EL
PAPILLÓN DE CÁDIZ
-¡Coño, no vayas a darle a ese viejo! Intervine
cuando leí en el rostro de un joven sus malas intenciones, estaba bien fuerte
el tipo y me superaba en estatura. Cebollas me detuvo ejerciendo buena presión
en mi antebrazo derecho, aun no comprendo cuál fuerza extraña me empujó a
actuar así. Debió haber sido mi rechazo a cualquier tipo de abusos, actitud que
me ha causado varios problemas. Bebíamos tranquilos en aquel bar carente de
atractivos y algo oscuro, lo hicimos con relativa frecuencia antes de emprender
nuestro recorrido por la zona vieja de Cádiz. Solo consumíamos una cerveza y
una tapa que nos ofrecían gratuitamente, acción que repetiríamos en diferentes
bares al más puro estilo de ellos. Tampoco nos molestábamos en acomodarnos,
aquel bar pequeño y angosto carecía de mesitas con asientos. Hoy acudo al
auxilio de Google Maps para buscar aquella callecita que nacía o moría muy
próxima a la Fuente de la Plaza de las Tortugas, pudo ser también en las
cercanías al Ayuntamiento de Cádiz. Hoy resulta muy difícil identificarla
porque han cambiado el nombre de los negocios que han logrado sobrevivir al
paso de tantos años, era cerca de esos dos puntos porque estaban próximos a la
salida del puerto o del dique.
-¡Joer! ¿Qué le pasa a este ennortao? ¡Deje de
jarruchear donde no lo han llamao! No entendí ni jota lo que me había dicho
aquel gallego, tuvo que ser algo muy malo por la expresión
de su rostro. Cebolla levantó la mano en son de paz, solo le faltó portar una
bandera blanca. El Cebo estaba fuerte, pero no le llegaba al hombro de aquel
gallego criado con chorizos.
-No le hagas caso a mi amigo, se encuentra medio
borracho. Intervino el Cebo con la intensión de salvarme la vida y el tipo se
detuvo cuando escuchó nuestro acento extranjero, gracias a Dios.
-¿De dónde pisha son ustedes? Lo expresó con la
lengua medio amarrada o con cinco grilletes de cadena ahogada, no se le
entendía mucho lo que lograba salir de su boca.
-Somos cubanos y estamos reparando en el dique, él es
el Segundo Oficial del barco y yo soy el Tercer Oficial. No tenemos intensión
de pelear, solo deseábamos llamar y desviar tu atención cuando estabas a punto
de golpear a un anciano.
-¡Compara tu educación con la de esos chavales, tontopollas!
Dijo el viejo sin nada de temor, no dio una sola muestra de miedo ante aquel
gigante que minutos antes amenazaba con agredirlo. -¡No se preocupen! Este es
uno de mis nietos descarriados en este puerto, es marino igual que ustedes. Nos
dijo para calmarnos. -¡Deberías disculparte con ellos! ¿No ves que son
oficiales de la mar? Le dijo a modo de orden o regaño al monstruo, quien presuroso
le hizo una señal al hombre detrás de la barra y le ordenó dos cervezas con los
dedos de su mano.
-¡Hombres, disculpen mi mal comportamiento! Lo expresó
en un tono casi infantil mientras extendía su manaza abierta para saludarnos. El
rato consumido junto a la cerveza transcurrió tranquilo, conversamos con ellos
sobre temas comunes a nuestras vidas en el mar.
Nos despedimos de aquella pequeña tripulacion que veíamos parada en la barra casi diariamente, como si se tratara del portalón de un barco, bromeando, discutiendo. Continuamos nuestro viejo y aburrido recorrido en una ciudad media vieja y en parte adoquinada como La Habana, divertida también, muy flamenca para nuestras rumbas y con unas putas más caras que las nuestras. Lastrábamos sus calles con nuestras penas, necesidades, angustias y deseos, como lo hacían aquellas aguas turbias que se trasegaban por las tuberías podridas de nuestros tanques del doble fondo. Andábamos silenciosos para confundirnos con nuestro doble rostro, doble moral, triple dolor de una juventud que se consumía sin saber hacia dónde se dirigía, sin descubrirlo hasta hoy que nuestros nietos son canadienses, norteamericanos, españoles, italianos, los que nacieron con buena suerte y no en el tanque equivocado. No tuve tiempo de decirle a Cebolla que años posteriores pude entrar al puticlub, decían que era un cabaret reconocido por la historia de aquella divertida ciudad como “Pay Pay”, siempre nos deteníamos a su entrada para chismear en su cartelera y partíamos sufriendo la imposibilidad de disfrutarla en vivo, $5.00 dólares semanales solo alcanzaban para una periódica cerveza. Por suerte aun existían bares con su porrón o bota para beber vino gratis y el precio de las cervezas era bien barata. Me quedé con los deseos de decirle al Cebo que yo fui de los últimos pervertidos en disfrutar de aquellos educativos shows donde una pareja tenía como acto realizar el sexo a pocos metros de nuestra mesa. La gente gritaba acalorada sus teorías de la penetración o movimientos de cintura y los estimulaban con palabras groseras, como si se tratara de una lucha entre gladiadores del coliseo romano. No tuve tiempo de contárselo a Cebolla y tampoco me preocupo, ya debe estar enterado, Lazarito también murió y se lo debe estar contando.
Salíamos casi diariamente a mover el esqueleto y escapar de la rutina que impone la vida dentro de un barco. Seguíamos generalmente la misma ruta y tratábamos de estirar el poco dinerito hasta lo imposible. Cebo y yo entramos muy pocas veces a una tienda, cuando lo hacíamos era para comprar alguna pieza de uso personal. La pacotilla se la encargábamos al Cabronazo, el viejo enfermero a quienes queríamos como si fuera nuestro padre. Al viejo solo había que dejarle caer unas 15 o 20 pesetas de propina y partía muy feliz. Con el aporte de varios tripulantes él podía recorrer toda la ciudad, nos compraba la pacotilla y se sentaba a beberse un café en cualquier bar, luego regresaba feliz con nuestros encargos. Mientras almorzaba nos iba dictando el precio de todo lo que había encontrado en el camino y repetía la misma operación al día siguiente cargando consigo una listica.
Una de esas noches coincidimos nuevamente con el
viejo en el mismo bar y después de la cerveza reglamentaria nos invitó a un
pequeño recorrido por el viejo Cádiz. Su andar era lento, como el de cualquier buque
de vapor y auxiliado por un bastón tan viejo como él, ofrecía la imagen de
aquellas naves tiradas por un remolcador. Nos invitó a una cerveza en el
restaurante que él llamaba “La Pila Vieja”, nunca me detuve a leer el nombre de
aquel local y hoy no lo encuentro en Google. Debió existir próximo a los dos
puntos de referencia que les ofrecí líneas atrás.
-¡Joer, así que son oficiales de la marina! Dijo como
introducción cuando nos acomodamos en una mesa, mientras Cebolla y yo nos
mirábamos interrogantes. Era como si tratáramos de adivinar cuanto cargábamos
en los bolsillos, nos preocupaba que aquel viejo pidiera algo caro. Él nos
había invitado, pero también deben imaginar que por aquellos tiempos éramos
algo corteses y nos daría pena que aquel viejito se viera obligado a pagar.
-Mi viejo, yo me llamo Esteban y él es Jorge, pero si
deseas llamarle Cebolla, puedes hacerlo con confianza.
-¡Vaya apodo que te pusieron! Debe ser por lo gordito.
Le dijo sin muchos adornos al Cebo con algo de sorna e ironía y aquel sonido
andaluz, le imponía algo de comicidad a cuanta palabra salía de su dañada boca.
-No es por lo gordito como usted dice, es por el
gusto que siente cuando las come. ¿Y usted como se llama? Intervine yo sin
necesidad, Cebolla no se mostraba enojado, es que no recuerdo haberlo visto de
mal humor. El viejo pidió dos cervezas y una copa de vino tinto para él.
-Muchas gracias por la intervención de ustedes ayer, pero les recomiendo que no lo
hagan más. Por acá hay malandros que andan armados con navajas como esta y
pueden herirlos. Terminando de expresar aquello, extrajo de su bolsillo una
hermosa navaja que nos pasó para que la observáramos. Era bella y algo liviana,
la empuñadura estaba forrada por dos cachas de nácar atornilladas y tenían
grabadas su nombre en oro por ambas caras. No le preguntamos si se había visto
en la necesidad de usarla alguna vez, claro, no para pelar manzanas o naranjas.
-¿De verdad era nieto suyo aquel monstruo que lo
amenazó? Le pregunté mientras le entregaba la navaja y el accionó un botón para
activarla. La hoja salió disparada a gran velocidad logrando asustarme, después
de aquel alarde suyo en su manipulación la cerró nuevamente y la regresó al
bolsillo.
-Realmente soy el abuelo de casi todos los pescadores
de Cádiz, el chaval estaba borracho y nunca me agrediría, se buscaría un grave
problema con todo aquel grupo. Guardó silencio
esperando por más preguntas, sabía que nos había enganchado como cualquier
droga.
-No entiendo muy bien cuando dice que usted es el
abuelo de casi todos los pescadores.
-Muy simple, yo siempre estoy disponible para
socorrerlos cuando se exceden en sus temporadas en tierra. No tengo que
contarles como es la vida de ustedes, barras, mujeres, juegos, contrabando y
diversiones mientras tienen plata en el bolsillo. Cuando ese pozo queda vacío acuden a mí y los saco del problema dándoles alguna
plata. Se van a pescar nuevamente y cuando cobran pasan por acá, me pagan y
ofrecen algún regalito. Ellos saben que de esa manera mantengo depositada
cierta cantidad para su uso y así, hasta que se repite el mismo ciclo durante
todo el año. Esa relación se ha estrechado durante mucho tiempo y es casi
familiar, a muchos de ellos solo los conozco por su apodo y ellos me conocen
como “El Abuelo”. Cebolla y yo cruzamos miradas mientras nos contaba esa
historia, sabíamos que estábamos en presencia de un prestamista o garrotero,
solo que uno bien querido por su gente.
-¿Quieren otra cerveza? Les pregunto porque ya voy a
pagar y continuaremos nuestro breve recorrido por esta parte vieja de la
ciudad.
-¡Olvide eso, abuelo! Nosotros pagaremos la cuenta.
Le respondió Cebolla.
-¡Jilipollas, crees que no estoy enterado! Le contestó
al Cebo alzando la voz y atrapando de paso la atención de los clientes cercanos
a nuestra mesa.
-¡Viejo, no sé de qué me habla! Le dijo el Cebo
asombrado por aquella repentina reacción del abuelo.
-Que no es la primera vez que hablo con marinos
cubanos y sé de la penosa situación que viven con la miseria que les pagan. Al
escucharlo nos quedamos mudos, el viejo le hizo una señal al hombre que estaba
detrás de la barra con un delantal rojo para que se acercara a la mesa.
-Don Manué, estos chavales son oficiales de un barco
cubano, cuando vengan por aquí, hazme el favor de no cobrarles y apunta lo que
consuman en mi crédito.
-¡Así será, Abuelo! ¡Encantado, muchachos, esta es
también su casa! Dijo el hombre y nos estrechó las manos. Partimos cuando el
viejo se levantó, tampoco lo vimos pagar nada, es probable hayan anotado el
consumo en su cuenta.
-Ahora vamos a llegarnos al bar “Amor Brujo”, su
dueño es también amigo mío. Anduvimos con la lentitud impuesta por el viejo,
los adoquines de algunas estrechas callejuelas y la multitud de gente entre las
que nos confundíamos casi diariamente. Se repitió la escena del anterior
bar-restaurante, estrechones de manos y la apertura de una nueva cuenta de crédito
que nunca utilizamos.
-Viejo, ¿eres realmente andaluz? Te lo pregunto
porque me parece que su hablao es un poco diferente al que se usa en esta
tierra. Le dijo Cebolla mientras bebíamos una cerveza parados en la barra.
-A la verdá es que ni yo mismo sé de dónde soy. Respondió a secas mientras se colocaba
un cigarrillo en los labios y extrajo un extraño objeto de uno de sus bolsillos
al que colgaba un cordel amarillo. Con su pulgar derecho frotó en su tope superior algo que produjo chispa como
sucede con las fosforeras y acto seguido sacudió el aparatico con extraña ceremonia
en el aire hasta que se pudo adivinar un humillo. Lo acercó al cigarrillo y lo encendió
ante las miradas atónitas de nosotros por aquel acto de magia, el cabrón viejo
eligió reírse burlonamente, sabía perfectamente que reaccionaríamos de esa
manera.
-¡Coño, viejo! ¿Qué mierda es eso? No pude contenerme
de la sorpresa recibida.
-No puede negarse que vienen de ese podrido
continente lleno de indígenas, parece mentira que sean oficiales de la mar-
océano y no sepan que esto es un encendedor de mecha. Respondió jactándose de la sapiencia regalada por los
adoquines de aquellas calles recorridas, mientras aspiraba una bocanada al
cigarrillo Ducados acabado de encender con aquella lamparita maravillosa.
-¡No jodas! ¿Qué carajo tiene que ver la mar-océano
con Aladino y esa puta lamparita? ¡Déjame verla! Me
la entregó y lo imité encendiendo de ella un indecente Popular. -¿No te
imaginas a cuántos berracos sorprendería en La Habana con este tarequito?
-¡Pues, llévatela! Me divierte solo la idea de
observarte tomándole el pelo a tanta gente. Me enseñó como se encendía y
apagaba en unos segundos. ¡Ahí la tienes! Me dijo mientras extendía su mano
para entregármela.
-¿No te arrepentirás? Parece una pieza muy antigua.
-¡No, hombre! Aun lo venden en los estanquillos de
tabaco.
-Curioso el aparatico, pero aún no nos has dicho si
verdaderamente eres andaluz. Intervino Cebolla y nos sacó de aquel intercambio.
-Pues ya te dije que ni yo mismo estaba muy seguro de
mi procedencia. Contestó el viejo ante el interés del Cebo y el mío también.
-Pero debe existir un punto de partida y final en tu
memoria. Yo estaba convencido de que mi amigo no lo dejaría respirar tranquilo
hasta que no evacuara sus dudas.
-Bueno, solo puedo decirte que mis padres me llevaron
muy pequeño para Francia cuando comenzó la Guerra Civil en España, eso me
contaron un poco más tarde y allá nos sorprendió la II Guerra Mundial. En esas circunstancias
aprendí a hacer todo tipo de negocios para sobrevivir, poco me importaba si era
con los alemanes o la resistencia francesa, lo que unos me vendían iba
corriendo a vendérselo a los otros y viceversa. Se detuvo para pedir otras
cervezas y el dueño eligió mantenerse cerca de nosotros para escuchar una
historia hasta ahora oculta sobre el origen de aquel viejo.
-¡Vaya infancia la que te tocó! Pero hablas bien el
castellano, imagino que el francés también. ¿Cuándo
decidiste regresar a España? Indudablemente el Cebo era insaciable, bueno, yo
también, el viejo sabía que nos había atrapado con su historia.
-Si me preguntas por la fecha te adelanto que soy
algo olvidadizo para las fechas y almanaques.
-Bueno, tampoco quiero abusar mucho de tu memoria, es
razonable que con la edad se vayan perdiendo hojas del almanaque. ¿Tienes ideas
de cuantos años hace que llegaste a Cádiz?
-Bueno, llegué a esta ciudad unos 10 años después de
haber entrado a la frontera española.
-¡Coño, viejo, no la pongas tan difícil! ¿Es que
viniste caminando desde la frontera hasta aquí?
-¡Mucho más complicado, amigo gordito! Yo llegué a la
frontera acompañado de un árabe y transportando 1 millón de dólares falsificados. Nos atraparon y caímos presos.
-¡Cojones, este viejo es peor que Papillón! Asere
creo que nos metimos en candela.
-¿Me has visto cara de mariquita? Preguntó algo
ofendido y conociendo la existencia de aquella navaja elegí suavizar la situación.
-¡Coño, mi abuelo! ¿Cómo vas a creer que somos
capaces de pensar que te ahogas como las vacas?
-¡Joder, que no entiendo ni ostias y me estoy
cabreando! ¿Cómo es eso de las vacas?
-¡Nada, abuelo, es una referencia a los mariquitas!
¿No se ahogan por atrás? Yo no dije que fueras una mariposa en francés, porque
eso es lo que significa “Papillón”, ¿no es cierto? Yo te comparaba con el
bandolero francés conocido como Papillón en la Isla
del Diablo y de nombre Henri Charriére. El asunto es que yo compré ese libro en
Islas Canarias y ambos lo leímos. El viejo me prestaba mucha atención, estaba
como ido desde que le mencioné la palabra bandido.
-Abuelo, ¿ha vuelto a saber de aquel árabe? Preguntó
nuevamente Cebolla.
-Bueno, ya les dije que caímos presos en la frontera
con aquel millón de dólares. ¿Qué les cuento? Como a los cinco días de estar en
prisión el árabe muere repentinamente.
-¿Repentinamente? Pregunté esta vez muy alarmado.
-Bueno, si se quiere interpretar así, es así, ¿no? Es
lógico que si recibes unas siete puñaladas te mueras de repente.
-¡Coñooooooo, viejo, tienes el sentido del humor de
los andaluces! ¡Claro que es lógico morir de tantas
puñaladas, pero no de repente! Jajajajajajaja.
-¿Y por qué te demoraste 10 años en llegar a Cádiz?
Preguntó Cebolla esta vez.
-Bueno, el asunto es que me soltaron al poco tiempo
de los billetes y fui cayendo preso por todos los pueblos recorridos hasta que logré
llegar aquí.
-¡Tremenda historia, abuelo! Es un buen tema para una
película. Terminamos de bebernos las cervezas y el viejo nos invitó a continuar
el recorrido por aquella encantadora ciudad. Cuando arribamos nuevamente a La
Pila Vieja utilizando otra calle, el viejo se despidió de nosotros.
-Mañana vamos a encontrarnos nuevamente en este
restaurante a las seis de la tarde, quiero invitarlos a comer algo típico de
acá y muy sabroso. Nos dijo mientras nos extendía su mano.
-¡Mira, viejo! Nosotros no podemos aceptar esa
invitación por una simple razón, no tendremos como responder a ella y tú lo
sabes muy bien. Le contesté sin penas, ya estaba acostumbrado, nadie puede
imaginar las ocasiones en las que se repitieron esas penosas situaciones.
Muchas veces rechazamos la idea de compartir con alguna chica por esa razón, no
contábamos con plata para invitarla a una CocaCola. Luego aprendí a tragarme la
vergüenza y se los decía con todo el descaro del mundo.
-Si ustedes no están a esa hora en “La Pîla Vieja”,
yo tomaré un tasi para que me lleve hasta el barco y le diré al chofer que les
cobre el viaje.
-¡Viejo, ni se le ocurra tal locura! Le advirtió
Cebolla, partimos rumbo al dique y el viejo se perdió en una de aquellas
callejuelas que nacían o morían en la Fuente de la Plaza de las Tortugas o en
el Ayuntamiento, no logro recordarlo con claridad.
-¡GUARDIA E PORTALÓOOO! ¡GUARDIA E PORTALÓOOO! ¡GUARDIA
E PORTALÓOOO!
-¿Que desea, viejo? Le respondió el guardia de portalón
a un viejo que vociferaba como un demente desde el muelle del dique junto a un
taxi.
-¡Deciles a las mierdas que los estoy esperando con
un tasi! Le respondió el anciano asegurándose con
el bastón para inclinar su cabeza.
-Viejo, ¿Quiénes coño son “las mierdas”? Preguntó el
guardia.
-Parece que eres el último en enterarse, son el
Segundo y Tercer Oficial. ¡Avísales que el tasímetro
está caminando! El hombre lo escuchó y se perdió
por la puerta de acceso a la superestructura.
-¡Oye, hay un viejo vociferando junto a la escala
real con un taxi esperándolos. En ese instante Cebolla y yo jugábamos ajedrez
en mi camarote. Despues de darnos el recado El Cabronazo (Manuel Castañeda el
enfermero) regresó al portalón.
-Viejo, ¿Qué pasó? Le grité desde la cubierta de
botes.
-Que si demoran diez minutos me marcho y les dejo por
cobrar el tasi. Respondió algo enojado.
-¡Ya vamos! Le respondí y desaparecí de su campo
visual… -¡Coñó, Cebolla, que
clase de candela nos hemos buscado con este viejo loco.
-¡Vístete y que Dios se apiade de nosotros, recuerda
que no tenemos plata para pagar el taxi y sabrá las vueltas que pudo haber
dado.
-Paquirri, llévanos al rompeolas! Le ordenó al
taxista, nos había mentido, el taxímetro solo marcaba unas cien pesetas. Quiero
invitar a estos nietos a comer caballas asadas al carbón y pimientos fritos en
aceite de oliva.
-Viejo, ¿qué son esas “Caballas” que mencionas?
¡Ahhh! Yo no como pimientos fritos. Le dije mientras andábamos caminando por el
rompeolas que hoy busco en Google Maps y no encuentro.
-¡Infeliz! No sabes lo que son esas “Caballas” y no
lo sabrás si Castro continua en el poder. Deja que pruebes los pimientos fritos
y luego me cuentas. No tendría los conocimientos y exactitud de Nostradamus,
pero las predicciones de aquel alocado viejo se cumplieron. Se perdieron las
Caballas, las vacas, los caballos, los puercos, el pollo, los pìmientos y la
madre de los tomates con el régimen de esos hijoputas. Se trataba de un sitio
bien rústico que no contaba con paredes y el fogón
de carbón se daba el lujo de disparar su humareda, ya mezclada al agradable
olor de aquellos peces por todas las mesas. El local estaba bien concurrido y
alborotado, no podía negarse que descendíamos de ellos, apenas se podía
escuchar lo que hablábamos entre nosotros. Los pimientos fueron una delicia y
la receta muy sencilla, se freían enteros con sus semillas incluidas y un pedazo
de su pedúnculo (tallo para los morbosos pensadores) Aquí no gozaba de créditos
y pagó en efectivo, pude observar que su billetera estaba preñada con billetes
de 1000 pesetas. -Ahora los voy a llevar a un sitio que les resultará
inolvidable por muchos años. Nos dijo cuando abandonamos aquel popular
restaurante.
La noche avanzaba mientras consumíamos aquellas
estrechitas callecitas abarrotadas de visitantes, cuando por fin, el viejo se
detuvo y nos indicó entrar por una puertecita que daba acceso a un sótano. En
la medida que descendías por aquellos gastados escalones, sufrías la impresión
de ir penetrando en un mundo moro. El techo estaba construido en forma de arco
donde no se utilizó aceros o cemento, eran ladrillos colocados artísticamente,
ya los había visto en diferentes construcciones árabes y romanas. Su influencia
dominó muchas construcciones del nuevo mundo y unos años atrás visité la casa
de una hermana del timonel Alarcón en Santiago de Cuba, donde usaron esta
técnica para construir el techo de su casa con bloques fabricados por ellos
mismos en el patio. El viejo era nuestro guía, yo creo que el deseaba disfrutar
nuestra primera impresión al entrar en aquella cueva. Cuando abrió la puerta el
volumen de la música chocó violentamente contra nuestro rostro, creo se trataba
de un disco del grupo español “Barrabas” muy de moda en aquella época. Lo
seguimos algo asustados hasta la barra y él estaba a punto de morir de la risa
que le provocó nuestras caras.
-¡Se los dije, les iba a resultar inolvidable por
largo tiempo! Nos decía mientras desde el interior de la barra esperaba una
mariquita vestida de mujer. Como si fuera un búho giré mi cabeza en 360 grados
y no descubrí a un solo hombre en aquel recinto, donde se le rendía culto a una
recién alborotada pajarería despues de la muerte de Franco. -¿Qué les parece? Aquí
si hay Papillones de todos tamaños, estaturas, pesos y edades. Jajajajaja.
-¡Coño, viejo, no jodas! Que para patos andamos
nosotros. Le dije mientras continuaba observando el escenario. Cuando finalizó
el disco de Barrabás pusieron a Las Grecas, ellas me encantaban, al menos
aquellos Papillones tenían buen gusto y artistas variados para elegir. Los
paticos del patio eran muy aficionados a Esther Borja, Elena Bourke, Meme Solís
y otros de esas fechas. El viejo pidió dos cervezas y un tinto como siempre,
sacó de su bolsillo un sobrecito con un polvo blanco y lo vertió dentro de su copa,
el color del vino cambió a negro inmediatamente y se lo tomó de un solo trago.
-¡Coño, viejo! ¿Eso es cocaína? Le pregunté algo
alarmado, solo nos faltaba que además de bandolero, también fuera drogadicto y
que en un pase cualquiera nos detuviera la guardia civil andando con el viejo,
como para pedir asilo por un bateo de ese género, pensé.
-¿Serás de veras tontopollas? ¿Crees que a mi edad
puedo andar drogándome? Eso es bicarbonato de sodio que tomo con vino para la
acidez estomacal.
-¡Vaya mezcla que te disparas! Es la primera vez que
veo una combinación como esa.
-¿Cuál edad? Preguntó Cebollas.
-Como que es medio cotillón el gordito cebollón, lo
quiere saber todo. Protestó el viejo.
-¿Qué tiene de malo decir la edad? Solo en Cuba es un
secreto para las mujeres y la mayoría se ofenden cuando se les pregunta.
-¿Estás insinuando algo? Yo no oculto mi edad, tengo
82 en las costillas.
-Bueno, serán 82 de bandolero en la calle. Sonrió y
se tocó el bolsillo donde guardaba la navaje. -¡Cebolla, asere, hazme guardia
en la puerta del baño mientras orino! Una vez terminado tuve que quedarme junto
a la puerta para que orinara con tranquilidad, pues ya el panal estaba algo
alborotado. El viejo volvió a pagar en efectivo y le prometimos hablar con el
Capitán para invitarlo a almorzar pasado mañana. Lo encontraríamos a las once
de la mañana en La Pila Vieja para decirle si habían autorizado la invitación.
Nos sentamos en la mesa El Cabronazo, Cebolla, El
Viejo y yo, le pedimos al telegrafista Malleza que nos cediera su puesto y
almorzara con los maquinistas, no hubo contratiempo alguno y en ese barco
todavía no jodían mucho con la C.I.A. y el puto Brother. Uno que otro se metió
con El Viejo y él le dio rienda suelta a su peligrosa lengua, todos reímos con
sus ocurrencias.
-Muy bueno el almuerzo, se parece mucho a la comida
española, no se puede negar que fueron colonia nuestra. ¡Ohhh! Un solo detalle,
si eso que ustedes beben es café, yo soy el Santo Padre de Roma. No mentía y
todos rieron a bemba suelta, ya en la década de los setenta el café servido a
nuestras naves venía mezclado con chicharos. El Viejo subió a mi camarote y se
tiró a dormir su siesta en mi sofá. Las salidas se repitieron hasta el final de
nuestros días en Cádiz, un día antes de la partida fue por nosotros al barco y
emprendimos el acostumbrado recorrido. Solo que esta vez nos sentamos en una
mesita al exterior de un bar desde donde podíamos ver la tienda Simago.
-¡Llégate a esa tienda y cómprale un juguete a mi
bisnieto! Me dijo mientras me entregaba unos billetes. -Yo me quedo acá a
esperarte junto al Cebollón. Por mucho que traté de rechazarle aquel regalo no
pude convencerlo y partí en dirección a la tienda. Regresé con un enorme camión
de bomberos y observé la felicidad reflejada en su rostro. Trate de regresarle
el dinero que había sobrado de la compra y no lo aceptó. Abrió nuevamente su
billetera y le dio unos billetes a Cebolla ordenándole comprar algo para sus
bisnietas. Nunca le conté a mi hijo el verdadero origen de aquel camión, es que
era pequeño y no se iba a detener en explicaciones que no comprendería. Esa
noche nos despedimos con fuertes abrazos, dejábamos en Cádiz a un bandolero
transformado en nuestro abuelo. No era una novedad partir y dejar atrás una
semilla sembrada, muchas veces, casi siempre, sin la posibilidad de ver sus
frutos. Por el camino nos compramos una botella de brandy y bebimos haciendo un
resumen de nuestra estancia en aquella ciudad, zarpamos rumbo a Varna-Bulgaria.
Tres años más tarde hicimos una arribada forzosa a Cádiz
con el barco angolano “N'Gola”, aquella arribada fue más un pretexto o
justificación para hacer víveres como Dios manda. Yo nunca había visto antes o
despues de esa fecha un avituallamiento como ese, fue espectacular, un camión
detrás del otro hasta llenar nuestras neveras y gambuza.
-Moreno, ¿usted no va a vender nada? Todos los negros
que han pasado por aquí me han dejado algo y han salido con sus mercancías.
Calero por poco se muere de la risa, lo mismo sucedió conmigo y Lazarito el
Sobrecargo. Él nos había invitado a comernos una paella valenciana y era la
razón por la que saliéramos juntos.
-¿Usted habla conmigo? Le preguntó Calero un poco más
calmado.
-¡Joder! De los tres, usted es el único moreno y son
los únicos que salen a vender algo. ¿No tiene nada para vender? insistió el
aduanero.
-¡Joder! Es que todos los morenos no somos
contrabandistas, yo soy el Capitán del barco. Le dijo Calero sin enojos.
-¡Cagón la ostia! Me van a matar por esta puta lengua
que tengo. Disculpe su majestad el Capitán, ya le diré a mi mujer que me cosa
la lengua o me ayude a metérmela en el culo. Dijo muy arrepentido el aduanero.
-¡Tranquilo, hombre! Procure no cocérsela, mire que
tal vez la necesite más adelante para otras cosas.
-¡Que pase una linda tarde y bienvenidos a Cádiz sus excelencias! Todos
nos echamos a reír y partimos luego de preguntarle donde comer una buena
paella. La velada fue tranquila y hablamos de asuntos ajenos al barco, una vez
terminada la cena Calero prefirió regresar a la nave y nosotros continuamos
nuestro recorrido.
-¡Coño, vamos a llegarnos unos minutos al restaurante
“La Pila Vieja”! Quiero ver si encuentro a un viejo que me ayudó mucho una vez
que estuve aquí reparando.
-¡Coño, asere! Habíamos acordado meternos en aquel
sitio de perdición que mencionaste en el barco y te me bajas ahora con un viejo.
-Lazarito, serán solamente unos veinte minutos, la
noche está comenzando ahora. Nos encontrábamos a solo dos cuadras del
restaurante y pude adivinar al viejo sentado en su puesto favorito. Yo voy a
entrar por la puerta que le da en su espalda para hacerle una maldad, ten
cuidado de que el viejo carga una navaja. Le advertí y me dirigí a la puerta
mencionada.
-¡Viejo cabrón, orejón de
mierda, bandolero, Papillón! Le dije al oído mientras le tapaba los ojos con
ambas manos y el viejo hizo un gesto que ya conocía. -Ni te atrevas a sacar la
navaja, viejo cabrón. Entonces detuvo su mano a escasos centímetros del
bolsillo donde la guardaba y se quedó tranquilo, como si tratara de recordar
algo.
-¡Cubanito hijo de la gran puta! ¿Qué haces aquí? Lo
solté y se levantó con algo de dificultad para abrazarme. -No hay buques
cubanos surtos en el puerto. Me dijo sin poder ocultar su alegría.
-Te presento a un amigo, es tan hermano mío como
Cebolla.
-¿Qué es de la vida de ese cotillón? Preguntó mientras
estrechaba la mano de Lazarito.
-El Cebolla ascendió de cargo en aquel barco cuando
me desenrolé para ayudarlo, no lo veo desde entonces. ¿Ya comiste?
-Tú sabes que lo hago temprano porque tengo la digestión
más lenta.
-Te invito entonces a un tinto.
-Tampoco, estoy bebiendo menos, ya la salud no me
acompaña mucho.
-Fíjate que no puedo estar mucho tiempo contigo y lo
siento en el alma. El asunto es que el amigo tiene que comprar algunas cosillas
y el buque zarpa mañana.
-¿Podremos vernos mañana?
-No lo creo, abuelo, quiero dejarte algo. Diciendo
eso le metí dos mil pesetas en el bolsillo y trató de rechazarlo.
-No puedes hacerlo, ustedes cobran una mierda.
-Yo lo hago como lo hacen todos tus nietos cuando
arriban de faenar en la pesca, el barco no es cubano y puedo contrabandear con más
libertad. Me levanté para despedirme y Lazarito aprovechó para meterle otras
dos mil pesetas en el bolsillo.
-Estas son de parte mía y de Cebolla. Le dijo cuando
intentó rechazarlas también. Lo abrazamos y al salir del restaurante sabía que
no lo volvería a ver nunca más. Esa misma sensación sentí una vez que mi suegra
se despidió de mí en Montreal muchos años más tarde, tuve la premonición de que
esa era la última vez que la vería y me senté a escribir la despedida de su
duelo mientras volaba hacia La Habana.
Esa noche hicimos unas compras en el Simago y
regresamos al barco para dejarlas. Iba un enorme perro de peluche para mi hija por
nacer y otras boberías. Pasamos la noche en aquel histórico
Pay Pay donde tantas veces soñé entrar con mi amigo Cebolla, Lazarito terminó
sancionado y por poco pierde el barco. No me hizo caso y se fue con una de las
chicas vendedoras de placeres del Pay Pay, se quedó
dormido en su casa. Yo me pasé toda la noche viajando de bar en bar con un taxi
alquilado, ya le había dicho al chofer que me entregara al buque a las seis de
la mañana. Lazarito y Cebolla fallecieron unos años mas tarde, es de suponer
que Papillón se adelantara en ese viaje para esperarlos. Tuve a varios amigos
bandoleros durante mi vida de marino, dos de ellos eran de otros países a
quienes recuerdo con mucho afecto. Pedro, el pañolero del buque “N'Gola” era
ciudadano caboverdiano, hace varios años que falleció, hombre a todo dar y
amigo incondicional. Papillón, el bandolero de Cádiz,
hombre del que nunca supe su nombre, ciudadano español. Un viejo muy querido
por los pescadores de aquellos tiempos, noble y buen samaritano. Hombre que conocía
las calamidades vividas por los cubanos y nos adoptara como nietos durante una
larga estancia en ese puerto. Tuve otros amigos bandoleros cubanos a los que ya
no vale la pena mencionar. Conocí a sus hijos desde pequeños y han dejado de
tratarme cuando leyeron que yo me refería a sus padres como lo que realmente
fueran en vida, bandidos, bandoleros, contrabandistas, mujeriegos, etc.,
hombres a todo dar y amigos. No puedo complacer a sus descendientes
beatificando a estos corsarios o piratas, no me siento capacitado ni autorizado
para hacerlo.
En Las Palmas de Gran Canarias y mientras estudiábamos
en el buque “Viet Nam Heroico”, Cebolla y yo nos pusimos de acuerdo para
comprar unos libros calificados entonces como Best Seller. Yo compré “Papillón”
de Henri Charriere y Cebolla compró “El Chacal”, no recuerdo exactamente si
Bismarck Corella compró “Sinuhé el Egipcio”, creo que sí. Formábamos parte de
un reducido grupo de lectores que no contábamos con tablets, ordenadores o
celulares y el placer de leer podía costarnos caro. Sin embargo, sacrificábamos
otros goces propios de la juventud por uno que, además, era una violación de
las leyes cubanas y castigado como “Introducción de propaganda enemiga” en el país.
Existieron gestos o acciones hoy ridículas o insignificantes que en sus tiempos
constituyeron un desafío o manifestación de rebeldía como ya he explicado y
esta fue otra de ellas. Cebolla y yo no sabíamos que años más tarde navegaríamos
juntos y conoceríamos a un bandolero muy parecido a Papillón, un viejo que
andaba con un bastón por las calles adoquinadas de Cádiz
y se transformó en una especie de ídolo para nosotros.
… Hoy continuo nuestro viejo y aburrido recorrido en
una ciudad media vieja y en parte adoquinada como La Habana, divertida también,
muy flamenca para nuestras rumbas y con unas putas más caras que las nuestras…
xxxxxxxx
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