficiales, era absorbido por esos individuos desde sus oficinas. El ejemplo del depredador más feroz de todos ellos lo fue el “Gallego Meléndez”, quien al pasar los años se convirtiera en director de nuestra empresa y se destacó por su despotismo y extremismo.

“Quien hace la ley, también hace la trampa”, aquella situación asfixiante para unos pocos, debo destacar que en el 99% de los casos muy militantes del partido, dio origen a una serie de delitos atípicos en nuestra flota, que buscaron sustituir las pérdidas causadas con la eliminación del “toque”. Yo particip
é en este campo del delito que para entonces la sociedad justificaba con la definición de “luchar”. O sea, “ladrón que roba a ladrón, merece cien años de perdón¨. Muy sencillo, robarle al régimen no es condenado por la sociedad, es simplemente “luchar”. Solo que a algunos de los nuestros se les fue la mano y abusó de esa tipificación nueva de un delito condenado en cualquier parte del mundo.

De esa manera aparecieron reparaciones que se firmaban y de las cuales se cobraban comisiones sin haberlas realizado. Se vendía una parte del petróleo a la misma compañía abastecedora por un precio más barato y luego, durante las largas navegaciones, se aumentaba un poquito el consumo de la maquina o se mezclaba con agua. Se compraban productos alimenticios de pésima calidad y se pagaban como si se trataran de primera, etc. El sobrecargo entregaba el dinero asignado para la ropa de invierno cash a cambio de una coima, etc. Para esos tiempos el nivel de corrupción en nuestra flota obtuvo niveles nunca pensados y como manifesté con anterioridad, casi todos los que participaban en ese fenómeno social eran militantes del partido.


Motonave "José Antonio Echeverria"

Como bien manifesté al principio de este trabajo, la recepción de las comisiones siempre estuvo prohibida y penada en nuestra flota. Sin embargo, no hubo un solo instante de nuestras vidas en que se renunciara a ella y luego se acudiera a otros delitos para sustituirla cuando nos privaron de sus beneficios. El comportamiento del hombre tuvo sus variaciones y de aquellos profesionales silenciosos se pasó a una especie verdaderamente miserable. Nadie podía reclamarle a un Capitán u otro oficial por haber tomado una comisión que te correspondía, hablo de casos aislados donde el shipchandler te manifestaba haberlo entregado al Capitán. Cuando le preguntabas si te habían dejado algo, estos depredadores te decían descaradamente que no y en esos casos debías aceptar en silencio que te habían robado. En uno de esos casos llamé al Capitán a mi camarote y antes de que entrara puse a funcionar mi grabadora. Indudablemente dije cosas que lo comprometían en esa reclamación, contaba con una prueba de que él había delinquido para protegerme de cualquier delación. Así andaban esos tiempos, era una constante lucha entre gatos y ratones donde todos “luchábamos” unos dólares con mucha rabia.








Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá. 
2017-11-05


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sábado, 4 de noviembre de 2017

VIAJANDO POR JAPÓN


VIAJANDO POR JAPÓN


Motonave "Jiguaní"


Llegar a Japón por primera vez tuvo el precio de cientos de sueños, así me sucedió a mí, un joven soñador para aquellos tiempos tan románticos de la marinería que me tocó vivir. Alcanzarlo significaba vencer miles de millas desde Panamá, unos treinta días de navegación, un poco más si la velocidad es pobre. Una leve pausa al navegar entre las islas Hawai para espantar la soledad que se sufre y alejar la mente de esa enferma obsesión por el sexo, castigado por una terrible abstinencia impropia para aquella edad. Soñaba cuando dormía y durante mis guardias en el puente. No llegaba a comprenderme mucho, solo contaba con imágenes vagas de aquel país, donde entre otras cosas, podía identificarla por Toshiro Mifume o el cieguito Ichi, aquellos terribles e invencibles samurais. No existía otra información al alcance de un cubano común que esas, las películas por las que hacíamos largas colas en los cines para escapar de aquel molesto Konec. Aquella primera vez yo viajaba como timonel.

Llegar a Tokio impacta profundamente al visitante y te obliga a borrar aquel estandarte que izabas como presentación. Es fascinante y cautivadora, simplemente impresionante. Se entra en contacto con un pueblo del que puedes enamorarte a primera vista, educado, sencillo, silencioso, solidario, extremadamente limpio, comunicativo y con una reverencia especial para expresar gratitud y dispuesta a regalarte una sonrisa, un pueblo que se superó a si mismo hasta llegar a lo que es hoy.

Teóricamente los marinos tenemos que vincularnos con las capas más bajas de cualquier sociedad, bares y prostíbulos siempre han sido los paisajes que decoran nuestros pasos al bajar de un buque. Japón rompe todos esos esquemas y prejuicios, ellos son diferentes, lástima que nunca nos lo explicaron y nos vimos obligados a descubrirlos. Sin salir aun del asombro por lo que devoran tus ojos, comienzas a comprender que te encuentras en un sitio donde puedes enriquecerte cuando te sumerges entre su gente. Los estibadores, borrachos y pendencieros en muchas naciones, aquí resultaban individuos muy educados y organizados que siempre respondían a las órdenes de sus jefes con esa disciplina ausente entre nosotros mismos. Gente supuestamente “explotada” que trabajaba con guantes blancos desechables y que los marinos recogíamos en cubierta una vez terminada su faena. Antes de comenzar su trabajo en las mañanas, eran formados en el muelle y ante nuestro asombro, realizaban ejercicios durante unos minutos. Para conocer un poco cualquier país debes andarlo, mezclarte entre su gente y disfrutar las bondades o sorpresas que te brindan los nacionales. La gente de cualquier buque solo salía mientras tuviera unos centavos en el bolsillo para invertir en pacotilla, yo era diferente, además de tratar salvar esa insaciable necesidad propia de nuestro país, me gustaba conocer el suelo que pisaba.

La avenida Ginza, posiblemente una de las más populares y transitadas de Tokio, resulta deslumbrante para cualquier ser venido de un país subdesarrollado. Ese efecto se multiplica de noche cuando los anuncios lumínicos maravillosos distraen tu mirada a una y otra acera sin permitir distinguir si el cielo se encuentra nublado o despejado. Un enjambre de personas limita la velocidad de tus pasos y entre ellos, puedes admirar a mujeres u hombres vistiendo coloridos y caros kimonos, prenda que se usa por motivos muy especiales. Una visita obligada para cualquiera que llega a Tokio es sin duda el barrio de Akihabara, casi todas sus tiendas se dedican al comercio de efectos electrodomésticos, productos del que en aquellos tiempos Japón era líder mundial. Andas de una a otra vidriera sin conciencia del tiempo transcurrido y, sin poder desprenderte de ese asombro que sintiera un guajiro al encontrarse frente al capitolio nacional de La Habana. En la isla no sabían que nos encontrábamos para esas fechas a un año luz en cuanto a tecnología como a la allí encontrada se refiere.

Recorrer las partes viejas de Tokio tenía sus encantos, se trataba de viviendas reducidas a la mínima expresión de espacio. Se transitaba por pasillos limpios y frente a esas viviendas se mantenían en el exterior refrigeradores, bicicletas, etc. En esos barrios existían aun aquellos baños públicos que se mostraban en películas de samurais y un poco más modernas. Podías ver a sus vecinos andar con una toalla colgada del cuello en dirección a esos lugares para disfrutar de un baño, porque entre otras virtudes de ese pueblo que no he mencionado, los japoneses son sumamente aseados. Los viajes a Japón cargados de azúcar y destinados a cargar en cualquiera de sus puertos, no excedían nunca o casi poco de las dos semanas de operaciones, eran extremadamente eficientes y organizados en sus labores. Regresé otro viaje como timonel y nuestra entrada fue por el puerto de Chiba para descargar y luego cargaríamos en Tokio y Shimonoseki. El ambiente respirado y el deleite de visitar ese país fue el mismo experimentado el viaje anterior. Luego me perdí unos tres años de mis viajes al Asia, continente al que deseaba descubrir con demasiada avidez.


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Motonave "Jiguaní"

La suerte volvió a sonreírme y crucé nuevamente ese extenso océano Pacífico. Lo hacía nuevamente a bordo del buque “Jiguaní” como Tercer Oficial, una nave donde su tripulación era lo más parecido a una familia, aunque ya habían sembrado varias papas podridas entre nosotros y el ambiente comenzaba a deteriorarse. Era la antesala de lo que se nos avecinaba y todos desconocíamos. Ese viaje tuvo como destino a Tokio nuevamente y volví a disfrutarlo como si se tratara de un reencuentro con aquella novia despedida en el muelle al zarpar el barco. Fui un poco más atrevido de lo normal y me aventuré a viajar en trenes y autobuses dentro de sus horarios normales y en horarios pico. Son instantes estresantes donde se mueven como hormigas millones de personas al mismo tiempo, sin embargo, nada de eso afectaba el buen comportamiento de los habitantes en ese maravilloso país. Hay detalles al parecer insignificantes, quizás para ellos, no para nosotros, seres influenciados por las calamidades de la vida cotidiana. No sentí mal olor en ninguno de aquellos medios de transporte, tampoco la gente se expresa en voz alta como nosotros y ahorran energías en gestos innecesarios. Observé mucha cortesía hacia mujeres y ancianos, incluso hacia mí que era extranjero. Gasté unos dólares cuando me senté en un bar y luego comer en una fondita, ya conocíamos nuestros puertos de destino y quise disfrutar algo aquella visita que excedió vagamente la semana. La magia y encanto mantenían vivos los deseos de regresar a ese país que supo marcarme junto a otros dos que disfrutaba muchísimo, Canadá y Holanda.

A bordo del buque “Pepito Tey” volví a Tokio como Segundo Oficial y comenzaron a nacer las desilusiones. No acostumbraba a salir en grupo y ese día cedí ante la insistencia de unos agregados de cubierta que viajaban en el buque. Ya para entonces era muy común el uso de la barba, sin embargo, yo me mantenía afeitado y trataba de vestir mis mejores trapos cuando salía en cualquier puerto, varios de los muchachos andaban barbudos. Sin razón alguna nos expulsaron de un comercio y nadie puede imaginar la vergüenza sufrida. No alcanzaba a comprender lo que sucedía, ni la acción de aquella gente a la que tanto admiraba. 


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Motonave "Pepito Tey"

Una noche me rendí ante la invitación de los mismos muchachos para tomarnos una cerveza en la calle, eran sumamente divertidos y no venía mal despejar un poco la carga de aquella extensa travesía, pensé con cierta ingenuidad y me equivoqué. Tomaron un camino diferente al de la salida y nunca salimos del puerto, nos detuvimos ante una de esas máquinas similares a las de CocaCola, solo que aquella expendía cervezas enlatadas. No eran caras y cuando me dispuse a introducirles monedas, una de aquellas manos frenó mis intenciones. Uno de ellos le dio un golpe certero en un lugar específico al aparato y este no pudo contenerse. Vomitó la primera lata como si se tratara de un ser humano expulsando un cuerpo extraño después de atorarse y al que le aplicaran un golpe similar por la espalda. Me causó risa y fui cómplice de aquella fechoría juvenil, pero no estaba de acuerdo con lo que estaban haciendo. Era de noche y no existía vigilancia en aquella zona del puerto, bebimos hasta saciarnos o hasta que la máquina se negó a continuar vomitando, no recuerdo exactamente.

Uno de aquellos mediodías que me encontraba de guardia y rodeado por algunos tripulantes en el portalón, un carro patrullero se detuvo frente a nosotros. El policía quería decirnos algo y no sabía una sola palabra de inglés. Acudió a la mímica y con gestos sumamente cómicos llegó a hacernos comprender que uno de los tripulantes se encontraba detenido por el robo de una bicicleta. El fragmento de su actuación con más gracia fue cuando imitaba a una persona montando bicicleta, nos partimos de la risa y creo que hasta él se sentía feliz, estuvimos a punto de aplaudirlo. Realmente no se trataba de un chiste, lo habíamos comprendido y quedó la duda de quién se trataría, aclarada una hora más tarde por una nota recibida por mí. Fue verdaderamente penoso, se trataba de un joven agregado de cubierta que perdió por una bicicleta de uso los cuatro años de su carrera y fue expulsado de la marina mercante. No era mala persona y tuvo que realizar el viaje de regreso sufriendo el trauma provocado por la vergüenza sufrida. A partir de esos instantes decidí salir solo a la calle, lo hacía vistiendo de traje y con una cámara fotográfica colgada del hombro. Aprendí a ocultar mi nacionalidad y cuando preguntaban por mi origen, unas veces respondía que era venezolano y otras de Puerto Rico. Ese viaje regresamos directo de Tokio a La Habana y fue mayor el tiempo consumido en navegación que el gastado en puerto.


Motonave "Aracelio Iglesias"
Los próximos viajes a Japón los realicé como Primer Oficial a bordo de los buques “Aracelio Iglesias” y “Bahía de Cienfuegos”. Con el Aracelio y después de descargar azúcar en Tokio, nos dirigimos a realizar reparaciones generales en el puerto de Yokohama. Puedo asegurar que nunca más vi en reparaciones posteriores, la seriedad, calidad, eficiencia y disciplina observada en ese dique nipón. Hablo estableciendo comparaciones con los de Ámsterdam, diferentes diques de España, Hong Kong y para qué mencionar al destructivo dique de Casablanca en La Habana. 

Ya para entonces la situación de nosotros los cubanos había empeorado, los hurtos se habían multiplicado y debías enfrentar la vergüenza de recibir a las autoridades para realizar un sondeo a bordo. Si los japoneses dejaban sus paraguas fuera de las tiendas, corrían el riesgo de no encontrarlos luego de pasar un cubano. No solo se inspiraron y robaron bicicletas de uso, llegaron a hurtar algunas que se encontraban en exhibición al exterior de las tiendas. De aquellos pasillos existentes en la parte vieja de Tokio, algunos refrigeradores pequeños que sus habitantes tenían en el exterior volaron hasta nuestras naves en viajes nocturnos. Huestes de corsarios tropicales salían de noche hacia el basurero de Tokio y regresaban al buque cargados con sus trofeos, pura mierda, como era de suponer. La cubierta de botes del buque “Aracelio Iglesias” amaneció una mañana repleta de pequeños buros verticales que pudieron pertenecer a una oficina de correos. Indagando me enteré de que habían llegado hasta el barco, porque se lo solicitaron al chofer del camión que se dirigía al basurero. Es de suponer que ordené lanzarlos al mar cuando salimos a navegar. Realizando inspección de camarotes en el buque “Bahía de Cienfuegos”, un viejo camarero militante del partido, exhibía una colección de unas veinticinco sombrillas, no se podía caminar en aquel reducido espacio por la acumulación de tarecos recogidos en la calle. Por esos tiempos la militancia del partido a bordo de nuestras naves superaba el 90% de la tripulación y actuaban con total impunidad ante los delitos que se cometían. Contar sobre todas las fechorías que se cometieron en la tierra del sol naciente, extendería demasiado este trabajo y no vale la pena. Kobe fue otro de aquellos maravillosos puertos visitados y donde se produjeran uno u otro hurto para vergüenza nuestra, al menos para los que teníamos un poco de ella.


Motonave "Bahía de Cienfuegos"

Aquella ansiedad y felicidad experimentada por visitar a ese admirado país fueron disminuyendo hasta desaparecer todo interés. Una muy querida amiga que vivía en Tokio, me regaló en uno de aquellos viajes la novela titulada “Shogun”, me dijo que en ella aprendería un poco sobre la cultura de aquel país y lo devoré con ansiedad durante la navegación de regreso. El comportamiento de nuestras tripulaciones había retrocedido hasta los años 1600 y no se diferenciaba mucho a la comandada por el Capitán John Blackthorne en su barco Erasmus. Nosotros llegamos a ser tan o más detestables que ellos y de poco sirvieron los siglos transcurridos.



Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá. 
2017-11-03


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miércoles, 1 de noviembre de 2017

UN VIAJE A LA CHINA DE MAO TSE TUNG.


UN VIAJE A LA CHINA DE MAO TSE TUNG.


Motonave "Jiguaní", escenario de esta historia.

Haber estado en el lugar y momento oportuno, dotó a muchos seres humanos del privilegio a considerarse un testimonio viviente de acontecimientos irrepetibles en la vida. Los marinos, debido a nuestro constante movimiento por el mundo, formamos parte de esos seres muchas veces agraciados por la casualidad. No es lo mismo lo que puedan contar otros a contar lo que realmente vieron tus ojos. 

Viajar a China en aquellos tiempos podía interpretarse como pérdida para muchos marinos cubanos pendientes de la pacotilla y puedo asegurar que, yo me diferenciaba en algo de la media que me rodeaba, nunca fui un furibundo pacotillero. Siempre traté de encontrarle el lado positivo a cada una de las travesías realizadas, yo disfrutaba conociendo y en este caso, China se presentaba ante mis ojos como un país exótico, cerrado al mundo, totalmente desconocido.

Llegamos a cargar arroz en Shanghai después de descargar nuestra azúcar en Tokio, indudablemente el cambio fue muy violento para nosotros. La navegación en demanda de ese puerto fue muy entretenida en el Mar de China y aguas próxima a su entrada, eran cientos de sampanes pescando y navegando erráticamente, desafiando nuestra proa en maniobras temerarias. El tifón del barco se mantuvo activo durante la noche y los movimientos para evadirlos fueron constantes. Yo viajaba como timonel a bordo del buque “Jiguaní” ese viaje.

Unos enjambres de chinos nos abordaron inmediatamente después de atracar, eran cientos de ellos deambulando por el muelle como si se tratara de un panal de avispas alborotados. Todos vestían de dos colores, aunque los modelos de sus ropas fueran similares, todo era gris y azul Prusia, como si se tratara de un ejército. Cada uno colgaba un medallón en el lado izquierdo de sus pechos, era una medalla de plástico con la imagen dorada de Mao sobresaliendo de un fondo rojo. Luego pude ver la diversidad de esas medallas cuando salí a la calle, el rostro de Mao podía ir acompañado de un tren, barco, avión, etc., quizás para identificar el sindicato al que pertenecía el portador. No encontré a un solo chino sin cargar aquella medalla y una que otra estrellita roja y dorada en la gorra. Vale señalar que aquellas prendas de vestir delataban haber sido lavadas durante cientos de veces en sus existencias, razones para observarlas con esos colores algos desteñidos o en el peor de los casos, raídas o gastadas.

Listo el barco para las operaciones de carga, comenzaron a salir del almacén existente en aquel muelle toda una caravana de carretas tiradas por hombres. Cada una transportaba la cantidad de sacos comprendidas en una lingada, no puedo precisar si se trataba de unos quince sacos, solo imagino que era una carga pesada para ser tirada por un hombre sustituyendo a cualquier animal. Eran rápidos y muy organizados, trabajaban como las hormigas. ¡Oh! Se me olvidaba un detalle muy importante, inmediatamente después del atraque, instalaron bocinas a lo largo de nuestra eslora y nos deleitaron las veinticuatro horas con himnos chinos y discursos. Durante el tiempo de receso, no muy extenso tampoco, un individuo los reunía y comenzaba a leerles el contenido de un librito rojo, ellos escuchaban con disciplina, devoción, admiración, pasión.

Por aquellos años China y la extinta U.R.S.S eran algo así como enemigos, varios encontronazos militares se habían producido en la frontera de la Manchuria. Razón suficiente para que fuéramos objeto del asedio constante por parte de comisarios políticos que hablaban nuestra lengua, buscando en todo momento una palabra de apoyo hacia ellos y de condena a los soviéticos. Ya nos habían advertido en el barco sobre esa situación y la prohibición de cualquier manifestación a título personal. Rusos y chinos se acusaban mutuamente de “revisionistas”, y para serles franco, yo no comprendía mucho. Aquellos comisarios se movían por todo el buque con entera libertad, poco importaba que te encontraras en los salones o pintando en el escobén, cuando menos lo esperabas estabas recibiendo una arenga sobre el gran timonel, Mao.



Parte de la tripulación del buque "Jiguaní" a la entrada de un museo en Shanghai. Al fondo puede verse la base de una estatua de Mao Tse Tung, yo soy el primero de derecha a izquierda de los agachados.

Disfrutamos de varias visitas dirigidas y acompañados de un traductor a diferentes sitios de la ciudad. En una de esas salidas nos llevaron a un monumental museo donde estuve a punto de llorar por el dolor que sentía en los pies. No tenía calefacción y no había salido con las botas de invierno. Rogaba por llegar al final del recorrido, pero aquel museo contaba con decenas de salas de exposición, creo que pasamos más de cuatro horas de tortura rodeados de un solemne silencio y escuchando la voz celestial de las guías cuando nos explicaban que cada artículo allí mostrado, eran logros del camarada Mao, pura mierda para el que haya visitado una parte del mundo desarrollado. Unas de aquellas noches nos llevaron a una ópera llamada “La Linterna roja” o algo así, tuvo que ser. Creo que tenía una duración que superaba las dos horas, tiempo durante el cual solo escuchabas a los chinos soplarse la nariz o secarse constantemente los ojos con un pañuelito. En varias oportunidades el traductor o comisario nos preguntaba si no nos sentíamos conmovidos por la obra, y por supuesto, la respuesta era siempre positiva para nuestra desgracia, porque inmediatamente nos preguntaba la razón de no llorar como los chinos. La segunda vez que me hizo aquella estúpida pregunta, le respondí que no lloraba porque no era chino y dejó de insistir. Esta misma comedia se repitió un viaje posterior durante una visita a Corea del Norte, un país con un sistema mucho más cerrado que el de aquella China de ese tiempo.

Era permitido salir a la calle y nos aventuramos un pequeño grupo a caminar un poco para matar el tedio que se sufría a bordo. Me vestí con los mejores trapos que poseía, ya para esa fecha yo había visitado gran parte de Europa y me había avituallado de ropa que era la envidia de la juventud en mi país. No era nada del otro mundo, pero superaba en todos los aspectos a una juventud que sufría los efectos de una loca “Ofensiva Revolucionaria” impuesta por el comandante de todo en el año 1968. Disculpen que deba hacer mención de estos detalles que considero necesarios, es alarmante la mala memoria que poseen los pueblos hambreados y los cubanos somos buen ejemplo de ello. Para esas fechas las mujeres cubanas no poseían un blúmer de respeto y el de mejores condiciones, los guardaban para consultas médicas o eventos especiales, no quiero profundizar más. China sufría en ese viaje los embates de su “Revolución Cultural”, evento copiado por el Napoleón caribeño al que solo le cambiara el nombre por otro más tropical o revolucionario.

Shanghai tuvo la fama de ser uno de los puertos más prostituidos de la región y para la fecha de mi recorrido a lo largo de la zona portuaria que bordeaba el río, no solo habían borrado el dulce aroma de aquellas trabajadoras sociales, barrieron con todo lo que pudiera recordarles el pasado. Fueron decenas de cuadras donde no se observó bar, tienda o restaurante alguno, nada, solo la suciedad observada en algunos países, como el nuestro, para no extenderme mucho. 

Como copia al carbón de lo encontrado posteriormente en todo el campo socialista, cada cierto tramo podías observar grandes vallas alegóricas a su revolución con imágenes gigantes de su gran líder acompañado de su compañero de lucha “Lim Piao”, al que más tarde “Lim-piaron” con un cohetazo mientras viajaba en un avión, creo que con su familia, quisiera no equivocarme. Podías chocar con grupos de chinos interrumpiendo la acera mientras leían atentos la información que les ofrecían en los “dazibaos”, especie de murales que luego fueron muy comunes en todas las dependencias cubanas, incluyendo nuestros barcos.

Una vez descubiertas nuestras presencias, parte de aquel público, sobre todo el compuesto por jóvenes, nos seguían a lo largo de innumerables cuadras y nos devoraban con la vista. Se nos acercaban tanto que llegaban a molestar, bloqueaban nuestro avance y producían una lástima terrible. Nos miraban como si se tratara de extraterrestres y no desperdiciaban un solo centímetro de nuestros cuerpos, todo les llamaba la atención. Les resultaba una novedad los zapatos, pantalones, camisas, abrigos, relojes, gafas, etc. Algunos se atrevían a tocarnos y se lo permitíamos. Casi al final de nuestro recorrido y próximos a la entrada del Club de Marinos, fue posible desprendernos de un grupo que llegó a superar las cincuenta personas, jóvenes, como les dije. No se podía diferenciar a una chica de otra, no solo por la vestimenta que era común a la de los varones, todas estaban peladas iguales, fenómeno similar lo encontramos nuevamente en Corea del Norte.


Motonave "Jiguaní".

El Seaman Club era espectacular y contaba de diversos pabellones, solo que se encontraba casi vacío, coincidimos con tripulantes de un barco griego operado por la empresa CUFLET. Aquellos griegos, famosos por sus parrandas con las “cufleteras” (jineteras) cubanas, andaban muy derechitos en China, ellos como nosotros, sabíamos del palo que nos arrascábamos. Era imposible cualquier contacto con una mujer china y en el caso que eso sucediera, lo mismo desaparecían a la mujer que al extranjero, nada de bromas. Si ibas a jugar ping-pong, el salón estaba decorado con una foto de Mao practicando ese deporte. Lo mismo ocurría en la biblioteca y el restaurante, era asqueroso el culto a la personalidad que se le rendía al viejo y agotadora toda la muela que debías soportar al paso por cualquiera de aquellos salones. Donde único no encontré fotos del vejete fue en el baño, gracias a Dios.

Luego de dos semanas de operaciones de carga largamos los cabos rumbo a la isla, lo hacía muy defraudado. No encontré ninguna de las maravillas que ellos nos vendían mensualmente en la revista “China Popular” por la que sentían mucha admiración parte de nuestro idiota pueblo, aunque no era útil para limpiarse el fondillo. Luego el comandante se peleó con los chinitos y aquellos suspendieron la cuota de arroz, estuve un tiempo navegando por otros países y había olvidado ese lejano contacto con una cultura milenaria reducida a mierda por obra y gracia del espíritu santo.

Regresé a China años posteriores y visité varios de sus puertos de norte a sur. Ya su sistema de economía había experimentado un cambio radical y su mercado interno estaba abarrotado de todo tipo de productos fabricados por ellos. Siempre me llegaba esa pregunta muy normal entre los que la conocimos de su etapa maoísta. ¿Dónde coño estaban todos esos productos con los cuales satisficieron la demanda nacional y luego invadieron al mundo? La misma pregunta se extendió posteriormente a todo el campo socialista y queda latente esa pregunta para países como Cuba y Venezuela, entre otros. Allá estuve cuando los problemas de la plaza Tiananmen y siempre que les mencionabas a los chinos el nombre de Mao Tse Tung, la mayoría de ellos te respondía con el pulgar mirando hacia tierra, no deseaban recordarlo.

No fue mucha la pacotilla que se pudo comprar aquel viaje, sin embargo, adquirí el privilegio de haber estado en China en el momento oportuno, aquel donde otros deben conformarse con la información vendida por otros de acuerdo con sus intereses políticos. Hoy vivo en un barrio tomado por los chinos, son muy laboriosos y simpáticos, me caen bien. De vez en cuando me detengo con algunos para hablarle de ese viaje, pero la mayoría son jóvenes y escaparon de aquella triste y gris época.







Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2107-11-01


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