martes, 11 de junio de 2019

ORLANDO MARTÍNEZ, "EL VIEJO"




                           ORLANDO MARTÍNEZ, "EL VIEJO"


Motopesquero "Río Jatibonico"


 Había tomado el autobús 125 frente al Metro Frontenac en dirección oeste, pasé largos minutos visitando el apartamento de Manuel, una especie de albergue a donde recalaban los marinos que desertaban en esta ciudad y otras de la costa este de Canadá. Me dirigía al viejo puerto, correría el verano de 1995 y me encontraba de vacaciones. Viajaba relajado y disfrutaba del paisaje que nos ofrece esta época del año tan corta, todos lo hacíamos en silencio, poco importaba si la guagua se encontraba vacía o llena. Era una costumbre hacerlo con un libro o un periódico en las manos, la gente leía mucho. Los pocos que no lo hacían lo hacían con la mirada perdida por la ventanilla, siempre silenciosos, como si el mundo no existiera a tu alrededor.
 
Viajaba en una de aquellas General Motors similares a las que sobrevivían en la ruta de Guanabo, solo que las de aquí gozaban de buena salud y no se enteraban del paso de los años. Ya ha transcurrido mucho tiempo y el transporte se ha modernizado, antes debías estar atento a tu parada de destino, ahora no es tan necesario. Una reproductora va anunciando las paradas por arribar con extrema exactitud y si eres algo sordo, pues poseen unas pantallitas donde simultáneamente a la voz aparece anunciada cada parada.
 
Todo se ha modernizado y las costumbres de la gente a variado, ya son muy pocos, escasos diría yo, los que viajan con un libro o periódico en la mano. Todo el mundo, hasta los viejos, lo hacen con su vista fija al celular sin importarles lo que ocurre a su alrededor. Viajan como idiotas enajenados y esclavos de esos aparaticos. Tal vez leen algún libro digital, lo dudo, han dejado a un lado esa vieja adicción. Se ríen como tontos mientras escuchan algo por sus audífonos, tratas de comprenderlos y justificarlos, no puedes.
 
En la parada de la calle Ontario y Hamherst nos detiene la luz roja del semáforo y una melodía conocida me devuelve a la realidad. Busqué entre los pasajeros cercanos y nadie portaba equipo de música alguno, no era una costumbre y tampoco permitirían llevarlo encendido para consumo público como en la isla. Giré el rostro hacia la ventanilla nuevamente y el volumen de aquella música aumentó al máximo cuando paso a mi lado, luego fue disminuyendo en la medida que se iba alejando.
 
No sé si estuve a punto del infarto o moría de la risa, El Viejo iba montando una bicicleta que era todo un espectáculo. Una como esa la había visto muchas veces en Alamar y pertenecía a un marino que vivía en los edificios de 12 plantas, presumía de ella como si se tratara de un auto. Tenía la de Orlando y aquella, una antena de la que colgaba una especie de cola confeccionada con piel de conejo. Bien fija sobre una cestica metálica dispuesta sobre la rueda delantera, Orlando cargaba una radiograbadora doble casetera donde reproducía un casete de Los Van Van a toda voz. No recuerdo ahora cuál de sus movidos números escuchaba para atrapar las miradas de peatones y viajeros que se movían por aquella concurrida calle.
 
No era tanto la música la que sirviera de atracción, creo yo. Me inclino mejor por su luego casi habitual disfraz, llevaba un sombrerito bávaro de color claro con una pluma en el lado derecho. No puedo recordar de cual ave era aquella pluma, me inclino por la de un pavorreal. les confieso que le quedaba muy bien y le daba cierto aire europeo. Como la temperatura era algo caliente, Orlando solo vestía una camiseta de colores y con algún cartel que ahora no puedo recordar. Para completar su atractiva y espectacular vestimenta, tenía puesto uno de aquellos shorts de piernas cortas usados en la década de los sesenta o setenta en la isla, aquellos que te obligaban a ser precavido cuando te sentabas por el riesgo a que se te escapara algún huevo. Ya saben que a los viejos se le dilatan el forro de los cojones y ese accidente puede ser muy frecuente en el uso de estos shorts ya muy pasados de moda, calzaba unos tenis que superaban el kilometraje del autobús donde viajaba. Pasó tan rápido a mi lado que no pude observarle el rostro, lo imaginé tan orondo de felicidad como siempre, no tenía otro, era un viejo feliz que vivía a prisa.
 
A Orlando lo conocí cuando vivía en casa de Manuel, ya para estas fechas se había independizado y su apartamento se transformó en otro albergue de acogida para los recién llegados. Perteneció a la Flota Cubana de Pesca donde se desempeñó como Enfermero Naval, me contaron quienes lo conocían, fue magnífico en su trabajo y poseía amplio dominio de la acupuntura, puedo dar fe de esto último porque una vez me beneficié de sus servicios. Nunca le pregunté como rayos había obtenido mi número de teléfono y acudí a conocerlo junto al enorme grupo albergado en casa de Manuel. Allí me dijo que había arribado en un barco de la pesca donde mi hermano era Capitán.
 
Ese mediodía fui caminando por toda la calle St. Laurent hasta el viejo puerto, pude acercarme un poco usando el Metro, pero aquí debe aprovecharse las bondades del clima en este tiempo y se disfruta mucho andar entre la multitud tan variopinta que deambula por las calles. En la punta de uno de aquellos viejos espigones donde atracara varias veces en la década del 70 y que hace unos años convirtieran en zona turística, veo un molote de personas agrupadas y moviendo un poco las nalgas a los compases de Los Van Van. Me acerco y observo que tienen un círculo formado alrededor de una bicicleta parqueada como el mejor BMW y su equipo de música funcionando a todo volumen. A escasos metros de su vehículo Orlando hacia una demostración de lo que era un exquisito y bien bailado “Casino”. No puede negarse que El Viejo era aún un trompo bailando, no lo imagino con un poco más de juventud. Terminada aquella pieza el público aplaudía y una que otra turista saltaba al ruedo para tirar unos pasillos con él. Continuaron los aplausos y un número continuaba al otro sin parar, no se agotaba el muy cabrón. Contrario a lo que maliciosamente pensé al acercarme al lugar o su escenario, Orlando no dispuso de artefacto alguno para recaudar propinas, tampoco se quitó el sombrerito de la pluma para pasar el cepillo. 
 
Durante todo el tiempo transcurrido se dedicó a regalar sonrisas y agradecer los aplausos que le brindaban de la misma manera que hacen los grandes actores en el escenario de un teatro. Solo buscaba un poco de felicidad y de paso regalaba parte de la suya, ese fue el sentido de su vida y lo comprendí cuando pude conocerlo mejor. En aquellos instantes lo juzgué como si se tratara de un viejo loco, hoy quisiera poder disfrutar de aquella locura o padecer su misma enfermedad. No me acerqué, no le dije nada posteriormente, no tenía derecho a destrozar aquel castillo que iba construyendo a su alrededor para protegerse de su propio dolor. ¡Ah! Le decíamos Orlando “El Viejo” para diferenciarlo de otro que llevaba su mismo nombre y apellido. Al otro lo llamaban Orlando “El Flaco” y aún está vivo.
 
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-¿Conoces a alguien de tu tropa que conozca de acupuntura? Me preguntó una mañana George, era el griego propietario del apartamento donde yo vivía y de la carnicería localizada en la planta baja. Casi a diario lo saludaba o me sentaba a conversar un rato con él, excelente ser humano. 
 
-Si, uno de los nuestros era enfermero y tiene buenos conocimientos de acupuntura, yo mismo he disfrutado de sus servicios. ¿Por qué lo preguntas? ¿Tienes algún problema? 
 
-¡No, no tengo problema alguno! Se trata de un amigo mío al que su médico le recomendó una sesión de agujitas para un dolor que está padeciendo.
 
-Si lo deseas puedo avisarle.
 
-¡Fijate! No es un paciente cualquiera, se trata de un millonario que le va a pagar muy bien por esos servicios. El asunto es que anda buscando a una persona de confianza para que vaya diariamente y a la misma hora a su casa. ¿A quién tienes disponible para este trabajo?
 
-¡Coño, George! Tú lo conoces, es Orlando El Viejo.
 
-¿Tú crees? No sé, me parece medio alocado.
 
-Realmente es medio loco, pero nadie puede quitarle que es tremendo Enfermero Naval, mucho mejor preparado que cualquier enfermero común.
 
-Bueno, habla con él y explícale que se trata de un trabajo bien serio, debe venir presentable para que conozca a mi amigo pasado mañana al mediodía, ¿okey? Nos despedimos y partí alegre, le había conseguido un trabajito suave a Orlando donde se buscaría buena plata. Él era medio loco, pero nadie puede negar que era buen luchador. Por esos días andaba limpiando en la fábrica de tabacos localizada en la calle Ontario próxima a Frontenac.
 
-Aló, oye mi hermano, pásame al Viejo para hablar con él. No recuerdo cuál de los albergados me salió al teléfono ese día.
 
-¡Aló, mijo! ¿Qué intriga nueva tienes para mí?
 
-¡Oye, no jodas! ¡Qué intrigas ni ocho cuartos! Fíjate que te conseguí una pincha espectacular de tu giro y te van a pagar muy bien.
 
-¡Coño, que buena noticia! ¿De qué se trata?
 
-Viejo, es una sesión de acupuntura a un millonario. Pero fíjate muy bien en lo que te voy a decir, debes ir pasado mañana a la carnicería de George…
 
-¿La del griego que está en los bajos de tu casa?
 
-¡Cojones, esa misma! Pero déjame terminar y no me interrumpas. Tienes que ir bien presentable, así que busca entre los trajes de muertos que posees y ponte uno de ellos, poco importa si perteneció a Mozart o Napoleón, debes ir vestido con categoría. ¿Me entendiste?
 
-¿A qué hora?
 
-A las doce del mediodía, ni un minuto más, ni un minuto menos. Debe ser con seriedad, acuérdate que aquí son muy puntuales y todavía sufres los vicios de Cuba.
 
-¡Coño, Mijo! Tú sabes que yo soy un tipo serio…
 
-¡Dale al carajo, Orlando! Tú eres un barco y te estoy advirtiendo todo esto para que no pierdas esa pincha, después te pueden aparecer más clientes.
 
-¡Okey, Mijo! Colgamos y confié en su palabra.
 
-¡Fuck you, Esteban! ¡Tabernacle! Me has hecho quedar mal con mi amigo, mira que te lo advertí.
 
-¿De qué me hablas, George? ¿No fue Orlando a la cita?
 
-De eso se trata, es mejor que no hubiera asistido…
 
-¿Por qué dices eso?
 
-Orlando se apareció en una facha que parece de todo menos enfermero.
 
-¡Explícame!
 
-¡Mira! Vino con un short muy corto que ya no está de moda y casi se le salían los cojones, una camiseta de varios colores, una fleterita en la cintura y para rematar un sombrerito con una pluma. Por poco me da un infarto cuando entró a la carnicería y no te cuento la reacción de mi amigo.
 
-Coño, que pena me da contigo. ¿Qué dijo tu amigo?
 
-¿Mi amigo? Que necesitaba un tratamiento de acupuntura y El Viejo un tratamiento psiquiátrico, que no podía estar bien de la cabeza.
 
-¡Orlando, viejo de pinga! ¿Como cojones te pedí que te vistieras para asistir a la cita con el paciente?
 
-¡Mijo, que tome por culo el millonario! A mí me tienen que aceptar tal y como soy.
 
-¡Viejo de mierda! No se trata de aceptación, si se tratara de un hospital nunca te permitirían trabajar así. Es que sin darte cuenta has cerrado una puerta por donde podíamos entrar más tarde…
 
 
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-Casañas, necesito hablar contigo. ¿Dispones de tiempo? Me preocupó su tono de voz y supuse que algo grave le estaría pasando. Claudette era una mujer jovial, muy alegre y compartidora con el grupo de marinos que pertenecían a la organización “Hermanos del Mar”. Bailadora sin par entre las canadienses que se acercaron a nosotros desde la fundación del grupo. Claudette se movía muy bien en el “Casino” y hacia una pareja de baile perfecta con “El Viejo”.
 
-¿Te sucede algo, mi amiga?
 
-¡Terrible lo que me esta pasando! No se como explicártelo, siento pena confesarte esto, pero la situación es insostenible, no aguanto más.
 
-¿Qué te pasó, muchacha?
 
-Yo quisiera que intervinieras en esto para evitar que yo llame a la policía, hasta los vecinos tienen miedo.
 
-Soy todo oídos, veré como puedo ayudarte, habla con confianza.
 
-Ya sabes que El Viejo anda enamorado te mí, pero te juro que yo no le he prometido nada, lo considero un buen amigo, solo eso.
 
-¿Qué sucede con El Viejo?
 
-Siento pena decírtelo, pero no tengo otra alternativa. Resulta que desde hace varios días El Viejo se sube al árbol que esta al costado del edificio y allí permanece por horas espiándome. Ya sabes que yo vivo en un segundo piso y tengo miedo de que vaya a caerse. Esta situación es la primera vez en la vida que la experimento y llevo varios días inquieta. Si continúa así me veré obligada a llamar al 911, les he estado solicitando paciencia a los vecinos, pero creo que se les está agotando.
 
-¡Por favor, Claudette, no llames a la policía! Dame solo unas horas para resolver esta penosa situación y te llamaré enseguida. Preferí tratarlo personalmente, me vestí y partí a su encuentro, hay temas que son mejores tratarlo mirándole los ojos a las personas.
 
-¡Ven acá, Viejo! ¿Alguna vez pensaste ser Tarzán y que Claudette era Juana?
 
-Mijo, ¿por qué me dices eso? No cabía la menor duda de que El Viejo era un cabrón y acudía a su palabra mágica cuando se encontraba en apuros. Nunca escuché ese “Mijo” tan paternal como cuando escapaba de su boca, era capaz de vencerte con su dulzura en pocos segundos.
 
-¡Mijo, ni pinga! No te hagas el comemierda, sabes muy bien de qué estoy hablando.
 
-¡Coño, Mijo! No me hables así, sabes que te quiero con el alma.
 
-Yo lo sé y por eso estoy aquí, pedazo de comemierda. Parece mentira que a tu edad hagas esos papelazos, Claudette es tu amiga y no tiene interés en mantener relaciones amorosas contigo. ¡Te advierto algo! Hace solo unas horas que estuve conversando con ella y si no declinas tu aptitud, la vas a obligar a llamar a la policía. ¡Olvídate del refugio político si cometes un delito común durante este tiempo! ¿Estás claro en esto que te he dicho? ¡No vuelvas a treparte al árbol que esta junto a su apartamento! Tú no eres Tarzán ni ella es Juana.
 
 
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-Mijo, ¿quieres ponerte las perlitas?
 
-¿De qué me hablas, viejo?
 
-De las perlitas, yo se las puse a una pila de marinos en la Flota Cubana de Pesca.
 
-Para serte franco, no sé de qué coño me hablas.
 
-Ustedes los de Mambisa están detrás del palo. Te hablo de las perlas que se ponen en el machete para hacer gozar a las jevas.
 
-Ahora caigo, he oído hablar de ellas, se trata de un arte oriental milenario. ¿De verdad que te dedicaste a esos menesteres mientras se encontraban en campañas?
 
-Hasta cola me hacían los jodedores.
 
-¿Y dónde conseguían las perlas?
 
-¿Qué perlas ni la cabeza de un guanajo? Iban lijando pedazos de plásticos hasta convertirlos en pequeñas bolitas y luego yo las desinfectaba. Es fácil, ¡mira!, te agarro la tranca y le hago una incisión de aproximadamente un centímetro al pellejo de la parte superior. Le doy un puntico y cuando esté sanada le sonamos la segunda perlita, repetimos la operación hasta colocarte unas tres o cuatro de ellas. Muchacho, no sabes la sensación que provoca en las mujeres en los momentos de la penetración. ¡Imagínate, tú! La parte superior del pito tiene la forma de la cresta de un dinosaurio y cuando entra a la cueva golpea dulcemente al clítoris. ¿Qué, te las pongo?
 
-¡Dale pal carajo, viejo! No me voy a poner ni timbales, tú estás medio loco y los que se las pusieron también. A esta altura del juego pescar una infección y que me corten el chorizo. ¡Te mato, viejo! ¡Te mato!
 
 
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-¡Mira, viejo! Estas son las facturas de lo que le pago al chama canadiense por limpiar los cristales de la fachada. Él tiene mucha práctica y lo hace en unos quince minutos, yo te voy a pagar el doble, pero deben quedar igual de limpios. 
 
Esa mañana había acudido a mi y se le podía observar cierto grado de desesperación, desafortunadamente no tenia plazas vacantes en el restaurante y tampoco podía pagarle mucho, llevábamos muy poco tiempo abiertos. Ante mi se encontraba un hombre diferente al que había conocido, aquella chispa y alegría nata en él iba marchitándose, El Viejo comenzaba a envejecer. Hacia un tiempo que su esposa llegó a Canadá por reunificación familiar y su hijo logró llegar a los Estados Unidos, nunca le pregunte la vía utilizada para hacerlo. Un día vino a visitarlo a Montreal, su esposa aun se encontraba en Cuba, me dio mala espina cuando lo conocí. Tenia pinta de delincuente y quiso formar bronca en una discoteca de esta ciudad, me prometí no volver a compartir con él. No me equivoque, poco tiempo después cayo preso en EU y fue condenado a unos 20 años de prisión. Lo que pudo ser motivo de alegrías para El Viejo tuvo su efecto contrario, eso les ha pasado a varios conocidos por acá. De aquel hombre que conocí ya quedaba muy poco y su dolor era ocultado detrás de aquellas sonrisas forzadas como las de cualquier payaso. Orlando ya no se apuraba por vivir, creo que le resultaba indiferente.
 
-¡Mijo, te limpie los cristales del auto! Al escucharlo imaginé lo peor y no me equivoqué.
 
-¡Orlando, por Dios! Acabo de lavar el carro en un car-wash, lo has cagado. Sin pensarlo dos veces utilizó la misma agua sucia con la que había limpiado los cristales del restaurante y ya deben imaginar los resultados.
 
-¡Orlando, atiende acá y mira bien como lo hago! Las ramitas que no tengan presentación para decorar el vaso las apartas, cortas las demás de este tamaño y colócalas en esta bandeja para luego lavarlas. ¿Comprendiste? Voy a repetir la operación, ¿viste que fácil? Lo dejé en la cocina para que hiciera algunas horas y se ganara unos pesos, aun siendo otra persona distinta a la que conocía, Orlando animaba mucho a los empleados.
 
-Orlando, ¿qué coño has hecho? Has desgraciado la mitad de la yerba buena, esto es un picadillo. ¡Deja, no sigas! La caja de esa yerba es bastante cara, mi amigo. Es cierto que se apenaba y arrepentía, pero el daño ya estaba hecho.
 
-Viejo, ¿Qué haces con ese destornillador en la mano?
 
-Mijo, la freidora tiene un falso contacto y te lo voy a arreglar.
 
-¡No, no, no, suelta inmediatamente ese destornillador! No me toques nada en el restaurante, tú no eres electricista, nos vas a quemar como al indio Hatuey.
 
Cerré el restaurante y no creo haberlo visto nuevamente, solo supe de él pocos minutos después de fallecido. Su gran amigo Lázaro “Guapería” fue el encargado de organizar el funeral que consistió en una misa y luego depositar sus cenizas en el rio San Lorenzo como fuera su voluntad. 
 
Pase varios días experimentando el trauma de su partida, no habíamos navegado juntos, tampoco fue imprescindible para que naciera ese gran cariño por aquel viejo cabrón que te robaba cualquier iniciativa con su palabrita mágica, “Mijo”.
 
Yo fui uno de los oradores en aquel acto de despedida al Viejo y superando mi dolor, estaba ese sentimiento de enojo que provoca la ingratitud de quienes comieron de su plato. No íbamos a depositar las simples cenizas de un mortal al río, dejábamos de paso toda una vida repleta de virtudes y defectos. Poníamos a merced de la corriente los buenos recuerdos de su existencia, porque los malos nadie los recordaba si alguna vez existieron.
 
Hablé conteniendo la ira al ver que solo un pequeño grupo de amigos asistimos a decirle hasta luego, faltaron muchos, quienes durmieron bajo su techo cuando no eran nada y arribaron a este país cargando como equipaje sus miedos. Ausentes estaban aquellos que comieron de su plato sin medir que Orlando compartía sus miserias. No era día laborable y muchos de aquellos malagradecidos poseen auto, no había justificación alguna. 
 
Ese día dejamos navegar sobre las aguas del río San Lorenzo al marino más pintoresco que haya pasado por Montreal, al más desprendido, al más humilde, al más cariñoso de todos los hombres. Quien por ser el mayor de nosotros, nos supo brindar el cariño del padre ausente. ¡Vergüenza deberían sentir, que mierda!

Hay hombres que mueren con sus cuerpos y sus recuerdos se evaporan segundos después de sus partidas. Hay hombres que mueren porque nunca debieron haber nacido, no producen sombras. Hay hombres que continúan vivos y sus memorias prolongan sus vuelos desafiando galernas. Hay hombres que no merecen ser sepultados por la indiferencia, viven como El Viejo.
 
 

 
 
 
 
Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2019-06-11




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Despedida a Orlando Martínez (El Viejo)


La demora producida entre su muerte (5 de Junio del 2011) y la despedida de sus cenizas realizada ayer (30 de Octubre del 2011), se debió a la espera de una visa para su hija. Aquella autorización para viajar a este país nunca llegó. Entonces, su mejor amigo y casi hermano, Lázaro Marín, se encargó de organizar la despedida. Estas fueron entre otras las palabras que expresé junto a las cenizas de aquel amigo, algunas quedaron en el tintero para no dilatar mucho el sencillo homenaje. Primero se le ofreció una misa en la iglesia Virgen de Guadalupe en Montreal y posteriormente una pequeña caravana de autos viajó hasta un lugar del río previamente seleccionado. Allí nos esperaban Lázaro y Martell, otro marino amigo de El viejo. Lázaro dijo algunas palabras a modo de presentación, indudablemente se encontraba muy emocionado. Luego llegó mi turno, no llevaba nada escrito.





… En estos mismos instantes deben estar sepultando a miles de seres humanos en diferentes partes del mundo, se escucharán palabras falsas que solo sirven para complacer al morbo de la sociedad y tal vez se utilicen para aliviar el dolor de sus familiares. En ese momento, el muerto será muy bueno, todos lo son y no es así. Eso no ocurrirá entre nosotros, no será así por respeto a nuestro amigo, él no lo merece. No será así, porque yo no las pronunciaré. No será así, porque ustedes mismos no me lo permitirán. Hemos llegado hasta este lugar a despedir a un amigo de carne y hueso como nosotros. Un ser lleno de virtudes y defectos como cualquier ser humano, no necesitamos mentir.

La vida es un breve paseo por la tierra, unos la emplean para sembrar odios, amarguras, frustraciones, destrucción de sueños. Esos mueren rápido, solo unos minutos después de sepultarlos. Otros, como Orlando, gastaron ese paseo regalando amor y con una sonrisa siempre dispuesta para regalar, nunca faltó una palabra de cariño en sus labios. Seres como él nunca muere, no se les dice “adiós”, siempre se despiden con un “hasta luego” y viven eternamente en nuestra memoria.

Lo conocí en el invierno del año 1993, vivía recogido en casa de Manuel, muchos de ustedes lo conocen. Cuando se independizó, su apartamento se convirtió automáticamente en un albergue de acogida al recién llegado, casi todos eran marinos desertores. Vivían en pésimas condiciones y él, con mucho gusto, regalaba desinteresadamente sus miserias. No tenía nada, su mayor riqueza se encontraba en lo más profundo de su alma y corazón. Viendo aquella situación y los esfuerzos que se realizaban individualmente, propuse la formación de una organización que llevó posteriormente el nombre de “Hermanos del Mar” (Ya escribiré más adelante sobre este intento de unir a los cubanos) Con un aporte mensual de solo $5.00 dólares y una membresía que no sobrepasaban las quince personas, es de suponer que los fondos no eran fuertes. Sin embargo, aquel dinerito se empleaba para pagar la primera llamada a los que se quedaban en este país, comprar alguna medicina y semanalmente realizar compras de alimentos para ayudar a Orlando. Disculpen que les relate estos detalles, pero no pueden ocultarse por ser importantes en lo que fuera su vida.




Todo marchó muy bien durante un corto tiempo, después, como siempre sucede en el caso cubano, se procedió a su destrucción. Cuando vi llegar su final, tomé el poco dinero que existía de nuestros fondos y mandé a comprar la Virgen de la Caridad que se encuentra en la iglesia de la Guadalupe, su costo total fue de $230.00 dólares incluido gasto de envío desde New Jersey. Hoy escuché a alguien decir que yo era quien había comprado esa virgen y se equivocan, sin muchos saberlo, lo habíamos hecho entre todos. Otra de las razones que nos sirven para recordar a Orlando, esa virgen fue comprada con algunos de sus centavos. Esa fue la última acción desarrollada por nuestra organización y que sirviera de paso para sembrar una pauta en la vida de aquella iglesia. Existe un período de su vida anterior y posterior a nuestra presencia. Tiempos donde se festejaba el día de la Caridad del Cobre con un humilde afiche y el tiempo actual, donde la comunidad cubana dispone de una hermosa virgen sin conocer su origen. Eso fue posible gracias a un pequeño grupo de marinos.

Tengo que recordar estos pasajes de nuestras existencias y espero me disculpen, he dicho que perteneció también a la vida de Orlando. Es importante ahora, porque ella se destruyó gracias a los miedos de nuestros miembros. Llegamos hasta acá en busca de libertad, pero no habíamos destruido el castillo de nuestras miserias construido en nuestro interior. Es importante ahora, porque ya han pasado cerca de quince años. ¿Se imaginan lo fuerte que hubiéramos sido como comunidad? Pudimos ser como la italiana, española, china, portuguesa, etc., pero renunciamos a ella por nuestra cobardía. Hoy, estoy totalmente convencido, el homenaje a Orlando sería muy distinto, como el que verdaderamente se merece. Es muy importante hablar ahora, porque sepan muy bien, el último de nosotros no escuchará una despedida con palabras de cariño. No será así por culpa de nuestros miedos y por carecer de valor para entregarles la bandera a nuestros hijos. Sencillamente, tendrá que conformarse con un discurso hueco como el que ocurre en estos instantes en diferentes partes del planeta. Lo más importante de toda esta exposición es, que precisamente Orlando me había hablado en varias ocasiones para formar nuevamente una organización como aquella. Yo le ofrecí todo mi apoyo, iba a ser un proyecto iniciado por él y Lázaro Marín. Ya Lázaro me ha hablado de ello y le he manifestado mi disposición para ayudarlo. No puede negarse que El Viejo era algo loco y soñador. Ha sido muy importante tocar este tema, porque cuando los observo a ustedes, veo que faltan muchos rostros que comieron de su plato y vivieron en su mismo techo. Siento pena, verdadera vergüenza que eso suceda. Las justificaciones serán infinitas a tal ausencia, sin embargo, yo destaco entre todas la “ingratitud”, desgraciadamente así nos comportamos la mayoría de los cubanos.

El Viejo nunca se tomó la vida en serio, ¿valía la pena hacerlo? Creo que no, es tan corta que no merece desgastarnos. Sufrió como todos nosotros, lo hizo por su familia cuando se encontraba solo, pero no lo exteriorizaba, solo compartía sus dolores con algunos de nosotros. El tiempo restante lo empleaba en bromas y regalando esa eterna sonrisa. 

Lo tuve trabajando un tiempo en mi restaurante, allí se mantuvo porque deseaba ayudarlo un poco, hasta donde me resultó económicamente sostenible. Casi todo lo hacía mal y tenía que regañarlo constantemente, me enojaba. Solo él era capaz de calmar la ira y hacerme olvidarlo todo, lo lograba con una sola palabra, “Mijo”. Por ser el más viejo de todos, se apropió del título de padre y así se comportó hasta la muerte. En cada encuentro me abrazaba después de pronunciar aquella palabra mágica, ¿quién podía rechazarla?


Francisco, Ramón y Martell, tres viejos marinos, fueron los encargados de depositar las cenizas en el río San Lorenzo y darle el último adiós.


Hoy, no hemos venido a decirle adiós, solo un hasta luego, más tarde o temprano iremos a reunirnos con él. Su última voluntad demuestra no haber renunciado a su condición de marino. Se deja de ser niño, adolescente, hombre, pero nadie puede escapar del influjo del olor a marisma y salitre del mar. Dentro de unas horas se encontrará en los mares del Banco de Terranova donde tanto pescó, se encontrará con viejos amigos y nos esperará. Yo pedí en mi testamento que mis cenizas fueran depositadas a la entrada de la bahía de La Habana, solo será posible cuando Cuba sea libre, ni muerto quiero regresar en la condición actual. Si no existieran esas condiciones, vagaré por el mar y lo visitaré en Terranova.
Muchas gracias a todos los amigos que han acompañado a su viuda hasta este acto, es una verdadera pena que sus hijos se encuentren ausente y no supieran lo querido que ha sido su padre.

Gracias..


Su muerte ha producido una chispa, alguien de los presentes propuso reunirnos frecuentemente, tal vez logre encender la llama una vez apagada.



Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canada
2011-10-31



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