sábado, 29 de julio de 2017

MI BARCO ( II ) Motonave "Habana"

MI BARCO ( II ) Motonave "Habana"

EL PRIMER AMOR 




Motonave "Habana"


Bernardo era montañés, así me decía cuando deseaba distinguir la región española de donde procedía, siempre se refería a ella con esa carga de nostalgia que lleva a cuesta el que nunca ha regresado. Muy triste y solo, no pudiera describirlo de otra manera. Su soltería premeditada, porque siempre me manifestó su apatía por las responsabilidades implícitas dentro de un matrimonio, lo condenaban a ese silencio que siempre lo acompañaba en vida. Lo conocí por medio de un sobrino suyo que pasó el Servicio Militar conmigo y luego formé parte de su reducida familia, él y el hijo de un hermano que vivía por el puerto de Antillas. Cada vez que me encontraba en apuros acudía por su ayuda, fue muy generoso y desinteresado, compartía lo escaso de sus propiedades a cambio de un poco de compañía, su sobrino apenas paraba en aquel cuarto. Vivía al fondo de la barbería “Fiñe” que se encontraba en la calzada 10 de Octubre y próxima a la esquina de Toyo. Siempre vivió allí y sorprendentemente no lo desalojaron cuando aquel comercio pasó a manos del Estado, existían intereses recíprocos. Sabiéndolo, el viejo asumía el papel de guardián del local sin salario. 


Las vidrieras de toda la ciudad se encontraban vacías y no tenía otro sitio donde poder encontrar un maletín. Revolvió todo el cuartucho hasta que lo encontró y tiró a mis pies. Era de piel, color café con leche claro, muy cuarteado. Cada rajadura simulaba un riachuelo de su pueblo o aldea querida, el recuerdo de algún amigo muerto en la guerra, la rosa que un día ofreciera a una de sus enamoradas, el beso de una madre ya lejana. Siempre preparaba una colada, lo hacía para demorarme y poder escapar de esa soledad que mata al más duro de los seres humanos. Entonces, esa tarde, tuve que escuchar toda la historia del dichoso maletín que atravesó el Atlántico a bordo de no recuerdo cual vapor. Qué ironías tiene la vida, pensé, ahora realizará el viaje de regreso en otras manos, ya sabía que uno de los puertos de destino era La Coruña y se lo dije, descubrí un brillo muy extraño en sus ojos.


Dentro del maletín pude acomodar sin dificultad lo poquísimo que tenía para presumir de joven, una implacable libreta de racionamiento nos decía cómo debíamos vestirnos y cuándo se podía comer. El único calzoncillo con vergüenza, el destinado para las citas médicas y amorosas, ese no se podía usar sin una justificación seria. Tenía más millas y conquistas que las realizadas por Marco Polo, ocupó un sitio privilegiado entre las prendas seleccionadas. Lo acompañarían como escoltas otros dos con más balazos y manchas que las mostradas por cualquier soldado en plena guerra. Los calcetines no soportaban una costura más, pero no podía darme el lujo de lanzarlos o regalarlos, porque en la isla no se bota nada, siempre existirá un desgraciado en peores condiciones que tú. El pantalón de vestir me lo había confeccionado un sastre español a quien llegué gracias a Bernardo, era de muselina china y lo cuidaba como el mejor de mis tesoros. Hacía más de tres años que no vendían ninguno por la libreta, vivíamos tiempos de guerra, bueno, eso nos dijeron siempre, hasta hoy. Tenía un zurcido encima de uno de los bolsillos traseros que me obligaba a usarlo con la camisa por fuera. Dijo la costurera que lo arregló, ese cocido era invisible, ¡claro!, estoy convencido de que José Feliciano no lo vería nunca. Mis zapatos habían recorrido gran parte de La Habana y sus pueblos aledaños, eran unos mocasines cubanos que a golpe de tanto andar se volvieron muy cómodos, pero el betún nunca pudo ocultar su edad. ¿Camisas? Éramos un país habitado por payasos o extraterrestres. Podías encontrar decenas de diseños estrafalarios a bordo de una guagua atestada con gente malhumorada, donde la tela de guinga se impuso en franca complicidad con la destinada a la confección de sábanas. Los mosquiteros sirvieron alguna vez para crear curiosas blusas de mujer, exóticas y descaradas. Cuadritos de diferentes tamaños y colores eran bordados con hilos que contrastaban y te daban el aspecto de un verdadero tablero de ajedrez. El ingenio y la creatividad popular luchaba por sobrevivir y nosotros éramos sus infelices maniquíes. No quiero detenerme en la fatalidad experimentada entre nuestras mujeres, sería demasiado extenso este trabajo y me apartaría del objetivo principal. Todas te pedían apagar la luz cuando entrabas a una posada y me resistía a templar en medio de la oscuridad como los murciélagos. Muy sencillo, eran rápidas para ocultar el blúmer debajo de la almohada y se ahorraban la vergüenza de una mirada indiscreta. La premura de esa salida fortuita las sorprendió sin la prenda que ellas tenían reservada también para las citas médicas y amorosas, así vivió mi juventud.



                                                                 Motonave Habana

Inventaron un cargo para mí y otros muchachos de mi tiempo, ¿agregado de timonel? Eso no existía en ninguna flota del mundo. Trabajar las ocho horas reglamentarias por $50.00 pesos cubanos al mes, sin derecho a cobrar horas extras, que en los barcos abundan mucho. Para nuestras salidas al exterior nos asignaron la sorprendente cantidad de $2.50 dólares semanales que, luego serían religiosamente descontados del salario establecido. ¿Aceptas o no aceptas? Esa es la cuestión. Te detienes en fracciones de segundos a pensar y viras la mirada hacia la ciudad con sus apagones, vidrieras que solo muestran el aire viciado del local y gente que desfila disfrazada de payasos. ¡Apaga la luz! ¡Apaga la luz! Se repite una y otra vez. ¡Acepto, compañero! ¿Cómo carajo no iba a hacerlo? Ya veremos como puedo salir de este bache y de qué manera me compro algo de ropa nueva.


El sobrecargo era el viejo Correa, siempre andaba con un mocho de tabaco en la boca. Usaba unos espejuelos cuadrados y de armadura gruesa como los que se mostraban en las películas de Humphrey Bogart. Tenía cierto aire de mafioso, pero en realidad era una persona noble, tanto, que parecía un comemierda con su uniforme. Le entregué toda la documentación y me asignó al camarote del timonel Manso, casualmente ese día se encontraba de guardia. Le decían “La voz más alta de Caibarién”. Siempre hablaba en un tono muy alto, daba la impresión de estar enojado, era un tipo súper fuerte y de casi seis pies de estatura, algo para respetar. Como era de suponer y ocurre en todas las prisiones, el más débil o novato debe ceder ante la voluntad del más fuerte, no hizo falta preguntarlo, mi litera era la de arriba. Todos los camarotes del personal subalterno eran dobles excepto los del contramaestre, ayudante de máquinas y mayordomo. Los servicios sanitarios eran de uso común, así como el local dispuesto para las duchas. Las comidas, incluidos los desayunos para toda la tripulación, marcaban una gran distancia con relación al resto de la población, era variada y exquisita. Los mayordomos de aquellos tiempos eran graduados de la escuela de alta cocina del hotel Sevilla, daba gusto sentarte a la mesa porque hasta los camareros pasaban sus cursos y vestían filipinas para servir el comedor. Descubrí que se encontraban enrolados varios amigos de la misma generación que yo, entraron a la marina después de desmovilizarse del Servicio Militar Obligatorio, eso me ayudó mucho en el ahorro de contratiempos que se producen en la marcha. 


Izq. a Der.- Abreu, Levi Tur, Correa, Cabrera, Ricardo Puig y Francisco 
(El Bicho), año 1968-




El contramaestre era Francisco “El Bicho”, un personaje que también era aficionado a llevar en la boca un mocho de tabaco y soltar de vez en cuando un grueso escupitajo color ámbar en cualquier lugar de la cubierta. Miguel Ramos Bringuez, alias “Pachiro”, era el pañolero. Un guajirito muy noble que había llegado a La Habana montando uno de los caballos que desfiló una vez por la Plaza Cívica, después de la “Revolución”. El resto del personal de cubierta era de mucha camaradería y las relaciones se convirtió pronto en familiares, éramos una pequeña familia. El resto del pequeño elenco era formado por gente simpática como “Los Sapos”, era el dúo de Bernardo y Menéndez, ambos arribados de las filas del Ministerio del Interior, pero llamados así porque en su trato con cualquiera se dirigían a esa persona como “Sapos”. Bernardo iba como timonel y Menéndez de marinero de cubierta junto a Eduardo Lobaina, otro mulato de origen campesino procedente del pueblo de Nicaro. El buque solo llevaba dos marineros de cubierta y como timoneles Manso, El Sapo y yo, que aunque no cobraba como tal, desarrollaría todas las actividades que importaban a ese cargo.
¿La oficialidad? No puedo dejar de mencionar al Capitán Octavio Justiz Calderón o viceversa, toda una dama en su trato con los subordinados, tanto, que muchos comentaban sobre su dudosa masculinidad. Extremadamente educado y culto, Calderón pertenecía a una casta condenada a desaparecer muy pronto de la marina cubana. Subía al puente en bata de casa de seda y se dirigía al personal con gestos y palabras muy afeminadas para su rango. Sin embargo, creo haya sido uno de los mejores capitanes con los que compartí mi suerte a bordo de los buques cubanos. Exquisito sibarita, le exigía al mayordomo la confección del menú semanal y no podía repetir un solo plato. Vale destacar que ese barco contaba con uno de los mayordomos más famoso de la flota, me refiero a Enrique Vicent, tan amanerado como el Capitán, pero excelente tripulante con el que compartí varias tripulaciones posteriores.
El Primer Oficial era José Meléndez, alias “El Gallego”, no por gusto se referían a él con ese seudónimo, conservaba la ciudadanía española por el origen de su familia, era abakuá y luego agente de los servicios de inteligencia cubana. Su personalidad la resumiría con pocas palabras, fue uno de los oficiales más “hijo de puta” con los que me tocó navegar en mi carrera de marino.


El Segundo Oficial era José Levi Tur, realizó todo el viaje tirado en la cama y con un cubo a su lado para vomitar. La atmósfera en su camarote era infernal, no le he encontrado similitud a esa peste que despedía en los siguientes veinticuatro años de navegación. Tuvo que retirarse de las navegaciones por esa razón y según me contaron, se convirtió en un Secretario del Partido muy extremista en la sede de la Empresa de Navegación Mambisa. Cuando los eventos del Mariel presentó su renuncia y fue el blanco de varios actos de repudio, sus antiguos compañeros de militancia hacían buen uso de la venganza. No salió de Cuba y me escribieron desde Israel para informarme que ocupaba un alto cargo en la asociación hebrea de La Habana, las dudas sobre la posibilidad de enfrentarnos ante un agente de la inteligencia cubana son profundas.


El Tercer Oficial era Ricardo Puig Alcalde, un flaco muy noble de origen “reglano” como El Gallego, pero nada que ver con éste. Compartimos el mando a bordo del porta contenedor “Frank País” varios años más tarde.
Como telegrafista viajaba el viejo Rigos, un hombre blanco en canas y de corte caucásico. Siempre lo recuerdo cuando escribo la palabra “deseo”, una vez le entregué un telegrama donde escribí esa palabra con “c” y fue tanto su encabronamiento, que subió hasta el puente donde me encontraba realizando mi guardia de timón. ¡Animal, deseo se escribe con “s”! Fue todo lo que me dijo.


Viajaba de agregado de cubierta un muchacho de Santiago de Cuba de apellido Leiva, era un ferviente admirador de la canción lírica y su voz de tenor podía ser escuchada durante todas sus guardias. Imbuido en sus óperas, olvidaba tomar posiciones, través a los faros, cálculos de las horas del paso de las meridianas, y por supuesto, siempre era castigado de alguna manera. Iban como agregados de telegrafista mi amigo Antúnez, Tamayo (muy amanerado también) y Eduardo Ruíz del Viso.


El Jefe de Máquinas era Terrero, algo aburguesado como el Capitán, pero no era mala gente. Lo encontré en Miami en Enero del 2010, muy avejentado, un verdadero anciano. Es el padre del excuñado de mi hija y estuvimos hablando de este viaje. Él no se acordaba de mí, es lógico, habían transcurrido cuarenta y dos años de ese viaje donde yo era apenas un niño. No recuerdo muy bien al resto del personal de máquinas, solo a los más populares. Murillo, el viejo electricista que amenizaba las tertulias de la popa después de cada comida. Bolaños, ayudante de máquinas, un mulato algo pasado de peso que también sostenía un mocho de tabaco con los casquillos de sus dientes cariados. Víctor el engrasador, expulsado de la marina por templarse a una pasajera de origen inglés. Zuaznabar, El Moro, Papucho (delator de Víctor el viaje posterior) 
Como maquinistas recuerdo a Mario Águila, Abreu y Guerrita, había otro viejo cleptómano que debe estar robando en el cielo o el infierno, pero no recuerdo su nombre.

Chirino, el tipo más feo y narizón parido por esta tierra, era el camarero de los tripulantes. No solo tenía larga la nariz, su lengua era peligrosa y participó en la delación del negro Víctor por el pecado de templarse a una pasajera. Juan Cardona, un mulato santiaguero, era el camarero de los oficiales y Emilio Garro el camarotero de todo el barco, años después cayó preso por darle candela accidentalmente al “Minas del Frío”, tenía tantos negritos como conejos hay en una granja. No puedo recordar más, estoy exprimiendo la memoria, hablo del año mil novecientos sesenta y ocho.


                                                               Motonave Habana

Terminada la descarga en el muelle Margarito Iglesias, salimos una tarde con destino al puerto de Nicaro donde cargaríamos óxido de níquel, comenzaba de esta manera mi primera aventura donde definiría para siempre el destino de mi vida. La primera pitada producida en el eje del canal de salida, se recuerda como aquella primera ocasión que sientes cuando pruebas el gusto de otros labios, es tu primer beso también. Junto al malecón habanero se encontraban sentadas algunas parejas prometiéndose algo, unos metros separados de ellas, un trasnochado pescador que vara en mano rogaba por la picada de algún bicho que sirviera para calentar el sartén de su casa. Una pitada larga que te eriza hasta los pelos del culo, esa es la primera sensación. Viajas en medio de un canal prohibido para los demás, eres un afortunado o premiado por esa lotería que es la vida en sí. Tus ojos devoran ese panorama que se presenta ante las espaldas de ellos, formando de paso parte de su escenografía. Es la primera vez que lo disfrutas y no sabes si la experiencia pueda repetirse, esa tierra cambia de opinión constantemente y nunca estarás seguro. Hermosa, bella, majestuosa, descomunal, bohemia, romántica, poética, hija de puta que se oculta a nuestras miradas, escurridiza, traicionera, hipócrita, elegante, zalamera, coqueta, prostituta que le abre las piernas a cualquier cabrón. Todos los epítetos que pasen por la mente son acertados, esa es La Habana que disfrutas a pocos cables de distancia, los suficientes para ser condenado como desertor o que pese sobre tu alma una acusación de “intento de salida ilegal”. Solo unos pocos estábamos autorizados a mirarla así, con esa vista lasciva y maliciosa, solo unos cuantos podían penetrar los ojos entre sus piernas para descifrar su clítoris. La mirada es distinta cuando te sientas en el malecón, sueñas descubrir algún día lo que existe más allá del horizonte y le das la espalda a tu tierra.


-¡Pongan todo a son de mar! Se escuchó por un megáfono portátil que nos apuntaba desde el puente. ¡Suban la escala de Práctico! Cada grito me despertaba y regresaba a la realidad, el barco caía violentamente a estribor y la aleta de babor se despedía de la Rampa. 


–¡Hay que adujar los cabos! Gritaba El Bicho y luego soltaba un escupitajo contra el molinete. 


-¿A la holandesa o por igual? Preguntaba El Sapo.


-Como te salga de los timbales, pero hay que adujarlos y recoger todo el reguero de la proa. Contestaba El Bicho y volvía a escupir, que asco de viejo, pensé, ¿quién rayos desearía darle un beso? Me pregunté mientras le pasaba cabo al Sapo. Experimenté un leve mareíto cuando el buque comenzó a zarandearse por la leva reinante, fue el mismo efecto de haberme tomado dos cervezas. Respiré profundo y continué mi trabajo, recuerdo haya sido la única vez en toda mi vida de marino.


Siempre que tuve una oportunidad me mantuve en la popa con la vista clavada en la costa, deseaba recordar ese momento toda la vida. El destello de los faros penetró muy profundo por mis pupilas, lograron encandilar mi alma y despertar de una vez todo ese amor que comenzaba a nacer por mi primera novia.


En Nicaro salimos vestidos con el uniforme de marinero los que viajábamos por primera vez, no deseábamos maltratar la única mudita de ropa reservada para nuestra salida al exterior. Las muchachas no quisieron mirarnos, el uniforme era de color gris como el usado por los lecheros, carteros, bomberos, choferes de guaguas, camioneros, ese era el color de moda impuesto por el gobierno. ¡Ya se acordarán de mí, cabronas! Pensaba cuando las veía continuar sus caminos indiferentes a nuestros piropos.


Mi regreso al barrio fue esperado por los muchachos, nos sorprendió la madrugada en medio de aquellas narraciones donde les describía un mundo totalmente nuevo para ellos. Una que otra enamorada comenzó a sentir celos y me observaba con desconfianza, sabían que me habían perdido para siempre. En La Habana rellenaron al buque con tercios de tabaco en rama, jugos Taoro, muebles de maderas preciosas, rones y cuanto producto no existía en nuestros mercados. Poco me importaba a esa hora las limitaciones de mi gente, solo una idea se mantenía latente en mi cerebro, la salida para Europa. Desconfiaba de cada segundo por transcurrir, la incertidumbre siempre se mantiene latente dentro de cada cubano, todo resulta impredecible y podías ser víctima de una sorpresa. No me encontraba seguro hasta que el buque se hallara en medio del Atlántico, cualquier cosa podía suceder y quebrar de una vez todas tus ambiciones o esperanzas.


¡Salimos, coño! Qué alegría volver a burlar esa barrera infranqueable de El Morro de La Habana, regresaba a la libertad que solo el mar puede ofrecer al ser humano. Mis guardias eran más serenas que las realizadas hasta Nicaro, ya no clavaba tanto la vista en los numeritos del girocompás ni lo perseguía en esas guiñadas escapadas a babor y estribor. Aprendí a calzar el timón y mantener bastante bien el rumbo. Las guardias eran de tres horas por seis de descanso, el barco no poseía piloto automático.


Fuimos sorprendidos en medio del océano por una de las galernas más descomunales que haya sufrido en mi vida de marino, pudo no ser así y haberme impresionado por la altura de aquellas olas nunca vistas desde el malecón. Doce metros es suficientemente alto para un barquito de solo ciento un metro de eslora, el mar jugaba con él a su antojo y las piernas me temblaban cuando me encontraba de guardia de timón. La situación se convirtió en intolerable y el peligro de naufragar se encontraba al alcance de cada milla avanzada. Muchos años después, luego de estudiar y hacerme oficial, puedo asegurar que el Capitán actuó con algo de impericia ante esa situación que muy bien pudo evitar a tiempo, pero entre sus defectos se distinguía ser un poco caprichoso. 


-¡Atención a toda la tripulación! Se escuchó por todas las bocinas interiores del barco, era la voz de Calderón. -Preséntense en la popa del buque con los chalecos salvavidas puestos y traten de mantenerse aferrados a cualquier parte de su estructura. Vamos a realizar un giro de ciento ochenta grados que resultará muy peligroso para la nave. Nunca había sentido la muerte tan cercana a mí hasta esos momentos, las cabezadas del buque resultaban sumamente peligrosas, no lo deseaba verlo atravesado a la mar, no lo imaginaba. -¡Comenzamos el giro! Se escuchó nuevamente y todos nos miramos a los ojos buscando una señal de esperanza. Los más viejos se decidieron por el silencio y los novatos nos tomamos en serio aquella terrible situación. Dos o tres hombres hicieron una cadena alrededor de una viejita gallega que iba de pasajera a quien siempre vi orando con un rosario en las manos durante mis viajes al puente. El barco se levantó con violencia, pero esta vez algo inclinado, la ola lo había sorprendido por la amura y algo de agua nos llegó al clavar la aleta. El pánico se vio reflejado en los rostros de aquellos más famosos entre nosotros y la calma regresó cuando vimos alejarse el agua de nuestra popa. La caída a estribor continuaba lenta y todas las mentes se encontraban fijas en la siguiente ola, ¿cómo vendrá, resistirá el barco? El bandazo producido estuvo por los cincuenta grados y la vieja dejó escapar un grito de terror cuando observó el agua penetrar por la banda. Estuvo dormido unos segundos y retornó a su posición de origen con mucha violencia para luego golpear la banda de babor. Una montaña de agua apareció entonces ante nuestros ojos y la orden del puente pidiendo emergencia avante. Lentamente continuó el giro y varios minutos después aquellas montañas de agua nos daban directamente por la popa. -¡Pueden retirar maniobra! Se escuchó por todos los altavoces.
¡Cuando regrese, me dije, voy a colgar los guantes! No estoy hecho para estos sustos. Iba pensando mientras me dirigía al camarote, luego me tumbé y fui vencido por el sueño. De algo estaba convencido después de haber estudiado, las condiciones de estabilidad de ese viaje eran magníficas. Realmente llevaba en el plan de las bodegas el mayor peso de su carga y el resto era mercancía liviana, el barco estaba muy duro y podía soportar bandazos superiores.


Veintidós días después arribamos a Tilbury Town en Inglaterra y Calderón organizó una excursión por Londres. Picadilly, el Palacio de Buckingham, Trafalgar Square, Big Ben, Puente de la Torre y otros sitios de interés fueron cambiando el sentido de aquella promesa. Un salto varios días después hasta Hamburgo, luego al monumental puerto de Rótterdam, más tarde al bohemio Le Havre y para rematar, una breve visita a la tierra de mis antepasados y disfrutar esa encantadora belleza que te ofrece La Coruña cuando recibe a un forastero.


Definitivamente no iba a renunciar, todo en la vida tiene un precio si deseas alcanzarlo y yo pagué por este viaje donde acabo de descubrir un mundo maravilloso. Debo pagar por los siguientes, no me conformo con cinco países, quiero conocer el mundo. Pensaba mientras regresaba nuevamente a La Habana y trabajaba dando piqueta en la cubierta. Valió la pena, estoy enamorado.







Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2010-03-13



Motonave "Habana" hundida en Angola por hombres ranas sudafricanos.


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TORMENTA DE RECUERDOS


TORMENTA DE RECUERDOS


Motonave Habana


Aquella larga pitada tuvo un especial significado en mi vida, me estremeció como ninguna y mis ojos se desviaron inmediatamente hacia la coqueta ciudad. La consumí con avaricia y guardaba cada detalle de ella como hojitas cuidadosamente dobladas en los archivos de mi mente, como un secreto que nunca se quiere revelar, como temiendo perderla alguna vez. Con el tiempo aprendí a diferenciar las pitadas y conocí sus significados, pero solo dos lograban erizar cada molécula de mi cuerpo, las de salida y entrada a La Habana. Fui recorriendo hambriento todo el muro del malecón y me detuve frente al parque de Maceo. ¡Qué distinto se ve desde aquí! Es tan bello como en mi infancia.

El mar lograba limpiar las pestes de una ciudad que luchaba por no morir ante la indiferencia de sus habitantes, se perdían los tanques de basura desbordados que diariamente tratábamos de esquivar junto a la parada de la guagua. Se evaporaban los humos que nos asfixiaban y no se escuchaba la radio del vecino con aquella música que hace danzar a un paralítico. El buque dio dos pitadas cortas y comenzó a cambiar su rumbo a estribor, los edificios comenzaron a moverse hacia popa. Lentamente se esfumaban los gemidos que llegaban desde cualquier ventana de una ciudad promiscua y caliente, activa y apasionada, sexualmente alardosa, hipócrita y traidora. Cautivadoramente exagerada, asombrosamente hambrienta y satisfecha, experta devoradora de hombres y mujeres entre sus piernas. El ombligo de ese mundo tan absurdo y peculiar como el cubano, muy tramposo. Se estremecieron todos los palos del barco y una densa humareda escapó protestando por su chimenea.

-¡Revisen el trincaje de las tapas de bodegas! ¡Pañolero! Vayan arranchando toda la cubierta! Fue la voz del contramaestre, orden trasmitida con movimientos de ojos, cejas y pestañas que nos indicaba abandonar el castillo de proa. Algo me decía que debía aprender a comprenderlo, no hablaba mucho o tal vez no deseaba separar el mocho tabaco de su hedionda boca. Me molestó ser apartado bruscamente de aquella mirada bohemia y tímida, furtiva y prohibida, evitaba despertar aquella virginidad perdida a un precio muy caro. Sacudía hojas secas de caña, surcos de malanga, bolsitas con posturas de café, condones recién descubiertos, peste de chivos machos y muchas chivaterías de seres disfrazados de machos, todo caía al mar y lo contaminaba. Deseaba disfrutar aquel nuevo romance y gritar como el almirante en medio de sus desesperos o embriaguez, esa era la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto, solo que el único humano era yo. Deseaba olvidar todas las mierdas que esa tierra guarda en sus entrañas para atraparte con su embrujo y emboscadas y luego maldecir tu inocencia con una asquerosa carcajada. Solo el mar posee esa virtud de perdonar y purificar vicios, infidelidades, muros destruidos, estatuas orinadas por perros y borrachos.

-¡Sapo! Apila toda esa madera de ventila y pásale un estrobo por abajo. Le gritó Miguelito el pañolero a Menéndez. -¡Hazlo con el nuevo! Ese era yo y sentí deseos de mandarlo al carajo. El Morro nos quedaba por estribor y La Habana se iba perdiendo sin apuro por la aleta del barco, como aquellos amores que deslumbran por el hambre de sexo. Miguelito no era mala gente, muy noble, pero muy cerrado, terco y bruto. Había llegado a La Habana a principios de la revolución con una caravana de guajiros que desfilaron por la Plaza Cívica montados a caballo y con machetes en la cintura como los viejos mambises.

-¿Y después del desfile? Siempre le preguntaba alguien que conocía de memoria aquella historia contada repetidamente durante las tertulias de popa.

-Después de pasar frente a la tribuna y en esa calle ancha donde está el Ministerio de las Fuerzas Armadas… Siempre se detenía en ese punto para darle más protagonismo a su narración, no tenía otra historia que contar.       –Bueno, allí me quité el sombrero de yarey, el machete de la cintura y con él le di un planazo al caballo. No quieras ver cómo salió espantado el pobre animal. Se detenía nuevamente y se reía de lo que consideraba el mejor chiste de su vida, solo él se reía. Los ojos se le achicaban y rasgaban hasta dar la imagen de parentesco con algún asiático. Era de tez cobriza y pelo negro como el azabache, menudo de cuerpo y con las piernas algo separadas por la ausencia de la montura. Era un hombre sin mucha suerte en el campo del amor y la gente comentaba, hablaba, chismeaba. Si no la tiene chiquita es malo en la cama. Fueron las conclusiones. 

-¡Lobaina! Ve acomodando esos cuarteles junto a la escotilla de la bodega para mañana meterlos después de la limpieza en el entrepuente. Lobaina lo miró y puso mala cara, los cuarteles eran pesados. -¡Trabaja con el otro Sapo en eso! Bernardo lo miró por el rabillo del ojo y no expresó lo que sentía en esos instantes, soltó la tabla que tenía en sus manos y partió de mala gana junto al otro hasta la bodega número tres. 

-¡Cojones, como pesan estos cuarteles! Protestó el otro Sapo cuando levantó el primero. Su constitución física era bastante pobre para su edad, bien flaco y encorvado como el jorobado Lagardere, nariz pronunciada y solo vencida por la de Chirino. Rubio como pocos en una isla mestiza y unos ojos azules como los de cualquier ser nacido un poco más al norte. Nos contó durante el viaje que había trabajado de patrón en varias lanchas de la Seguridad del Estado y que una u otra vez, dieron sus viajecitos en el yate El Pájaro Azul de Fidel. Nunca había trabajado duro, esa gente no trabaja, cualquier tarea que le encomendaran chocaba con sus protestas. No era mala gente y pertenecía al círculo de narradores que amenizaban las tertulias de popa después de las comidas. Lobaina era un guajiro de Nicaro un poco más refinado que Miguelito, pero todos sus esfuerzos por ocultar aquel origen campesino resultaron inútiles, su andar lo delataba. Pertenecía a esa generación del hombre nuevo que la isla paría con mucho dolor, sudor y lágrimas, pero no era extremista. Fue flaco a la influencia del degenerado capitalismo, gustaba vestir bien y andar perfumado en un país condenado al mal olor. Su primera novia fue una negra muy simpática e inteligente que estudiaba medicina. Fui cómplice de sus preparativos para la boda, pero algo le hizo cambiar repentinamente el rumbo y se casó con una blanca. Imagino se haya dejado influenciar por las consignas de aquellos tiempos y quiso “adelantar”, porque él era mulato. A lo lejos se divisaba la entrada al túnel custodiada por el Morro, un poco por la amura de estribor se disfrutaba de los edificios de La Habana del Este, un territorio inexplorado por mí, un chamaco de barrios. El sol estaba muy próximo a ponerse por la popa, otra de esas divinidades vedadas a millones de los míos desde el ángulo de mi vista.. 

La comida era espectacular y el servicio recibido en el comedor era uno de aquellos momentos sagrados que no deben olvidar los marinos de mi generación, todo un lujo comparable con los mejores hoteles de la isla. Chirino era el camarero del comedor de tripulantes, alto como una palma y de una fealdad única, especial, repulsiva. Su apéndice nasal era proporcionado a su estatura y le daba el aspecto de una aspiradora humana, gracias a Dios era muy sereno y relajado, nunca respiró con violencia en aquel pequeño comedor, no corrimos el riesgo de asfixiarnos por falta de oxígeno. Era de los poquísimos militantes del partido en aquellos tiempos de pureza marinera, muy noble, pero incapaz de mantener en secreto lo que veían sus ojos, creo que en Cuba le llaman chivatos. Por ser minoría, el poder de acción de esos individuos era muy limitado, hablo de tiempos donde las tripulaciones comprendían a muy pocos de esta especie que más tarde nos dijeron eran nuestros “ejemplos”. Chirino no podía empatarse con nadie en cualquiera de los puertos donde arribáramos, yo entiendo a las mujeres de esos pueblos. Sonárselo debió representar un costoso sacrificio, hasta las putas tuvieron que cobrarle tarifa triplicada, razonable y aceptada actitud. Era muy buen trabajador y complaciente con todos los tripulantes sin distinción, pero cargaba una mirada triste y saturada de frustraciones, nadie puede imaginar lo que ocurría dentro de su mente, si alguna vez ocurrió algo.

Un día, estábamos atracados en Bilbao y llega un representante de la Flota Pesquera al buque para pedirnos que asistiéramos al acto de cambio de bandera de un buque adquirido por Cuba. Lo iban a bautizar con el nombre de “Puerto de Sagua”, era un pesquero cerquero, la tripulación era española y lo entregarían en Canarias. Como en aquellos tiempos no existía el fuerte y numeroso ejército de “Jineteras” que se ha casado con extranjeros para escapar del país, era de suponer que se careciera de representantes de nuestra tierra, única razón para invitarnos a ese acto. Chirino andaba de franco ese día y regresó tarde. Nosotros debíamos presentarnos en el barco antes de las doce de la noche en cualquier puerto español y entregarle el pase que nos daban al guardia civil que montaba guardia en el portalón. Llegó bastante tarde y borracho, se podía beber en aquellos tiempos de España franquista. Un chico de vino costaba dos pesetas, los bares tenían botas de cuero donde te empinabas gratis y una cerveza San Miguel, el mejor de nuestros santos, podía costar unas siete pesetas. Nosotros ganábamos un dólar diario, unas setenta y cinco pesetas, podíamos darnos el lujo de beber algo y olvidar las demandas de blumer, medias, zapatos y todas las putas necesidades que convirtieron nuestras vidas en pequeños infiernos. Listicas de pedidos que nunca supimos cómo carajo satisfacer a golpes de pajas y privaciones, largas caminatas por ahorrar el precio de un pasaje en autobús, la sed y el hambre aguantada por comprar unos ajustadores que esconderían unas apetitosas tetas. Pajas, muchas pajas en nombre de la madre, la esposa, el hijo y el espíritu santo, ¿y luego? 

-¿Y aquí no ge ginga? Gritó Chirino en medio de aquel comedor repleto de gallegos y gallegas. Alguno de ellos lo comprendió y se indignaron, no recuerdo si alguien quiso pasarle la mano. Buenos oídos los de aquellos españoles capaces de descifrar aquel sonido casi gutural en medio de las borracheras y la música a todo volumen. Chirino era medio fañoso también y en ocasiones nosotros mismos no lo comprendíamos. Hubo que sacarlo con urgencia de aquel barco y al día siguiente, el naciente comité de los rojos le pasó la cuenta, decidieron sancionarlo.

-¿Y aquí no ge ginga? Preguntaba algún jodedor desde la mesa de los engrasadores con voz fañosa.

-¡Gí, aquí ge ginga, pero gin carné! Respondía alguno de nosotros desde la mesa de cubierta.

Pesquero "Jagua"

Para subir al puente debías pasar inevitablemente por la puerta del camarote del segundo oficial, siempre la mantenía abierta y junto a la cama tenía un cubo que utilizaba para vomitar. La peste de la jaula de los leones del zoológico habanero era más tolerable que el irresistible olor nauseabundo despedido por José Levi Tur. Todo el viaje lo realizó en cama, creo que aquel fue su último viaje como navegante.

-¡Segundo!, vaya inmediatamente a cambiarse de ropa para recibir al Práctico. ¡Carajo! Usted parece un pingüino o una mala palabra. Levi se sorprendió ante la violencia de aquellas palabras expresadas por uno de los capitanes más exquisitos de la flota, pero su facha no dejaba espacio a otra reacción. Las botas de frío rusas que le llegaban casi a las rodillas y aquel gorro peludo con las orejeras tiesas como las aspas de un helicóptero le daban el aspecto de espantapájaros siberiano. Después de aquel viaje encontró trabajo en la Empresa de Navegación Mambisa y llegó a ocupar cargos de dirección en el partido, dicen quienes estuvieron cerca de él, se destacó por sus extremismos e intolerancia. En el año ochenta presentó su renuncia para abandonar la isla por el Mariel y fue víctima de uno de los peores actos de repudio organizados por personal de la Empresa, la gente acudió a esa cita en venganza por todo su pasado. Nunca abandonó la isla y creo que anda metido en la asociación hebrea, malos comentarios sobre él me han llegado desde Israel y no me asombra.

-¡Mijo! En caso de que el buque se hunda, ¿existen posibilidades de salvarnos? Me preguntaba diariamente aquella viejita gallega cuando yo subía a mis guardias de timonel, viajaba de pasajera junto a un matrimonio de cubanos que se decían artistas. Ella iba a encontrarse con su familia en Galicia y los cubanos a cumplir un contrato con alguien, eran famosos en su casa. Uno de aquellos días de tranquilidad se hizo una actividad para celebrar alguna fecha importante y los cubanos cantaron a dúo. ¡Cuba, qué linda es Cuba! ¡Quién la defiende, la quiere más! Yo los miraba y volvía a mirar mientras cantaban y no lograron engañarme con el patriotismo ensayado para interpretar la canción. Tenían cara de exiliados en ese pedazo de territorio flotante y debían continuar la comedia hasta poner los pies en tierra, creo que no regresaron.

-No se preocupe mi vieja, están los botes salvavidas para abandonar el barco y sobrevivir algunos días mientras vienen por nosotros.

Julio Justiz Calderón capitaneaba aquella nave que conducía una insoportable carga de sueños y ambiciones. Transportaba el peso de dos generaciones que comenzaban a colisionar y doblaban con facilidad las cuadernas de aquella nave. Era un hombre extremadamente culto, tanto, que no pocos fueron los comentarios sobre una dudosa virilidad. Muy elegante, exageradamente elegante, todo un Lord tropical. Subía al puente en una bata de casa de seda y resultaba anacrónico, objeto de muchas burlas. No había despertado aún, no sabía que vivía en un país donde las mujeres daban el culo por un blúmer que les tapara ese culo condenado a la intemperie. Su trato con la tripulación mantenía esa distancia existente en cualquier corte, era un rey que se dirigía con exquisitez idiomática a sus plebeyos. Muy exigente en todo lo relacionado con la vida de sus subordinados, comenzando por la cocina. El mayordomo debía presentarle el menú de la semana y él lo revisaba cuidadosamente para anular cualquier intento de repetir un plato. Fue una época dorada donde casi todos eran magníficos en sus oficios o profesiones, aquel mayordomo era tan o más refinado que el Capitán, creo que el mejor de la flota y le debo a Vicent un capítulo especial. La vestimenta de su tropa era otro de los puntos que robaban mucho de aquel tiempo diario de su vida, aquel Capitán no soportaba que sus hombres anduvieran sucios. Un día, el Sapo Menéndez se puso a trabajar agachado sobre la tapa de la bodega número tres con el pantalón descocido y sin calzoncillos. Todavía hoy no me explico cómo rayos soportaba los impactos de virutas de óxido contra su pene y testículos que colgaban con descaro entre sus piernas. Así se mantuvo toda la mañana, esperaba por la llegada del Capitán al puente.

-¡Primero! Mande ese hombre a bañarse y que cosa ese pantalón. Aquel grito histérico se escuchó en cubierta y sirvió para cargar las baterías contra él.

Muchos años después, cuando finalmente me hice oficial, me detuve a pensar mucho sobre aquella tormenta enfrentada en medio del Atlántico con el barquito Habana. Mis análisis vagaban en medio de aquellas olas monstruosas entre la duda o la admiración. ¿Debía admirarlo por su temeridad? ¿Tenía que condenarlo por sus desconocimientos y sacrificios al que sometió a su tripulación? Lo cierto es que un viaje cuya duración era normalmente de diecisiete días, Julio lo extendió a veintidós. Se aferró a la idea de enfrentar la galerna con aquel juguetico hasta un día, ese día me prometí abandonar aquella vida llena de peligros.

-¡Mijo! En caso de que el buque se hunda, ¿existen posibilidades de salvarnos? Preguntó aquella dulce gallega mientras yo bajaba de la guardia.

-¡Claro, mi vieja! Si los botes no funcionan tenemos las balsas salvavidas, y si las balsas no funcionan tenemos los chalecos salvavidas, no se preocupe. Ella continuó en el mismo pedazo de pasillo, soportaba los bandazos de cuarenta grados agarrándose con fuerza a los pasamanos. El pánico se reflejaba en sus ojos y color de la piel. La peste del camarote de Levis tenía viciada aquella cubierta.

-¡Atención a la tripulación y pasajeros! Se escuchó por todos los altavoces interiores del buque y le prestamos atención, casi nunca era utilizado por el Capitán. Pónganse los chalecos salvavidas y diríjanse hacia la popa. El buque realizará un giro brusco para regresar al rumbo inverso.

-¡Mijo! En caso de que el buque se hunda, ¿existen posibilidades de salvarnos? Allí se encontraba ella aferrada a la escala de acceso a la cubierta 01, el ayudante de máquinas Bolaños trataba de ayudarla y la calmaba un poco.

-¡Mi vieja! Ya usted vivió bastante, no se caliente la cabeza con eso y encomiéndese a Dios. Ahora sí que nos jodimos todos, no hay arreglo, no hay escape. De puta madre sirven esos botes y balsas contra estas montañas de agua. ¿Los chalecos? Solo servirán para recibir a la muerte con algo de ternura, con el frío que hay vamos a durar unos minutos. ¡Nada! Nos jodimos mi vieja. Ella gimió y dejó escapar unas lágrimas.

-¡Oye! No le digas esas cosas a la señora, la vas a poner más nerviosa.

-¡No jodas, Bolaños! Estamos a punto de cagar pelos, ¿para qué la voy a engañar?, es mejor que se vaya preparando.

-¡Atención a la tripulación! Dentro de unos minutos vamos a comenzar este peligroso giro, traten de mantenerse bien aguantados a las estructuras del buque. Se escuchó por la bocina de popa y todos guardamos un silencio sepulcral. El buque comenzó a levantar la proa mientras su popa se encajaba en el mar y el agua logró superar la barandilla ante nuestras miradas cargadas de terror. Su ascenso se realizaba con lentitud, como cansado. Luego, se detuvo en la cresta de la ola e inició un descenso violento que pensamos nada detendría. La popa experimento fuertes sacudidas, era como una perra rabiosa tratando de desprenderse del indeseado macho que la quiere montar. Pudimos sentir los giros desenfrenados de la propela cuando descubrió el aire y luego caer bruscamente aquellas incontroladas revoluciones realizadas en vano en su nuevo contacto con el agua. Bolaños había creado con sus férreos brazos una especie de tenaza alrededor de la viejita, evitaba que la pobre anciana saliera disparada por la furia de aquella nave gobernada a su antojo por el mar. El choque de la proa con la nueva ola frenó en seco la caída, no podíamos observar cuánto de su eslora se había perdido dentro del agua, pero imaginamos a todo el castillo de proa sepultado. Volvió a levantar la cabeza desesperadamente, como tratando de respirar. Entonces, todos vimos la inclinación experimentada en la estela de agua, estábamos cayendo a estribor, nadie hablaba. El buque comenzó a elevarse de proa, pero esta vez con pronunciada escora a estribor, se iniciaba el momento más peligroso, todo dependía ahora de la capacidad de la nave en recuperar su posición.

-¡Mijo!... No pudo terminar, no creo fuera a realizarme la misma pregunta de todos los días, la muerte se reflejaba en sus pupilas. El Habana se inclinó a estribor más allá del límite de nuestros miedos, permaneció cómodamente acostado durante unos segundos que parecieron siglos. Despertó y regresó con violencia hacia la banda contraria. El giro estaba a punto de concluir y el mar se proyectaba contra nosotros desde la popa. Aquellas olas gigantes nos subían como elevadores y pasaban debajo de nosotros, ahora nos empujaba con desprecio por el mismo camino recorrido. El mar no aceptaba el reto de los hombres, ese día volvimos a nacer y mi promesa de abandonar tan loca aventura cobraba matices de seriedad nunca vividas. Creo que la viejita se orinó, Bolaños la ayudó a quitarse el chaleco salvavidas y la acompañó hasta su camarote. Muchos años después y cuando tenía amplios conocimientos de estabilidad, pude comprender que el barco se encontraba capacitado para soportar esos esfuerzos anormales. Íbamos cargados de níquel en los planes de bodegas y rellenos de tercios de tabaco en los entrepuentes. Los valores de la altura metacéntrica brindaban la oportunidad de realizar aquellas locuras, ¿lo sabía Julio?, ¿quién pudiera preguntarle en la oscuridad de su tumba?

Bolaños era un fornido mulato de pasa buena, le faltaban casi todos los dientes superiores. Así, con el casquillo de esos dientes casi gastados hasta sus raíces, el mulato soportaba aquellos mochos de tabaco junto a sus labios resistiendo la cercanía del fuego. Su voz era estridente y muy aguda, tenía un ojo con el rumbo algo perdido, pero de una nobleza entrañable y muy servicial. No sé si todavía se encuentre vivo, pero lo mantengo secuestrado en una de las fotos de mi boda, una imagen cargada de adorables fantasmas insepultos. Perteneció a ese equipo de viejos lobos de mar con los que me gradué de marino, gente muy cercana al retiro y otros obligados a ese retiro forzado que te lega un camino saturado de nostalgias. El Bola montaba una mesa de dominó debajo de la torreta de la bodega número tres, allí lo veo sentado de pareja con El Bicho, ambos masticando sus mochos de tabaco y echando tanto humo como una locomotora. Contrarios podían sentarse Correa el sobrecargo y el telegrafista Rigo, el primero contaminando el ambiente con otro mocho de tabaco mientras observaba las fichas con sus lentes de cristal fondo de botella. Rigo jodiendo y protestando por los pases que le daban. Murillo, el gran trovador y cuentista, esperaba su turno sentado sobre una caja de cerveza, entraría de pareja con Leiva el agregado de cubierta, nunca salía porque estaba enamorado, y porque tenía el pito cubierto por un molesto pellejito. Todos ellos cubriendo las guardias de nosotros los jóvenes que salíamos de putas en cualquier puerto, ¿podían ser mejores compañeros? No todo era color de rosas, en cualquier saco existe una papa podrida. Zuaznabar era un mulato muelero, demagogo, baboso, pero a nadie hacía daño en aquellos tiempos. Papucho era un mulato alto de Cárdenas con la boca parecida a la de cualquier dinosaurio, debe cargar en su conciencia la expulsión del engrasador Víctor. Pobre negro, fue separado de la flota por templarse a una francesa, Chirino participó en ese chivatazo. Juan Cardona renunció servir en el comedor de oficiales cuando se enamoró de la china en Nicaro, una bella mulata blanconaza que era enfermera del hospitalito.

-Necesito un par de medias. Me dijo un día en la terminal de trenes de Santiago de Cuba y le di las que tenía puesta. Lo recuerdo cargando aquel reproductor de discos portátil en el parque de Nicaro y todas las pepillas alrededor de nosotros.

-¡Putas malparidas! Ya vendrán a nosotros algún día, les gritamos aquel primer viaje en el mismo parque, solo era necesario un poco de tiempo, el suficiente para cambiarnos la camisa de kaki por una de nylon y apestar un poco a Tulipán Negro. Allí estaban ellas bailando Gogó y pegándonos sus ladillas griegas al son de la música puesta en ese aparatico de mierda que era mucho para nosotros. Siempre hay una nota mala en los ensayos de cualquier orquesta, José Meléndez, el gallego, fue esa nota desagradable en una tripulación tan maravillosa como aquella. Su úlcera estomacal lo había convertido en hijoputa o viceversa. Intransigente, extremista, déspota, intolerable, repudiado por una parte de la tripulación, este gallego-reglano era la nota discordante entre tanta armonía. Sobre él se fabricaron muchos mitos, era abakuá, agente de la seguridad del estado, agente de la CIA, héroe, representante de la marina en Tokio, fue el primer oficial de ese viaje. Un verdadero hijo de puta resumiría todas sus funciones hasta lograr el cargo de director de la marina mercante cubana. Terrero era el jefe de máquinas, nunca imaginaría en esa fecha que uno de sus hijos se convertiría en el cuñado de mi hija cuarenta años después. Dicen que Puig anda de taxista ilegal con aquel Lada comprado siendo Capitán, ocupaba la plaza de tercer oficial entonces y no pesaba más de cien libras. Uno de sus hijos anda por Miami y el hermano por Dinamarca. Como yo, nunca imaginó en esas fechas de sueños y cantos embriagadores de sirenas que, nuestros apellidos tendrían ramificaciones en otras tierras. No existían razones, nosotros éramos los embajadores de un paraíso por construir.

Logramos llegar y los días anteriores a la recalada fueron empleados en engrasar toda la arboladura del buque. Se abrió ante mí un mundo totalmente nuevo, desconocido y sediento fuera descubierto, me convertí en el nuevo almirante. ¡Esta es la tierra más…! Me encandilaron las luces, la indiferencia de los caminantes, las tetas que desafiaban el aire en cualquier parque, la libertad de movimientos, la tolerancia a la palabra extraña, el pensamiento divergente y existencialista. Me perdí en las calles de Londres, naufragué en las vidrieras de Saint Pauli y mis ojos de joven penetraban los blúmeres de aquellas putas guardadas en vidrieras. La Coruña me habló en susurros de aquellos abuelos que murieron de nostalgia en una isla lejana y ardiente. Rotterdam me hincó con tantas grúas en las nalgas y oriné en sus canales de falsa Venecia. Le Havre me embriagó sin beber una copa de vino, ajeno a su cultura romántica y bohemia, poesía que anda regada en cada acera donde nuestra erre es arrastrada hasta la guillotina. Me quedé con deseos de descubrir algo más y aquellas ansias por la novedad se convirtió en un vicio que el mar inyectaba en mi ser con fuertes dosis hasta convertirme en un perdido adicto.

No pude cumplir aquella promesa de abandonar esta puta y adorable vida de marino. El mar me atrapó con su seducción y engaños. Neptuno redujo mi voluntad a su antojo y logró mermar cualquier tipo de dolor que no fuera el abandonarlo. Hoy, alejado de sus costas, sufro los efectos de esa tormenta que alborota los recuerdos. Poco me importan las tierras con sus himnos ridículos adornados con banderas, soy un pez o gaviota. Solo el mar posee esa virtud de perdonar y purificar vicios, infidelidades, muros destruidos, estatuas orinadas por perros y borrachos.


En memoria de aquellos lobos de mar.



Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2009-02-01


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viernes, 28 de julio de 2017

MI BARCO ( I ) EL BAUTIZO


MI BARCO ( I ) EL BAUTIZO



Vapor "Carlos Manuel de Céspedes"


Un verdadero marino nunca podrá ocultar ese sentimiento posesivo que lleva en la sangre cuando se refiera a la nave donde gastó parte de su vida. Es mi barco, le escuchas a muchos decir cuando hablan ante un grupo, realmente no es su propietario. Otros, son un poco más románticos y se refieren siempre a ella, como si se tratara de una mujer. Lo cierto es que ambas concepciones no son muy distantes, el barco es la casa, la fuente de la que se alimenta su familia, la tabla que busca desesperadamente el sobreviviente al naufragar. Un buen marino mima a su nave, la cuida de violentos golpes contra los muelles, se enoja cuando las defensas de los remolcadores dejan sus huellas en los cascos. La limpia, lava y cuida como si se tratara de una amante, vive profundamente enamorado de ella mientras transcurre ese tiempo de Luna de Miel. Luego, cuando debes abandonarla por las razones que sean, transcurre un largo período sumergido en la nostalgia y lo imaginas sufriendo las inclemencias de un mal tiempo o en el peor de los casos, arrugándose como cualquier vieja que no puede ocultar su vejez con coloretes. Así transcurre parte de la vida de los verdaderos marinos, sumando amores que se confunden con los de aquellas naves y regresan cuando lees su nombre en las amuras o codaste. 


Hoy no, son como esas hembras carentes de fondillos, planchadas, y lo que aparecía como un tatuaje en cada nalga, se escribe en una superficie plana que muchos identifican como espejo. Después, se hablará en pasado con esa mezcla de tristeza y amor jurado. El tiempo transcurrió sin darte cuenta, nunca usaste las hojas del almanaque, no mencionaste meses o años, hablaste de viajes. Uno o dos fueron suficientes para permitir ese paseo entre equinoccios y solsticios. 


Regresas y encuentras el fruto de un vientre inflamado que anda y te sonríe, prometes no abandonarlo jamás, quieres verlo crecer y enseñarle a decir sus primeras palabras. Mientes cuando haces esas promesas, lo sabes, el mar te tiene poseído con ese dulce embrujo que solo conocen los verdaderos marinos. Dejas todo entre llantos y protestas, regresas al rescate de un viejo o nuevo amor. Nunca lo has visto, andas seguro cargando tus maletas y encuentras otra vez esa felicidad exótica o extravagante cuando te asomas al muelle. Cuentas los cabos que lo mantienen firme y te detienes en detalles insignificantes. Tiene un guardarrata caído, no se observan bien los calados, algo de óxido llorado por su costado te avisa de sus últimos sufrimientos. ¡Hola, Ojo de Plimsoll! Lo saludas y continúas por el muelle en pos de la escala real, pasas imprudentemente por debajo de una lingada y los estibadores te gritan, los ignoras, eres feliz, pones el primer pie sobre el plato de la escala, te transformas en otra persona.


Siempre existe un primer día, comentaba un amigo con más escamas que vellos en su piel. Sus historias, excelentemente narradas, son diferentes a las mías, pero tenían algo en común, estaban sazonadas con salitre, sargazos, medusas y caracolas. Algunos cantos de sirenas se escuchan a nuestro paso, él no las cuenta por temor a sus hijas, yo violo constantemente esa prudencia o discreción. ¿Mi primer día? ¡Quién pudiera olvidarlo! Dijo un día mi madre: “Lloraste mucho cuando el cura te roció la cabeza con agua bendita en la parroquia de Guanabacoa”. Nadie podía aceptar mi inclinación por los hábitos sacerdotales del marino con aquel antecedente, lo cierto es que no me conocían tanto, yo amaba el agua, dulce o salada. En mil novecientos setenta y dos, Neptuno me bautizó formalmente al cruzar la línea del Ecuador desde el hemisferio norte al sur en demanda de Valparaíso. El nombre que seleccionó para mí fue el más adecuado, “Manjúa”, así le llamamos a un diminuto pececillo que vendían frito los chinos de La Habana en un cartuchito. Yo pesaba unas ciento treinta libras y la talla de mi pantalón era de 28 pulgadas de cintura por 30 de largo, una manjuita. Ninguno de esos dos bautizos me prepararon para la vida, hubo otro peor que me marcó para siempre. Ese día, el primero de todos, nos sacaron del aula y nos condujeron hasta el dique de Casablanca. Embarcamos en un enorme barco de vapor, cuando pasamos por su amura pude leer un nombre algo raro, “New Grove”. Allí, desde su cubierta, podía admirar gran extensión de nuestra bahía hasta que decidieran nuestra suerte. Nos hicieron bajar nuevamente, pero esta vez lo hicimos hasta el plan del dique seco. Caminamos por debajo de los santos sobre los que descansaba el buque, un viejo “Liberty” de la Segunda Guerra Mundial. Muy próximo a su línea de crujía habían practicado un orificio del que descendía o ascendía una pequeña escalerilla. Varios cables eléctricos penetraban como lombrices o anguilas a su interior, diferentes voces nos llegaban desde la profunda oscuridad observada desde aquel agujero. La voz del jefe le pidió a los que hablaban animadamente que salieran y nos entregó a cada uno de nosotros un par de guantes de tela y cuero como los usados para cortar caña y una espátula bien ancha. 


En la proa del "New Grove", año 1968.

De izquierda a derecha..
1.-Argelio Baños agarrando el cabo.
2.- Consuegra (al fondo)
3.- Jonás Gainza Figueredo (Actualmente en Montreal y llegó a capitán de la flota)
4.- Jesús Alfonso (Al fondo, le decíamos El Capi)
5.- Esteban Casañas sentado 

-¡Muchachos! La tarea que les ha encomendado la “revolución”, es la de raspar todo el petróleo viejo pegado a las paredes de esos tanques. Esos residuos de combustible deben ser sacados al exterior por medio de esos cubos, deben relevarse cada media o una hora, ustedes se ponen de acuerdo. El tipo que nos habló con ese discurso saturado de patriotismo se retiró y lo vimos ascender por la escala del dique. 

-¿Y no hay caretas? Preguntó uno de los más valientes entre nosotros y todos dirigimos hacia él las miradas inquisidoras.

-¡Coño! No vamos a ponernos en esa de estar exigiendo tantas exquisiteces, ustedes saben por los problemas que se encuentra atravesando la revolución por culpa del bloqueo norteamericano. Respondió otro de los estudiantes, uno como nosotros, pero con una dosis de heroísmo superior a la del tipo que nos había conducido hasta esa cueva.

-¡Yo lo sé, compañero! Pero como nos habían dicho en las clases de control de averías, puede haber gases acumulados en esos tanques y se necesita también un explosímetro. ¿Tienen alguno a mano por ahí? Nadie quiso responder, todos nos negamos a apoyar su verdad, así ocurría en aquellos tiempos donde cualquier palabra mal dicha o interpretada podía considerarse un acto de rebeldía o desviación ideológica.


-¡Caballeros! Vamos a dejarnos de bobería y meterle el pecho a la pincha, ya lo dijo el compañero, es una tarea de la “revolución”. Nos dividieron en brigaditas de cinco y los que estábamos en el exterior éramos los encargados de recibir aquellas pesadas cubetas con fuel oil casi sólido.


La atmósfera en el interior de aquellos tanques divididos como si fueran una colmena de abejas era terriblemente infernal, casi irrespirable. El calor reinante y la incomodidad de las posiciones asumidas para evitar manchar mucho la ropa, aceleraban el ritmo de la fatiga y debías pedir con urgencia abandonarlo antes de caer totalmente desmayado. 


Cuando terminamos tratamos de limpiar algo nuestras ropas con estopas mojadas de diesel oil, nunca pudimos usarlas nuevamente para asistir a la escuela y las limitaciones en ofertas de esos artículos era sumamente escasa, este fue el verdadero bautizo para iniciarme en la vida de marino mercante. ¿Qué ocurrió con aquel buque? Después de gastarse miles de dólares y otros miles más en horas laborables durante los meses que permaneció varado en ese dique, la “revolución” descubrió un día que la nave estaba quebrada y que probablemente su armador griego ordenó encayarlo en las costas de Cuba para cobrar el seguro.


¿El primer día? ¿Cuántos de ellos no tendrá acumulada nuestras vidas? El curso de timonel finalizó sin penas ni glorias, mucha de la gente nuestra ya había embarcado, solo nosotros deambulábamos desesperados por las aulas del tercer piso de nuestra Empresa. Quedé de primer expediente por las notas alcanzadas, tampoco fue absoluto mi logro, el puesto fue compartido con otro muchacho muy inteligente, Víctor Vals. Era tan inteligente que solo dio un pedacito de viaje, se lanzó a tierra en una de las esclusas del Canal de Panamá a inicios de su primer viaje, fue más inteligente que yo.


Piña de Jibilay, As de Guía, Gaza por Seno, Vuelta de Calabrote, Ballestrinque, costuras en cabos y cables, estrobos. Quién pudiera recordar el nombre de aquel magnífico contramaestre que nos enseñó todos los nudos marinos y sus usos adecuados. Era un gallego muy buena gente, es una pena haber olvidado su nombre para rendirle ese merecido homenaje y rescatarlo del olvido, pero tendrá que disculparme, no puedo recordar santos y señas de personas que existieron en 1967. 


La vida a bordo de un barco no la determina el conocimiento de tantos nudos, hay muchas cosas que no se aprenden en la escuela y debes chuparla del escaramujo de los más viejos. ¿Cómo bajar a una guindola para darle mantenimiento al casco? No recuerdo el tiempo que me tomó en aquel pequeño barquito de vapor que me sirviera de escuela. ¿Ocurrió en el vapor “Río Damují”? Quizás fue el “Bahía de Tánamo” o el “Bahía de Santiago de Cuba”. Tal vez esos gritos los escuché en el “Río Caonao”, no recuerdo bien si fue en el “Bahía de Siguanea”. Por todos pasé mientras esperaba, porque eso, sí, debes tener demasiada paciencia para esperar en Cuba. Falta tal documento, debes vacunarte, tienes que solicitar el pasaporte, se están realizando las investigaciones para el Carnet de Mar, ¿tienes la libreta de enrolo? Cualquier detalle, el más insignificante, el soplido de un delator de tu cuadra, puede tirar por el piso todos los sueños y sacrificios realizados.


Vapor "Bahía de Tánamo"

-¡Qué te sueltes, coño! ¡Pedí marineros y mandaron marineritos de mierda! Gritaba enojado aquel cabrón pañolero y los estibadores reían a todo pulmón.


-¡La guindola está muy separada de la amura! Le contestaba con nerviosismo y mucho miedo.


-¡Qué te sueltes, carajo! ¡Saca esas manos de la barandilla!


-¡La escala se mueve mucho!


-¡Qué se tiene que mover, pendejo! ¿No ves que está suelta? ¡Baja o te mando para la Empresa inmediatamente! Las piernas me temblaban, pero logré llegar a la guindola. Malhumorado me arrió un jibilay con un gancho atado a la punta del chicote. -¿Ves los cáncamos soldados al casco? Balancea este gancho y trata de pescar uno de ellos, el que más próximo se encuentra a la punta de la guindola. Media hora después lo había logrado y arrió otro jibilay similar para el otro extremo. –Ahora, cóbrate hasta acercar la guindola al casco y cuando lo logres haces firme el jibilay. Un poco más sereno fui siguiendo sus instrucciones y los estibadores se retiraron, había acabado la función. 


–Procura que la piqueta no se te caiga al agua, si sucede, es mejor te tires detrás de ella para recuperarla. Varios días bajando y subiendo, subiendo y bajando. Piquetazos van y vienen, una burbuja de agua escondida detrás del viejo carapacho de pintura, una roncha de óxido, rayones producidos por las uñas del ancla. Piqueta, cepillo, minio, piqueta, cepillo, minio. Minio otra vez, pintura negra, espesa, pintura otra vez. Ya el pañolero no nos gritaba tanto y en la noche me sentaba en una de las esquinas de mi barrio a contarles mis avances a otros muchachos que comenzaban a soñar.


-¡Estira el amantillo por toda la cubierta! Me gritaba el timonel de guardia, no era peleón como el pañolero, debía hablar con ese volumen para sobrepasar el ruido de aquellas escandalosas maquinillas, eran pequeñas locomotoras fijadas a las cubiertas. –Ven para acá y veme dando cable en la medida que te lo pida, hay que arriar ese puntal. Yo observaba como le quitaba las vueltas en ocho a la cornamusa y dejaba solo cuatro o cinco vueltas redondas sobre ella.-¡Dame cable! ¡Dame cable! Entonces yo halaba con todas mis fuerzas aquella larga línea de acero pesado y rebelde. -¡Dame cable! El puntal bajaba rápidamente y solo atinaba a seguirlo con la vista, estaba justo encima de mi cabeza. -¡No mires más y dame cable! Si se cae no va a pasar de la cubierta. Luego daba varias vueltas en ocho y amarraba el cable con un pedacito de jibilay junto al enrollado. Soltaba lo que estaba haciendo y salía a cobrar la osta del centro. -¡Arría la contraosta en la medida que pida! Hasta que yo te grite “firme”, ¡Arría, arría, arría! ¡Olvídate de la osta! ¡Firme, ahora! Yo le daba vueltas en ocho sobre la cornamusa fija a la brazola mientras el timonel le pedía a los maquinilleros que levantaran la lingada para poder tensar la osta del centro, la hacía firme también a su cornamusa y venía hacia mi posición.  -¡Vamos a cobrar la osta! ¡Cobra, cobra, cobra, ya! ¡Viste qué fácil! No puedes volverte loco, trabaja con los pies limpios, nunca permitas que se mantengan ningún cable o cabo en maniobra cerca de tus pies, no olvides eso. Eran hombres rudos, muy fuerte la mayoría y con la piel muy curtida por el mar, sin embargo, sus gestos de camaradería y protección hacia sus compañeros de trabajo los convertían en seres muy especiales. –El próximo puntal lo vas a arriar tú. La sola idea de verme vinculado a la manipulación del amantillo me aterrorizaba.


-Sube hasta la cruceta del palo y pasa esta driza de bandera por el motoncito que tiene en el extremo. Ordenó una mañana el contramaestre, no recuerdo en cuál de aquellos barcos mencionados.


-¿Y el cinturón de seguridad?


-¿Quién te habló de eso? Aquí no existe, nunca lo hemos usado.


-En las clases de marinería, allí nos dijeron que debíamos utilizarlo por nuestra seguridad.


-¡No hay seguridad que valga! ¡Pa’rriba!


-¡Pero, mire!


-No hay peros que valgan, ¡Pa’rriba o pa’la Empresa! Un escalón con el pie derecho, subir el izquierdo hasta el mismo paso de la escala. Un escalón con el pie derecho, luego repetir la misma acción y mirar para abajo. -¡Oye! El siguiente pie lo pones en el paso superior al que ya pisaste. ¡Ahhhh! No estés mirando pa’bajo, si te caes no vas a pasar de la cubierta. La arboladura no era tan alta, pero lo suficiente para hacerme sentir un terremoto debajo de las piernas. Una vez en la cruceta tomé un descanso y miré con más calma hacia abajo, todo lo veía pequeño y la manga de la nave exageradamente reducida. Por encima de todos, disfruté otra vez de esa vista panorámica tan hermosa que brindaba nuestra bahía atestada de barcos. Imaginé encontrarme en la cofa de uno de aquellos viejos galeones de piratas, soñaba por segundos, pero siempre era despertado por la molesta voz del contramaestre. -¡Eso es pa’hoy! El trinquete se estremeció cuando izaron una lingada, yo pensé que caería junto a él, los obenques de babor se tensaron cuando el peso de la carga pasó a la banda contraria. Busqué el dichoso motón y pasé el chicote de la driza, lo fui cobrando hasta verlo llegar a la cubierta. ¡Pa’bajo todos los santos ayudan! Pensé cuando puse el primer pie sobre la escala, lo hice al tacto. ¡Hace falta que no me ayuden tanto! Pensé otra vez.


Vapor "Río Jibacoa"

Fueron varios meses de paciente espera y esos barcos partían a su destino. Hubo oportunidades en las que el exceso de personal en tierra sobrepasaba la demanda de aquellas naves, entonces, nos sometíamos a las maravillas que surgen en el paraíso que comienza a crear el proletariado. Gracias a esas iniciativas “revolucionarias” que nadie estaba dispuesto a contradecir, los estibadores eran movilizados y enviados a cortar caña. El lugar de los estibadores era ocupado por valientes y revolucionarios trabajadores del turismo y otros organismos cercanos a ese sindicato. Los empleados de las posadas sustituían a los que realizaban esas labores voluntarias en el puerto y eran relevados a su vez por los choferes de las guaguas. Las guaguas eran conducidas por obreros de avanzada del sindicato alimenticio y en el lugar de ellos, trabajaban los vaqueros de una famosa granja del estado. Los reclutas del Servicio Militar Obligatorio eran destinados a laborar en las vaquerías para sustituir a los vaqueros que trabajaban como conductores, quienes no sabían montar una habitación en las posadas. Ni los estibadores cumplían la norma que cualquier campesino realizaba en sus faenas diarias de cortar caña, ni… Todo era un bayú que tenía de proxeneta a Lenin y al fotogénico de Castro. Sobrestadía para todos los barcos en puerto, falta de leche y vacas templadas por los reclutas, transporte deficiente, apagones, escasez de comida y cuanta mierda se logra viviendo dentro de ese panorama. No fueron pocas las veces que trabajé como estibador, hoy descargando cemento, mañana sacos de abono químico y pasado mañana lo peor que arribara a ese puerto. ¡Mucha paciencia y boca cerrada! Esa es una de las fórmulas para poder triunfar en el socialismo, que nos pregunten a nosotros los cubanos.


-Usted ha sido seleccionado para ser enrolado como “agregado de timonel” en la motonave “Habana”. Me dijo esa mañana “Cordero” en la oficina de personal de la Empresa de Navegación Mambisa. Cuando aquello solo trabajaban cuatro gatos en ella, Alberto era un viejo que llenaba toda la documentación con la ayuda de una vieja máquina Underwood. Véliz era el Jefe de personal y Monteagudo trabajaba en finanzas, había un negro que ahora no recuerdo su nombre. No eran muchos, solo cuatro gatos fueron los pioneros de lo que luego se convertiría en una temida maquinaria burocrática. –Su salario será de $50.00 pesos cubanos y ganará $2.50 dólares semanales. Dijo para concluir y como preguntando si estaba de acuerdo. ¿Quién carajo va a decir que no, después de infinitos meses de espera? Tomé mis documentos y me dirigí al muelle “Margarito Iglesias”, allí se encontraba la motonave “Habana” en plena faena de descarga.


Trancanil, imbornal, pescante, pasarela, obenque, molinete, escobén, escala de gato, spring, amante, cuartel, entrepuente, pañol, estrobo, adujar, al garete, enrolado, portalón y decenas de otras palabras fueron creando un nuevo vocabulario. Mis amigos me escuchaban con curiosidad, mis novias comenzaron a sentir celos, tenían razón, se enfrentaban ante un nuevo y peligroso romance.









Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2010-03-11


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