martes, 15 de febrero de 2022

INCENDIO A BORDO DEL BUQUE ESCUELA “JOSÉ MARTÍ”



 

INCENDIO A BORDO DEL BUQUE ESCUELA “JOSÉ MARTÍ”




Por Cesar de la Presilla.


Bueno, ya me mandaron a trabajar:

 

La Habana,29 de Diciembre de 1983, alrededor de las 9:45 am...

 

...Antes, una nota curiosa; en ese entonces yo vivía en Colón, Matanzas, y tenía una novia (yo tenía 22 años) cuya abuela estaba metida en la burumba de la santería. Pues como el Martí tenía salida para el día 30, yo le dije: Oye Chunga, ¿por qué no me pones un coquito ahí para ver si pasamos el fin de año en Cuba? Bueno, me fui a La Habana y llegó el día 29…

 

Como se suponía que zarparíamos al día siguiente, Lázaro Mandarria (ya hecho todo un Capitán de Corbeta), me pidió la sonda de los tanques. Haciendo esto me di cuenta que el maquinista de guardia, mi buen amigo Rafael González Vargas, estaba trasegando diesel de los tanques #5 para adrizar el barco. Al terminar el recorrido pasé por el cuarto de control de máquinas, Rafa estaba hablando con el engrasador acerca del juego de los Industriales la noche anterior. Entonces yo le expliqué; Rafa, tienes que vigilar bien el trasiego, ya que esos tanques por estar debajo de la máquina principal son cónicos en la parte superior y llega un nivel que comienza a subir muy rápidamente, ¿OK?

Me fui a mi camarote que era el primero en esa misma cubierta 3 a pasar en limpio la sonda y entregársela a Mandarria. Estando en eso, como 10 minutos después de entrar al camarote, suena la alarma de incendio.

 

Tengo que detenerme aquí, mis esfuerzos son requeridos en otro lugar y temo que se borre esto. Luego continuo…

 

OK Ahí vamos de nuevo

 

Después que suena la alarma de incendio, cosa que no era extraña, ya que en esa época la válvula de seguridad de la caldera estaba defectuosa y se disparaba con frecuencia, con el consiguiente escape de vapor que disparaba la misma. Regresé al cuarto de control de máquinas, pero no pude abrir la puerta pues me doy cuenta de que el fuego, tratando de "respirar", o sea, chupando aire, no permitía que la puerta se abriera. Así que di vuelta y busqué la escala principal para bajar a la cubierta #1. En el viaje recogí un pequeño extintor de esos que ponen en los pasillos. Llegué abajo, di la vuelta al taller de maquinado, crucé el cuarto del tanque de aguas negras y ya estaba en la puerta del infierno. Podía ver el fuego, el humo era espeso e insoportable y yo parado allí, no sé cuántos segundos, tratando de decidir si entrar o no. El espíritu de conservación me decía que no debía entrar, que eso estaba muy feo; pero al mismo tiempo esperaba que mis amigos pudieran estar allí, luchando contra el fuego... No se cuánto tiempo estuve en ese dilema, creo no fue mucho. ¡Cuando caigo en cuenta que la alarma del CO2 estaba sonando, y yo no me había percatado! Para los que no conozcan lo que es la alarma del CO2, debo explicarles que está diseñada para producir una estridencia tal que sea insoportable a los oídos humanos y así lograr que las personas no tengan otra opción que abandonar el lugar. Esta se activa cuando se abre la puerta donde está la palanca/control con la que se disparan, en este caso, 60 botellas de CO2 al cuarto de máquinas luchando contra el fuego...

Así que a correr y salir de ahí lo más rápido posible. Entre tosidos y vómitos pude llegar a la cubierta #6, que era el punto de reunión en zafarrancho de incendio, entonces, todos empiezan a gritar "ahí está Presilla" y a agarrarme y abrazarme, y yo no entendía nada...Cuando me explican, y yo todavía tosiendo, que después del conteo, el único que faltaba era yo, pero para casi todos, yo debía estar en el túnel del eje terminando la sonda de salida. Esperaron un par de minutos más y Mandarria disparó el CO2.

Para ese entonces, ya estaba saliendo, pero ellos no lo sabían, había sido sacrificado por el "bien mayor"

Cuando estuvimos seguros de que el incendio había sido sofocado rompimos filas. Yo fui al portalón, ya habían pasado como 40 minutos, me doy cuenta de que todavía tenía en la mano el extintor y no podía soltarlo, la mano no se abría, tuve que ayudarme con la otra.

Lo que paso fue, como si fuera mal de ojos, lo que le había indicado a Rafa. El tanque se llenó y comenzó a botar por el tubo de sondas que estaba situado al lado del generador en servicio y derramó combustible por el cuarto. Pasado un tiempo ese combustible fue salpicando todo hasta que alcanzó el tubo de escape de la planta y se incendió.

El incendio se vio desde el cuarto de control con tanta fuerza, que todos pusieron pies en polvorosa y cosa curiosa, el primero en llegar arriba fue el engrasador de guardia, el Cojo Rondón, quien tenía una pata de palo.

El fuego duro unos 6 minutos.

El barco tuvo que ser remolcado a Curazao, donde fue reparado a un costo creo de $750000.00 dólares.

Al Rafa, no le quisieron hacer nada porque si lo sancionaban, darían pruebas que había sido una irresponsabilidad y el seguro no pagaría.

 

Pues me fui a Colon por fin de año, lo primero que hice fue visitar mi novia y decirle a la abuela; ¡Carajo Chunga, se te fue la mano!...

 

A Mandarria nunca le tuve rencor ni bronca. Aunque creo que yo hubiera obrado diferente, no sé, quizá la presión era mucha, quizá fue el Capitán quien dio la orden. No quise averiguar, total, éramos todos fichas de un tablero que nunca sabíamos cual sería la próxima jugada.

 

 

PD.- Tomado del foro “Faro de Recalada”

 

 

Cesar de la Presilla.

Miami..Florida.

2009-05-14

 

 

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lunes, 14 de febrero de 2022

VIAJE DE LUANDA-ARGENTINA-CUBA A BORDO DEL BUQUE “N'GOLA”. Segunda Parte


VIAJE DE LUANDA-ARGENTINA-CUBA A BORDO DEL BUQUE “N'GOLA”.

Motonave “N'Gola”, buque insignia de la marina mercante angolana.


 

SEGUNDA PARTE.- BUENOS AIRES-LA HABANA-SANTIAGO DE CUBA.

 

La navegación por la costa brasileña resultaba muy aburrida, se navegaba alejado de ella por los accidentes geográficos y en algunos tramos por su baja profundidad. Solo la veíamos por el radar, eso sí, sentimos su presencia durante los nueve días de navegación que consumimos para devorar unas 4044 millas náuticas. En cualquier estación de radio que sintonizaras escuchabas su música, mucha Samba, la Lambada aun no era un proyecto en la mente de sus creadores y músicos. Me recordaba mucho aquellas navegaciones por la costa pacífica de México cuando nos dirigíamos a Japón, existía un punto de su geografía hacia el norte, donde solo transmitían aquella música de bandas que luego derivaron en quebraditas. Cuando las escuchaba imaginaba encontrarme de niño en Jalisco Park, siempre la consideré música de “Caballitos”, como llamábamos a esos parques de diversiones infantil.

 

Una agradable pausa de Salsa cuando te desplazabas por las costas de Venezuela y entrabas de lleno a salpicarte con las aguas del Caribe, te invadían muchos recuerdos.  No recuerdo si elegí para esa derrota navegar por el Paso de La Mona o por el Paso de los Vientos, me parece que seleccioné a La Mona, creo que era la menor distancia. Continuamos disfrutando de la música y televisión de Puerto Rico y Dominicana esos días, solo unos pocos días, hasta que nos metimos de lleno en las fauces de la televisión mas aburrida del mundo después de la coreana.

 

-Leandro, diles a los muchachos fumadores de Liamba (Marihuana), que antes de llegar a La Habana deben esconderla muy bien, preferiblemente en el departamento de máquinas. Leandro era el contramaestre del barco, un negro que vivía en La Ilha de Luanda y era respetado por el resto de la tripulación. El primer viaje lo dio de timonel conmigo y cuando el contramaestre -un joven jabaíto- se quedó de vacaciones, no se pudo ascender a mi amigo Pedro a Contramaestre por problemas raciales a bordo. Estaban juntos, pero no revueltos, el asunto es que los mulatos o mestizos eran discriminados por la mayoría de los negros a bordo. Leandro siempre mantuvo buenas relaciones conmigo, creo que fui de los pocos blancos que asistió a un funeral en su casa. En el norte despedían al muerto con una fiesta y buena comida.

 

-¿Crees que habrá algún problema si se deja un cigarrillo en el camarote? Fue una pregunta ingenua, ellos estaban acostumbrados a navegar por Europa y nunca les hicieron un sondeo. Bueno, hasta que llegamos nosotros y nos sonaron uno espectacular en Rotterdam.

 

-Leandro, si les encuentran un solo cigarrillo, no imaginas los años de prisión a los que serán condenados en cárceles peores que las de Luanda. Diles a los muchachos que no dejen absolutamente nada en los camarotes, los sondeos en La Habana los realizan con perros policía. Creo que de verdad lo asusté muchísimo y bajó a correr la voz entre los tripulantes. Eran muy pocos los que no se sonaban sus taladros de tamaño superiores a los que he visto encender por acá.


Leandro el Contramaestre, yo y José el Camarero, al fondo Pepito el enfermero.

Cualquier arribada a La Habana resulta electrizante, esa pitada larga de saludo le eriza los pelos a cualquiera. Rebota en cada portal o grietas de los edificios, quienes se rebelan ante la indiferencia de ojos que tuercen el rostro viendo llegar sus muertes. Hasta el barco nos llega el eco adolorido y nauseabundo devuelto por cada barbacoa, acompañada por la risa de niños jugando entre tanques de basuras, balcones que colapsan de noche cuando no los vigilan las estrellas. Son segundos donde guardamos silencio y nuestra mirada trata de atrapar esa imagen que pocos de los nuestros pueden ver, una Habana inquieta, perturbadora, sucia, sensual, provocadora, indigente. Una ciudad que nos atrapa dentro de su canal abriéndonos sus piernas como si se tratara de una puta barata y hambrienta. Llega la segunda pitada y despertamos, no somos muchos, pocos muchachos corren a lo largo del malecón y son vencidos por la velocidad del barco. Cruzamos gritos para avisarles el muelle de nuestro atraque, los angolanos permanecen atento a esos intercambios de palabras sin comprender. -¡Vamos para el muelle Juan Manuel Diaz! Le grito a los míos y dejan de correr. Aquella era mi visión prejuiciada de una ciudad a la que amaba y detestaba a la vez, la autora de mis sufrimientos por llegar y mis desesperos por abandonarla cuanto antes. Si la viera hoy, yo que alcancé a verla bella, creo que mi corazón colapsaría, no solo por su destrucción, más dolor me causaría ver la satisfacción del que regresa para alimentarse de sus miserias.

 

El despacho del barco fue mas lento que la extremadamente agotadora lentitud normal, resulta siempre desesperante para el que llega, una oportunidad para caer emboscado por quien ha estado pacientemente esperando una presa. Son cabrones de buen olfato, saben que acá pueden pescar mas que en un barco de bandera nacional, lo presienten, lo huelen. Poco les importa que tu familia pueda ser evaporada por ese sol implacable de nuestra tierra, ellos luchan algo para la suya y no lo comprendes. Por suerte para los negros no nos sondearon con perros.

 

-Hoy van a llegar algunas compras que le hicimos a CUBALSE para continuar viaje, ya sabes cómo son estos Bad Boys. Necesito que no te separes de Webber cuando arriben esas mercancías, nos pueden meter gato por liebre. Bueno, eso no hace falta recordártelo. Me dijo Calero a la mañana siguiente de haber llegado. Webber era el Comisario Político y ocupaba la plaza de Sobrecargo. ¡Ojo! Nada que ver con esas piezas cosechadas en nuestras flotas, ni lo uno, ni lo otro. Webber era un joven muy sano y carente de maldad, nada extremista en el ala política, nada de ladrón en el lado administrativo. Mantuvimos muy buenas relaciones durante todo el tiempo que estuve en ese barco y sabia de casi todos los movimientos de su tripulación. Nunca, fíjense bien, nunca tomó represalia alguna contra los tripulantes. Era uno de los pocos de ellos que poseía buen nivel educacional y cultural. Hoy lo tengo en mi lista de Facebook y hemos conversado en diferentes oportunidades. Aunque algo maltratado por los años, como lo estoy yo, Webber conserva una asombrosa memoria. Aún mantiene tallada en su mente los nombres y apellidos de cada uno de los cubanos que pasamos por esa nave.

 

-No te preocupes, creo que me voy a desquitar todas las cabronadas que nos hicieron en los barcos cubanos. Calero sonrió y Webber se limitó a escuchar solamente, no tenia remota idea de lo que encerraban mis palabras. En estos días experimentaría el sabor de lo que significa ser extranjero en mi tierra, el destino había puesto en mi camino la gran oportunidad para desquitarme de tantas y tantas hijaputadas recibidas por parte de los proveedores cubanos.


Ellzworth Webber, Sobrecargo y Comisario Político.


-Casañas, llegó un camión cargado de pollos y carnes, los traen tirados en la cama del vehículo a merced del sol, el polvo y los insectos. Me dijo Webber a eso de las once de la mañana y cuando lo hizo no pudo ocultar su espanto, me lo dijo con cierto aire de terror.

 

-Espero que no los hayas recibido.

 

-¡No! Vengo a avisarte solamente por las instrucciones que nos dio el Comandante Calero.

 

-¡Perfecto, vamos a bajar! Le respondí mientras lo seguía por la escala interior.

 

-¡Compañero! ¿Es usted el Oficial de Guardia? ¡Mire, firme esta factura y traiga a su gente para descargarlo! Me abordó el chofer del vehículo, su rostro me era conocido, fueron muchas las veces que nos suministró mercancías en los barcos cubanos.

 

-¿Sabes una cosa? Te llevas toda esa basura llena de moscas para otro lado, nosotros pagamos con dólares y no compramos mierdas carentes de calidad o presentación. Dile al cabrón de tu jefe que nos mande los mismos pollos que le venden a los griegos, españoles, ingleses y cuanto extranjero les compran a ustedes.

 

-¡Webber, subamos al barco! No pierdas el tiempo dándole explicaciones a ese hombre, él solo es un tarugo.

 

-¡Pero mire, compañero! El asunto es que no sé si me explico…

 

-¡Compadre, ahórrese la muela y llévese esa mierda! Una vez que puse el pie sobre la escala no volví el rostro.

 

-Casañas, llego el camión con la cerveza que compramos. Me dijo Webber unos cuarenta minutos más tarde.

 

-Bajemos a recibirla, ojalá no tengamos contratiempo. ¿Cuántas cajas son?

 

-Serían unas trescientas, todavía nos quedan de las compradas en Canarias el viaje pasado. No mentía, normalmente se compraban unas quinientas cajas en cada viaje. La tripulación tenía una cuota de una caja de cerveza semanal y una botella de bebida espirituosa. Diariamente se les ofrecía un litro de vino, medio litro en el almuerzo y el otro medio litro en el almuerzo.

 

-Mi hermano, no te pongas bravo, yo sé que esto no es culpa tuya. Regresa con toda esa cerveza y le dices a tu jefe que nos mande Heineken, San Miguel, Oranjeboom o cualquier otra que no sea esa. El asunto es que estamos pagando con dólares y sabes bien que esa cerveza carece de calidad.

 

-¡Asere! Yo se que tienes toda la razón del mundo, no aflojes y mantenle la pata en el pescuezo a estos ladrones hijoputas. Nos dimos la mano y tomamos nuestros rumbos.

 

-¿Es tan mala esa cerveza? Pregunto Webber con mucha curiosidad.

 

-¡Ni te imaginas! Lo mismo se nos puede cortar al poco tiempo de tenerlas a bordo o puede suceder lo que una vez nos pasó en Tokio. El Jefe de Máquinas le ofreció una cerveza a un inspector japonés durante una reparación y por suerte se dio cuenta que dentro de la botella contenía una cucaracha. El solo escuchaba, observaba y tomaba nota mental.

 

-Mi hermano, llegó el carro con los cigarros comprados. Me dijo Webber esta vez y bajamos nuevamente al muelle.

 

-¡Compañero, aquí tiene la factura! Lo van a subir por la escala o me parqueo mas a popa para subirlo con un pallet. Me dijo el chofer de un van marca Ebro o Fiat, no recuerdo muy bien.

 

-¡Tranquilo, tranquilo! ¡Abre las puertas del van y muéstrame la mercancía! El tipo como que se enojó conmigo, no estaban acostumbrados a que el cliente revisara la mercancía comprada. -¡Mira! Regresa con toda esa carga de hierbas apestosas a tu empresa y dile a tu jefe que como cigarrillos suaves nos envíe Marlboro, las pocas ruedas solicitadas de cigarros fuertes puede mandar H.Upman o Partagás. Cerró con algo de violencia las puertas del van y se marchó con su carga de cigarros Populares y Aromas. Cuando Webber y yo nos dispusimos a subir al buque, veo que se aproxima un auto Lada y preferí mantenerme en el muelle junto a la escala.

 

-¡Oiga, compañero! Se dirigió a mí sin que mediara ningún tipo de saludo y créanme, mentalmente estaba preparado para recibirlo, me extrañaba que se demorara tanto. -¿Usted es el oficial de guardia que ha regresado toda la mercancía enviada? Su voz no podía ocultar su prepotencia y amenaza oculta. Esa táctica de intimidación utilizada y ante la que temblaba mucha gente, me refiero a la de aparecerse con su auto Lada, fue usada hasta el final de mis días en esa isla.

 

-¡Pues, si, yo soy el mismo que viste y calza! Algunos de los estibadores que merodeaban por el área se detuvieron para escuchar el interesante intercambio de palabras.

 

-¿Sabes lo que estas haciendo? Eso es una especie de boicot contra nuestros productos.

 

-¡Yo sí sé lo que estoy haciendo! Tan es así, que le voy a recomendar se dirija hasta la popa, lea el nombre del barco, puerto de matrícula y el pabellón que tiene izado. Allí encontrará las respuestas a cualquier demanda suya o preocupación. Mientras tanto le diré algo, no voy a recibir nada carente de calidad, este no es un barco cubano y nosotros pagamos con dólares. No creo tener más nada que hablar con usted. Buenos días. Aquel comemierda se quedó con la boca abierta cuando le dije esas palabras y observé en el rostro de los estibadores una señal de satisfacción y aprobación por lo que acababan de presenciar. No imaginan como me sentí en aquellos momentos, me desquité por todas las humillaciones y maltratos que recibíamos de esos hijoputas, quienes, además, se robaban parte de las mercancías antes de despacharlas en nuestros buques. Al final tuvieron que entrar en caja y entregar los productos que les solicitamos. Imagino el odio que me tendrían aquellos cabrones.

 

Ahora pienso que me equivoqué cuando manifesté que los frijoles blancos cargados tenían como destino a Luanda. Fueron varios los días dedicados a la descarga en La Habana y luego terminamos de descargar en Santiago de Cuba. La cubertada de camiones y coches de trenes se descargaron en pocas horas. Me inclino por un viaje charter, nuestra estancia en Angola fue larga sin que apareciera mercancías para transportar. La economía de aquel país andaba por los suelos, no cabía dudas del éxito de nuestra injerencia.

 

Aquella estadía en la capital cubana dio origen a varias situaciones cómicas, si se quiere. Un día andaba yo caminando por la calle San Ignacio con dirección al muelle donde estábamos atracados y la imagen presentada ante mis ojos eran verdaderamente cómicas.

 

-¿Qué haces aquí? Le pregunté a un tripulante que encontré en una esquina vestido con pantalón de kaki gris y una camisa bastante maltratada, calzaba de paso un par de chancletas metededos chinas con cientos de kilómetros recorridos. Contuve la risa cuando observé su cara de angustia.

 

-¿Esperándola para qué?

 

- Ela me disse iria tentar achar minhas roupas e minha carteira com dinheiro e meus documentos.

 

-¿Cómo fue que los perdiste?

 

- Não sei, camarada, fiquei totalmente bêbado com dois drinques e não me lembro de nada.

 

-¿Tampoco recuerdas su casa?

 

- Não, ele me tirou de casa de madrugada dizendo que a polícia estava chegando e como eu estava bêbado não lembro.

 

-Mira, mejor vamos para el barco. Ella no va a regresar, te han robado todo. Ahora debo hablar en la aduana para que te dejen pasar al buque. Bueno, no pude contener la risa de los aduaneros, me dijeron que ya había pasado otro en la misma situación, desplumado como el gallo de Morón. Esa misma tarde me llamaron desde la entrada, había un carro patrullero esperando por mi para que identificara a otro infeliz. A este último le fue mucho peor su aventura, le habían prestado un pantalón verde olivo para que resolviera hasta el barco, lo dejaron en calzoncillos y borracho en una calle de La Habana Vieja.

 

Lazarito a la derecha en esta foto.


Lazarito fue a visitarme una tarde acompañado de un delincuente y tuve que hablarle en privado para que comprendiera algo. Estaba fuera de sí y ya no era el mismo muchacho amigo mío con el que compartiera aventuras y negocios solo unos meses atrás. El bandolero me propuso una sortija de hombre que dijo era de oro, tuvo que ser del que cagó el moro. Tampoco pudo tumbar a ningún tripulante, ellos estaban mejor preparados que ese imbécil en estos menesteres. Lázaro me pidió una muda de ropa completa para escapársele a su mujer y tuve que ir por ella varios días antes de que saliera el barco. Me dio lástima las condiciones en que vivía con una muchachita que era la madre de su único hijo. Un tiempo después me enteré de que en esa misma casa en La Habana Vieja lo sacaron a patadas por el culo, Lazarito se bebió toda la paga de una tripulación y por poco lo matan. Se fue cuando el Mariel y perdió la vida en Miami, no alcanzó a graduarse de delincuente.

 

Uno de aquellos días, decidí llevar a Pedro y Webber a almorzar en mi casa. Deseaba que vieran las condiciones casi infrahumanas en las que vivía un oficial de la marina mercante, creo que logré impactarlos, nunca lo hubieran creído de no haberlo visto. Pasamos unas horas agradables donde con la hospitalidad que nos caracteriza, compartimos lo poco que teníamos con ellos, nuestra pobreza.

 

-¡Camarada! ¿Esto es el socialismo? Me preguntó un día Tomás en el portalón.

 

-¡Sí, Tomás, esto es el socialismo!

 

-¿Y esto es lo que quieren imponer en mi país?

 

-¡Sí, Tomás, esto es lo que quieren imponer en tu país!

 

-¡Camarada, pero el socialismo es tremenda mierda!

 

-¡Si, Tomas, el socialismo es una reverendísima mierda! Continuamos en silencio con la mirada fija en dirección a la proa, mientras era interrumpida al paso de cualquier lingada con sacos de frijoles.

 

 

LA HABANA-SANTIAGO DE CUBA.

Como la Empresa no envió relevo alguno, tuve que continuar viaje a Santiago y para estar más tranquilo, le saqué un permiso de viaje a mi esposa en el barco. Calero es santiaguero, así que deben imaginar que las guardias continuaron repartidas entre Miyares y yo. El negro se aparecía por el barco de Pascua a San Juan, dejaba algunas instrucciones o ningunas, solo iba para que supiéramos que continuaba siendo el Master y se largaba. Eso no produjo ningún contratiempo entre nosotros, solo me preocupaba que no llegara el relevo y tuviera que partir con destino hacia Angola nuevamente.

 

La negra Carmen Rosa comenzó a visitarnos y se ganó las simpatías de todos los negros a bordo. Hacía muchos años que la conocía y sentía por ella un cariño muy especial, creo que todos los marinos la adoraban cuando arribaban a Santiago. No había problemas que le plantearas y ella se negara a ayudarte, era simplemente el Ángel de la Guarda de todos nosotros. Así un día, le comenté mis sospechas sobre el estado de salud de la tripulación y le propuse cargar con todos para un hospital. Ella me prometió contar con la autorización de Calero cuando lo viera en el barco y si estaba de acuerdo, realizaría todas las gestiones necesarias para realizarles un chequeo médico. Nos avisó con un día de antelación y se apareció con una guagüita Girón donde cargó con la mayoría de los tripulantes, solo quedaron pendientes los integrantes de la brigada de guardia. Al día siguiente repitió la operación y solo faltaba esperar por los resultados.

El barco había finalizado sus operaciones de descarga en Santiago y nos movieron para un muelle que existía detrás de la terminal de trenes en muy mal estado. Estuvimos sin guardias de aduanas durante varios días, los necesarios para que desfilaran por los camarotes de los marinos todas las puticas del parque Céspedes. Carmen Rosa trajo los resultados del chequeo médico realizado a la tripulación y la noticia fue preocupante. A tres de ellos les detectaron estar contagiados de paludismo, eso no era muy alarmante o peligroso. Para ellos que tenían los anticuerpos a esas y otras enfermedades en África, la pasaban como si se tratara de una simple gripe y solo podían contagiar a otras personas por medio de la picada de un mosquito. Sin embargo, no ocurría lo mismo con otros dos tripulantes contagiados de sífilis. Esta enfermedad se puede trasmitir por contacto sexual y a ellos se les prohibió bajar a tierra, además de suministrarles un tratamiento médico, aplicado por el enfermero angolano, muy bueno, por cierto. El gran problema y la alarma provocada con esos dos tripulantes, fue que ellos ya habían metido el pito en La Habana y Santiago.

 

Siempre tuve el hábito de realizar un recorrido por el barco antes de acostarme a dormir y esa noche algo alarmó mis sentidos, escuché diferentes voces femeninas en la cubierta del personal subalterno. Una a una fui tocando las puertas de sus camarotes y vaya sorpresas las que recibí.

 

-¡Mire, camarada! Nunca pudieron vencer ese vicio de llamarnos “camaradas” a todos los cubanos, como si nos vieran cara de bolcheviques, sin embargo, no lo usaban entre ellos. -Le presento a mi amiga, le presento a mi novia, le presento a la camarada, le presento, le presento, le presento cualquier cosa. Conté ocho rostros de razas distintas, las había blancas, mulatas y negras. Todas eran jóvenes que posiblemente fueran cazadas en el parque Céspedes, ninguna me resultó conocida. Es muy probable que se tratara de principiantes en el oficio, las de mas experiencia debían estar picando más alto, quizás a la altura del cabaret del hotel Casa Granda.

 

-¡Mucho gusto, papito! ¡Encantada, mi amor! ¡Un placer, mi chuli! ¡Mucho, gusto, mucho gusto, encantada, un placer, que lindo conocerte! Las había para escoger y la mayoría eran unos encantos de chiquillas.

 

-Cariño, tienes una hora para resolver tus problemas. Después de ese tiempo debes abandonar el barco, ya sabes que si vienen los guarda fronteras te pueden llevar presa y le pondrán una multa al barco. Ellas me escuchaban con mucha atención y de solo mencionarles al cuerpo represivo las puse a pensar.     -¡Domingo, solo tienes una hora! ¡José, solo tienes una hora! ¡Matuteo, solo tienes una hora! ¡Aleixo, solo tienes una hora!... En cada camarote fui repitiendo el estribillo y decidí mantenerme en el salón viendo la tele mientras transcurría el plazo acordado. A la hora exacta comenzaron a bajar y todas se despidieron amigablemente de mí. Luego de contarlas y saber que no quedaba ninguna muchacha a bordo, me fui a dormir tranquilo.

 

Estaba yo desayunando cuando me avisan que unos militares querían conversar conmigo y bajo inmediatamente al portalón. En el muelle tenían detenidas a unas cuatro muchachas, les miro el rostro y ninguna pertenencia al grupo que despedí la noche anterior. Luego baja otra acompañada de un soldado y este le informa a su jefe haber sondeado los camarotes de la marinería y ya se encontraban limpios.

 

-Jefe, ¿cómo explica esto? Era un teniente y debía afinar la puntería, no se trataba de aquellos soldados de Buenos Aires, estos eran mucho más extremistas.

 

-Creo que los marinos han actuado con inocencia y sin maldad alguna. Están acostumbrados a meter mujeres a bordo, es que eso no esta considerado un delito en la mayoría de los puertos visitados por este barco.

 

-¿Sabes que se le puede poner una multa al barco?

 

-Realmente no han cometido delito alguno, como no había vigilancia por parte de la aduana o ustedes, ellos no han violado ninguna ley. Es que yo mismo estaba asombrado de que no la hayan puesto desde que atracamos.

 

-¡Oká! Vamos a dejarla pasar por hoy, pero no creas que me convenciste. Ahora te dejo un guardia junto a la escala hasta que asuman los compañeros de la aduana.

 

-¿Qué piensas hacer con las chamacas?

 

-Vamos a ver que se me ocurre mientras camino por el muelle.

 

-¡Hombre, déjalas escapar! Son muy jóvenes y merecen una segunda oportunidad. Además, van con las manos vacías.

 

-Leandro, diles a los marineros que por comemierdas se les jodió la oportunidad de sacar sus contrabandos.

 

-¡Sí, camarada!

 

Varios días después arribó un Tercer Oficial para cubrir la plaza vacante, no tenía conocimiento sobre el enrolo de otro oficial. Como Calero seguía volando con su familia, le dejé una nota escrita y le pedí a Webber que me pagara el pasaje de regreso y la dieta correspondiente, realmente me pago de mas considerando que yo estaba con mi esposa.

 

Esa mañana me fui despidiendo de todos ellos en el portalón, todos me abrazaron con mucho afecto. Otro pequeño grupo me esperaba en el muelle y entre ellos pude ver las lagrimas que se le escapaban a José, ese negro noble que trabajaba de camarero, su abrazo fue el más fuerte de todos y por poquito logra arrancarme unas lagrimas también. El abrazo de mi hermano Pedro no podía faltar, me ayudó a llevar el equipaje hasta la terminal de trenes. No volvería a verlo hasta 15 años mas tarde cuando fui con el buque “Bahía de Cienfuegos” a cargar armas de regreso. Allí lloró como un niño a la hora de despedirnos, ya falleció.

 

Mientras andaba caminando en silencio por aquel viejo muelle debía detenerme a cada rato y contestar al saludo de todos esos buenos negros reunidos en la popa. Tras de mí dejaba un año y medio perdido de mi vida, sin embargo, aun hoy guardo con amor el recuerdo de esa oscura tripulación que fue mi familia. Hablando con Webber me ha mencionado a cada uno de los que ya no están con nosotros y siempre se me escapa una frase de cariño al escuchar sus nombres. La distancia hasta su tierra la multipliqué hace unos treinta años, pero no pude borrarlos de mi mente, siempre han estado junto a mí. Este fue el final de aquella aventura.

 

 

Esteban Casañas Lostal.

Montreal..Canadá

2022-02-14

 

 

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viernes, 11 de febrero de 2022

VIAJE DE LUANDA-ARGENTINA-CUBA A BORDO DEL BUQUE “N'GOLA”. Primera Parte.


VIAJE DE LUANDA-ARGENTINA-CUBA A BORDO DEL BUQUE “N'GOLA”

 

Motonave “N'Gola”, buque insignia de la marina mercante angolana.



PRIMERA PARTE.- LUANDA-BUENOS AIRES

 

Con desagrado recibí la orden del Capitán de preparar la derrota del barco con destino a Buenos Aires y luego continuar hacia La Habana. Revisé el catálogo de la Admiralty y comprobé que poseíamos las cartas necesarias para llegar hasta el Río La Plata. Consultado el Guide to Port Entry, busqué el punto donde debíamos tomar los servicios del Práctico que nos guiaría por el río hasta Buenos Aires. Elegí un punto al sur de Punta del Este como destino final de mi derrota ortodrómica. El pequeño tramo distante hasta Montevideo solo requería de un rumbo y la distancia que los separa es de aproximadamente 71 millas, unas 4 horas de navegación entretenida. Me preocupaba la ausencia de un Tercer Oficial para la navegación, estando en puerto, Miyares y yo estábamos haciendo guardias de 24 X 24, poco nos importaba porque en ningún puerto de Angola existía lugar de distracción alguna. Navegando sería otro cantar y nos recargaría mucho cualquier distribución de las horas de guardia entre dos oficiales.

 

Mis planes habían sido otros, tenía pensado cumplir con Calero una parte de su solicitud, me pidió que permaneciera un año más a bordo de esa nave y le prometí seis meses. Si no hubiera tenido los problemas de vivienda tan graves en Cuba, yo lo aceptaría con gusto, me sentía muy bien en aquella nave y su tripulación. Mis planes eran dar uno o dos viajes más antes de solicitarle mi regreso a la isla y este repentino cambio alteró mis planificaciones.

 

Pedro me presentó a tres individuos con aires de gánsteres en un bar de Ámsterdam, me inclino a pensar que eran solo aficionados influenciados por el recuerdo de Scarface o el mismísimo Padrino. Eran mulatos caboverdianos y uno de ellos vestía un elegante traje, los otros dos llevaban abrigos de cuero negro como en aquellas películas. Pudieron estar armados o solo deseaban brindar esa impresión, solo el del traje hablaba, los otros mantenían sus rostros de acero momificados y de vez en vez hacían un recorrido visual por todo el local.

 

- Y este blanquito, ¿quién es? Preguntó el supuesto capo en un portugués que ya comprendía perfectamente luego de un año navegando en ese buque. Su pregunta me llegó acompañada de un número musical interpretado por los Boney M, estaban en la cima de la popularidad en toda Europa. Involuntariamente comencé a mover los pies, quizás llevado por el ritmo de la música o por nerviosismo. Aficionados de gánsteres o simples bandoleros, nunca había estado involucrado en ese ambiente.

 

- ¿Ese blanquito? ¡Mírenle bien la cara! Este blanquito es mi hermano y el único en quien confío a bordo del barco. Él es quien va a traer la mercancía y nunca, escuchen bien lo que diré, nunca la bajará del barco, ese viaje yo no vendré porque me tomaré unas vacaciones. Ustedes deben embarcar con el dinero a entregar, cifra que le informaré a él y les comunicaré a ustedes antes de arribar el buque a Rotterdam o Amberes. Reinó unos largos segundos donde no se cruzaron palabras en aquella mesa y después de la firme presentación hecha por Pedro, el capo me extendió la mano, los testaferros lo hicieron después. Un trago más de Chivas Regal en un ambiente despejado de tensión, nos despedimos en la entrada del bar mientras a nuestra espalda sonaba ahora River of Babylon. Se marcharon en un Mercedes Benz negro y nosotros anduvimos varias cuadras en busca de un taxi.


Al centro yo y Pedro a mi derecha en la foto, mi amigo y hermano. En los extremos dos amigos de Sao Tomé y Príncipe.


-¡Ven acá, Pedro! No me habías preparado para este encuentro, ¿estamos hablando de drogas? Le pregunté algo inquieto mientras nos desplazábamos por aquellas frías aceras custodiadas por prostitutas.

 

-¡Tranquilo! Te portaste muy bien y causaste buena impresión, yo los conozco y sé cuándo hay rechazo sin necesidad de expresarlo. ¡Tienes las puertas abiertas al negocio con esa ganga!

 

-¿Se supone que yo deba recibir alguna comisión? Fue una pregunta fuera de contexto y tal vez impulsada por el nerviosismo aun latente. Yo confiaba plenamente en él y nuestras relaciones alcanzaron el nivel de hermandad como manifestó ante el capo. Habíamos realizado varios negocios en viajes anteriores, solo que de menor valor y ganancias. Esta vez Pedro había decidido dar un salto en grande dentro de ese mundo oscuro del contrabando.

 

-Ya te diré cual será tu comisión! No te preocupes y relájate, te veo algo tenso aún. Yo no trafico con drogas y esta vez nos lanzaremos con una mercancía bastante limpia y bien pagada, diamantes. Mi contacto me dijo que varios colegas tuyos en Luanda llevan tiempo moviéndose en este giro. ¡Nada! Es poco voluminosa, no huele y se puede esconder en cualquier lugar del buque.

 

Yo lo escuchaba y sabía que no mentía, esos colegas a los que se refería moviéndose en el tráfico de diamantes eran generalmente militares de alto rango. Vi a más de uno portando relojes Rolex, imposibles de adquirir por un cubano común y corriente. Ni los mismo guajiritos, aquellos que formaban parte de la mayoría de los soldados prestando servicios en Angola, podían imaginar el precio de uno de aquellos relojes “Rolex GMT”, modelo preferido. En ese mismo viaje yo acompañé a un tripulante al Bond Store de Ámsterdam, allí extrajo un fajo de billetes y compró tres de esos relojes por encargo de unos “pinchos” en Luanda. ¡Por supuesto que no brindaré nombre! Cuando lea estas notas se asombrará tal vez de mi memoria.

 

El resto del camino y la noche fui invadido por una ilusión nunca experimentada. Me veía portando un bulto de billetes, satisfaciendo las necesidades de los míos y comprando un pequeño apartamento en La Habana. Todo se derrumbó de la noche a la mañana un día de otoño en Luanda, Pedro tampoco pudo quedarse de vacaciones. Al final de la jornada, creo que Calero fue montando guardia de navegación en toda la trayectoria realizada y la que nos faltaba por vencer

 

 

ARRIBADA Y ESTANCIA EN BUENOS AIRES.

 

De acuerdo con la distancia existente por círculo máximo entre Luanda y Montevideo (consultada en Google), unas 4712 millas náuticas -más o menos-, nos tomaría entre 10 días y unas horas de más desarrollando una velocidad de 18 nudos para recalar al punto de destino. El barco podía navegar a velocidades superiores, todo dependía del estado del tiempo, corrientes en contra y vientos reinantes. Afortunadamente nos favoreció el estado de la mar, no recuerdo marejada fuerte durante aquella travesía, creo más bien, la mayor parte de la derrota nos desplazamos con un mar calmado y donde su fuerza no superaría la 3 en la escala de Beaufort. Establecidos los contactos con el punto de Práctico, nos dirigimos a su encuentro a poca máquina hasta que embarcó, era argentino.

 

La navegación por el río La Plata carecía de atractivos cuando te alejabas de Montevideo, ciudad que devoramos con los binoculares, tierra por conquistar y con la que no teníamos relaciones de ninguna especie. El color del agua era amarillento y sus riveras eran extremadamente planas, pocas construcciones sobresalían en ambas orillas, distantes entre sí por la anchura experimentada en esta parte del río hasta su desembocadura. Al menos, estos son los vagos recuerdos que me llegan después de tan largo recorrido en el tiempo, puede que la geografía se haya transformado en este tramo vencido. Tampoco me acuerdo de las horas de navegación desde Montevideo hasta Dock Sud. Las conversaciones con el Práctico debieron ser parcas después de la acostumbrada bienvenida, limitada a temas netamente técnicos. No se mostró muy familiar que digamos, me parece que sentía temor en abrirse, luego comprobé que ese temor era compartido por muchos argentinos en tierra, nosotros navegábamos bajo un pabellón aspirante a comunista.

 

La llegada a Dock Sud se produjo entrada la tarde, no recuerdo si pasamos por una especie de dique de contención de sus aguas para evitar los efectos del cambio de marea, puede que sí. Sin embargo, no he podido olvidar el deplorable aspecto de sus aguas en aquellas fechas. Competía en nivel de contaminación con las de La Habana y Alejandría entre otras, eran aguas casi negras. Allí permaneceríamos durante unos días mientras preparaban en otro muelle la carga que recibiríamos con destino a Luanda, frijoles blancos. El resto del cargamento consistía en vehículos y trenes con destino a La Habana. La imagen de Dock Sud me hizo regresar a las viejas películas argentinas que aún se transmitían por la televisión de la isla. Aquellas viejas grúas del puerto sobrevivían a la época de Carlos Gardel, eran muy antiguas, piezas de museo. Esa parte del puerto no se encontraba activo a operaciones de carga o descarga de mercancías generales.

 

Se produjeron situaciones delicadas o peligrosas para esos tiempos, ya las he mencionado en otros escritos. No olviden que imperaba el dominio de una dictadura militar rígida y violenta como la nuestra, solo que, ante los ojos del mundo y este podrido continente, la del Caribe resultaba simpática. Siempre nos mencionaban las medallas ganadas por nuestros atletas, la educación gratuita y la salud. Tampoco hablaban mucho con nosotros y padecían el síndrome del “policía oculto” que escucha tus pensamientos, tal y como les sucede a los cubanos hasta nuestras fechas.

 

En Dock Sud, ya conté una vez, un grupo de militares armados hasta los dientes detuvo a un grupito de negros con libros de contenido comunista en la calle. Nunca se me olvidó el título de aquel libro “Prostitutas de la guerra”, tampoco imagino de donde sacaron aquella cantidad. Lo cierto fue que uno de ellos acudió a mí en busca de ayuda, volaba por la escala real y el color de su piel se había tornado gris oscuro, estaba cagado.

 

-¡Camarada, camarada, nosotros tenemos un problema! Me dijo muy nervioso cuando estuvo en el plato de la escala. En el muelle permanecía el grupo, unos cuatro tripulantes, rodeados por los militares, quienes no dejaban de apuntarlos con armas largas.

 

-¿Qué problemas tienen? Le pregunté sin tomarlo muy en serio ante el nerviosismo que mostraba.

 

-Nos agarraron con unos libros de contenido comunista. Respondió tartamudeando y bien cagado cuando terminó de pronunciar aquella oración.

 

-¡Uffff! ¡Prepárense, creo que los van a fusilar! Tomás se puso más nervioso aun, era un magnífico camarotero cuyo origen no era angolano, creo que era de Sao Tomé y Príncipe. Había enrolados tres o cuatro tripulantes cuyas nacionalidades pertenecían a esas islas, Cabo Verde y uno de Zaire.

 

-¡Camarada, haga algo por nosotros! Dijo a modo de súplica y fui descendiendo la escala.

 

-¡Buenas tardes, amigos! Expresé cuando me encontraba en el grupo integrado por jóvenes soldados y los tripulantes detenidos. - ¿Ha pasado algo?

 

-Así que usted habla español, mejor, eso facilitará que nos entendamos. ¿Cuál es su nacionalidad? Preguntó quién al parecer era el jefe de aquella escuadra.

 

-Yo soy cubano. Respondí a secas.

 

-Debes ser otro comunista más.

 

-No lo entiendo, yo soy oficial del barco, pero de comunista no tengo un pelo. ¿Cuál ha sido el problema con estos marineros?

 

-¡Uyyy! Gravísimo para la situación que se está viviendo en el país. Los hemos pescado repartiendo estos libros comunistas en la calle. Fue entonces cuando me entregó uno de los ejemplares, ya lo conocía y no me había molestado en leerlo.

 

-Si le digo algo, quizás no me crea. Ninguno de esos negros sabe leer, es muy probable que hayan sido manipulados por comunistas en tierra, ellos no participan en ninguna actividad política. Nada, lo de ellos es vivir su vida como cualquier marino cuando llega a tierra, buscar un bar y beber para ahogar sus penas, tratar de tener sexo con alguna mujer vendedora de placeres, uno que otro pequeño contrabando, etc. Esa es la vida de estos hombres, se lo aseguro.

 

-¿Cómo crees que podamos resolver este problema? La situación comenzó a mejorar cuando aquel jefe me pasó el balón, desconocía que si me dejaban hablar nunca me fusilarían y lo acepté con serenidad pícara.

 

-Amistosamente, si después consideras que deben permanecer castigados sin bajar a tierra, nosotros aceptaremos sus decisiones respetuosamente. Como le decía, podemos resolverlo sin que trascienda a males mayores. ¿Qué le parece si les digo que traigan unas cajitas de cerveza para beberla con ustedes? También ordenaré que les regalen una botella de whisky a cada uno de los miembros de su escuadra. Mientras bebemos esas cervecitas podemos hacer una fogata y quemar todos esos libros de mierda, porque para que lo sepa, yo detesto a ese sistema comunista.

 

-Cubano, no puede negarse que vos sos un pelotudo. ¡Muchachos, hagan una hoguera con esos libros y bebamos unas cervecitas con estos marinos! Reinó la paz y regresó la tranquilidad entre los tripulantes que habían sido sorprendidos en esa rara aventura. Todos terminamos riéndonos mientras el fuego consumía aquella literatura de porquería. Unas horas más tarde, cuando regresó de la calle, le hice el cuento a Calero y por poco se orina de la risa. Se alertó a toda la tripulación sobre la gravedad de hechos como estos en ese país.

 

No recuerdo el tiempo que permanecimos en Dock Sud, varios días después nos movieron hacia el área del puerto de Buenos Aires y las operaciones de carga comenzaron inmediatamente. Las relaciones con los portuarios fueron muy familiares, eran amantes de las bromas como nosotros. Las operaciones eran muy lentas debido al tiempo lluvioso y algo frío que reinaba en Buenos Aires. Para nosotros el otoño andaba en marcha en el hemisferio norte, allí se encontraban en primavera. Los días soleados y cuando no me encontraba de guardia, decidí recorrer aquella majestuosa y bella ciudad, deseaba atrapar cada imagen conocida de las películas. Me faltaba algo muy importante desde el viaje anterior, la compañía de mi amigo Lazarito. No todos los que integraban el nuevo grupo compartían mis gustos, algunos apenas salían a la calle y reservaban lo poco que ganaban, $2.00 dólares diarios a partir de la salida del último puerto angolano para comprar pacotilla. Resultaba difícil convencerlos para tomar una cerveza o un café en la calle, varias veces salí solo.

 

La avenida Corrientes fue una de mis preferidas, me dejé arrastrar por la melancólica letra de aquel tango mundialmente famoso “A media luz”, donde en una de sus partes mencionan a Corriente 348 y hasta esa dirección me moví con mi cámara Zenit de fabricación soviética. Estas cámaras eran muy buenas y bien aceptadas por aficionados a la fotografía. Superaban en gran medida a marcas japonesas porque su mecanismo era metálico y las hacia más duraderas, mientras las asiáticas poseían el mecanismo plástico. Traté de venderla en un estudio existente en la avenida Corrientes y me ofrecieron $150.00 dólares que no acepté empecinado en que su valor era superior a los $200.00 dólares. Nada, comemierderías mías, tenía el bobo de guardia, unos años más tarde se la regalé a un amigo en Bilbao.


Jefe de Máquinas Taquechel, al fondo El Paye y delante Pepito el Enfermero. 


Bueno, debo confesarles que sufrí una gran desilusión cuando visite Corrientes 348, allí no encontré otra cosa que no fuera un edificio de viviendas con una entrada a un estacionamiento interior. No quisiera equivocarme, la memoria puede traicionarme, pero no recuerdo la existencia de todos los comercios que hoy aparecen en la planta baja cuando acudes a Google Maps. Otras fotos tomadas al Luna Park y emprendimos un largo recorrido por Corrientes, hablo en plural porque ese día iba acompañado del telegrafista Roberto Rodríguez Malagón (El Paye), el Jefe de Máquinas Taquechel y Pepito el Enfermero. Larga infantería realizada hasta el obelisco que existe en la intersección con la impresionante avenida 9 de Julio, caminata que se hizo sin consumir absolutamente nada, solo mirando igual que aquellos guajiros cubanos cuando se enfrentaban al Capitolio en La Habana.

 

En días posteriores fui acompañado por el Paye, también pudo ser por otro Pepito que ocupaba la plaza de Electricista (José Yanes Madruga) Los recorridos eran más calmados y nos deteníamos por una cerveza para calmar la sed. Esos recorridos incluyeron una exploración a fondo de la avenida Corrientes, recuerdo que en una de ellas entramos a un cine para ver una película muy taquillera en esos tiempos, si la memoria no me traiciona, esa película la vimos en el Teatro Opera de la calle Corrientes. Fotos a la Casa Rosada, Mausoleo del General José de San Martin, calle Florida y muchos otros sitios de interés. Desafortunadamente el hobby resultaba muy caro para nosotros los marinos cubanos con la paga en divisa ya mencionada, el revelado de esos rollos en Cuba fue un desastre y me los echaron a perder con la química y tecnología socialista usada en la isla. Solo sobrevivieron pocas fotos y luego las perdí una vez que deserté.


Vista de la superestructura del buque “N'Gola” atracado en Dock Sud-Argentina. Caminando por el muelle el Electricista José Yanes Madruga. (Pepito)


Creo que por culpa de la lluvia casi constante nos demoramos en cargar alrededor de un mes, el barco iría con sus bodegas repletas de frijoles blancos para Angola y tomaríamos una cubertada de camiones Ford más cuatro coches de ferrocarriles para pasajes marca Fiat para la isla. Hacia solo dos años de ocurrido el golpe militar en Argentina y los golpistas no se molestaron en suspender los créditos comerciales al régimen cubano, imagino que aun estarán esperando por el pago de la deuda contraída con ellos. Una fuerte inyección de autos Chevy y Ford Falcon recorrieron nuestras calles como taxis o pertenecientes a entidades gubernamentales hasta que se quedaron sin piezas y comenzaron a canibalear a unos para mantener funcionando a otros. El canibaleo afectó a todas las ramas de la economía cubana de la que no escaparon nuestras flotas.

 

Durante aquella larga estancia en Buenos Aires y por el contacto casi diario con sus estibadores, es lógico que las relaciones humanas entre ambas partes adquirieran más confianza y familiaridad. Algunos de ellos se quejaban de la situación por la que estaban pasando, bueno, descontando las horas de almuerzo. Ellos habían creado un barbiquiú con un barril de 55 galones cortado a la mitad donde tenían carbón y asaban diariamente tiras de churrasco a las que fui invitado varias veces. La carne era exquisita, oportunidad aprovechada para explicarles las diferencias entre el régimen militar de ellos y el nuestro.

 

-Puedes decirme de cual manera puedo llegar al cementerio de Chacarita. Le solicité una vez al capataz del barco.

 

-¡Oye, Manolo, este pelotudo me pregunta cómo llegar al cementerio de Chacarita! El otro agarró enseguida la señal y se echó a reír burlonamente en mi cara, no solo eso, contagió a varios estibadores con su cabronada.

 

-¿De qué carajo te ríes, comemierda? Le dije algo encabronado y fue peor el remedio que la enfermedad, tuve que dejarlos disfrutar antes de que me explicaran.

 

¿De qué nos reímos? De ti, eres el marino más tonto que ha pasado por Buenos Aires. Acá todos preguntan por bares, clubes y burdeles. Tu eres el primer marino que pregunta por un cementerio. ¿No es para reírse? Volvieron a soltar otra andanada y cuando se calmaron me explicaron la línea del Metro que debía tomar. Yo solo deseaba llegar hasta la tumba de Carlos Gardel, creo que a ellos no les pasaba por la mente que existíamos marinos a los que nos gustaban recorrer sitios históricos de las ciudades que visitábamos. Fotos del cementerio con gran parecido a la necrópolis de Colon y varias de la tumba de Gardel que perdí junto a las otras. Tampoco soy santo alguno, una mitad mía pertenecía al marino que ellos conocían. Esta es una anécdota inolvidable que le cuento a cuanto argentino me cruzo en el camino.

 

En este puerto tuvimos un contratiempo bien grave, nos robaron todos los sextantes, cronómetros y cronógrafos. Deben suponer que, por tratarse de instrumentos profesionales, sus precios serían elevados en el mercado negro. Quedamos como un francotirador sin su fusil, buenos para nada. Resulta que por negligencia -vaya usted a saber- si intencional, Fernando Miyares Gutiérrez dejo una de las puertas laterales del puente abierta. Yo me inclino por la intencionalidad de esa acción, lo conocía bien y sabía que él podía vender el barco completo, va y me equivoco acusándolo injustamente, quien sabe. Lo cierto es que tuvimos que comprar uno de cada instrumento para poder continuar la navegación hasta Cuba y regreso a Luanda. Una vez cargados a full, llegó el momento de despedirnos de esa encantadora ciudad que recorro en cada película argentina que veo.

 

Partimos hacia el punto de donde siempre quise escapar después de un mes permaneciendo en él, aun me queda mucho por contar, pero es preferible dejarlo para una segunda parte, no quiero agotarlos.

 

Con la corriente del rio dándonos por la popa el barco superaba los veinte nudos de velocidad, atrás quedaba una tierra que conocía desde mi infancia. Un lugar del planeta cargado de una rica historia, mujeres hermosas, personas con razones para sentirse superiores al resto de muchos latinoamericanos. Vivian su dictadura con la que no simpaticé y nosotros la nuestra hasta hoy, desafortunadamente apoyada por muchos de sus hijos.

 

 

Esteban Casañas Lostal.

Montreal..Canadá.

2022-02-11

 

 

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