martes, 6 de marzo de 2018

CAPITÁN RAIMUNDO RENE CALERO TORRIENTE

CAPITÁN RAIMUNDO RENE CALERO TORRIENTE


Motonave "N'Gola", escenario de esta historia.



Si se encuentra vivo debe haber saltado la barrera de los setenta, me alegraría que lo estuviera y le llegara de alguna manera estas líneas a él y en caso de ausencia a su esposa Reina, mi querida barbera de Luanda. Líneas que por supuesto, levantará ronchas entre muchos que lo conocieron y me conocen, sus detractores y mis adorables amigos de verticalidad impoluta. 


Nos conocimos en Luanda, él personalmente fue a recibirnos al aeropuerto, éramos un pequeño grupo de oficiales que hasta esa llegada no supimos cuales serian nuestras funciones en aquel lejano país. En dos autos fuimos conducidos hasta la escala del buque N'Gola, recuerdo que el camarote que correspondía a mi cargo estaba ocupado por un engrasador de uno de los barcos cubanos surtos en ese puerto. Una vez dejado el pesado equipaje bajamos al comedor y me sucedió lo que, a cualquier enamorado, fui flechado a primera vista. Comimos y se acordó una reunión con el Capitán a la mañana siguiente.


Calero había sido el “interventor” de aquella nave copropiedad portuguesa-angolana, no estoy seguro si de la compañía naviera también, no puedo asegurarlo. Su esposa Reina, abogada de profesión, era asesora de un alto funcionario angolano, tampoco puedo precisar con exactitud si perteneciente al Ministerio de Transporte. Una dama muy amable que atendió mi melena durante el año y medio que compartí con aquella maravillosa tripulación encabezada por su esposo. 


Viendo las funciones y cargos ocupados por ambos, cargo en ascenso por parte de Calero, quien no se detuvo hasta la dirección de nuestra Empresa, ya están autorizados a realizar cualquier ataque de rabieta contra las partes, yo incluido. ¡Oh! Solo debo advertirles un detalle, no movería este teclado si no considerara que valiera la pena. Ya me conocen suficiente bien y el que lo desee puede acudir a todos mis escritos, queda muy poco por ocultar. ¡Yo, Claudio! Perdón, me perdí. ¡Yo, gusano! Escribiendo bien de un militante, bueno, no es la primera vez tampoco. También tengo un gran arsenal para hablar mal de quienes no lo fueron, comieron y bebieron de mi mano, para luego abandonar a los míos cuando mas lo necesitaron, “mis socios”. 


Digamos mejor que el enfoque de estas humildes líneas no van dirigidas exactamente al poseedor de un carnet, me inclino por el hombre, el Capitán con quien compartí quizás los mejores tiempos de mi vida como oficial. Líneas que por supuesto, viviendo en un mundo enajenado y tan complejo como el cubano, pudieran resultar perjudiciales. Eso lo he pensado infinidad de veces y he llagado a la conclusión, pudiera que simplista, ya Calero sobrepasa los 70 años si se encuentra vivo y poco pudiera perjudicarlo.


Su asignación como Capitán del buque “N'Gola” fue la mejor decisión tomada por la compañía ANGONAVE, quizás se propuso él mismo para escapar de aquel infierno, quien sabe. Lo cierto es que resultó muy oportuno mandar a un negro a comandar un buque tripulado en su mayoría por seres de esa raza. Negros que resultaron ser una excelente tripulación y vencieron ciertas complejidades en sus vínculos personales. Hablamos de un colectivo donde el idioma oficial siempre fue el portugués, pero entre pequeños grupos de ellos, se comunicaban en lenguas derivadas del bantú donde dominaban el kimbundo y el umbundo. Se hablaba también dialectos o lenguas originarias de Zaire, Sao Tome y Príncipe y Cabo Verde. Además, que nosotros los cubanos, cuando no queríamos que nos comprendieran, aplicábamos el lenguaje callejero de los aseres. Sumaba la nomina un pichón de portugués, muy buen navegante, ya escribí sobre él, Amílcar.



Delante "Pepito", el enfermero guardaespaldas de Calero. Taquechel y el Paye detrás.

Aunque fueran excelentes marinos, las relaciones personales entre ellos resultaban algo complejas, digamos que entre sus peores defectos, sobresalía cierto racismo practicado por los negros en contra de los mestizos. Solo la existencia de un buen Capitán podía neutralizar de alguna manera algunos actos de rechazo entre ellos por el color de la piel. Cuando fui conociendo mejor a Calero, encontré al Capitán que mejor aplicaba aquella frase expresada por el viejo Julio Justiz Calderón en el año 68; “El Capitán es la suma de la tripulación”. Muy pocos la aplicaban en nuestra flota y se hacían temer por sus actos, no respetar. No creo que capitanes negros como Remigio Aras Jinalte o Gabriel Sánchez, por solo mencionar a dos de ellos, obtuvieran los resultados de Calero con aquella tripulación. Mas que respetarlo y quererlo, la tripulación lo adoraba como si se tratara de un Dios, es que simplemente se hacia querer y siempre se vinculaba con los de abajo sin ningún tipo de complejos. Logró con la aplicación de buenos métodos esa cohesión tan importante en cualquier buque, puedo afirmar que, de aquella masa tan variopinta, éramos precisamente los cubanos los más difíciles de unir o dominar, extremadamente conflictivos.


Calero era un oficial con una muy buena formación profesional, siempre hacía gala de una ecuanimidad increíble en situaciones difíciles. Excelente maniobrista, tanto, que no necesitaba Prácticos para las entradas o maniobras de atraques en los puertos angolanos, él se había desempeñado como Práctico en Luanda. Además de ser un hombre con una formación excepcional, tenia la habilidad de brindarte la posibilidad de superarte y ganar confianza en lo que hacías. ¡Claro! Cuando llegaba a conocerte bien, nadie pone en juego sus responsabilidades a un desconocido.


Nunca lo vi de mal humor, ni en los peores momentos enfrentados, imagino que aquel conato de rebelión o motín producido en Rotterdam, haya sido suficiente motivo para encojonarse y no fue así, no explotó. Con toda la tranquilidad del mundo le dijo al comisario político angolano; -“Desenrola a todos los que participaron en el motín, nosotros tenemos suficientes cojones para llevarnos el barco solos hasta Angola”. Yo creo que los tripulantes no estaban preparados para una reacción como esa y dieron inmediata marcha atrás. La crisis fue provocada por un agregado de cubierta con cierto nivel de escolaridad entre un colectivo donde casi el 60% de sus integrantes eran analfabetos. Después de aquel caos fue mas admirado y querido por todos. Calero no aplicó ninguna medida represiva en contra de los revoltosos, algo que muy bien pudieron haber hecho otros capitanes cubanos adaptados a las medidas “disciplinarias” usadas en nuestra flota. Tenía habilidad suficiente para echarse a la gente en el bolsillo y aquel episodio se olvidó muy rápido. Fui precisamente yo quien solicitó el inmediato desenrolo de aquel cabrón, porque entre otras cosas, no solo era manipulador, era un rancio racista. El pedido lo hice en una reunión de arribada con directivos de la compañía, Calero no le había pedido sanción alguna, pero su permanencia con nosotros era un peligro potencial, una especie de guillotina sobre nuestras cabezas. Fue desenrolado pocos minutos después de concluida la reunión.


El Contramaestre Leandro a mi izquierda y el camarotero Jose Matuteo a mi derecha.

Calero no nos dio o quitó nada, se limitó a mantener todos los beneficios que en ese buque teníamos, los mismo que ofrecieron los portugueses a sus subordinados. Hablemos del derecho a un litro de vino diario en las comidas, semanalmente nos entregaban una caja de cerveza, una botella de bebida fuerte, refrescos y cigarros. Los tripulantes debían pagarlo, no así nosotros que solo recibíamos $1.00 dólar diario a partir de la salida del último puerto angolano. Mensualmente nos entregaban un botiquín, era gratuito para toda la tripulación y contaba con artículos de uso personal. Aquella cajita contenía máquina de afeitar, jabón de baño, champú, cuchillas de afeitar, perfume, talco, ambientador para el camarote, crema de afeitar, pulimento de muebles, etc. En fin, Calero mantuvo ese régimen durante todo el tiempo que estuvo de Capitán del N'Gola y puede contarse como un mérito cuando observamos la actitud de los capitanes arribados para otras naves. Poco tiempo más tarde, comenzarían a adquirirse nuevos buques para la compañía y se importaban oficiales cubanos. Aquellos capitanes fueron reduciendo los privilegios que disfrutamos hasta hacerlos desaparecer. La tripulación del buque “Hoji Ya Henda” comandado por el Capitán Herviti fue el primero en sufrir esas limitaciones, luego vendrían otros que no conocieron absolutamente nada de las ventajas disfrutadas por nosotros. En esos casos podía suceder lo siguiente, que fuera una acción voluntaria de sus capitanes buscando méritos personales, algo que no dudo. Pudo deberse a nuevas limitaciones impuestas por la compañía ANGONAVE, algo que dudo mucho.


Calero, como gran sibarita de las comidas, mantuvo el régimen alimentario heredado de los portugueses. El cocinero enviaba en la mañana el menú del día y si alguien no deseaba consumirlo solo debía enviarle una nota con el camarero. Podía observarse en horas del almuerzo y comida que, la mayor parte de la oficialidad era servida con platos diferentes, los que había seleccionado. Esa acción no molestaba a nadie y constituyó una parte muy normal de nuestras vidas. No sucedía lo mismo en el comedor de la tripulación, quienes aceptaban con gusto las ofertas de su cocina, casi siempre de origen angolano o portugués. Creo haya sido el único buque donde se disfrutaba de esa exquisitez en toda mi vida de marino, bueno, debía agregar que en la nave se encontraba enrolado un panadero cuyo trabajo era ese, confeccionar pan fresco para los desayunos, almuerzo y comidas, además de todo tipo de pastelería. Dudo que en los barcos adquiridos posteriormente sus capitanes mantuvieran esos privilegios que constituían verdaderos lujos.


Con mi hermano Pedro, caboverdiano de origen, dos amigos de Sao Tome a los extremos.

-Domingo, llama al cocinero, dile que quiero conversar con él. Domingo era uno de nuestros mejores camareros y se sorprendió un poco con la orden recibida, nosotros también.

-¡Si, Comandante! Fue toda su respuesta y lo vimos desaparecer rumbo a la cocina. Unos minutos mas tarde se encontraba el viejo cocinero parado al lado de Calero, era una persona muy querida por toda la tripulación, nunca le escuchamos pronunciar la palabra “no” ante cualquier solicitud que se le hiciera.

-¡Diga, Comandante! Su voz escapó nerviosa.

-Maestro, le prohíbo terminantemente que vuelva a repetir este plato. ¿No sabe que es un producto venenoso? ¿Cómo fue que llegó al barco?

-Comandante, fue servido por el proveedor de Lobito. ¿Qué hago con las tres cajas que tengo en la gambuza?

-Repártelo entre los tripulantes y si nadie los quiere guárdelo para donarlo a cualquier buque cubano. Todos comenzamos a reírnos con la ocurrencia del negro y el nerviosismo del cocinero. En las mesas descansaban varias fuentes conteniendo “aji relleno” de procedencia búlgara. Lo conocíamos muy bien, venenosos.

Calero cargaba con un guardaespaldas personal, así identificábamos al noble enfermero cubano al que nos limitábamos a llamar como “Pepito”. Curiosamente nunca escuché su verdadero nombre, siempre lo llamábamos así. Pepito era muy aficionado al alcohol y si se mantenía bajo control era porque nunca se despegaba de Calero, dormía en uno de los sofás de su salón. Aunque quienes lo conocían afirmaban que era muy buen enfermero, yo me valía de los servicios del enfermero angolano, aquel negro siempre estaba sobrio y tenía un conocimiento perfecto de su profesión.

-¡Coño, no sean abusadores! Nos dijo un día Calero a Lazarito y a mí.

-Capitán, ¿por qué nos dice eso? Lazarito fue el que preguntó, yo sabía por dónde venía el disparo.

-¡No se hagan los cabrones! Cada vez que salgo del buque emborrachan a Pepito y me tumban alguna botella. No mentía, nos pasábamos la vida cazándole la pelea y era así, invitábamos a beber a Pepito cuando nos quedaba un tercio de botella y emborracharlo no era tarea difícil, después del segundo trago se ponía contento.

Calero era hombre, un tiburón que se mojaba y salpicaba. Sabía que nosotros hacíamos mil movidas para ganarnos unos centavos y nunca se opuso a eso. En ese aspecto se destacaba el lado humano de quien conocía muy bien las injusticias que se aplicaron en nuestra contra y créanme, no abundaron capitanes de su especie en la flota.



Yo en el camarote de Calero.

Cuando abandoné el “N'Gola” me pasé varios años sin verlo, el continuó su rumbo y yo el mío, lo normal en la vida de los marinos. Luego me enteré de que navegaba en nuestras naves y hubiera deseado compartir nuevamente con él, solo que nunca fue posible. Tiempo mas tarde ocupó la plaza de director en la Empresa de Navegación Mambisa y en nuestros accidentales encuentros, no faltó nunca aquel abrazo sincero de ese mastodonte.


Han pasado veintiséis años que dejamos de vernos y no olvido aquel intento suyo por salvarme, solo que yo era un caso perdido y sin salvación. Unas semanas mas tarde deserté en Canadá y nunca mas he regresado. Sirvan estas líneas pendientes como agradecimiento por aquel gesto y el tiempo que pasamos juntos en el “N'Gola”.



Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá
2018-03-06



xxxxxxxxxxxxx

lunes, 5 de marzo de 2018

ABARLOADOS AL BUQUE “SIERRA MAESTRA” EN LUANDA


ABARLOADOS AL BUQUE “SIERRA MAESTRA” EN LUANDA



Motonave "Sierra Maestra", buque insignia de la marina mercante cubana.


Nunca comprendí aquella indiferencia del Capitán Calero a la acción de abarloar al “Sierra Maestra” a nuestro costado de estribor. La bahía de Luanda es amplísima y permite fondear en su seno a decenas de buques, tampoco se encontraba congestionada, nunca lo estuvo en el tiempo que permanecí en Angola. Pudo ser que el Capitán de aquella nave fuera amigo suyo, desafortunadamente no lo recuerdo, tampoco a su oficialidad, pudo deberse a que ninguno tuvo vínculos importantes conmigo.

Conocía muy bien a esta nave desde el año 1968, allí trabajé como marinero de cubierta bajo el mando del Contramaestre Basulto. Fueron tiempos de muchos sueños e ilusiones, aprendizaje y adaptación a la vida del marino. Era una nave algo compleja en sus operaciones y de una arboladura exagerada, pudo ser la que poseyera los palos más altos en su tiempo, demasiados puntales de carga también. Aún recuerdo el nombre o apodo de algunos tripulantes, solo que no deseo gastar cuartillas en un tema que no es el principal.

Les diría a las personas ajenas a nuestro mundo y no dominan nuestra jerga, lenguaje o léxico, que “abarloar” es la acción de amarrar un barco al costado de otro. Poco importa la banda y de acuerdo con el espacio disponible, la cantidad puede ser indefinida. La bahía de La Habana pudo ser una de las reinas en esa acción, hubo tiempos donde estuvo muy congestionada, las operaciones de su puerto muy lentas y el espacio de la rada habanera no era tan amplio. Momentos de tensión sobraron cuando se estaba en estas condiciones y éramos sorprendidos por una de aquellas fuertes turbonadas tropicales.

En aquella maniobra inoportuna e indeseada de mi parte, quizás prejuiciado por los antecedentes que se vivían en nuestra flota antes de arribar a Luanda, predije y avisé sobre las consecuencias de aquella locura y no se me escuchó. Nada podía manifestar en contra de la decisión tomada por el Capitán, era obvio, pero una vez a nuestro costado, les pedí a las partes correspondientes que cerraran con llave el pantry y la cocina. Nosotros vivíamos en un mundo alejado de nuestras realidades y se respiraba mucha tranquilidad, los tripulantes en general, no solo la oficialidad, podían acudir a cualquier hora del día a su pantry cuando tuviera hambre. Varios productos siempre estuvieron dispuestos para saciar la necesidad de la tripulación y podías prepararte una merienda a deshora hasta que llegara la campanada de almuerzo o comida. En horas de la madrugada, si no te satisfacía los productos disponibles en el pantry, tenías a tu disposición la cocina y hasta la gambuza, espacios que permanecían abiertos las veinticuatro horas del día. Todo esto era posible gracias a la confianza que se tenía en la tripulación y la ausencia de delitos como “robos” en esos espacios. La gente hacia uso de ellos con el solo fin de satisfacer sus necesidades y hasta pequeños caprichos. Al parecer y tal vez por el tiempo ausente de nuestros barcos, el Capitán Calero había olvidado la dramática situación que se vivían en los buques cubanos.

No hubo que esperar mucho, la primera madrugada que estuvieron abarloados a nuestro barco, cacos de nuestra flota barrieron con todo lo que existía en los pantries de la tripulación, oficialidad y cocina. Por suerte los cocineros me hicieron caso y cerraron el acceso a la gambuza. Penoso fue ver a nuestro pañolero colocando candados en las puertas de los pantries a la mañana siguiente y la incomprensión de nuestros tripulantes angolanos. 


Motonave "N´Gola", buque insignia de la marina mercante de Angola

El abarloamiento del “Sierra Maestra” al N'Gola me trae ahora malos recuerdos, allí perdí a mi mejor amigo, Lazarito cayó en el abismo del alcohol y nunca logró salir a la superficie, no por falta de consejos, creo que agoté todos los recursos disponibles para regresarlo a la normalidad. -¡No tienes necesidad de estar bebiendo esos rones de mierda! Le dije con insistencia y razones me sobraban para hablar así de la bebida barata en manos de los tripulantes cubanos. Desde que estábamos enrolados en nuestro buque fuimos muy selectivos a la hora de beber y solo nos inclinábamos por la bebida buena y cara. Allí aprendimos a valorar las virtudes del Dimple, Chivas Regal, Johnny Walker etiqueta negra, Ballantines y otros de menor categoría, no nos costaba un solo centavo. -¡Lazarito, tienes que atender tu trabajo! No escuchaba, se ausentaba del barco durante días y cuando lo hacía tenía los ojos enrojecidos por el alcohol. Llegó el momento en el cual a Calero se le llenó la cachimba y lo botó del barco, lo envió para Cuba. Estoy convencido de que lo hizo con el dolor de su alma porque lo quería mucho y casi lo trataba como un hijo adoptivo, Lazarito era el más joven de toda la tripulación.

Antes de llegar a esa caótica e irreparable situación con Lazarito, ocurrieron dos hechos muy graves donde él estuvo presente, no como protagonista. El primer grupo de oficiales que formó parte de la tripulación del barco, exactamente los que volamos juntos desde La Habana y otros reclutados por Calero en tierra o formaban parte de las tripulaciones de naves cubanas prestando servicio en aquel país, solicitó ser relevada y su demanda satisfecha. Yo creo que Calero deseaba deshacerse de algunos, eran personas muy complejas y hasta conflictivas, varios de ellos impopulares entre los tripulantes angolanos. Calero nos propuso a mí y Lazarito continuar un año más, esa proposición la hizo delante del Doctor Tomás, era un mulato que ocupaba la segunda plaza en la dirección de la compañía ANGONAVE, detrás del Doctor Rubio, su director. El ofrecimiento fue más amplio y esa vez recibida de la voz de Tomás, nos ofrecían vivienda en Luanda para que trajéramos a nuestras esposas e hijos. Argumentaba sus palabras en la solicitud que les hiciera el Sindicato Marítimo de Angola, que aun funcionaba con cierta independencia. Ellos expresaron a la dirección de la compañía que nosotros éramos muy queridos por la tripulación y deseaban que continuáramos con ellos. Ambos declinamos aceptar aquel ofrecimiento por los riesgos que se corrían en aquellos convulsos tiempos y otros referentes a la salud. Por otra parte, Miyares fue quien le solicitó a Calero poder continuar trabajando en el buque y no le fue negada esa posibilidad. Algo que no llegué a comprender muy bien, pues este elemento era detestado por todos los tripulantes del barco y el Capitán lo sabía.

En esos días arribaron al aeropuerto los relevos del primer grupo, yo no conocía a ninguno de ellos y preferí ser cauteloso en las nuevas relaciones. Unas tres horas antes de que partieran con destino a la isla, Lazarito y yo nos dirigimos al predio de transporte donde el grupo saliente se encontraba albergado. Llevamos dos botellas con el propósito de despedirlos y al preguntar en la recepción, nos informaron que el Segundo Maquinista Freixas le había dado dos tiros al telegrafista Collazo, quien se desempeñó como secretario del partido a bordo. Muy comunicativo el personaje que se encontraba de guardia en el lobby, nos condujo hasta el elevador para mostrarnos uno de los impactos de bala. -Este fue el que le atravesó el brazo, el otro se lo dio en el abdomen. El choque psicológico recibido por aquella noticia fue tal, que decidimos regresar al buque y nos sentamos en el camarote a beber durante el resto de la noche. Calero no se encontraba presente y cuando regresó a la mañana siguiente nos dio la noticia que solo nosotros conocíamos a bordo, nos solicitó total discreción para no alarmar a la tripulación. Unos seis meses más tarde el pañolero Pedro, un mulato de origen caboverdiano y casi un hermano para mí en ausencia de Lazarito, me reclamaba por no haber confiado en él y guardar este secreto. Se enteró por boca del abogado que atendía el caso de Freixas, creo que era amigo suyo.

-Ustedes son los asignados para darle atención a Freixas mientras el barco se encuentre en este puerto. Nos dijo una mañana Calero a Lazarito y a mí en su oficina.

-¿Qué tipo de atención es esa, Capitán? Le pregunté algo sorprendido y sin comprender muy bien la misión que se nos encomendaba.

-¡Vayan diariamente a la prisión de Petrangol! Traten de conversar con él, llévenle comida y cigarros, es una orden de la embajada.

-¡Coño! Yo no sé dónde rayos esta esa prisión, ¿Cómo podemos llegar hasta allá?

-Arrien el bote salvavidas y diríjanse hasta el muelle de petróleo a la entrada del puerto. Consulta la carta náutica y fíjate que pegado a tierra hay un espigoncito que es donde debes amarrar al bote, localiza la prisión y vayan caminando hasta ella. Lazarito y yo subimos al puente para consultar la carta náutica de la bahía.

-¡Asere! En qué clase de candela nos ha metido Calero. Le dije sin separar la vista de la carta náutica.

-¿Está muy lejos?

-Eso está fuera de Luanda, pertenece a Sambizanga y hay que jalar tremenda propela para llegar hasta allá. Tendremos que dejar el bote solo con el riesgo de que nos puedan robar, debemos ir solos, no creo que a Calero le simpatice que lleve a tripulante alguno.

-¿Qué nos pueden robar?

-¡Cualquier mierda, Lazarito! Mientras no sea algo del arranque del bote, no hay problemas. Después tenemos que echarnos varias cuadras caminando con este calor de mierda.

-No queda de otras, vamos andando. ¿Qué le llevamos a Freixas?

-Trata de colectar algo de jama, cigarros y revistas. Yo voy a buscar al Contramaestre para que me ayude a arriar el bote y la escala real. De paso voy a chequear el combustible del tanque, la navegación es de varias millas. ¡Dale!

-Leandro, hace falta que me ayudes a bajar el bote y la escala real, vamos a chequear también el combustible. Le dije al contramaestre, ya nuestro buque se encontraba atracado y lo encontré conversando en el portalón.

-¿Quieres que algún marino te acompañe? Me preguntó después de tenerlo todo listo para el arriado y rellenar el tanque de combustible.

-No, Leandro, solo voy hasta el barco cubano a llevar una encomienda del Comandante. Le mentía piadosamente, realmente hubiera preferido salir con alguno de aquellos buenos marinos, pero el secreto de nuestra misión nos exigía discreción. Arrancamos el motor y largamos los cabos, nos esperaba más de una hora de navegación. Lazarito me mostró lo que llevaba en una bolsa, ahora quedaba esperar que nos lo dejaran pasar en la prisión.

-¡Asere, mira eso! Casi gritó Lazarito cuando maniobraba para amarrar el bote, me señalaba hacia unos camaroneros cubanos que habían sido abandonados por sus tripulaciones. Eran cinco o seis y pertenecieron a la flota camaronera del Mariel. En algunas oportunidades compartí con ellos cuando estuvieron en el puerto y todos manifestaron su inconformidad por estar allí sin atención. Pasaban hambre y amenazaron con abandonar su trabajo a cualquier precio, parece que cumplieron con sus palabras. Aquellas embarcaciones resultaron en pérdida total y la flotilla del Mariel desapareció para siempre. La caminata fue agotadora y en ascenso, el sol era implacable. Llegamos a la puerta de la prisión y aquello era un caos, ya estábamos acostumbrados a esas demoras e incomprensiones. No era muy normal que hombres blancos fueran a visitar prisioneros donde la mayoría eran negros y eso nos produjo ciertos contratiempos. Por suerte para nosotros, uno de aquellos custodios señaló hacia dos hombres blancos sentados debajo de un árbol en el interior del presidio y cercanos a la posta. Al fin pudimos pasar sin perder nada de lo que llevábamos.

-¡Asere! ¿Quiénes serán aquellos dos blancos? Le pregunté a Lazarito mientras nuestros pasos se dirigieron hacia ellos involuntariamente.

-¡Oye! Esos tipos son tripulantes del “Sierra Maestra”. ¿Qué coño hacen en este talego? Unos pocos segundos después estábamos junto a aquellos hombres.

-¿Qué hacen ustedes aquí? Les preguntó Lazarito después del habitual estrechón de manos, era indudable que aquellos rostros le resultaban familiar. Yo solo los había visto de pasada mientras estuvieron abarloados a nosotros.

-¡Nada, compadre, cosa de borracheras! Dijo el mayor de ellos con aspecto de guajiro, este andaría por los cincuenta y tantos años, el otro no sobrepasaba los treinta.

-¿Borracheras? Bien grave tuvo que haber sido, no por estar en nota te encierran en una prisión como esta. ¿Qué hicieron? Transcurrieron unos segundos de silencio, quizás pensando en la respuesta o por vergüenza, yo no había hablado aún.

-¡Borrachera, como dijo el socio! Esta vez respondió el más joven. -Resulta que nos disparamos un rifle (botella de ron) y la curda nos dio por pasear. Se detuvo nuevamente, algo indeciso para continuar su versión.

-Por pasear tampoco meten preso a nadie, aunque bueno, hay toque de queda en las noches. Tampoco es delito tan grave para que los encierren aquí. Expresé yo y comenzaba a cansarme la demora, no les habíamos explicado las razones de nuestra presencia en aquella prisión.

-¡Miren, les vamos a ser francos! Intervino el viejo y me alegré con aquella introducción. Nos emborrachamos y agarramos uno de los autos nuevos que están en el muelle, salimos a pasear y nos detuvo la policía militar en la ciudad. Se detuvo nuevamente.

-¡Uffff! Creo que se han metido en candela. ¿Ustedes salieron en uno de los Mercedes Benz que están en el puerto?

-¡Si, en ese mismo! Respondió el más joven y dejó escapar una sonrisa, creo que provocada por el nerviosismo.

-Ustedes están locos de verdad y por lo menos les van a aplicar la silla eléctrica. Les dije en tono de bromas.

-¡Coño, no jodas! Que no es para tanto. Protestó el viejo.




Motonave "N´Gola"

-¡Imagínate, tu! Esos autos fueron comprados para la celebración del primer congreso del MPLA. No les mentía, nosotros habíamos transportado la bebida que consumirían en esa pachanga de mentiras y les aseguro, ninguna era barata. Grandes fueron las dificultades para desembarcarlas, las cuadrillas de estibadores normales se emborracharon y hubo que sustituirlos por combatientes de las FAPLA. Estos soldados ya borrachos no se cayeron a tiros dentro de las bodegas por puro milagro. Sacarlos no fue tarea fácil, todos ellos estaban armados. Finalmente trajeron una cuadrilla de estibadores cubanos y aunque bebieron su poco, no se emborracharon como los nacionales. -¿Cuáles cargos les presentaron?

-¡Uyyyy! Ahí es donde se complica nuestra situación, tal vez tengas razón y nos pidan silla eléctrica o cadena perpetua. Respondió el joven sonriendo.

-¡Coño, ¿cuáles fueron las acusaciones de la fiscalía?

-¡Mira! Según el abogado de oficio que nos pusieron, aparecen los delitos de hurto a la propiedad del estado, desobediencia a la orden de parar que nos hizo las autoridades del puerto, conducir sin licencia y en estado de embriaguez y para culminar, violación al toque de queda.

-¡Coñó! Yo les veo cara de mártires. Dijo Lazarito muerto de la risa y todos nos contagiamos. -¡De verdad, men! La borrachera les dio bien pesada.

-¿Qué hacen ustedes aquí? Preguntó el joven.

-Vinimos a traerle unas chucherías a un Maquinista de nuestro barco que está detenido aquí. ¿Lo conocen? Les pregunté y pude ver una extraña reacción en sus miradas.

-¿Hablan del que mató al secretario del partido?... Preguntó el más viejo y se detuvo dejando en la recámara algunas palabras que no esperábamos.

-Todavía el hombre no se ha muerto, ¿saben algo de ese maquinista? Insistí en la pregunta al ver que el tiempo corría y no deseaba demorarme mucho en el presidio.

-Se encuentra incomunicado en el segundo piso, su celda es aquella pequeña ventanita. Levantó el brazo derecho y su índice señaló hacia lo que fuera una pequeña tronera bloqueada por gruesos barrotes de acero. -¡Le roncan los cojones! Ustedes vienen preocupados por ese compañero que trató de matar a otro. A nosotros, quienes cometimos delitos menores, nadie nos ha visitado en más de una semana que llevamos presos. Lo dijo con esa mezcla de rabia y dolor que acude al alma cuando una persona se siente traicionado.

-Es duro lo que dices, pero para serles sincero, solo cumplimos una orden del Capitán del barco. No ha sido una acción espontánea ni de solidaridad la de llegarnos hasta aquí. Ya lo comunicaré cuando regrese a Luanda, es una hijaputada darles la espalda y dejarlos abandonados. -¡Mira! Aquí le trajimos algunas boberías, no es mucho, traten de dividirla entre los tres y háganle llegar su parte. Lazarito le extendió la bolsa al viejo.

-Yo creo que si le gritan él puede escucharlos y hablarles. ¿Cómo se llama? Propuso y preguntó el más joven.

-Se llama Freixas. Le dije a secas.

-¡Freixaaaaaaaas! ¡Freixaaaas! ¡Freixaaaaaaas!

-¡Oye! ¿Cómo está ese hombre? Nos gritó con desesperación cuando su pálido rostro apareció detrás de los barrotes. Freixas era un hombre de una blancura casi anormal en nuestra tierra, parecía más español que cubano. Al principio de llegar a Angola, Lazarito y yo tuvimos muy buenas relaciones con él y no hubo botella que se abriera si se encontraba ausente. Pasados unos meses presentó cartas credenciales de alcohólico y evitamos su compañía. Era de esas personas a las que invitabas un trago y se sirven el vaso lleno sin mirar a su alrededor, una vez ebrio se transformaba en una persona muy agresiva. Maltrataba a los tripulantes como cualquier esclavista y varias veces le llamamos la atención, razones para que la marinería angolana no lo soportara. Sin embargo, no se le podía negar el mérito de que era muy buen trabajador y gracias a él era que ese buque se movía. Mendoza no salió nunca del trauma producido por la pérdida de un hermano y se le veía con frecuencia llorando.

No me considero competente para evaluarlos técnicamente, pero según comentaban los que trabajaban con ellos en el Departamento de Máquinas, Freixas estaba mucho mejor preparado. Ante esta situación descrita, el núcleo del partido en una reunión le hizo una mala evaluación a Freixas, lo que significaba una posible pérdida de su trabajo cuando llegara a La Habana. Obsesionado por aquella dramática situación, pidió un careo con el núcleo del partido y aquellos no quisieron enfrentarlo. La respuesta recibida era que realizara sus reclamaciones ante el “municipio” en Luanda y luego lo rebotarían hacia la provincia y todo aquel enjambre burocrático que poseían, tiempo no había para esas gestiones. Estando en Lobito nos mostró la pistola en un cine que funcionaba en un anfiteatro y le aconsejamos que pensara en su gente y no cometiera una locura. Al parecer ya había tomado la determinación que trajo como consecuencia la desgracia para dos familias.

-¡Oye, no te preocupes! El hombre está vivo en el hospital. No recuerdo cuál de los dos le gritamos para darle un poco de calma a su conciencia, tuvo que ser Lazarito, yo soy algo comemierda y me conmovió aquella imagen de su rostro detrás de los barrotes.

-¡Ese hombre no se puede morir! ¡Ese hombre no se puede morir! Nos gritó con la intención de salvarlo de alguna manera, solo que las horas de Collazo ya estaban contadas, nunca superó su gravedad y murió. Por suerte para su familia, uno de sus hijos se encontraba como médico en Luanda, le colocó un suero e incluyó entre los heridos graves para evacuar a La Habana, lo cierto es que ya era cadáver cuando lo subieron al avión. Al menos pudieron velarlo, llorarlo y enterrarlo en la isla, miles de familias cubanas no tuvieron ese privilegio, pienso yo.

-¡Oye, mañana regresamos! Te dejamos algunas cositas con los marinos del Sierra Maestra, tenemos que irnos para que no nos agarre la noche, vinimos en el bote y ya es algo tarde. Todo era expresado mediante gritos y no le mentía, la navegación de regreso era larga. Deseaba escapar de aquella prisión que logró en pocos minutos deprimirme y no deseo mentirles, sentí mucha más compasión por el victimario que con la víctima.

Casi todo el viaje lo hicimos en silencio, tampoco el ruido del motor nos permitía estar conversando, yo creo que Lazarito se hallaba en la misma situación emocional que yo, ambos carecíamos de ganas para hablar. Amarramos el bote a la escala real y nos dirigimos al camarote del Capitán, allí lo pusimos al corriente de todo y le agregamos nuestra preocupación por los tripulantes del buque “Sierra Maestra” abandonados a su suerte, Calero nos prometió interceder por ellos. Al día siguiente dimos el segundo y último viaje a la Cadeia Central de Luanda, el escenario fue similar al del día anterior, Freixas continuaba incomunicado. Le entregamos el paquete a los borrachitos recordándoles que debían dividirlo entre tres, esta vez no quisimos llamarlo y nos retiramos al rato de conversar un poco con ellos. No regresamos nuevamente, Calero nos comunicó que la embajada se encargaría de darle atención a los tres detenidos en aquella prisión y me ordenó subir el bote salvavidas. Me encargó la responsabilidad de velar por las pertenencias de Freixas y las trasladé para un pequeño camarote que se encontraba vacío para darle el suyo al nuevo Segundo Maquinista, Luis Pérez Junco, un mulato a quien conocía desde su época en el buque “Luis Arcos Bergnes”, aunque solo nos saludábamos en nuestras coincidencias en la empresa.


Motonave "Sierra Maestra"

Un día se apareció un pariente lejano de Freixas a reclamar sus cosas, venia acompañado de una nota escrita por él y no dudé en entregárselas. Yo conocía a este primo suyo, era el mismo que le había facilitado la pistola a Freixas, gran favor le hizo a su familia, pienso. Al día siguiente regresó el primo al buque con otra nota donde reclamaba algunas chucherías faltantes y no solo me sorprendió lo que leía, me sentí profundamente ofendido por el tono utilizado, donde casi me acusa de apropiarme de las porquerías faltantes. Lo conduje nuevamente al camarotico y esta vez lo viré al revés. Por fortuna encontré los objetos mencionados en la gaveta del buró y se las entregué con un escueto mensaje; “Dile a tu primo que le deseo la mejor suerte del mundo, pero que se olvide de mi”. El mensajero trató de justificarlo y di por terminada la conversación, sentí un gran alivio al deslastrar aquel peso.

Lazarito regresó a sus andadas de borracheras con tripulantes del “Sierra Maestra”, abandonó su trabajo y se perdía por días del buque, no se presentó el día que salimos para Lobito a culminar nuestra descarga y perdió el barco. Ya Calero tenía la cachimba repleta, bastante lo toleró. Volvimos a Luanda y cuando se apareció Lazarito lo expulsó de la nave, si yo hubiera sido el Capitán habría actuado igual, abusó demasiado y su caso parecía no tener arreglo, es que nunca lo tuvo.

Salimos a navegar dejando atrás a un molesto cadáver, no se puede negar que Collazo perteneció al ala extremista del partido. Solo que con su partida nuestra situación no mejoró, me inclinaría a afirmar que empeoramos. Importamos a otro individuo muy famoso por su nivel de crueldad política, Plácido Bosch solo era superado en esta escala de maldad por Roberto Arche Flores en nuestra flota. Yo lo conocía muy bien, ya habíamos navegado juntos en el buque “Jiguaní” y sabia de la pata que cojeaba, traté por todos los medios de no cruzar palabra alguna con él, solo que un buque es un espacio muy reducido para evitar colisiones entre su personal. El primer y último choque se produjo en Lobito, luego de un parón espectacular delante de toda la oficialidad en el comedor, Bosch supo del palo que se rascaba y en lo sucesivo era él quien trataba de evitarme.

Verdaderamente nunca llegué a comprender a esta especie de hijos de putas y el caso de Bosch estaba lleno de contradicciones peligrosas. En una asamblea propuso que renunciáramos a la divisa por encontrarnos en “Misión Internacionalista” y en esa misma asamblea solicitaba un aumento de las asignaciones que recibiría como “gastos de representación”. No, nunca logré comprenderlo, ¿estaba loco o había superado la barrera para medir al hijo de puta? Este mismo cabrón hiper-revolucionario y comunista, le provocó al buque una avería millonaria. Bueno, ya lo he mencionado en otro trabajo.

Pocos meses después, todo pasó a formar parte del enorme batallón que integra el olvido. Ninguno de los mencionados encontró sitio en los baúles de nuestras memorias, es que eventos más importantes corrieron la misma suerte, es como si toda una sociedad y sus hombres lucharan por olvidar lo que fuera parte de nuestras vidas. Es que hoy se olvida por miedo, ese pánico que se siente cuando regresamos a nuestro pasado. A veces resulta penoso o doloroso desempolvar estos recuerdos, pero la historia merece ser contada tal y como sucedieron los hechos. Ningún hijo o descendiente debe pagar por los errores cometidos por sus padres, pero todos tenemos el derecho a conocer esas verdades ocultas de nuestra historia y que sean contadas antes de caer en manos de “historiadores” que las manipulen.

 

“Nadie me lo contó, yo estaba allí”.






Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2018-03-05




xxxxxxxxxxxxxxxx

sábado, 3 de marzo de 2018

UN FUNERAL EN LOBITO


UN FUNERAL EN LOBITO



Motopesquero "Rio Cauto"

Cuando la Flota Cubana de Pesca cerró su base situada en Ciudad del Cabo, se mudó al puerto angolano de Lobito en Angola. Eso fue posible por el “bloqueo” internacional realizado contra el régimen racista de Sudáfrica. Mientras eso no sucedió, La Habana mantenía negocios secreticos con ese régimen y se burlaba del mundo. Nada, que en política lo más importante es el cash. Corría el año 1977 cuando arribé por segunda vez a ese país y formé inmediatamente parte de la tripulación de su buque insignia, la motonave N'Gola. Ya conocía al puerto de Lobito, había dejado 1200 soldados que transportamos cuando la guerra en Enero de 1976, era la segunda o tercera visita a bordo del buque angolano.


Coincidimos en esas oportunidades con varios buques arrastreros de los fabricados en España, cada uno de ellos contaba con más de cien tripulantes. Como la mayor parte de la oficialidad y capitanes conocía a mi hermano Carlos Casañas Lostal, quien también era Capitán de la Flota Cubana de Pesca, no fueron pocas las ocasiones en las que visitara esos barcos y compartiera con sus marinos. El jefe de aquella base nos visitaba con una frecuencia casi diaria, es una pena que con el paso del tiempo se me borrara su nombre (pudo haberse llamado Carlos).


Lobito tenía muy poco para ofrecer al visitante en tiempos posteriores a la guerra, nosotros ya éramos vistos con un prisma peor al que usara la población para observar al portugués, aunque quieran negarlo hoy, los cubanos también fuimos considerados “invasores” o “mercenarios”. Se vivía con una calma muy tensa y la amenaza latente a sufrir cualquier tipo de agresión o atentado. No se podía estar comiendo mierda en la calle y mucho menos en horas de la noche, estábamos condenados a un auto encierro implacable.


Lazarito el Sobrecargo era mi compañero de escapadas, siempre nos íbamos de día con el bote salvavidas para las playas de “La Restinga”. Cargábamos alguna caja de cerveza y botellas de whisky para pasarnos el día libre fuera del barco. “La Restinga” viene siendo algo similar a la Península de Hicacos, una larga barrera natural de arenas que sirve de protección a la bahía de Lobito. Zona exclusiva como lo fuera Varadero, pero más pelada que la playa cubana en sus tiempos de cólera política, contaba con playas en ambas orillas de toda esa larga franja arenosa.


Bahia de Lobito, Angola.

Siempre buscábamos la manera de distraernos un poco, las operaciones portuarias eran extremadamente lentas y el tiempo se hacía demasiado largo para nuestras paciencias y temperamentos muy aventureros. Lazarito se había empatado con la mulatica más bella de aquella ciudad y por mucho que se empeñaran en presentarme amigas de ellas, preferí mantener mi soledad por miedo, mucho miedo a las enfermedades venéreas que existieron en aquella época. Algunos soldados se suicidaron cuando contrajeron una enfermedad conocida popularmente como “El boniato”, así le llamaban porque el glande adquiría las dimensiones de esa vianda y no hubo medicamentos que pudiera curarlo. La única solución para salvar la vida de aquellos hombres fue la amputación del pene, solo que algunos de ellos eligieron quitarse la vida en Angola por la vergüenza de regresar en esas condiciones a la isla.


Otros días los empleábamos en corridas con el telegrafista que trabajaba en la base, tampoco eran muchos los dedicados a las atenciones a los barcos de la pesca, no arribaban muchos a puerto y solo lo hacían en ocasiones de extrema urgencia, como dejar enfermos, pequeñas reparaciones, etc. No recuerdo haber conocido a otro empleado que perteneciera a esa dependencia de la Flota, es que no era necesario. Recuerdo que con aquel muchacho nos dábamos algunas escapadas fuera de la ciudad, unas veces con el propósito de tirar con fusiles en el campo, visita a cementerios o por simples paseos. En el maletero del auto guardaba algunas armas y yo elegí una “pepechá” en una de las salidas que hicimos hasta una represa próxima al pueblo de Catumbela. Era un arma pasada de moda y no me importaba, quería probarla y disparar ráfagas, solo eso. No fue el único cubano civil que poseía armamentos, varios de ellos me mostraron con orgullo sus closets en Luanda y hasta los camaroneros que radicaban en ese puerto no se cansaban de alardear por los arsenales que poseían. No había control, cualquiera podía poseerlas y hasta tener un auto que tal vez perteneció a un portugués que abandonara el país al comienzo de la guerra.


Solo en una de las oportunidades que me encontraba en Lobito coincidieron dos barcos pesqueros, es muy probable que evitara esos encuentros siempre conflictivos. Recuerdo haber visto a tripulantes de una de aquellas naves cruzar a la otra con su maleta, eran hombres a los que no les llegara el relevo después de faenar en altamar durante un periodo de seis meses. No es fácil continuar otro medio año en las duras condiciones de ellos y decidieron abandonar sus naves sin importarles el precio a pagar. Luego permanecerían en aquel buque hasta su salida, imagino que los mandaran más tarde para Luanda con destino a La Habana en carácter de sancionados. Entre aquellos hombres declarados en rebeldía encontré a un viejo compañero de la Beneficencia, Octavio era un negro bajo de estatura y muy fuerte, no había cambiado ese estilo particular de los benéficos en su hablar.


Una parte de las tripulaciones estaban compuestas por individuos a los que sin temor a equivocarte podías señalar como bandoleros de nuestros barrios y razones existían para que las selecciones en la Flota no fueran tan estrictas como en la mercante. Si no pescaban ellos, ¿quién coño lo haría? Había que estar medio loco para elegir esa vida, espero no se ofendan los pescadores que me leen, pero saben muy bien que no exagero o miento. En una de mis frecuentes visitas a esos buques, Lazarito se fue a compartir con algún conocido y yo me mantuve en el camarote de ex subordinados de mi hermano. Abrieron una botella de ron cubano y la compartieron conmigo como si se tratara de un viejo amigo, porque así eran casi todos ellos de desinteresados y sociables. Seríamos cuatro personas acomodadas en aquel reducido camarote, cuando uno de ellos le puso el seguro a la puerta y encendió un pitillo de mariguana que fue pasando de labios en labios, como hacen en las películas. Aquel taladro llegó a mis manos en una franca invitación a convertirme en cómplice de la aventura o como una prueba de hombría. Le di una patadita y lo dejé continuar el recorrido, no sentí efecto alguno y me molestaba su repugnante y nauseabundo olor. Dicen que hay que saber fumarla, aspirar profundo y mantener el humo durante unos segundos en los pulmones, yo no lo hice. Ante sus ojos había vencido mi prueba de “hombría” y era de confiar. Creo haya sido la única vez que he tenido uno de esos cigarrillos en mis labios. Si puedo asegurar que me sentí muy sorprendido al descubrir aquel secreto, imaginé que ese vicio había sido erradicado de la isla como decían sus propagandas. Nunca coincidimos con los buques frigoríficos de la flota, ellos se dirigían a las zonas de pesca para recoger en sus neveras las capturas, avituallaban a las naves, les llevaban correspondencia y los relevos de tripulaciones, después se dirigían a la base que tenían en Las Palmas de Gran Canarias.


Uno de aquellos días tan aburridos como los demás, el Capitán Calero me ordena subir el bote salvavidas, la escala real que estaba arriada y velar porque ningún puntal sobrepasara los límites del casco. Me dijo que esperaban por uno de los buques de la Flota que se abarloaría a nosotros para dejar a un enfermo y partirían en el menor tiempo posible. Así ocurrió, solo que la camilla donde bajaron al supuesto enfermo iba totalmente cubierta, no cabían dudas que se trataba de un cadáver. La maniobra se realizó en total silencio, nunca había observado tanta seriedad o solemnidad en un colectivo de pescadores distinguidos por el escándalo, las bromas, la palabra soez, las burlas y cuanta arma utilizaban para manifestar su alegría. A la mañana siguiente se largaron sus cabos y los vi partir con el mismo silencio que llegaron, solo se escuchó una larga pitada que pudo ser la despedida de su tripulación al marino muerto.



Motonave "N'Gola", buque insignia de la marina mercante de Angola.

-Hace falta que asistan al funeral del marino de la pesca. Nos ordenó Calero aquella tarde, no hubo necesidad de repetir una sola palabra, Lazarito y yo nos encontrábamos a la misma distancia y el Capitán poseía una potente voz.


-¡Coño, Master! ¿A un velorio? Para esas cosas estamos nosotros. Protestó Lazarito y yo elegí mantenerme en silencio, pero interiormente no aceptaba la tarea que nos encomendaba.


-Hay que ser humano, el muchacho no tiene parientes ni dolientes en este país. Explicó a modo de réplica ante la inconformidad de mi amigo.


-Master, ¿se puede saber las causas de su muerte? Le pregunté sin afirmarle si asistiría al funeral.


-Dicen que estaban faenando en medio de un mal tiempo que provocaba muchos bandazos al buque y que, en una de esas inclinaciones violentas, un gancho de carga le golpeó la cabeza fracturándole el cráneo.


-¡Coño, que muerte más mierda! Mira que venir a llevárselo de esa manera, ¿era joven?


-Unos veintitantos que no recuerdo, muy joven.


-No hay lio, hoy pasaremos por su funeral. ¿Dónde se realizará? La respuesta corrió a cargo del jefe de la supuesta base, él nos indicó con lujos de detalles cómo llegar hasta el salón donde seria expuesto su cadáver.


-¡De pinga, Lazarito! Mira que morir de esa manera, eso pasa por no comprarles cascos de protección, me la corto de que andan sin cascos. No fue hasta un tiempo después que el uso de cascos y orejeras fuera de carácter obligatorio en las marinas cubanas. Fue necesario de que decenas de maquinistas y engrasadores sufrieran hipoacusia para detectar ese mal que tanto nos afectara. La solución al daño causado a nuestros hombres lo solucionaron removiéndolos de sus cargos hacia los departamentos de cubierta y cámara sin ningún tipo de indemnización. Precisamente el Jefe de Máquinas de nuestro buque en esos instantes, Carlos Mendoza, fue uno de aquellos perjudicados y sus últimos años de vida útil en la marina los gastó como “Contramaestre”. Pero, bueno, no vale la pena profundizar en este tema que fuera aceptado con toda la pasividad que existe en el mundo por parte de los afectados, entre ellos, él.


Media cuadra antes de llegar al local del supuesto funeral, nos cruzamos con Collazo acompañado de dos militantes más. Por ironías o burlas del destino, Collazo fallecería dos o tres semanas más tarde por dos balazos que le propinara el Segundo Maquinista de apellido Freixas. Ya escribí sobre ese acontecimiento, sin embargo, me veo obligado a repetirlo, porque el difunto secretario del partido tenía a un hijo como médico en Luanda y lo evacuó hacia la isla con un suero puesto cuando ya era cadáver.


A la derecha mi amigo Lazarito.

Era un saloncito algo oscuro y de una tristeza infernal, como si tuviera conciencia del papel o trabajo que estaba desempeñando en ese instante. Carecía de asientos como cualquier salón dispuesto para acoger a los dolientes y tenía razón, allí no había nadie que fuera a expresar dolor por la muerte de un desconocido. El único presente era el jefe de la base pesquera y nos recibió con un apretón de manos. No recuerdo haber observado corona de flores algunas, ni una sola flor, solo el féretro divorciado del mundo, avergonzado tal vez por su miserable función. Nos acercamos al cadáver, se trataba de un negro muy joven y fuerte con una venda cubriendo parte de su cabeza, quizás la que recibió el impacto de aquel mortífero gancho. Daba la impresión de encontrarse vivo y sin comprender su situación, como preguntándonos la razón por la que estuviera dentro de aquella horrible caja en un salón iluminado por dos tristes y débiles bombillos.


-¿Cuándo lo transportan para Cuba? Fue la pregunta que se me ocurrió, no encontré otra que le demostrara al negro estar rodeado de seres vivos.


-No hay traslado para la isla, será sepultado mañana en el cementerio de Catumbela.


-¿Y eso por qué? Debe resultar caro su traslado, pero es en la isla donde se encuentra su familia y solo ellos tienen el derecho a llorarlo.


-¿No te has enterado? Preguntó el jefe de la base mirándome fijo a los ojos y muy serio.


-¿Enterado de que? Pregunté algo sorprendido mientras Lazarito guardaba silencio.


-De la orden del Comandante.


-¿Cuál orden, men?


-Que todo el que muriera en Angola debía ser sepultado aquí hasta que se lograra la independencia de Namibia y se retiraran nuestras tropas.


-¡No jodas! Eso es una mariconá.


-Amárrate la lengua y piensa bien lo que vas a manifestar antes de abrir la boca. Mas que un consejo, me llegó al oído como una amenaza, solo que estaba en una situación donde se me había descompuesto la marcha atrás.


-Me importa un pito, solo nos encontramos en este salón el difunto y nosotros tres. Vuelvo a repetirlo, es una reverenda mariconada y me importan tres cojones si es una orden del Comandante. Esa orden debe ser de exclusiva aplicación a los soldados y ese negro es un humilde pescador que no murió en este país.


-Yo sé que ninguna palabra logrará convencerte y considero que en parte tienes razón, pero no abuses de ella en estos tiempos que corren.


-¡Qué pena! Mañana el negro se convertirá en un numerito.


-¿A qué te refieres?


-A la triste realidad que el destino le ha dado como premio. No creo que seas tan ingenuo y no comprendas. Mañana su tumba tendrá una cruz de palo con una tablilla donde aparecerá escrito un numerito. Si no sabes de lo que hablo, date un paseíto por los cementerios de Catumbela, Benguela o varios de ellos en Luanda. Se te cansará la vista de contar cientos de crucecitas como las que acabo de mencionarte.


-Yo las he visto también…


-Lazarito, vámonos pa'la pinga, pobre negro, pobre familia. Allí dejamos solo al jefe de la base, posiblemente nadie más acudiera a despedir a un ser anónimo que alimentó gusanos en una tierra que no era la suya. A saber si aquellos huesos entregados a su familia se correspondían con los del negro. Fueron necesarios el transcurso de muchos años para que su gente pudiera finalmente llorarlo y enterrarlo en la tierra que le regalara la vida.


Leandro el contramaestre, yo y el camarotero Jose Matuteo en el buque "N'Gola"

-¡Asere, aguanta el pico! Recuerda que estamos en Angola y los problemas te pueden caer de gratis. Aquel consejo me llegaba de un amigo que unos tres años más tarde encontrara la muerte en Miami. Lazarito salió de Cuba cuando el éxodo del Mariel y una vez del otro lado del charco se vinculó a la droga, eso fue lo que me contaron, que ironía.


-Lazarito, tú has visto las mismas cosas que yo y desafortunadamente, hay instantes en los que resulta imposible olvidarse que somos hombres.






Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2018-03-03





xxxxxxxxxxxx

jueves, 1 de marzo de 2018

COMO CANIBALES


COMO CANIBALES


Motonave "Pino del Agua" II, modelo Cartago.



El protocolo para comprar un barco debe ser riguroso y extenso, no es lo mismo adquirir un auto que una nave mercante cualquiera. El precio de un automóvil es insignificante si lo comparamos con los millones que cuesta un barco y la autorización para realizar esa inversión debe estar en manos de un ministro cuando menos.

Debe suponerse que este personaje con poderes extraordinarios se asesore con un equipo de “inteligentes”. Viajes van y vienen atravesando el océano, hoteles, dietas envidiables, cenas cargadas a gastos de representación, discusión de porcentajes a recibir por las firmas, etc., etc. Después de concluidas todas las discusiones con ventajas para los negociantes de ambas partes, un supervisor se instalará en la ciudad donde radica el dique de construcción desde el mismo instante que se coloca la quilla del buque sobre los “santos”. Al menos, así sucedió durante mucho tiempo y no existió caso en el cual esos embajadores del “Armador” o del “Ministro”, no regresara forrado de billetes a la isla. No dudo hayan existido casos excepcionales de personas honradas que no participaran en esas operaciones casi siempre marcadas por algún fraude, pudo ser.


El trabajo de ese individuo pudo muy bien descansar en la figura de algún Capitán o Jefe de Máquinas destacado en la flota. Una vez con el buque en fase de terminación, era enviado el Capitán que comandaría la nave, su Jefe de Maquinas y uno que otro cargo importante. Un tiempo posterior y semanas antes de la entrega y para la realización de un viaje de pruebas, ya la totalidad de la tripulación se encontraba a bordo.

Como podemos observar, el proceso de supervisión de esa construcción fue larga y hubo suficiente tiempo para detectar cualquier fallo o anormalidad de acuerdo con el cargo que se ocuparía. ¿Cómo es posible entonces manifestar poco tiempo después que el barco era malo? No quisiera abordar en el tema lo correspondiente a sus máquinas, no fue esa mi especialidad y solo incurriría en especulaciones. Vale destacar que cualquier deficiencia o anormalidad en los equipos, pudo detectarse y corregirse durante el año anterior a la reparación de “garantía” para de esa forma realizar las correspondientes reclamaciones a los constructores. ¡Ohhh! Vencido ese tiempo no se detectó absolutamente nada y una vez concluida esa reparación, el armador asumiría los gastos en las reparaciones de estos. ¡Vamos! No estoy lanzando piedras al azar, yo tuve la oportunidad de participar en una de esas reparaciones y las reclamaciones por defectos detectados fueron numerosas pero corregidas. 


Resultaba más fácil culpar al buque, como sucedió con los “San Mamés” y los modelos “Cartagos”. Culpándolos a ellos, imposibilitados de defenderse, se ocultaban millones de negligencias cometidas por nuestra gente. Lo repito, no incurro en los problemas presentados en el departamento de máquinas, pero si respondo en lo concerniente al departamento de cubierta. 

Los mayores problemas producidos en los “San Mamés” por la parte de cubierta, se encontraron siempre en las grúas de carga y el sistema de aperturas de las escotillas. En ambos casos casi siempre se producían por reventar las mangueras del sistema hidráulico, tanto en las grúas como en las escotillas. Aquello fue una locura, nadie puede imaginar las horas de interrupciones en sus operaciones de carga-descarga por esos motivos. ¿Qué esperábamos, señores? Era lógico que así sucediera, se compraban los barcos y no se adquirían piezas de repuestos. Sintetizando, hubo momentos en los que debíamos retirar esas mangueras de una bodega para poder operar otra, puro canibalismo al que ya estábamos acostumbrados porque se experimentó su aplicación desde la década de los setenta.


Luego, no podrán imaginar los dolores de cabezas producidos en los cables de izaje de la carga (amantes), se descolchaban o enredaban, impidiendo durante horas las operaciones que estaban realizando y con pérdidas indiscutibles para el armador del buque. Solo fue necesario estudiar los planos de esas grúas, horas buscando donde radicaban las razones que produjeran esas averías costosas, porque pocos pueden imaginar el precio de cada uno de esos cables especiales. ¡Señores! Fue algo muy sencillo que no supieron detectar los supervisores y luego la oficialidad que recibió al buque en el astillero. Las grúas habían sido guarnidas con un cable de colchado contrario al recomendado por el fabricante. ¿Tiene la culpa el barco? ¿Puede afirmarse que el barco era malo? ¡Absolutamente ni lo uno u otro! La culpa ha sido de los hombres en la mayor parte de esos casos, quizás pensó que las mangueras eran de vida eterna y desestimó los daños que les provocaban ese contacto directo con el agua de mar, salitre y humedad. ¿La orden? Canibalear, no quedaba de otras.



Motonave "Bahía de Cienfuegos", modelo San Mamés

Ese canibaleo no pertenece a la década de los ochenta y menos al “periodo especial”, vino practicándose desde que me hice marino y luego tuvo aplicación en todas las esferas de la economía nacional. Guaguas, camiones, autos, grúas, trenes y hasta aviones, se vieron afectados por esa practica irracional. Bueno, solo en Cuba es posible ser ministro de transporte teniendo como curriculum el haber sido criador de gallos finos y caballos, tal es el caso de Guillermo García. No debo esforzarme mucho para traer ejemplos de lo que menciono. Encontrándome de timonel en el buque “Jiguaní” y estando fondeados en el puerto de Nuevitas (año 1971), llegó hasta el buque una pequeña brigada para extraerle el motor al molinete, es el aparato que leva el ancla. No se molestaron en atracar al buque, era demasiada urgencia la extracción de ese motor para instalarlo en un buque gemelo que se encontraba de salida en La Habana. No recuerdo el tiempo de espera para recibir otro motor y proceder al atraque del barco para su descarga. Estando de Primer Oficial en el buque “Moncada”, cada vez que había un paro por cambio de turno de los estibadores, el electricista debía cambiar los contactores de las maquinillas de carga de una bodega hacia otra para continuar las operaciones. ¿Era culpa del barco? ¿Eran malos los buques modelos SD-14? Por supuesto que no, la culpa era del hombre y no precisamente de quienes los operábamos.

Barcos malos y buenos han existido en todos los tiempos, unos mas que otros y las causas para recibir esas calificaciones nunca son comunes. En la década de los setenta las naves recibían las atenciones que exigían y sus reparaciones eran realizadas en los tiempos programados o exigidos por los constructores. Solo que esos “privilegios” fueron desapareciendo con los años y por mucho empeño que pusieran sus tripulaciones para mantenerlos en optimas condiciones, hay situaciones que escapan a la voluntad de sus marineros.

Supongamos que como quisieron hacernos creer, esos barcos fueron tan malos como se repetían en pasillos. Cómo explicarían ahora esos obispos y cardenales que practicaban la antropofagia con el acero, que todas esas naves, San Mamés y Cartagos, continuaron prestando servicios por más de diez años, una vez que pasaron a manos de otras compañías navieras. Vuelvo con la pregunta; ¿Eran tan malos aquellos barcos o los malos fuimos nosotros? Yo no creo que los nuevos armadores fueran idiotas e invirtieran en algo que solo les produciría perdidas. Lo cierto es que, si nos dedicamos a investigar sobre la vida útil de aquellos buques “malos”, descubriremos que continuaron rompiendo olas con sus proas por más de una década.

Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá
2018-03-01


xxxxxxxxxx