sábado, 30 de noviembre de 2024

MIGUEL RAMOS BRINGUEZ IN MEMORIAM . (ALIAS “EL GUAJIRITO”, ALIAS “PACHIRO”)

MIGUEL RAMOS BRINGUEZ IN MEMORIAM

.

(ALIAS “EL GUAJIRITO”, ALIAS “PACHIRO”)


Motonave "Habana", escenario de esta historia.


 

Hace solo dos días intercambié unos mensajes con el cuñado de Pachiro, aquel guajirito pañolero del buque “Habana” quien un día se desprendió de los arneses con las que dominara a las bestias allá en su lejano Bayamo y las sustituyera por las jarcias de un barco, esta vez sin poder dominarlos. Recuerdo que en mi búsqueda de los buenos amigos, yo le envié una nota a su cuñado por el Messenger el 10 de Dic. del 2018 y me respondió el 02 de Abril del 2019. Luego continuó una pausa algo prolongada por culpa mía, soy algo abandonado para revisar el Messenger y no vi que Ricardo, el cuñado de Pachiro, me había contestado.

 

Hace dos días que me volvió a escribir y esta vez no lo dejé escapar, le pregunté por parte de su familia y de paso le dije que yo lo había cargado cuando era un bebé. Me dijo que su padre había fallecido en el 2020 y no quise entrar en detalles, yo lo conocía muy bien porque navegamos en dos buques diferentes. Me alegró el día saber que su mamá se encontraba viva con 92 años, solo que algo alejada del mundo lúcido en el que nos movemos. Agregó que vivía con él y ese dato me sirvió para valorar que estaba tratando con un buen hijo. Ya corren tiempos modernos donde el arraigo familiar se ha destruido mucho y el peso de los abuelos o padres resulta a veces insoportable y todos conocemos el doloroso final de esta triste obra teatral. En Cuba las condiciones aceleran ese deseo por poner el punto final y se impone el olvido como nueva disciplina donde antes existió la unión familiar, el respeto o agradecimiento por nuestros antecesores y ese amor profundo de los hijos y nietos. A veces se exige de cierto esfuerzo por comprender que allí no hay vida y que aquella ópera triste no es mas que una lucha por la supervivencia. Debes elegir entre dos opciones, sobrevive tu descendencia o elijes a tus padres o abuelos. Con dolor debes aceptar que los viejos han vivido algo y no te detienes a averiguar si fue una existencia feliz o colmada de sufrimientos.

 

Con pocas líneas responde a mi pregunta sobre la vida de aquel guajirito amigo de la juventud y me dice que falleció en el 2015 en condiciones muy tristes, tanto, que me partieron el alma.

 

-¿Qué es de la vida de tu hermana? Esta vez le pregunté por la esposa de Pachiro, quien fuera gran amiga mía y de quien sería la madre de mis hijos.

 

-Ella esta viviendo en Estados Unidos, allá vive también el hijo que tuvo con Pachiro. ¡Llámala sin problemas! Estoy en la calle y las conexiones en este pais son muy malas, conversaremos en otra oportunidad. Me despedí de aquel niño al que cargara en Santos Suárez hacía más de 50 años.

 

Esa misma tarde recibí una nota del hijo de Pachiro, deduzco que Ricardito, su cuñado, se encargara lo escribirle y ponerlo al corriente de mi existencia. Así mismo fue y opté por llamarlo, más tarde lo haría con su madre. Con Miguelito, que así se llama el hijo de Pachiro a quien también cargué cuando era un bebé, me sentí muy cómodo al hablar. No sé, le encontré mucho parecido al carácter de su padre, era muy sencillo. Con el obtuve más información sobre el triste final de su padre durante la larga conversación sostenida, como se encontraba conduciendo en horario pico, dejamos inconclusa la conversación y llamé a su mamá. Ella se encontraba trabajando y acordamos conversar al día siguiente, ayer sábado. Creo haya recibido uno de esos momentos muy felices de este año que casi culmina. Habían transcurrido unos 50 años desde nuestra última conversación y la mitad de nuestra conferencia transcurrió entre aquellas carcajadas que compartimos cuando éramos unos muchachos. Verania tiene 71 años y yo cuento con 75, ellos se habían mudado de Santos Suarez y yo no dejé de navegar hasta el viaje de mi deserción en 1991. No coincidí con ellos y otros grandes amigos de mis inicios en esta vida de marino colmada de aventuras. Algo les dije antes de colgar el teléfono, necesito que me envíen alguna foto de Pachiro. Yo tengo un blog con una parte de la historia de nuestras flotas y siempre que se marcha algún marino les rendimos un pequeño homenaje. Yo no quiero que “El Guajirito” sea olvidado, no se lo merece y aunque lo menciono en algunos trabajos míos, quiero regalarle este homenaje que les menciono.

 

IN MEMORIAM


Miguelito a la derecha en faenas de engrase de un cable que por su grosor puede tratarse de un cable de remolque. Posiblemente en su etapa de Pañolero o Contramaestre.


 

El guajirito y yo nos conocimos en la motonave “Habana” en una época donde no existía a bordo la televisión, se asignaba a cada buque unas cuatro películas de celuloide casi siempre quemada en algunas de sus partes por aquellos terribles proyectores rusos que producían más ruido que el molinete cuando fondeaban el ancla. En el saloncito de tripulantes contábamos con un radiecito que poseía “onda corta”, pero eran tan cortas las ondas que alejados un día de la tierra más cercana nos aislábamos del mundo. Teníamos muy pocas opciones de entretenimiento y el preferido de la tripulación era las tertulias que se formaban a popa de la cocina. Este improvisado teatro solo funcionaba cuando la marejada o las temperaturas lo permitían y su director general era el electricista Murillo. Para participar en cualquiera de sus funciones había que ser bien valiente y bueno en la exposición de cuentos humorísticos. El Guajirito era valiente, pero no era bueno haciendo cuentos y solo recuerdo que en cada viaje o bebedera trataba de espantarnos los únicos dos que mantenía grabados en su repertorio. Uno de ellos era el de Manuelita -que él en su condición de guajirito oriental- no tenía que esforzarse mucho para imitar a un mejicano. Una de sus partes decía más o menos así:

-Patrón, vengo a pedirle la mano de Manuelita.

-¿Cuánto ganas, Pedrito?

-Pos, Patrón, yo gano $100 pesos al mes.

-Pos, Pedrito, eso no le alcanza a Manuelita para comprar papel sanitario. Pedrito se retiraba bien frustrado y buscaba un empleo donde ganara un poco más y regresó a las dos semanas con la misma respuesta de su Patrón y así, despues de lograr otros empleos con más entradas, Pedrito volvía a su encuentro con el padre de Manuelita obteniendo las mismas respuestas. Así se cansó de insistir y no regresó a verla. Un día se cruzaron por la calle y Manuelita lo saludó con el mismo amor de siempre.

-¡Adiós, Pedrito!

-¡Adiós, cagona! Le respondió Pedrito no recuerdo cuantas veces mientras navegamos juntos.

 

Inmediatamente trataba de continuar con aquel cuento de su amigo que llevaba 30 años de marinero y caminaba dando bandazos. Mientras otro le decía que tenía un amigo que llevaba 30 años de casado y caminaba, así como ustedes se imaginan, pero nunca lo dejaban llegar hasta el final. Cuando se trataba de historias reales contadas entre tragos, Miguelito repetía sin cansancio aquella que ya he contado varias veces cuando lo menciono. Muy serio nos decía que había llegado a La Habana en una caravana de jinetes imitando a los mambises y que una vez desfilado frente al monumento de Jose Martí en la plaza cívica, se bajó del caballo y le dio un planazo con su machete. Imagino las penurias que debió haber pasado en esa aventura, luego repetida por miles de orientales en sus invasiones a occidente.

 

Durante nuestras salidas en cualquier puerto cubano el Guajirito se iba en blanco, no ligaba nada, ni a una mosca. Es que tenía poca labia y era muy parco al hablar, no convencía a ninguna muchacha y regresaba al buque algo frustrado. Es de suponer que la gente al darse cuenta se burlara de él en medio de las bromas; Que, si no se le paraba. Que, si la tenía muy chiquita, etc. Luego lo dejaban respirar hasta la próxima aventura.

 

Ya conté por otro lado y lo repito porque sé que muchos no lo han leído. En uno de los viajes a La Coruña o Santander, Miguelito y yo fuimos a comprarnos zapatos y qué les cuento. Una vez en el barco y después de la maniobra de salida, Miguelito descubre que le habían vendido dos zapatos del mismo pie. Para calmarlo y en jodedera le dije que se cortara un pie, no imaginan su encabronamiento. Luego le dije que guardara la factura por si acaso esa tienda tenía sucursales en otros puertos españoles y tuvo la suerte de que así fuera, se los cambiaron.

Miguelito de joven en su etapa de "Guajiro Natural", fotos cortesía de su hijo Miguel Ramos.

Creo que Miguelito haya sido uno de los hombres mas nobles que he conocido en mi vida. Noble, pero no pendejo como pudieran interpretar algunos tontos. Ya conté de aquella vez que pasamos mucho trabajo para disuadirlo de los propósitos perseguidos una vez que lo encontramos bien enojado en el portalón del buque “Habana”. El Guajirito estaba con un tubo en la mano esperando al Primer Oficial “El Gallego” Meléndez y no precisamente para que le diera clases de plomería.

 

Nuestras relaciones amistosas fueron excelentes y llegue a conocer a una buena parte de su familia, varios de los cuales lograron emigrar a Corralillo, un sitio cercano al pueblo de Bauta. En esos escapes por Santiago de Cuba también me presento a varios parientes suyos con los cuales pude compartir en mis arribadas a ese puerto durante muchos años. Una vez que deje el buque “Habana” para enrolarme en el “Jiguani”, no volvimos a encontrarnos durante el resto de mis años como marino y solo tenia noticias de el por medio de amigos comunes. Tampoco volví a encontrar tripulaciones como aquella, luego destruida con la presencia del despreciable Roberto Arche Flores, creo que ya le he dedicado varias páginas.

 

Me contaron su cuñado, hijo y quien fuera su esposa que, Miguelito había muerto en unas condiciones muy penosas, luego de dos isquemias cerebrales, además de los padecimientos propios de la enfermedad, Miguelito perdió la memoria, anduvo en estado calamitoso, muy pobre, sucio y abandonado. Para esas fechas su hijo junto a su madre se había mudado a Bayamo. Mientras me narraban todas las calamidades vividas por aquel excelente amigo y ser humano, el alma se me iba consumiendo de tristeza. En el año 2015 y sin precisar la fecha exacta, partió envuelto en sus miserias aquel amigo que compartiera conmigo sus ropas, su alegría y una amistad que solo he conocido en pocas personas.

 

Le prometí a ellos que escribiría unas líneas que sirvieran de homenaje a este gran hombre y de paso, sacarlo para siempre de ese olvido inmerecido con el que han condenado a tantos de los nuestros.

 

Lo veo pasar a mi lado y lo saludo con todo el cariño del mundo:

-¡Adiós, Guajirito!

-¡Adiós, cagón! No cambia, anda despistado como siempre.


Miguelito es el segundo de izquierda a derecha, foto de parte de los integrantes del buque South Islands cuando fueron a buscarlo junto al Capitán Osvaldo Blanco.



Boda de Pachiro con su primera esposa Verania Ramos Ortiz, puede observarse en el extremo izquierdo de la foto a Ricardo Puig Alcalde cuando era el Tercer Oficial del buque "Habana" donde Pachiro era su Pañolero.




 

 

 

Esteban Casañas Lostal.

Montreal..Canadá

2024-11-30

 

 

xxxxxxxxxx


domingo, 17 de noviembre de 2024

NUNCA MIRES HACIA ATRÁS.

NUNCA MIRES HACIA ATRÁS.




 

La primera pitada producida en el eje del canal de salida de aquella bahía, se recuerda como aquella primera sensación que sientes cuando pruebas el gusto de otros labios, es tu primer beso también. Junto al malecón habanero se encontrarán sentadas algunas parejas prometiéndose algo. Unos metros separados de ellas, un trasnochado pescador que vara en mano rogaba por la picada de algún bicho que sirviera para calentar el sartén de su casa. Continuarán por el mismo muro, sentados quizás en orden alfabético, tal vez por su estatura o color de su piel, decenas o cientos de infelices tratando de atrapar la brisa marina a deshora para aliviar la angustia que produce un bochornoso calor de verano.

 

Escucharás una pitada larga que te eriza hasta los pelos del culo, te provoca el primer orgasmo, esa es la primera que te vienes o te orinas en medio del nerviosismo que experimentas. Viajas en medio de un canal prohibido para los demás, eres un afortunado o premiado por esa lotería que es la vida en sí. Tus ojos devoran ese panorama que se presenta a espaldas de ellos, formando de paso parte de su escenografía. Es la primera vez que lo disfrutas y no sabes si la experiencia pueda repetirse, esa tierra cambia de opinión constantemente y nunca estarás seguro.

 

Hermosa, bella, majestuosa, descomunal, bohemia, romántica, poética, hija de puta que se oculta a nuestras miradas, escurridiza, traicionera, hipócrita, elegante, zalamera, coqueta, prostituta que le abre las piernas a cualquier cabrón. Todos los epítetos que pasen por la mente son acertados, esa es La Habana que disfrutas a pocos cables de distancia, los suficientes para ser condenado como desertor o que pese sobre tu alma una acusación de “intento de salida ilegal”. Solo unos pocos estábamos autorizados a mirarla así, con esa vista lasciva y maliciosa, solo unos cuantos podían penetrar los ojos entre sus piernas para descifrar su clítoris. La mirada es distinta cuando te sientas en el malecón, sueñas descubrir algún día lo que existe más allá del horizonte prohibido y le das la espalda a tu tierra.

 

Si un día logras escapar de su hechizo, no mires hacia atrás, corres el riesgo de que pueda cautivarte nuevamente y te atrape. No olvides que ella es muy traicionera y una vez tu alma entre sus garras, te irá devorando como la mas despiadada prostituta que te sabe carente de amor o valor para resistirse. Si un día cedieras, volverás a perder la vista y el olfato, regresarás a vivir entre la mierda como les ha sucedido a muchos imbéciles. La Patria no es el Sinsonte ni el Colibrí, mucho menos el Tocororo que pocos han visto. La Patria con la que tratan de endulzarte no es la Palma Real ni la Mariposa, tampoco es el Himno Nacional, el Escudo o la Bandera, esas son las Patrias de los pícaros o patrioteros. La Patria eres tú, la que alimenta a tus hijos y no necesita mendigar para vivir. Si algún día logras escapar de esa trampa no mires hacia atrás como otros idiotas.

 

.

 

Esteban Casañas Lostal

Montreal..Canadá

2024-11-17

 

.

 

xxxxxxxx


lunes, 9 de septiembre de 2024

APRIETA EL CULO Y DALE A LOS PEDALES


APRIETA EL CULO Y DALE A LOS PEDALES








-¿Te enteraste que hay un marino preso en la cárcel de máxima seguridad situada en la calle Saint Jacques? Me disparó sin dar tiempo a quitarme el abrigo, el frío reinante era polar, se mantenía durante días por debajo de los treinta grados centígrados sin darnos esperanzas de alivio. Cuando el viento soplaba no sabías donde meterte en lo que esperabas el autobús, rachas de cincuenta bajo cero obligaban a esconder toda la cara y dejar solamente los ojos a merced de aquellas temperaturas. Su apartamento se encontraba a varias cuadras de la parada del metro y yo lo frecuentaba dos o tres veces a la semana. Siempre iba cargado con algo de comida y dinero para pagar entre otras cosas las llamadas que hacían los recién llegados para decirle a su familia que se encontraban bien. Les advertíamos que solo podían hablar tres minutos, pero siempre fue imposible cumplir esa norma. Orlando “El Viejo”, como era conocido por todos, era uno de aquellos buenos samaritanos que ofrecía su apartamento para recibir a marinos desertores. Fue enfermero de la Flota Cubana de Pesca, un tipo muy original, algo alocado, simpático y muy buen bailador. Estoy convencido de que son muy pocos, escasos, los que hoy levantan el teléfono para preguntarle cómo se encuentra.


-¿Un marino preso? ¡Hummm! Está muy raro eso, es el primer caso del que tengo noticias hayan detenido y mira que somos bastante. Le respondí mientras entraba al baño para orinar, tenía el rostro bien rojo, la gente en Cuba pensaban que era por la buena alimentación cuando observaban fotos de estos blancos rojizos. No podían imaginar que era debido al frío, la comida era una obsesión que limitaba cualquier otra interpretación.


-¿Qué te parece si vamos a verlo? Me preguntó en el comedor mientras preparaba un poco de café.



-¡Hoy, no! Ya me he soplado un frío del coño de su madre para llegar hasta aquí. ¿Te hace falta algo? ¿Ya la gente fue a consultar con algún agente que atienda sus casos? Los recién llegados permanecían en silencio y solo se limitaban al intercambio de palabras producido entre nosotros, estaban francamente asustados y yo los comprendía.


-Estamos algo flojos de jama y el Puri cayó con gripe, no tengo nada para darle, solo limonadas calientes.


-No te preocupes, dentro de un rato vamos hasta el mercado por alguna facturita y de paso compramos algo para la gripe. No lo hacía con mi dinero, hacía algo de tiempo que había perdido el trabajo. Muchos lugares cerraban las puertas en invierno y te mandaban al paro, por fortuna no quedabas desamparado. Disponía sin embargo de una pequeña cantidad, era el aporte de los miembros de la organización “Hermanos del Mar”. Nos agrupamos con la finalidad de ayudar a esos antiguos compañeros nuestros y aportábamos cinco dólares mensuales. No era tanto, diría que insuficiente, pero un granito de arena muy importante en aquellos tiempos y aliviaba un poco la situación. Durante el trayecto hacia el mercado acordamos ir a visitar a ese marino que se encontraba preso, no teníamos su nombre u otra información que nos ayudara. La prisión se encontraba algo apartada, aún así, decidimos asistirlo.


-No es fácil llegar a un país donde no conoces a nadie y que te metan en el tanque. ¡El pobre, vamos a tirarle un cabo! 


Esa mañana nos encontramos en la estación de Metro “Frontenac”, era la más próxima a su casa. Orlando era un tipo estrafalario a la hora de vestirse y en invierno se extremaba, sacaba de sus baúles todos esos trapos ya pasados de moda y que usaran quién sabe cuántos muertos de esta ciudad. Parecía un verdadero payaso, chorizo, pingüino, cualquier cosa menos un ser humano. Todo se le perdonaba por aquel carácter tan agradable que poseía y esa alma de ángel guardián con la que enfrentaba la vida, era muy querido por todos. La temperatura neta para esa mañana era de treinta y seis grados Celsius bajo cero, con el factor viento andaba muy cerca de los cincuenta.


Después del Metro tomamos un autobús y le pedimos al chofer que nos avisara en la parada de la prisión, antes de descender nos enroscamos la bufanda alrededor del rostro. A solo pocos metros de estar caminando, el vapor de nuestras respiraciones formó una capa de hielo sobre ella. Un cartel anunciaba la existencia de ese centro penitenciario y nos dirigimos hacia su puerta, tocamos el timbre y luego de varios segundos escuchamos una voz en francés por un pequeño intercomunicador.


-Sí, buenos días. Le respondí en su lengua. -¡Mire! El asunto es que deseamos visitar a un marino cubano que se encuentra detenido aquí.


-Lo lamento, hoy no es día de visitas.


-¿Y cuando hay visitas?


-Deben regresar mañana después de las dos de la tarde. No recuerdo exactamente el horario, sí que nuestro regreso se produjo en horas de la tarde porque al salir ya era de noche y en invierno oscurece a las cuatro de la tarde.


Toqué el timbre nuevamente, esta vez más confiado, solo que ese día se demoraron algo en responder y el frío pelaba. Orlando se mantenía callado, no hablaba nada de francés y menos aún inglés.


-Sí, buenas tardes, el asunto es que deseamos visitar a un cubano que se encuentra detenido en este centro. Le dije a esa voz que salía por una bocinita.


-¿Cómo se llama?


-Realmente no tengo idea.


-El problema es que hay dos cubanos detenidos en estos momentos.


-Entonces deseamos verlos a los dos.


-No se permite visitar a dos reclusos al mismo tiempo.


-Bueno, yo visitaré a uno y mi amigo lo hará con el otro. Se escuchó el sonido de una chicharra y la puerta se abrió. Nos esperaba una mujer vestida de policía que nos condujo por un pasillo hasta lo que sería la oficina de recepción, allí nos pidieron que sacáramos todo el contenido de los bolsillos y lo depositáramos en una pequeña bandeja plástica. Luego, nos pasó un detector de metales por todo el cuerpo y cuando la pesquisa hubo concluido, nos llenaron un formulario con todos los santos y señas, donde por supuesto, se incluía el número de seguro social, dirección, teléfono y razones de la visita. Afortunadamente yo había registrado la organización “Hermanos del Mar” en el Palacio de Justicia y nuestra historia fue aceptada, solo nos motivaba los deseos de ayudar a esos cubanos en desgracia.


El salón de las visitas se encontraba en otro piso y fuimos conducidos por otro agente. El saloncito estaba bastante limpio y el ambiente resultaba familiar. Detrás de unos cristales, se podía observar a uno de los guardias controlando diferentes áreas de la prisión por medio de pantallas. Un poco más allá, los reos jugaban ping pong o simplemente veían la televisión. Escuchamos cuando mencionaron dos nombres con apellidos en español muy mal pronunciados, minutos después aparecían por la puerta del saloncito. Uno de los cubanos era blanco y el otro negro, el blanco era bien flaco y tenía algunas caries, se estaba riendo y las mostraba sin complejos, se estuvo riendo durante esa y las posteriores visitas. El negro era bastante oscuro y bien fornido, su dentadura era excelentemente pareja y blanca. Su rostro me resultaba demasiado familiar, había sido alumno mío en la Academia Naval del Mariel. Uno y otro se sentaron en diferentes mesas, el blanquito en la de Orlando “El Viejo” y el negro conmigo. Aunque nos mantuvieran separados nada podía impedir una conversación entre los cuatro, por lo que las reglas establecidas eran para cumplir un puro formulismo.


-¡Vaya sorpresa! No podía imaginar que fueras tú el detenido llegamos hasta aquí sin saber de quién se trataba. Nos dimos las manos y observé que tenía un pulso y collar de Orula. ¡Qué casualidad!, pensé. Tampoco me apretó la mano en su saludo, ni el flaquito tampoco. No era la primera vez que eso me ocurría, así saludan las mujeres, los maricones, la mayoría de la gente del “ambiente” o guapos y casi todos los segurosos. No le puse mucha atención a ese detalle, pero de algo estaba convencido, solo trasmiten energía negativa. Lo normal entre los hombres es que se saluden efusivamente, más aún cuando se conocen y llevan tiempo sin verse, es solo un detalle de apreciación muy particular.


-¡Sí, compadre! Estos hijoputas me han metido en el tanque. Fue su primera manifestación.


-¡Ten cuidado como hablas! Hay cámaras y micrófonos que nos están grabando. Se supone que llegas a este país en busca de refugio y no debes expresarte de esa manera, ellos no son hijos de puta, sencillamente no te conocen ni saben quién eres tú. ¿Dónde fue que caíste preso?


-Desde que deserté en Saint John.


-Alguna caca debes tener encima para que procedan así, yo te recomiendo una cosa, si fuiste “clavista” o miembro de la seguridad, es mejor que lo declares en tus alegatos. Posiblemente te ayude a conseguir “refugio político”. Si lo ocultas, no dudes tú que ellos están enterados de quién eres. No olvides que la seguridad de Canadá está estrechamente conectada a la CIA y el FBI, así que te recomiendo seas diáfano en tus declaraciones. Lo tomas o lo dejas, ese es tu problema. Orlando era enfermero de la Flota Cubana, él y yo tenemos una organización integrada por marineros y dedicada a ayudar a los recién llegados, si necesitas algo nos lo dejas saber. Le extendió la mano para cumplir con la presentación. ¿Y tú, de dónde vienes? Le dije al flaquito que no dejaba de sonreír, aunque no hablaba. Tenía una gorra con el logo de la organización anticastrista “Alpha 66”.


-¿Yo? Quiero aplicar para el “refugio político”, estuve preso en La Habana por pertenecer a esa organización. Me respondió sin dejar de sonreír, lo hizo rápido, casi cumpliendo rigurosamente un libreto muy bien aprendido. Su rostro era el de un fiñe y me llamó la atención sus palabras, le calculé menos de veinte años y pronto dudé que una organización como “Alpha”, que contaba con escasos miembros dentro de la isla, depositara su confianza en un niño.


-¿Sabes una cosa? Te haces muy poco favor con estar usando esa gorra aquí, desafortunadamente acabas de arribar a un país con una sociedad habitada por personas con ideas izquierdistas. ¿Trabajabas o estudiabas en Cuba? Creo que lo sorprendí con aquella inesperada pregunta y detuvo su sonrisa.


-¡Trabajaba!


-¿Y que edad tienes? Se la hice a propósito, de su respuesta dependía que le creyera, pero su rostro era infantil y de acuerdo a las leyes cubanas no podía obtener un empleo si era menor de 18 años.


-En realidad yo llegué a Miami en una balsa donde murió mi abuelo. Me contestó y evadió la pregunta realizada.


-¿Cuándo fue eso?


-¡Coño, compadre! Te hablo del Mariel. Con aquella respuesta se tiró un poco más de mierda encima, corría el año 93 y el Mariel sucedió en el 80, hablamos de trece años atrás que si se le restaba a la apariencia de ese muchacho, arribaríamos a la imagen de un niño.


-Así que se murió tu abuelo en la balsa y estuviste preso por problemas políticos en Cuba. ¿Cómo llegaste hasta aquí? No te asustes por las pregunta que te haga, esas mismas deben realizarte las autoridades de Canadá, tómalas como un ensayo.


-¡Vine en bicicleta!


-En bicicleta, ¿desde dónde?


-¡En bicicleta desde Miami!


-¿Y para dónde ibas? Sonrió esta vez, pero no pudo ocultar su nerviosismo, él solo había caído en su propia trampa.


-¡Para Alaska! ¿Es territorio americano, no?


-Yo no tengo la menor duda de eso, Alaska es territorio norteamericano. Sí te digo una cosa, estás muy jodido en geografía. No tienes la más remota puta idea de los kilómetros que nos separan de Miami, tampoco sabes los que existen desde Montreal hasta Alaska, y lo peor, allá afuera está soplando casi cincuenta grados bajo cero y no creo que puedas convencer a las autoridades de este país sobre tus intenciones. ¡Ven acá, men! ¿Cómo te llamas? El negro permanecía en silencio, quizás más sorprendido que nosotros con aquel intercambio de palabras.


-Yo me llamo Roberto.


-Vamos a hacer una cosa, se nos está venciendo el tiempo de la visita, aquí les dejo mi número telefónico y cualquier cosa que necesiten nos pueden llamar. ¿Necesitan algo?


-¡Mira! No he podido contactar con mi esposa, hace falta que le des un timbrazo y le digas que estoy bien, que no se preocupe. Me dijo el negro.


-¿Dónde vive ella?


-En Alamar.


-¡Coño, mi mujer trabaja en el policlínico de la zona 5!


-La mía también, es probable que la conozca.


-No te preocupes, luego le sueno un timbrazo.


-¿Tú necesitas algo? Le pregunté al blanquito de la eterna sonrisa.


-¡Asere, necesito unas pilas para esta walkman!


-No te preocupes, te las traigo en la próxima visita. Nos despedimos cuando casi entra el guardia a anunciarnos el final de la visita. Bajamos acompañados hasta la oficinita donde nos devolvieron todas las pertenencias y al salir del centro penitenciario era de noche. El viento soplaba con fuerza y la cumulación de nieve en la acera dificultaba nuestra marcha, estuvimos largos minutos esperando a que pasara el próximo autobús. 


Regresamos varios días después y le llevamos una cajita con una docena de pilas doble “A” al muchachito sonriente para su walkman. Ese día, el negro me pidió que le enviara una carta a su esposa y me dijo que en el sobre abierto que me entregaba, había cien dólares para que se los hiciera llegar. Ya yo había hablado con su esposa y por medio del servicio three-way call, le había facilitado una llamada con su marido. Efectivamente, ella trabajaba en el policlínico con mi esposa y vivía cerca de la casa en Alamar. Al entrar a la oficinita de la prisión no nos permitieron entregarles algunos productos alimenticios y los retuvieron hasta nuestra salida.


-¿Cómo te llamas? Le pregunté a secas al muchachito que vino en bicicleta desde Miami y arribó a la frontera canadiense en short con treinta grados bajo cero.


-¡Me llamo Roberto! Respondió muy contento cuando le entregaba las baterías, no agregó apellidos. El negro habló muy poco, no le hacía muy feliz nuestra visita y tampoco me propuse obligarlo a que fuera sincero, no me importaba. Sí recuerdo que la tarde donde lo conecté con La Habana por teléfono, repitió el mismo “hijoputa” para referirse a las autoridades de Canadá.


-¡Compadre! Estás hablando a mi número telefónico y es de suponer que todos los teléfonos de esa prisión estén pinchados. Yo no tengo necesidad de buscarme problemas con las autoridades de este país, soy un refugiado político y no los considero “hijoputas”, te sugiero que moderes el vocabulario cuando vayas a referirte a ellos y hables conmigo utilizando mi número telefónico. Esa tarde, cuando nos disponíamos a retirarnos después de consumir el tiempo asignado, el negro recibió la visita de un latinoamericano que no le agradó encontrarnos allí.


Un día después, recibí la llamada de una abogada. Esa llamada fue recibida precisamente por Rafael Goicoechea, ayer escribí sobre él y manifesté que no se encontraba presente cuando la creación de la organización “Hermanos del Mar”. Todo parece indicar que voy recobrando la memoria, si yo visitaba la prisión con Orlando Martínez, alias “El Viejo”, y además de eso, vivía con Rafael Goicoechea, la organización “Hermanos del Mar” existía y no lo puse en conocimiento suyo porque ya lo tenía descubierto como posible agente de la inteligencia cubana y por su participación directa en la destrucción de la anterior organización creada por mí.


Se interesó en ese caso al escuchar mi conversación con la abogada y le dí como detalle “accidental” que, el negro usaba una pulsera y collar de “Orula”. La gente que ha escuchado o leído este detalle en varios de mis escritos, opinan, algunos de ellos, que es simple paranoia mía. Sin embargo, me aferro a la idea de que si los masones tenían una contraseña para comunicarse en caso de apuros, ¿por qué no podían tenerla los agentones de la seguridad cubana en el exterior? No ha sido un caso accidental que varios de esos chivatos conocidos en Montreal, coincidieran con las mismas prendas y santos. Inmediatamente se ofreció para visitar la prisión conmigo, ¡qué raro!, Rafael Goicoechea no mantenía relaciones con personas de la comunidad cubana en esta ciudad, todos eran de origen latinoamericano.


Una tarde fue conmigo a la prisión y su presencia fue dedicada por entero al negro “Cristóbal”, porque finalmente me enteré de su nombre. De reojo y como el que no quiere las cosas, seguí de muy cerca aquel contacto. Puedo asegurar que mucho más familiar que el establecido conmigo, persona que lo conocía desde su etapa estudiantil. Hablaron en un lenguaje casi Morse, donde las precauciones fueron extremas y opté por hacerme el desentendido, hubo mucha química entre ellos. Aquel encuentro sirvió para profundizar la desconfianza que sentí por el negro desde los instantes que me diera la mano.


Esa noche, la abogada repitió la llamada y me solicitó una entrevista. Ella tenía sus oficinas muy cerca del Palacio de Justicia, era de origen chileno y como es de suponer, fue suficiente razón para desconfiar de ella. El encuentro fue muy profesional y nos condujo inmediatamente al grano o núcleo de la situación.


-Si de verdad deseas ayudar a esos cubanos, solo se necesita tu firma para sacarlos de prisión. Dijo ella sin preámbulos.


-¿Cómo es eso?


-Muy sencillo, tú firmas y te haces responsable de las dos personas. Inmediatamente le dan la liberación y salen a vivir a tu casa o apartamento.


-¿Así de fácil?


-Así funcionan las leyes en este país.


-No, no me importa la parte jurídica. El asunto es que yo no sé quién es uno y no me explico por cuál motivo se encuentra detenido el otro.


-Es lógico que desconfíes, Robertico no desea colaborar con las autoridades. Sin embargo, he presentado un recurso para sacarlo de las rejas donde por supuesto, apareces tú. Yo creo que sería muy beneficioso si tratas de sacarle alguna información, nadie sabe quién es y mientras no desee decirlo, no se tendrá acceso a su pasado en los archivos existentes para cada ciudadano que ingresa a este país o a los Estados Unidos.


-¡Muy curioso! Si la libertad de ellos depende exclusivamente de mi firma, puede estar convencida de que la daría por verlos en la calle. ¡Ojo! Necesito conversar con él para leerle las reglas del juego.


-Mañana tiene visita y considero que sería una magnífica oportunidad para que trates de aclarar algunas cosas.


-Mañana paso por la prisión.


-¡Escucha bien, chamaco! Le tienes rota la computadora a la policía, inmigración, la CIA, el FBI, hasta tu abogada se encuentra media loca con tus mentiras. ¿Sabes una cosa? Con mi firma puedes salir de esta prisión inmediatamente, irías para mi casa hasta que se resuelva tu situación. Ya le manifesté a tu abogada mi disposición a colaborar, solo exigen a cambio saber quién carajo eres. Si así lo deseas, me haces una nota con la dirección de tu casa para mandar a pedir tu inscripción de nacimiento y otros documentos exigidos en este país. Hazle una nota a tu familia autorizando a mi hijo solicitar o portar esos documentos. ¿Qué te parece? El tipo no dejaba de sonreír y ya comenzaba a caerme mal, lo interpretaba como un gesto o acto de cinismo, pero no podía dar muestras de desesperación, tenía que mantenerme más sereno que él. Eso sí, no daría mi firma hasta saber en presencia de quién carajo estaba. Tomó un papel y bolígrafo que le ofrecí y escribió algo, luego me lo regresó y partí.
Aquel mediodía asistí a la oficina de Inmigración que funcionaba como Corte, no recuerdo exactamente si se encontraba al final de la avenida Papineau y muy cerca de Saint Catherine, por allí andaba.


-¿Qué haces aquí? Le pregunté a Pedro Martori, un viejo conocido que habían logrado convertir en enemigo mío. Martori, como todos lo conocen, pertenece a ese grupo de buenos samaritanos que ayudó a mucha gente en Montreal, entre ellos me encuentro yo. No eran muchos los que ayudaban en esa época, fueron contados con los dedos dentro de una comunidad que no lograba sobrepasar las dos centenas. Hablemos de Máximo Morales, El Viejo Orlando, Pedro Martori y el homosexual Manuel. Cada uno de ellos merece el privilegio de un monumento moral, estoy convencido de que serán muy pocos los que recordarán la ayuda recibida de esas personas.


-¡Vine a firmar para sacar en libertad a unos cubanos que están presos! No me sorprendió su respuesta, lo conocía perfectamente y teníamos las mismas debilidades, ayudar al prójimo.


-Martori, ¡no firmes ni pinga! He llegado hasta aquí por la misma razón, también iba a firmar, pero me cansé de ser comemierda.


-¡Coño! ¿Qué me quieres decir con eso?


-¡Qué no firmes, mi hermano! He mandado a investigar a ese chamaco en La Habana y resulta que es un delincuente. Anoche mismo me llamó mi hijo para advertirme que no lo hiciera a solicitud de su hermana y cuñada. Resulta que el chamaco es delincuente y estuvo preso en el Combinado del Este por delitos comunes, nunca ha estado vinculado a problemas políticos, todo eso que cuenta es mentira.


-¿Y el negro, qué me cuentas del negro?


-¡Martori! Ese negro no es sincero, apesta, me huele mal, creo que es chiva.


-¿Tú crees?


-¡Compadre! En esta ciudad al último que le mentiría es a ti. ¡Mira! Por ahí viene su abogada.


-Entonces, ¿van a firmar por la liberación de esos muchachos? Preguntó ella cuando se acercó a nosotros.


-¿Sabe una cosa, abogada? Que aprieten el culo y le den a los pedales.


-¿Qué dijo?


-No me haga caso, es un refrán cubano.


-¿No va a firmar?


-Por supuesto que no, pregúntele a Martori. ¡Voy quemando!


Varios años después, encontré a Cristóbal en la cola de los vuelos a Cuba del aeropuerto Mirabel. No me saludó, al salir de la prisión se borró, tampoco me asombró, no era el primero que asumía esa posición, así somos los cubanos. Estoy convencido de que muy pocos levantan el teléfono para llamar a Orlando “El Viejo”, cuando menos para preguntar por su salud.









  Esteban Casañas Lostal.
  Montreal..Canadá.                            
  2011-01-19





xxxxxxxxxxxxxxx






 

martes, 14 de mayo de 2024


TRAPITOS SUCIOS

 

SINGLADURA Nr.28

 

 

TRAPITOS SUCIOS, el libro de Esteban Casañas Lostal

 

Una vez que salimos del Manco de Lepanto y de Unamuno y ese extraordinario número de grandes escritores de la lengua española. atravesamos los nombres del último siglo y por medio del mismo nos encontramos con que las posibilidades de escribir y publicar vienen gradualmente haciéndose más fácil y más accesibles a muchos cuyas economías, niveles educación y acceso a la imprenta nunca habían alcanzado. Los que ayer fueron lo que pudiéramos llamar "brillantes", y aquellos que tuvieron al Papa o al Rey como sus benefactores, aunque solo fueran lamebotas con talento -de los que siempre abundan en todas las sociedades y épocas- encontraron las vías necesarias para publicar sus trabajos. Indudablemente que eso mismo permitió el alto grado y buena calidad de nuestra literatura hispana, pero también, aún sin que nadie lo pensara, una sociedad cerrada con acceso limitado a un cierto número de "literatos". Y surgieron las definiciones de lo que podía considerarse "literatura."

 

Y como los que podían comprar libros generalmente eran aquellos señores de la alta sociedad, pues nadie podía dormir en un simple cuarto, tenía que dormir en la alcoba; nadie podía limpiarse la nariz con la manga de la camisa a menos que se llamara "Luis" y fuera rey. ¡Oh, y sálvete dios de comerte un muslo de pollo frito agarrando el hueco entre los dedos!

 

Y, por favor, no sean cochinos: No se chupen los dedos, ni se monden los dientes en público. Ser plebeyo es pecado. Lo más que puede aspirar una joven plebeya es a ser una extraordinaria belleza y que algún mozo rico o príncipe se acostara con ella y después la tirara por una cloaca. Pero el mundo gira.

 

El que nace con su propio genio creador, crea, inventa, fabrica, construye, aunque no tenga más que sus manos un poco de barro sacado del patio del vecino. Salieron escritores como José Hernández, Ricardo Güiraldés, Manuel González Zeledón, entre muchos, que escribieron las cosas tal como son, al natural, sin otro adorno que su extrema crudeza, como es la vida.

"¡Eso no es literatura!"

Gritaron los más "leídos y escribidos".

 

¿Cómo vamos a llamar literatura a "Martin Fierro" o a "Don Segundo Sombra"?, o a la negra que cocinaba cacao y dejaba a los chicos de barrio raspar la cazuela y comerse esas ricas raspitas ticas, que bien pudieran ser cubanas o de cualquier otro rincón de nuestro continente pobre... Muchos han tenido que esperar mucho después de muerto para que le dediquen un "te quiero" de amante abandonado.

 

Sin embargo, a Ernest Hemmingway le dieron un Premio Nobel "De Literatura", nada menos.

 

Ahora, ¿dónde encajo yo a Esteban Casañas Lostal?

 

Porque, aquí lo tengo en azul, negro, blanco y rojo con un montón de presillas en la tendedera del patio del barrio viejo...

Y no, por cierto, el "Barrio Viejo" del tango de Gardel. La suerte que le pintó a la cubierta del libro un límpido océano verde donde lavar sus TRAPITOS SUCIOS.

 

Ahora, díganme, queridos lectores; ¿es, este libro de Esteban clasificable como Literatura, Historia, tragicomedia o un simpático conjunto, o como él, Esteban es un poco afrancesado, un "potpurrí" habanero? Defínalo usted como le plazca, pero haciendo una paráfrasis del ayer, de aquello que decía; "No te mueras sin ir a España", me atrevo a sugerir, No te mueras sin leer este curioso librito, (Solo 313 páginas)...

 

Y lo más curioso es que el título es perfecto: “TRAPITOS SUCIOS”. ¡Caballeros, que lengua!

 

No voy ni a tomar café a la esquina con Esteban. ¡Qué hombre más chismoso, chicas!

 

 

 

Con Don Gilberto en uno de nuestros encuentros en Miami, el día que le regalé mi libro

 

 

¿Y saben qué? Cuando Esteban estuvo en Miami recientemente, si placer gocé al conocer personalmente a un escritor y colega marinero, que he venido admirando por años a la distancia, tiene la delicadeza de regalarme un ejemplar (Fíjense que ni trató de vendérmelo, ¡Que buen hombre, mi mamá decía que el inglés que da manteca es un buen inglés!) Empecé a ojearlo. Cuando llegué a la página 18, ya me encontré con el Reparto Párraga, la Ruta 4 de Ómnibus, el Campeón cubano de boxeo Luis Manuel Rodríguez, memorias de su niñez y de parte de mis actividades, aunque yo no estoy en el libro. Memoria extraordinaria, hechos que tantos y tantos hemos protagonizado y Esteban los graba con toda realidad. No se le escapa una cucaracha loca debajo del tren ni una hembra en la barra o en el muelle. ¡Qué tipo!

 

Yo acostumbro a leer un libro de una o dos sentadas; este no. Me lo estoy bebiendo como me gusta el licor, sorbito a sorbito... así, claro, gasto menos en la cantina y me dura más la deliciosa lectura de este librito, TRAPITOS SUCIOS, que para los puristas, no es literatura, para "connoisseurs" no es historia, pero para mí, que tengo un doctorado en Filosofía y Letras Castellanas, y que como traductor tengo en mi haber más de tres mil libros en varios idiomas, es el alma de muchos hombres y mujeres que hemos atravesado los mares, de los millones que sobre la faz del planeta vivimos en el barrio, en el solar, en la favela y en la carbonera…

Y un poquito de Dios también para completar.

 

Mis recomendaciones "Voluntarias", que nadie me las ha pedido ni las espera. Si usted es un purista, y debo confesar que hace muchos años atrás, yo lo era, si lo es, no se moleste con este "mamotreto". Ahora, si usted es un ser humano con una dosis de amor y realismo en su corazón, hágase un favor, salga corriendo, tómelo en sus manos, acomódese en un sillón, el puente, en la arena de la playa o en los brazos de sus amantes y lea:

 

TRAPITOS SUCIOS,

el libro de Esteban Casañas Lostal.

Luego me dice.

 

 

Gilberto Rodríguez

Miami.Fla..USA

2010-02-22

 

 

xxxxxxxx



Mi estimado Almirante.-

 

¡Vaya sorpresa que me regala como desayuno! No sé por dónde comenzar estas líneas que solo llevarán ese agradecimiento infinito del amigo. Creo, haya sido su crítica a mi modesta obra, por llamarla de alguna manera, la más real y sincera recibida hasta estos instantes. No han sido pocas las veces en las cuales mis detractores me atacan por este flanco, "Esteban no es escritor". Mi modestia no me permite contradecirlos, solo que existe una gran diferencia entre sus alegatos y lo que siempre he manifestado en público sin ser solicitado. No soy escritor, respeto mucho esa profesión de la que viven miles de seres humanos, me inclino por considerarme un "trovador" que arranca pétalos de las vidas de los demás para crear flores. Me diferencio, eso sí, de muchos "trovadores" como yo. Me inclino por la vida de los que siempre han sido olvidados, me alimento con esas voces que gritan desde sus tumbas por un segundo de recuerdo. Ellos constituyen ese enorme ejército de fantasmas que me persigue constantemente suplicándome una palabra, una frase, párrafo, oración. Necesitan algo que diga alguna vez habitaron en esta tierra y han sido condenados injustamente al olvido, soledad que no se tolera desde el más allá.

 

Mis héroes no visten lujosos uniformes de gala, andan muchas veces en harapos, tienen el blúmer roto y te piden apagar la luz en un encuentro fortuito y amoroso. Vagan casi a diario con las tripas pegadas al espinazo, una jabita debajo del sobaco y una libreta en el bolsillo que les dice cuándo y cuánto deben comer. Esa es la gente que he seleccionado para todos mis trabajos, los que gastaron las suelas de sus zapatos en las calles de esa Habana prostituida y enajenada.

 

Nunca he sentido pretensiones de literato, creo haberme lanzado a esta aventura con un propósito muy diferente. Quiero que cuando ya no me encuentre presente, un día, esas locuras lleguen a manos de mis nietos, solo deseo decirles quién fui y por qué nacieron aquí. Ese día los estaré mirando desde algún lugar que no será exactamente el cielo, andaré vagando como ánima inquieta que no se conforma con los placeres celestiales inmerecidos. Ese día acudiré y estaré al lado de ellos, no solo a su lado, entraré dentro de sus mentes y formaré parte de sus neuronas. ¿No crees que sea el mejor premio recibido por un abuelo? ¿Cuántos no son borrados detrás de la última palada de tierra? Quiero que mis enemigos sean felices también, no es una obra de arte, no es literatura, es simplemente mi legado, una colección de recuerdos que dejo a mis nietos sin otras pretensiones que esa.

 

¿Por qué "Trapitos Sucios"? Por el mismo significado que tiene en nuestras vidas, yo los saco a lavar y los cuelgo en esa tendedera junto al mar. Trato de ser fiel a mi testimonio, sin ocultar mucho. Pongo en manos de mis detractores todos los pecados cometidos, errores, infidelidades, promiscuidad, pero dejo también algo de esa estela de amor que siempre acompaña mi vida. Al hacer todo esto que muchos pudieran considerar falta de pudor o descaro, dejo desarmado a mis enemigos para el próximo ataque y solo pueden valerse de lo que he escrito al desnudo. Es cierto, el lenguaje cruel que muchas veces utilizo es solo eso, el resultado de toda la maldad impuesta sobre nosotros, algo aberrante, pero dulce cuando te sientas con mis personajes en el portal de sus hogares a disfrutar una tacita de café aguado.

 

No sé cómo terminaré estas líneas para enviarte todo el agradecimiento que existe en el mundo, me alegra que ese libro haya sido leído con ojos de ángel y ojalá, esta crítica tuya llegue a mis nietos cuando ya no estemos.

 

Muchas gracias y ese fuerte abrazo que nos dimos en Miami.

 

 

 

Esteban Casañas Lostal

Montreal..Canadá

Feb 22, 2010-02-22

 

 

"Y si tenéis por rey a un déspota, deberéis destronarlo, pero comprobad que el trono que erigiera en vuestro interior ha sido antes destruido".

Jalil Gibrán.

 

 

xxxxxxx