EL HAMBRE MAS ALLÁ DEL
HORIZONTE.
En Altamar se
escuchan los quejidos de cualquier estómago vacío y los efectos de esa angustia
se multiplican cuando extiendes la mirada al horizonte, sufres la sensación de
encontrarte en el espacio y que tu nave vuela, solo tienes como punto de
referencia alguna estrella o planeta tomada al azar. Despiertas algo a la menor
sacudida de alguna ola y vuelves a la realidad, créanme, es mucho peor. Es
entonces cuando piensas en cada uno de los causantes de tus desgracias, el
hambre -por ahora- y si estas en la cama no logras conciliar el sueño. Ahí están
esas molestas tripas para recordarte su enojo y despierto comienzas a mentar
madres a diestra y siniestra. Corren decenas, cientos y hasta miles de millas
experimentando esta infinita agonía.
Yo pensé
que al salir de Corea del Norte acabarían todos los problemas de ese viaje
fatal, allí permanecimos más de un mes de duro invierno con la calefacción del
barco rota y casi sin comida. Podía asegurarse que pasamos hambre y podía
negarse también que esto sucediera, bueno, si comer era considerado a hacerlo
como lo hacen los animales. Ya deben imaginar el discurso con el que siempre
han querido dormirnos; “Hambre hay en Haití, Bangladesh o cualquier pais
africano”. ¡Coño, hay que pasarla en el mar para saber de qué hablo! Nueve días
después de nuestra salida, estábamos en Singapur con 40 grados sobre cero, el
cambio experimentado en tan corto período de tiempo fue de 58 grados. Con el
aire acondicionado del barco roto, aquella nave de acero se había convertido en
un infierno.
Una vez
que recalamos fondeamos en espera de instrucciones, habíamos recibido la orden
de dirigirnos al puerto de Chittagong en Bangladesh para completar la carga,
pero antes debíamos tomar combustible y avituallamiento para darle la vuelta al
mundo. En esa espera nos sorprendió una semana, la agencia que nos atendía
estaba dirigida por un búlgaro, pero ya nada del Campo Socialista existía. Por
muchas llamadas que el Capitán le hiciera al agente por la radio, el hombre se
negaba a suministrarnos comida y el pago de la tripulación hasta tanto Cuba no
hiciera los depósitos bancarios para aquella operación. Llegó el momento
esperado por toda la tripulación, se nos acabó el agua y el Capitán declaró
arribada forzosa, motivo por el cual las autoridades nos pasaron a un
fondeadero interior y nos suministraron agua, solo que en estas condiciones
nosotros no podíamos abandonar el puerto. Nuestro Capitán solicitó los
servicios de una lancha para presentar un Acta de Protesta ante la Capitanía
del Puerto, siendo esta la única oportunidad en la cual parte de la tripulación
pudo bajar a tierra, ya estábamos a finales del mes de Febrero y nosotros
habíamos salido de Cuba en Octubre.
Después
de escuchar decenas de súplicas, el agente búlgaro, quien también había sido
Capitán en la marina de su país, se conmovió y le adelantó al nuestro unos
$2000 US dólares para la compra de víveres. Esa cantidad para un barco con una
tripulación de 36 hombres es insignificante, casi nada, pero al menos pudimos
mitigar en algo nuestra hambre. Allí pasamos más de dos semanas esperando el
dinero para avituallarnos y al final de este tiempo, solo llegó el dinero para el
pago del agua y combustible. Se recibió además la orden de partir en esas
condiciones, la Empresa de Navegación Mambisa o el Estado Cubano desoyeron o
ignoraron los informes donde se hacía constar que nuestra gambuza estaba casi en
cero de víveres y que tampoco llegó el dinero para el pago de la tripulación.
Partimos
para Bangladesh con la promesa de que allí recibiríamos el dinero necesario
para avituallar al buque, pero a nuestra arribada comprobamos que habíamos sido
engañados una vez más. Al telegrafista le dio un infarto y fue trasladado a una
clínica, se le asignó como acompañante al Comisario Político de a bordo. Yo
tenía experiencia de esa zona y sabía que era una costumbre de algunos de sus
habitantes llegar con canoas llenas de comida y animales, se abarloaban a
nuestras naves y nos proponían una especie de trueque donde solicitaban
cambiarlas por los cabos viejos del barco (sogas) y por los cables usados de
las grúas.
-Podemos
asegurar algo de comida para continuar viaje hasta Luanda. Le dije a la mañana
siguiente a nuestra arribada al Capitán, ya habíamos recibido la orden de
regresar a Cuba por Sudafrica con el propósito de cargar contenedores con
armamentos del ejército cubano en Luanda, se estaban retirando de aquel pais
que nos condujo a la ruina. Realmente se mataban dos pájaros de un tiro, se
evitaba también el paso por el Canal de Suez y la posibilidad de enfrentar a
uno de los tantos acreedores a los que Cuba les debía dinero.
-Eso no
puede ser posible, todos los barcos tienen la orden de llevar para La Habana el
dinero que se recaude de la venta de cabos y cables viejos, metales como cobre,
etc. Me lo dijo con una pastosidad incómoda, realmente poco le importaba los
inconvenientes que sufriera la tripulacion mientras el Sobrecargo Nerey le
abasteciera periódicamente el refrigerador de su camarote. -¡Además! Yo no me
meto en esos problemas sabiendo que la misma gente por la que podía hacer eso,
serían los mismos capaces de delatarte al arribo a La Habana. En las palabras
agregadas al final de esta estrofa, él tenía razón, y no me hubiera incomodado
en dársela, pero desafortunadamente él recibía un salario para enfrentar estas
situaciones y darle solución, no para darle la espalda como estaba haciendo en
esos instantes.
Se vivían
momentos críticos que no nos permitía salir de ese puerto hasta Luanda en Angola,
sencillamente no había comida y en altamar esta es imposible de adquirir. Llamé
al Secretario del Partido y le hablé de la situación, pero este tipo también
tenía miedo meterse en estos negocios, Julián era tan vago, ladrón e inmoral
como Nerey. Todavía hoy, decenas de años transcurridos desde aquellos eventos,
me pregunto como tantos hombres pudieron dejarse seducir por esas ideas
descabelladas del comunismo y cómo era posible que seres, capaces de enfrentar
peligrosas galernas podían temblar ante la presencia de estos hijoputas.
-Podemos
hacer víveres en Luanda. Me dijo el Capitán esquivando cualquier tipo de nueva
propuesta.
-En
Luanda no encontraremos comida y no sé si se ha enterado, las pocas provisiones
que poseemos no nos alcanzan para enfrentar esa larga navegación.
-¿Por
qué está tan seguro de que no encontraremos comida en Luanda? Insistió tratando
de convencerme y evadir dar el paso que yo le proponía.
-Estoy más
que seguro porque cuando la transportación de tropas que participarían en esa
guerra, los soldados consumieron nuestros víveres y estuvimos navegando más de
dos semanas pasando hambre hasta Islas Canarias. Estoy muy seguro porque yo permanecí
un año y medio trabajando en ese pais y tengo una idea exacta de como funcionan
las cosas allí. Les propuse al Capitán y al secretario del partido que me
dejaran actuar, yo no era militante del Partido y no tenía nada que perder. Ellos
aceptaron y minutos más tarde realicé una labor de exploración y proselitismo
con la gente de a bordo. Al final todos me apoyarían, aunque debo aclarar que
esto no me serviría de mucho, porque al esos mismos a los que les llenaría el
estómago, serían los mismos que levantarían las manos en una asamblea para que
me condenaran. Conocía muy bien el sabor de la traición en nuestros buques y
razones sobraban para sentarme y reflexionar un poco. Esa misma gente por la
que pondría en riesgo mi trabajo violando una de sus absurdas “ordenes”, se
mantuvieron en silencio durante toda la travesía mientras pasaban hambre y
observaban con envidia a “Pelito Lindo” zamparse un pollo entero en sus narices.
¿Se puede ser mas cobarde? Lo dudo.
Realicé
aquellos trueques y llené la gambuza de comida, al menos la suficiente para
llegar hasta Luanda. En la popa del barco armamos una jaula que se llenó con
gallinas vivas, patos y pavos. Por la cubierta andaban más de ocho chivas
(cabras) caminando, las cuales fueron sacrificadas una vez que levamos ancla. Las
neveras se vieron abarrotadas de frutas, viandas y vegetales gracias a las
gestiones que realicé junto al personal de cubierta. ¿A quién se le ocurre
salir a navegar sin alimentos para su tripulación, vender los artículos antes
mencionados y llevar el dinero para la isla? Ignoro hasta qué punto puede
evaluarse como bueno a un Capitán que actúe de esa manera y a un partido
indiferente a los problemas que sufre su gente, mientras actúa complacido y
servil ante quienes los gobiernan política o administrativamente. No fue el único
caso donde un individuo les resultaba simpatico a la tripulacion y era
aceptado, mientras a sus espaldas se apertrechaban de comida y sometían a sus
hombres a sacrificios innecesarios e injustificados. Para mí resultaban tan
miserables como el peor de los hombres, yo no me dejaba seducir tan fácilmente.
Desde aquellos tiempos la virilidad se fue evaporando en la isla, no podemos
sentarnos a exigir hombría donde nosotros mismos la neutralizamos.
Parece
que no habían sido suficiente más de dos meses pasando hambre y sin paga para
que la gente reclamara sus derechos. El miedo con el que se vivió y se vive no
tiene límites ni explicaciones, todavía hoy no comprendo que ha sucedido con ese
pueblo. Allá se quedó ingresado el telegrafista con su compañero, nosotros
llegamos a Cuba y dos meses después, no les había llegado el dinero que
cubrieran sus gastos y pasaje de regreso. Vivían de la caridad del agente que
los atendía en Bangladesh, quien solo podía pagarles desayuno, almuerzo y
comida.
Han
transcurrido ocho años desde mi deserción en Canada y nada ha cambiado, más
bien las cosas han empeorado para los marinos. Los he visto por Montreal
escurridizos y con un miedo que les cala hasta los huesos, mal vestidos,
haciendo interminables caminatas durante el invierno para ahorrarse el dinero
del pasaje en una guagua. No tienen buenos abrigos, no son pocas las
oportunidades en las que no les pagan. El contrabando para poder vivir continúa
y en él se han visto envueltas personas que siempre fueron honradas, pero
desgraciadamente, ser honrado en esa isla es cosa de idiotas, más bien de
cobardes también. Por el miedo que siempre ha existido por reclamar lo más
mínimo, lo que te pertenece, lo que es tuyo y trabajaste bien duro, son muchas más
las razones por las que han perdido respeto o admiración.
Hoy los
veo y a veces me preguntan si conozco a alguien para venderles sus tabacos, no sé
si me dan pena, no sé si les tengo lástima, no sé si los detesto y no quisiera
saber de ellos, no sé si se merezcan vivir como lo hacen, lo cierto es que no
se puede vivir con tanto miedo.
Han
pasado veintiséis primaveras desde que escribí estas líneas que se mantenían
ocultas en mi computadora. Las flotas cubanas naufragaron y su ausencia se sintió
también en este puerto. Las casas que vendían objetos de segunda mano
desaparecieron para siempre de las calles Saint Catherine y Ontario, se
ausentaron aquellos clientes cargados de necesidades que justificaran la renta
de aquellos locales visitados también por el personal del Consulado Cubano en
esos tiempos, porque la miseria también toco sus puertas. Nuestras aceras extrañan
a muchos de aquellos barbudos empercudidos y mal vestidos. Algunos recorrían nuestras
calles arrastrando chivichanas cargadas de tarecos que recogían en sus inexactos
trayectos. En lo personal no los extraño, no puedo abrigar ese sentimiento
hacia seres que me conocían y saltaban a la acera del frente cuando me veían como
si se tratara del mismo demonio. No puedo sentir pena por ellos cuando no la
han sentido por ninguno de los que abandonamos aquel infierno. Cada cual tiene
lo que se merece y pagó su precio justo. Ya no temo ser despertado por el
llanto de mis tripas, hace años que ellas no lloran.
Esteban
Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
1999-05-22
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Estimado casañas ,el tiempo ha pasado y ellos siguen igual , cargando tabaquitos,con el riesgo de ser descubiertos ,cargando botellas de ron cubano, con ese mismo riesgo, temerosos de que los hechos palante, incapaces de protestar por sus derechos ,después de tanto tiempo en el exilio me he dado cuenta que lo mejor que hicimos fue largarnos de aquel tormento hoy como bien dices nuestra barrigas y la de nuestros hijos , ya no suenan ,y lo mejor es poder saludarnos sin el miedo que rodea a esta clase de gente un fuerte saludo. Tu hermano del mar .CASTAÑEDA
ResponderEliminarHola mi hermano.... Muchísimas gracias por todos tus comentarios, los he leído todos, solo que no he estado muy bien que digamos y el poquito tiempo libre lo debo emplear en continuar esta cruzada, pero nunca olvido la participación de todos los que pasan por acá. Un fuerte abrazo y cuídate
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